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Apenas retirados los aviones japoneses, el gobernador de la isla Oahu declaró la ley marcial, que se mantendría durante el resto de la guerra. Miles de residentes japoneses fueron internados. Al día siguiente, el presidente Roosevelt anunció en el Congreso que se había implantado el estado de guerra entre los Estados Unidos de América y el Imperio de Japón. La cifra oficial de bajas quedó fijada en 2.086 muertos, 749 heridos y 22 desaparecidos. La Armada perdió 92 aviones, y el Ejército, 96. Siendo grandes estas pérdidas, no alcanzaron en gravedad a las de los buques de la American Pacific Fleet, que perdió 8 acorazados, 3 cruceros y varios buques menores de apoyo. Las autoridades estadounidenses conocían el plan de ataque japonés a su flota en el Pacífico y pudieron evitarlo. Varios datos relevantes apuntan en esa dirección:
De todo lo anterior se desprende que los EE.UU. sabían dónde, cómo y cuándo se iba a producir el ataque japonés: dónde, de la interceptación de comunicaciones japonesas inquiriendo la posición exacta de los buques en Pearl Harbour. Cómo, de las previsiones de Bellinger y Martin. Cuándo, del conocimiento de la orden japonesa a sus embajadas en países hostiles de destruir los códigos y la documentación existente en las mismas. Operación que sólo se realiza en inminente peligro de guerra. La pregunta es: ¿por qué no se adoptaron las medidas de seguridad oportunas? La explicación más probable se encuentra en el deseo del gobierno estadounidense de entrar en guerra, al encontrarse amenazados sus intereses económicos en el Pacífico y China, y con el riesgo de perder las millonarias inversiones efectuadas en Gran Bretaña, si ésta sucumbía ante Alemania. Tras haberse pasado años abogando por la neutralidad, el gobierno estadounidense no podía esperar que sus ciudadanos aceptaran una entrada en la guerra de forma voluntaria, por lo que había que encontrar la manera de presentar la guerra como algo no deseado por el gobierno, pero necesario, como una guerra patriótica librada para vengar una agresión previa. No era la primera vez que Estados Unidos recurría a una táctica semejante, sacrificando las vidas de sus propios ciudadanos, para justificar una agresión. La guerra Hispano-Norteamericana de 1.898 fue hábilmente preparada por la prensa amarilla de Hearts y el intervencionista Theodore Roosevelt en apoyo de sus amigos con intereses económicos en Cuba, utilizando la excusa de la voladura del Maine con fines patrioteros, y en la I Guerra Mundial se recurrió al hundimiento del Lusitania como casus belli para declarar la guerra a Alemania. El 1 de agosto de 1.941, los EE.UU. impusieron el embargo de petroleo a Japón. Esto significaba apretar el cuello a esta nación que recibía de Norteamérica el 90% de su combustible. Los especialistas cifraban las reservas de petróleo de Japón en 65 millones de hectolitros. Como mucho daban para año y medio. Ahogando a Japón con el embargo de petróleo, y presentando propuestas inadmisibles para los nipones en términos geoestratégicos y militares, los Estados Unidos empujaron al Japón hacia la única salida posible: la guerra. Sólo un deseo calculado de entrar en guerra por parte del gobierno estadounidense explicaría la ausencia de medidas defensivas apropiadas, o por qué se retiraron las redes antitorpedos a los acorazados, se desistió de colocar globos cautivos de defensa antiaérea en la base, o por qué se retiraron aquel día los portaaviones norteamericanos de la rada de Pearl Harbour, dejando en su lugar acorazados obsoletos de la I Guerra Mundial. El valor militar de estos viejos buques frente a unidades japonesas del mismo porte era escaso. Por si fuera poco, el ataque se había iniciado con anterioridad a la declaración de guerra. El embajador japonés en Washington tenía orden de entregar la nota en que se comunicaba el estado de guerra al Gobierno de los Estados Unidos a la una de la tarde del 7 de diciembre, que correspondía a las siete y media de la mañana del 8 en Honolulu, o sea, treinta minutos antes del inicio del ataque. A causa de retrasos en el descifrado del mensaje en la Embajada japonesa, la nota fue presentada a las dos y veinte de la tarde. En ese momento, la Flota del Pacífico ya había sido virtualmente aniquilada en Pearl Harbour. El efecto de su destrucción ante la opinión pública estadounidense determinó la decisión de vengar con sangre la afrenta.
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