Me parece importante aclarar la naturaleza de esta madre y que pueda diferenciarse de las madres, las sujetos mujeres que soportan la función de madres, y que son investidas de la madre fantasmática que se construye en la subjetividad de todo hijo o hija en esta singular y poderosa relación madre-hijo, soportando los embates de los deseos de sus hijos, de los padres de sus hijos, y puede que de más gente para la que sean significativas, embates que son dirigidos a su investidura.
Las mujeres soportan un exceso de malestar en la cultura, ese malestar que procede de las limitaciones y prohibiciones que la civilización conlleva y que, como decía Freud, nos pone impedimentos inevitables para ser felices. El exceso procede de soportar la investidura de madres, una función relacionada con la reproducción, el dar la vida y acompañar en la crianza de los humanos que nacemos tan prematuramente que ni siquiera tenemos al principio conciencia de nuestra existencia independiente de la madre. De ahí que lo que significa una madre sea una fuente indefinida de anhelo y angustia para todos.
Se podría hablar de qué es un hijo para una madre y que es una madre para un hijo, creo que me corresponde ceñirme a la primera cuestión:
¿Qué es un hijo o hija para una mujer?
Lo que representa un hijo en la subjetividad de una mujer hay que verlo a través de los tres registros de la vida psíquica: el registro de lo real, de lo imaginario y lo simbólico. El registro de lo real es el de la realidad, como si fuera sólo material, cuando no hay palabras que representen y medien con las cosas. El registro imaginario es de las imágenes con las que se recubre lo real, y que le da a las cosas, las personas, e incluso los sentimientos una apariencia para ser reconocidas. Cuando nos identificamos con alguien, o en una posición determinada eso pertenece al registro imaginario. Y el registro simbólico es en el que caen las representaciones del mundo y de lo que hacemos, donde todo está representado por símbolos formando una estructura (simbólica), que representa nuestro funcionamiento humano. Los tres registros están permanentemente engarzados y fluyendo entre ellos.
Pues bien, en la subjetividad femenina, llegar a ser madre de un niño que nace pasa por el encuentro entre el hijo real que llega en la realidad corporal, sin palabras que lo representen aún en el psiquismo de la mujer, con el hijo imaginario, imaginado y fantaseado por la mujer mucho antes, incluso, de que nazca, y el hijo simbólico, el que llega a tener un lugar como sujeto y un nombre propio.
Todo hijo viene a ocupar un lugar que estaba en la imaginación y en los sueños de sus padres. Mucho antes de que nazcan, ya imaginamos qué hijos querríamos tener, de qué sexo nos gustaría que fuera, con qué cualidades. Antes de conocerle, tenemos este hijo imaginario que aparece en los sueños y que forma parte de nuestros propios deseos. Nacen, como nacemos todos, en medio de un bosque de expectativas, de papeles previamente asignados, con un nombre ya pensado, que a menudo ya identifica al futuro hijo con alguien significativo para el deseo de los padres. Darle un nombre identificado con alguien es una de las formas en que construimos ese hijo imaginario que quizá tenga poco que ver con la persona singular que él o ella va a ser.
Durante el embarazo, la mujer convive con un cuerpecito real que crea dentro de su propio cuerpo. El psiquismo lleva su propio proceso y ha de existir una representación imaginaria para ese niño corporal. La representación del niño imaginario inconsciente se nutre de esta situación completamente singular de un embarazo en la que un ser se duplica. En el inconsciente hay un momento primario en que quedó una representación de un estado doble similar, y es la representación arcaica de la unión primitiva con la madre. Aquella formación inconsciente arcaica del doble representaba el narcisismo primario, que es la imagen propia de una fascinante completud en la que nada falta. No existe recuerdo consciente de ello, pero sí la huella inconsciente que, como todos los contenidos inconscientes, no desaparece nunca y puede dejar sus trazos que reaparecen en situaciones vitales muy posteriores. Así, el cuerpo, de la actual embarazada que ahora se hace doble, facilita una regresión a la identificación con aquel momento doble en el que la mujer se puede identificar tanto con la madre, el contenedor que ella es ahora, como con el bebé, el contenido que ella fue. Muchos de los estados regresivos del embarazo son los síntomas que delatan estas identificaciones pulsatiles e indecibles.
Según Genie Lemoine, el embarazo es un delirio de completud, es vivido así por las mujeres que su embarazo parece un estado de gracia, en el que están tan llenas que no parecen necesitar nada más. En estas circunstancias el parto es una crisis narcisista. Veamos esta crisis.
El momento del parto es una crisis narcisista porque si en lo real lo que ocurre es el desprendimiento , excorporización del niño del cuerpo de la mujer, lo que representa una partición imaginaria, es decir, psiquicamente representa partirse en dos, perder el régimen de doble y quedar de nuevo separada de aquello que la completaba. Y digo de nuevo porque lo que se reedita es otro segundo momento arcaico, el de la separación primera del orto materno que abrió el comienzo de la vida psíquica en la que se empezó a ser uno, faltándole a la madre y apareciendo el otro materno como otro. Por eso el parto es una crisis, como aquella, en la que el narcisismo sufre la herida de un desdoblamiento. Hay que precisar que este desdoblamiento no es genital, si bien en lo real puede serlo, sino que es experimentado en el ser, en la sensación de existir. El grito del parto en el último momento del expulsivo, momento de partición, puede que no sea tanto de dolor sino de vacío, de la imponente sensación de atravesamiento por un canal de salida y vacío instantáneo.
¿Qué ha ocurrido? El niño, como objeto imaginario, el que completaba a la madre, acaba de perderse (castración simbólica), y del cuerpo nace un niño real, objeto real carne de la propia carne. (privación) Cuando el niño nace, en un primer instante es un extraño que ha de confrontarse con el hijo imaginario que es su representante psíquico depositario del deseo de la nueva madre. Nacer, sin duda, es atravesar ciertos peligros, tanto para el hijo como para la madre y uno de ellos es el que entraña el conocerse y reconocerse. Nace un hijo si puede alcanzar un lugar simbólico y nace una madre si puede simbolizar su partición. Para ello, es necesaria una operación psíquica de la madre que invista al niño real de un imaginario, es decir, que represente algo deseable para ella, lo haga depositario de sus deseos, y que por tanto, lo humanice. Se trata, como decía un neonatólogo: “de ligar el niño a la madre, que lo vea, que lo nombre....para que el niño tenga oportunidad de vivir” . A menudo esto no es instantáneo. A veces, incluso, esto no llega a ocurrir. Por ejemplo, ¿qué es lo que pasa cuando el hijo o hija nace con una deficiencia, o contrariando el sexo deseado por los padres, y padre o madre no consiguen aceptar a este hijo?. No son capaces de sobreponerse a la decepción que el niño real impone sobre el niño imaginado con el riesgo de que no llegue a ser reconocido como hijo propio, quedando en el registro de lo real donde tendrá difícil dejar de ser una cosa.
Aún falta más. Para la madre, el paso de la partición imaginaria a la castración simbólica. (que quiere decir dejar de estar como partida con una parte propia fuera, perdida). Es una operación psíquica en la que se trata de simbolizar el hijo carnal y su investidura imaginaria, los cuales, si permanecen, podrían mantener el significado de ser lo que completa a la madre, de forma que ella y el hijo forman una completud. La partición en dos , imaginariamente sufrida, ha de simbolizarse con la recuperación de la madre como un sujeto de nuevo incompleto y, por tanto, deseante, con una identificación nueva, la de madre; y simbolización del hijo como un nuevo sujeto, no parte iamginaria de ella misma. Diríamos que se trata de que el niño pierda la significación fálica para la madre, es decir que no signifique lo que le falta para ser completa, por el contrario, que el hijo sea una nueva persona que la simboliza como una madre en el mundo, es una obra, una creación puesta en el mundo con su nombre propio y su propia firma. Eso es simbolizar. Por eso tener hijos es una de las formas de simbolizar y ocupara un lugar en la estructura simbólica, el de madre, el de hijo. Cuando el niño es deseado, nombrado, reconocido como sujeto, como un hijo, es miembro de la vida por derecho propio. Ese lugar simbólico permite que el hijo sea un sujeto con sus propios deseos, cuyo deseo, precisamente, no tenga que responder al deseo de los padres sobre él, lo que significa no quedar excluido de la condición humana, como un deshecho real, primer riesgo, ni atrapado en ser el niño imaginario de sus padres, segundo riesgo que todos atravesamos.
¿Cuáles son las consecuencias de lo que es un hijo para una madre en este régimen de tres registros?
Sobre estos hechos irreductibles de que cada nueva persona llega a partir del cuerpo de una mujer y parte el cuerpo de una mujer, o que siempre una mujer alumbra los nuevos seres a través de su cuerpo y atraviesa con ellos el proceso psíquico de diferenciación desde una completud imaginaria, hasta la separación y apertura a la carencia, sobre estos hechos se ciernen tanto peligros como privilegios.
Por una parte, para la mujer madre, siempre existirá la remembranza del hijo como parte propia, portador de cierto significado de ella misma, siendo el hijo una parte abierta de sí misma por donde se expone a pérdidas de ser. Remembranza que será pulsatil al hilo de momentos de vulnerabilidad. Es lo que ocurre cuando el hijo sufre un daño y la madre se desvanece, se borra momentáneamente de ser, diciendo un ¡ay, mi niño!, que habla de la herida en carne propia percibida en el ser. Sobreponerse a este dolor, es a través del camino de la simbolización, de alcanzar el desprendimiento, llegar al sentimiento de que nuestros hijos no son nuestros, sólo nos simbolizan.
Además, toda la vida existirá una tensión entre el hijo deseado, imaginario, que está hecho de parte de la representación del propio narcisismo de la madre, y también del padre, en tensión con la simbolización del hijo, en su lugar de sujeto. La investidura imaginaria de un hijo, habla del lugar que ocupa en el fantasma de la madre. Es el caso en que un hijo resulta depositario de las expectativas de amor de la madre por alguna otra persona significativa. Los deseos y amores de la madre preceden al nacimiento del hijo, pero cuando este llega le van invistiendo poco a poco a lo largo de la historia del encuentro entre ambos, realmente durante toda la vida. El hijo o hija siempre reciben la presión del fantasma de los padres, del imaginario que sobre él o ella se proyecta como lo que habría de ser para ser deseado por ellos.
Por ejemplo, puede tener consecuencias para la madre, si el hijo o hija ocupan un lugar que correspondería a un padre, a un hermano, a un amante... Si se identifica a un hijo en uno de esos lugares, por ejemplo, si el hombre más deseado, admirado y amado, fue uno de la historia anterior de la mujer, que le ha dado el nombre a su hijo en su recuerdo, y que cada poco hay algún rasgo del hijo que lo confirma en ese imaginario, el hijo ocupa el lugar de amante en el registro imaginario de la madre. Es una estructura subjetiva en la que se definen lugares con funciones, que pueden ser ocupados por unas personas u otras, y lo que importa no es quién cae ahí, sino en qué lugar a caído en la estructura. Eso puede producir efectos, si ese lugar de amante está ocupado, la mujer no deseará fácilmente a un hombre, a otro hombre, a parte de su hijo, no se atreverá a estar con un amante si su hijo está en casa o puede saberlo, no por discrección, sino por la prohibición que procede del hijo que está en el lugar de amante, aunque la persona del hijo no esté prohibiendo nada realmente. Para todo ello basta con el imaginario, las identificaciones y el fantasma de la mujer. Estos juegos de la estructura y sus lugares no son exclusivos de la relación madre-hijo, afectan a cualquiera y son parte de nuestro fucionamiento en el entramado de relaciones cualesquier. Lo que pasa es que con los hijos no hay evasión posible, siempre ocupan un lugar en nuestro imaginario y a lo largo de su crianza y de todas las contingencias que su vida trae, el trabajo psíquico es ímprobo para hacer circular las identificaciones con él o ella y simbolizar aquello que amenaza con la alienación de la subjetividad de uno de ellos o ambos. Es un proceso constante.
Seguro que otros ponentes hablarán de esto, y de lo que supone para el lugar del hijo. Pero quiero aquí resaltar algo. A menudo se interpretan las historias de los niños y de la gente en función de los mal llamados, en mi opinión, determinantes familiares. Se considera determinante suficiente, el trato recibido en la infancia o las fantasías que los padres, y muy especialmente la madre depositan en su hijo. Vistos los efectos de vulgarización de la visión psicoanalítica, y visto que si el psicoanálisis ha dejado algún poso en las lecturas sociales sobre el psiquismo, este poso es el de un concepto trastornado: el de la madre patógena, supuestamente culpable de efectos devastadores en sus hijos por su forma de relacionarse con ellos. Creo que es necesario hacer hincapié en Freud, cuando dice que el sujeto del inconsciente se construye a partir de sus disposiciones, que incluyen su biología, su genética, y todo aquello con lo que nace, de sus disposiciones adquiridas en el desarrollo y de las contingencias que lo reestructuran y producen efectos de sujeto durante toda la vida, Todo influye y ninguno de los tres aspecto es determinante por sí mismo. Y lo que se deja de lado, a menudo, es que el sujeto se vincula con los eventos de su propio desarrollo y sus contingencias, según las marcas de su propio deseo. Hay elección inconsciente del sujeto que imprime la singularidad de cada uno, y las distintas formas de reaccionar ante sucesos e historias familiares similares. Todos hemos de pasar por lo que hemos representado para nuestra madre y nuestro padre, pero la inscripción que deja los deseos paternos y cómo determinan nuestra subjetividad depende, en gran parte, de nuestro deseo inconsciente. En absoluto es lineal un determinante familiar y el resultado que produce en un sujeto determinado. Creo que todavía hay muchos enigmas al respecto.
Sin embargo lo que es claro es que cuando se omite la visión de la plasticidad singular del sujeto y su deseo, incluso en los niños o adolescentes, y se construye poco a poco una historia familiar, que no es otra que la novela del neurótico, novela y no realidad, en la que el sujeto se ve como víctima pasiva, que culpa a los otros de todo lo que le pasa, este tipo de terapia o análisis fija en una posición objetal, depresiva e impotente para cambiar, precisamente porque no están trabajando con la posición subjetiva y el deseo inconsciente que la guía, que, a través del darse cuenta, sí se puede cambiar. De la historia familiar, no se puede cambiar ni una coma, pero el objeto del análisis no es reconstruir esta novela, sino las posiciones que el sujeto mantuvo y mantiene en esa historia, y descubrir el deseo y las fantasías que lo mueven, para hacer caer las que sean alienantes y hacer emerger al sujeto que las causa.






