| Artículos y Opinión | |||||||||||||||||||
Los comandantes supremos alemanes de los 3 Ejércitos y de los Estados Mayores habían considerado a Polonia como un enemigo formidable, por lo que quedaron sorprendidos por la rapidez y el éxito con el que se desarrolló la batalla. En el momento de planear el ataque al Oeste ("Plan Amarillo") estos mismos jefes no dejaron de expresar sus reservas. Tanto el Ejercito francés como la Línea Maginot y el Cuerpo Expedicionario Británico les parecieron riesgos muy considerables que vencer. De hecho, Hitler tuvo que imponer sus planes y la fecha del ataque contra la opinión de sus generales. En cambio, respecto a la proyectada invasión de la URSS, "Operación Barbarroja", reinó entre el Führer y los generales una completa unanimidad. Hitler calificaba al Ejército Rojo de "chiste" y los generales no lo tenían por un enemigo difícil. Para ello existían diversas razones. El desarrollo de la batalla del Oeste había confirmado a Hitler (según rezaba la propaganda oficial) como "el más grande estratega de todos los tiempos", y dejado al descubierto el error de cálculo de sus generales. Éstos hubiesen necesitado una gran presencia de ánimo para lanzar de nuevo sus advertencias en el momento que iba a llevarse a cabo "la batalla decisiva del pueblo alemán", en la que se "jugaba su destino". Además no faltaban signos que indicaban la debilidad del Ejercito Rojo, pues el O.K.W. hizo sus valoraciones del potencial bélico ruso basándose en la poco gloriosa guerra Ruso-Finlandesa del invierno anterior en el que los rusos perdieron 273.000 hombres, 1.600 carros y 684 aviones frente a 24.923 bajas finlandesas. El propio general Guderian presentó un informe en el que se calificaba a los blindados soviéticos de "anticuados" y sus medios de transmisión de noticias "insuficientes". He aquí las conclusiones a las que llegaba un informe interno del O.K.W. sobre el Ejercito Rojo:
En la primavera de 1.941 el Estado Mayor Soviético había trazado un nuevo plan para la defensa de las fronteras, así como para la movilización de tropas, lo que supondría disponer de un millon de soldados más. Esta reorganización se hallaba en su apogeo en el momento del ataque alemán. Cuando las medidas dictadas por Stalin empezaron a surtir efecto, el mando del la Wehrmatch se dio perfecta cuenta del error de juicio cometido al valorar al enemigo. Error que a la postre resultaría funesto para la Alemania Nazi.
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