
Las autoridades estadounidenses
conocían el plan de ataque japonés a su flota en el Pacífico y pudieron evitarlo.
Varios datos relevantes apuntan en esa dirección.
Cuando el III Reich comienza a
derrumbarse y se inicia el declive de Alemania en la guerra, surge una esperanza
arrolladora para alimentar hasta el último minuto la resistencia de quienes todavía
creen en Hitler y en su causa: las "Armas Secretas".
Los cadáveres de sus
compañeros muertos de frío fueron los últimos parapetos de los soldados alemanes en la
batalla de Stalingrado, la mayor carnicería humana de la historia. A orillas del Volga se
desvaneció definitivamente el mito de la invencibilidad de la máquina bélica de Hitler.
Desde la ventaja que ofrece la
retrospectiva, se observa que los alemanes habían perdido la batalla debido
fundamentalmente a graves errores cometidos por sus mandos
¿Qué fuerza tiene el Ejercito Rojo? Esta pregunta se la formuló muchas veces el O.K.W.,
el mando supremo de la Wehrmacht antes del ataque a la URSS el 22 de Junio de
1.941, llegando a conclusiones muy erróneas.
La noticia de la invasión alemana de la
Unión Soviética tuvo un gran impacto en España. En la mañana del 24 de junio de 1.941,
apenas transcurridos dos días desde que las tropas del Tercer Reich cruzaran las
fronteras de la U.R.S.S., millares de personas se lanzaron a las calles de Madrid
demandando el envío de voluntarios para combatir a la Rusia de Stalin.
El plan de ataque a una de las
bases de la Home Fleet fue ideado por el almirante Dönitz. Se pretendía
penetrar en el fondeadero de Scapa Flow con un submarino y hundir allí algún buque de
guerra británico. La empresa era extremadamente difícil, los pasos de entrada al
fondeadero estaban muy vigilados, y cerrados por redes o barcos hundidos, además de las
peligrosas corrientes.
El 2 de setiembre de 1945, a bordo
del acorazado Missouri, el Japón firmó finalmente su rendición incondicional. Fueron
necesarias dos bombas atómicas para quebrar la obstinación de un pueblo que resistía,
hasta más allá de la razón, el reconocimiento de lo inevitable: la derrota.

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