|
PLÁTICA NÚMERO CINCO
Hemos
de matar en los gigantes a la soberbía;
a la envidia, en la generosidad y buen
pecho; a la ira, en el reposado continente
y quietud del ánimo; a la gula y al
sueño, en el poco comer que comemos
y en el mucho velar que velamos; a la
lujuria y lascivia, en la lealtad que
guardamos a las que hemos hecho señoras
de nuestros pensamientos; a la pereza,
con andar por todas partes buscando
las ocasiones que nos puedan hacer y
hagan, sobre cristianos, famosos caballeros..."
Sí: El Quijote, parte II, capítulo VIII.
Hermoso párrafo donde se citan todos
los pecados capitales... menos uno:
la avaricia. A Cervantes se le pasó
por alto porque no es un vicio español.
Díaz Plaja, en El español y los siete
pecados capitales, dedica ochenta páginas
a nuestra soberbia y escasamente dos
a nuestra avaricia. Y aún éstas, para
negarnos tal defecto, si se nos considera
colectivamente. La literatura española,
que ha dado personajes tan universales
como Don Quijote, Don Juan o la Celestina,
no tiene el Harpagón de Molière ni el
Shylock de El mercader de Venecia. El
dómine Cabra y el clérigo del Lazarillo
no estaban poseídos de la codiciosa
avidez de atesorar; eran unos cuitados
que apenas podían malcomer. Hambreaban
curas, pícaros e hidalgos mientras los
Tercios se paseaban invictos por Europa,
y por eso el quevedesco "clérigo cerbatana"
y el mísero cura de Maqueda fueron,
únicamente, dos menesterosos más entre
el sinfín de españoles que, como los
franceses de Luis XIV poco después,
"se morían de miseria al son de los
Te Deum triunfales". Hablar de
los franceses me ha recordado lo de
Schopenhauer: "En otras partes del mundo
tienen los monos; en Europa tenemos
los franceses." Lo que yo traduzco diciendo:
en otros países tienen los avaros; aquí
tenemos los gorrones. Epidemia tan antigua
que ya Quevedo (el escar- mentado Quevedo
de "solamente un dar me agrada, que
es el dar en no dar nada") se queja
en la dedicatoria del Buscón de que
haya "gorrones de libros como de almuerzos".
De tacaños y gorrones, libera nos,
Domine.
Blas PUNTORREDONDO
Ensayo anterior | Ensayos
| Siguiente ensayo
|