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Cuestiones abiertas sobre la infancia y la adolescencia

Teoría y práctica desde el Psicoanálisis

"El malestar en los docentes" por Guillermo Kozameh Bianco

El escenario donde se ejerce la docencia: colegio, escuela, instituto, universidad, puede ocasionar en sus concurrentes manifestaciones sintomáticas y clínicas que se ha transformado en consulta frecuente: pediátrica, psiquiátrica, pedagógica, logopédica etc., pero creemos que sería enriquecedor no se dejara de tener en cuenta la perspectiva psicoanalítica: lo que puede ofrecer como hipótesis causales y abordajes terapéuticos.  

En algunos medios, parecería que se ha tomado mayor conciencia que muchos problemas de aprendizaje escolar: las inhibiciones, fobias, fracaso escolar están íntimamente relacionados con la situación afectiva del alumno y su entorno familiar.

Las consultas psicoanalíticas atienden ahora con más frecuencia, a estos niños-problemas, que en otra época eran asistidos solo por re-educadores o castigos veraniegos de cursos de recuperación.

Sin embargo la otra parte interesada en este vínculo: el docente (profesor, maestro, re-educador), termina asitiendo a la consulta psiquiátrica donde solicita ansiolíticos o antidepresivos para hacer más llevadera la cruz de su profesión. O en casos cada vez más numerosos, bajas laborales cuando su equilibrio psíquico no da más de sí, y se teme una fractura que lleve a baja por enfermedad prolongada. (con los costos económicos del cual el estado se queja, los padres protestan por los cambios de maestros, y estos atrincherados en sus casas temen recuperarse, para no volver al campo de batalla)

En el caso de los alumnos, el psicoanálisis ha tratado durante tiempo de trabajar con el “enseñado” responsabilizándolo de sus conflictos propios / familiares, para evitar el juego incesante de proyecciones sobre los docentes, donde estos aparecen como sádicos, con ideas fijas adversas a determinado alumno,  no tener paciencia requerida en su trabajo o como decía una madre: “mi hijo paga las consecuencias de una maestra que odia a los niños”

Independientemente que pueda coincidir o no esta apreciación tan dura con la realidad, la consulta psicológica o psiquiátrica de los docentes, tiene la limitación que solo explora las dificultades del medio laboral, los déficit de renumeración, el excesivo número de alumnos por curso, los trastornos familiares de los alumnos, etc. Pero exceptuando que el docente se encuentre con una consulta psicoanalítica, pocos le preguntan sobre su persona, sus motivos vocacionales, sus reacciones personales ante el alumno “problema”, sus respuestas de acuerdo a la edad de los mismos, sus fantasías eróticas o agresivas con los adolescentes a su cargo, o las ilusiones o decepciones con las que se encuentra en su camino profesional.

El comienzo de la educación, produce en el alumno, y en el docente un verdadero terremoto en cuanto a posiciones subjetivas que ellos ignoran.

El contacto del educador con sus educados, convoca en ambos una movilización de personajes de su historia infantil pasada. Ninguna parte tiene la obligación de conocer que ocurre en el escenario inconsciente. Sus reacciones son entendidas como simple respuesta al maestro o alumno que tienen enfrente. Es en esa otra escena donde el psicoanálisis respetuosamente puede ofrecer una perspectiva muy diferente.

En la década de los años ochenta se planteó en Madrid, en algunos colegios, a manera de experiencia piloto, la posibilidad que los docentes acudieran a grupos en la propia institución, adonde ellos pudieran abordar algo de sus problemas laborales. La asistencia fue mínima y este proyecto desapareció. La evaluación rápida de este fracaso fue: “un temor a mostrar ciertas debilidades, y una defensa rígida frente a dinámicas grupales diferentes, donde no se impartían lecciones, protocolos de manejo a los alumnos o consejos de métodos pedagógicos”.

Si el docente no se hace responsable que su sufrimiento profesional, está relacionado con causas socioculturales, pero especialmente con su estructura personal, repite en espejo invertido lo que los padres comentan del fracaso escolar de sus hijos: “la culpa la tienen los profesores incapacitados, y estos a su vez: la culpa la tienen los niños-monstruos que nos han tocado este año y cuyos padres delegan en nosotros su educación”.

Un intento de salir de este laberinto: aunque parezca extraño el psicoanalista y el docente tienen algo muy en común: “el saber y su transmisión”.

Sin embargo estos saberes y su manera de transmitirlos son absolutamente diferentes, aunque a veces el analista se deslice erróneamente en tareas educativas-terapéuticas y el docente pueda equivocarse torpemente, haciendo con el niño o con la familia lo que Freud llamaba:  “psicoanálisis silvestre”.

El docente se inscribe en el llamado por Lacan: discurso universitario vecino a la ciencia. Es decir un saber que sintetiza una suma de conocimientos, adquiridos en todos sus años de estudios y transmitidos por educadores que los recibieron de otros maestros.

El maestro enseña lo que recibió con los cambios y actualizaciones científicas pertinentes, y se coloca quizás, sin saberlo en una cadena de eslabones en las que el saber se transmite de generación en generación. Pueden variar los contenidos, puede modificarse la técnica pedagógica, pero la subjetividad del docente como la del alumno, no son objeto de atención.

La preparación pedagógica del docente con sus cursos exhaustivos, evaluaciones competitivas, trabajos presentados le hace creer, y en esto hay una complicidad perversa con las instituciones jerárquicas, que cuanto más saber acumulado mayor será la capacidad de transmisión, como si esta práctica fuera neutra, sin compromiso subjetivo.

Sabemos por la clínica que en algunos alumnos, el caudal acumulado de saber funciona como protección frente a patologías graves como neurosis obsesivas o desestructuraciones psicóticas.

De esta situación no se eximen los docentes, no pudiendo comprender como de una clase excelentemente preparada y con información tan elaborada, los alumnos responden con la ingratitud de la desatención. No tiene en cuenta que nada de lo humano apareció en esa voz o en sus exposiciones. A veces incluso un monolito donde no hay lugar para la duda, o el desconocimiento asumido frente a una demanda estudiantil.

Hace poco tiempo una adolescente en tratamiento analítico me decía: “Me gustaría ser profesora, creo que me enrollaría con los alumnos, pero me da miedo que no me escuchen, no me atiendan. Miro a mis compañeros, y cada uno de nosotros está en su mundo, no nos interesa la asignatura o es que ella no se hace querer”.

Curiosa palabra, querer, estimar, amar, que nos habla de otro orden que el de los conocimientos. A veces por temores personales, el mundo afectivo es inexistente, como si fuera posible una transmisión educativa neutra.

La joven que me relata este episodio esta mirando la escena en un lugar tercero, por un lado ella observa a sus compañeros, por otro a la profesora, identificándose con ambos roles, pero las partes implicadas en este desencuentro no pueden despegarse de este obstáculo que ella percibe.

La escena parecería un espejo de un futuro profesional riesgoso, sin reconocimiento mutuo, donde no se puede fraguar un lugar definido, o donde la fractura narcisita, hace que la joven escape hacia una profesión con menor riesgo, donde no se exponga tanto, y los reconocimientos sean aparentemente más seguros.

El docente, como los padres, soportan, un debate interminable de mutuo desconocimiento. A veces es después de varios años que los hijos como los alumnos pueden establecer un pacto de filiación con estos tutores.

La filiación familiar esta reglada por la ley edípica que garantice la búsqueda de relaciones extrafamiliares y no incestuosas.

La Filiación educativa: ser discípulo de ese maestro, de ese colegio, portar un emblema del club al que se pertenece, permite duplicar la ley familiar en cuanto a extender por medio de la educación recibida lo permitido y prohibido.

Si la estructura familiar intenta garantizar la represión primaria en cuanto a separación de los cachorros con su madre, los educadores continuarán con este proceso de reprimir las pulsiones sexuales y ofrecerles temas, asignaturas, conceptos que permitan que el deseo continúe por caminos alejados de la tentación arcaica infantil.

En este trayecto  hubo innumerables peleas y acercamientos.  Los padres generalmente no se desvinculan de la educación de sus hijos, aunque a veces por sus propios conflictos terminan depositando esta responsabilidad en los psicoanalistas o educadores. Tarea que hay que discriminar e intentar reconducir responsabilidades (sí se puede).

Los docentes menos culposos que los padres, pueden desvincularse más frecuentemente de los alumnos- problemas, dándolos por causa perdida, o inconscientemente desatendiéndolos para siempre.

Este fracaso educativo deja muchos perdedores en el camino. Talentos esterilizados de un lado y bajas médicas incesantes por el otro, pero en común un sufrimiento que no se atiende y trata adecuadamente.

Estas líneas entrecruzadas de afectos, rechazos, indiferencias entre alumnos y docentes generalmente son exploradas institucionalmente desde una óptica del cognitivismo, es decir fenómenos que atañen a la conducta y reacciones causa-efecto de ambas partes.

El psicoanálisis ofrece una mirada y estudio de estos vínculos que va más allá de lo que observamos a simple vista. La resonancia del inconsciente del enseñante-enseñado está presente con una fuerza inquietante. Sin embargo da temor acercarnos y abordarlo. Freud llamaba resistencia a esta dificultad para dar este paso más allá de lo que se muestra. Este no querer saber sobre la verdad de la asignatura humana esta imbricado con el no querer saber de otras asignaturas aparentemente sin relación.

Estas vinculaciones: como un espejo deformante, fueron llamadas por Freud fenómenos transferenciales y son a pesar de sus inconvenientes  aspectos fundamentales en la cura psicoanalítica. Se trata de reacciones erróneas (falsas conexiones) del paciente frente a su analista, pero no por aspectos personales de él sino por lo que éste le representa y le remueve de su pasado infantil.  Esta repetición es inconsciente y si bien obstaculiza el vínculo normal, Freud lo transforma en objeto de estudio y trabajo. Desde Lacan podemos decir que el paciente le atribuye al analista un saber sobre su síntoma, pero  el trabajo del analista consistirá en no responder desde el lugar que el paciente lo coloca, y hacer que ese saber pase del lado del paciente.

Pero si bien es en la cura psicoanalítica, donde se explora exhaustivamente la transferencia, no es el único espacio donde puede recrearse.

Las instituciones de enseñanza, como otros espacios de la vida donde atribuimos a otro un saber: médicos, autoridades, son escenarios facilitadores para que se estructuren fenómenos transferenciales.

Aunque  esta similitud saber otorgado, transferido  al analista y al pedagogo tienen grandes diferencias en su forma de generarse y abordarse: “al analista se le supone un saber sobre los constituyentes del ser, el pedagogo  en cambio es un sujeto que posee realmente un saber adquirido por su trabajo, es un saber universal, exterior a el, transmitido por sus maestros y que el ha de transmitir a su vez” (Anny Cordié)

El analista no está para enseñar, ni educar, sin embargo despierta en sus pacientes el deseo de saber sobre las verdades de su historia personal.

El educador mediante la enseñanza, favorece que el alumno perciba una carencia, momento poco frecuente por las incomodidades y la angustia del no saber, y solo  esta carencia lo lleva a desear curiosear, investigar, aprender, no ya los entretelones familiares, sino la historia de su cultura,

El analista destapa la represión para investigar las fantasías arcaicas de sus pacientes, el docente favorece la represión para que las pulsiones puedan sublimarse.

La sociedad, las instituciones educativas delegan en el docente una autoridad para que él la ejerza y pueda transmitir conocimientos. Esta autoridad, la posición particular superior del maestro con respecto al alumno, sus palabras portadores de ese saber, la asimetría de lugares, son condiciones para que se establezca la transferencia,  que llamaremos: transferencia pedagógica.

Generalmente los docentes y los alumnos pueden reconocer sus vinculaciones afectivas entre ellos, pero si se excluye la comprensión psicoanalítica, se las comprende solo como algo directo, simple, lineal.

Una profesora en análisis se queja de un determinado alumno que siempre le pregunta para hacer ver ante sus compañeros, las contradicciones o fallas de su asignatura. ¿Pero es realmente a ella, a la que se dirige, o a quién el alumno realmente intenta (sin saberlo) desidealizar y desentronizar?

El desconocimiento de la otra escena que se juega puede ocasionar enfrentamientos y alejamientos irrecuperables.

Incluso cuanto más pequeños sean sus alumnos, el docente soporta más el peso de los desplazamientos transferenciales. ¡Cuantas veces un niño pequeño llama a su maestro mamá o con el nombre de uno de sus padres! ¡Y cuanta ternura o agobio del profesor hacia su alumno está teñido del afecto hacia sus propios hijos!

El docente se expone como personaje real, con sus ideales y debilidades humanas propias, pero también está (sin saberlo) en el lugar de otro, a causa de la transferencia que genera.

No veo otra posibilidad que reconsiderar y propiciar los proyectos de grupos con docentes, donde se puedan reflexionar, concienciar, abordar (o la palabra que despierte menos resistencias) estas dificultades del ejercicio del rol profesional. Allí con un coordinador especializado, podrá discriminar más adecuadamente lo que corresponde a su rol, su función, y lo que concierne a su persona. El espejo proyectivo entre educador-educado, podrá mirarse desde otro lugar que permita mejores modalidades de relación.

 

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