Comentario de
texto
O es por esas ciegas ansias terrenales
que sienten los fantasmas por las cosas
que usaron y que aún buscan
perdidos en un tiempo que se les ha negado,
por lo que he entrado aquí. Ajadas y solemnes
cuelgan sobre los muros fotografías de época:
una niña vestida de tul blanco,
una madre muy joven asomada a una cuna
y otros retratos tuyos a edades muy distintas
(y la invisible muerte adivinada
entre los fondos neutros color sepia).
Qué busco no lo sé. Y ahora que has muerto
estoy en esta sala. Aquí, en las siestas
y en los atardeceres, muchas veces te he visto
teclear el piano. Cerrada está la tapa
y un mantillo de polvo se ha posado
y anticipadamente muestra
lo que empiezas a ser, tu exacto rostro.
Voy mirando tus viejas partituras:
Rosa del azafrán y tangos y habaneras.
Y sus fechas (1920,35) amarillecen. Sé
que los años marcan compases de sonidos,
la pausa de un silencio.
Mas yo trazo tu nombre, Aurora, sobre el polvo.
Y aunque duele ese nombre, que es de luz presentida,
sé que estarás ahora vecina de la luz. Ella te acoja
a otro lado del tiempo
y conmigo te escriba y como yo te nombre.
El texto que nos disponemos a comentar fue escrito
por José Julio Cabanillas a raíz de la muerte de Aurora
Remón, abuela del poeta. No se trata de un pasaje en prosa, sino
de un poema, como podemos deducir fácilmente por su
disposición en el papel: no hay parágrafos, sino una
estrofa formada por veintiocho versos.
Hay quien opina que las composiciones poéticas modernas no son
sino prosa con una colocación espacial diferente, debido a que
no siguen los tipos de estrofa tradicional, no hay rima, no hay ritmo.
Pero lejos de estos prejuicios neoclasicistas, al utilizar el verso el
autor está diciendo al lector que debe leer la obra de una
manera distinta a cualquier otro tipo de texto: el que lee ha de saber
de antemano que se trata de un discurso subjetivo, sugerente,
insinuador, en el cual no habrá argumentos ni
argumentación, pero sí un tema claro, que generalmente no
estará explícito, sino que el lector lo tendrá que
ir descubriendo a través de una serie de recursos
(connotaciones, paralelismos, metáforas, etc.) propios
especialmente de este género, en el que la función
poética (que también podríamos denominar
estética, pues la belleza se convierte muchas veces en el
principal valor de la poesía) domina sobre las demás,
pero sin anularlas.
A través de nuestro comentario intentaremos desentrañar
cuál es el tema de este poema y analizar los recursos usados por
el poeta. Realizaremos un análisis siguiendo los niveles del
lenguaje (fonético-fonológico, morfosintáctico y
léxico-semántico).
Comenzaremos con el nivel fónico. Como suele
ser habitual en los poemas de fines del siglo XX, no hay rima, no hay
regularidad en la longitud de versos, no hay un ritmo preestablecido:
el poeta utiliza el llamado «verso libre».
En el verso 21 el uso de las cifras ará as
entre paréntesis propicia una doble lectura posible de las
fechas: «mil novecientos veinte, treinta y cinco» o
«mil novecientos veinte, mil novecientos veinticinco».
Abunda la esticomitia (verso en el que la unidad
sintáctica coincide con la unidad métrica). Apenas hay
encabalgamientos, y son de tipo sintáctico. Las pausas versales
son muy significativas: el poeta coloca las palabras más
importantes para la comprensión de su obra al final del verso;
en el verso 6 tenemos «de época»,
«sepia» al final del verso 11, «exacto rostro»
en el 18, «sonidos» (v. 22), «silencio» (final
del verso 23), «luz presentida» (v. 25),
«nombre», última palabra del poema. En todos estos
casos la palabra está a final de verso y, además, seguida
de un signo de puntuación, lo cual hace que centremos por un
instante más nuestra atención en ellas durante la
lectura. Especialmente importante es la pausa versal tras la palabra
«Sé» (v. 21), ya que cambia la significación
del verbo: este nuevo sentido nos da la clave del poema. Haremos un
análisis de estas palabras en los siguientes niveles.
Todavía en el nivel fónico, debemos
señalar que hay algunos paralelismos a comienzo de verso que
contribuyen a crear cierto ritmo: «que sienten/ que usaron»
(vv. 2 y 3); «una niña/ una madre» (vv. 7 y 8).
La aliteración producida por la
repetición del fonema /i/ (debida a la repetición de la
conjunción «y»), que vemos claramente en el poema,
responde a la necesidad o moda que hay en la poesía moderna de
usar el polisíndeton para crear cierto ritmo y musicalidad. En
este poema la conjunción «y» aparece, sobre todo, a
principio de verso, como un paralelismo (vv. 9, 10, 14, 16, 17, 21, 25,
28), pero también en el interior de verso: «Rosa del
azafrán y tangos y habaneras» (v. 20). Como vemos, la
enumeración no sigue criterio alguno: mezcla distintas
categorías (el nombre de una zarzuela con el de dos
géneros musicales). Es absolutamente subjetiva.
Pasamos al nivel morfosintáctico. Comienza el
poema con la conjunción «O». Podríamos pensar
que se trata de una «o» disyuntiva, o quizás
explicativa, que remitiera a un fragmento anterior. Sin embargo,
tenemos dos razones para pensar que no es sino una forma de empezar:
por un lado, la brevedad de los poemas modernos, consecuencia de la
aprehensión de lo externo como interno; por otro, la coherencia
interna del texto, que nos lleva a una conclusión clara sobre el
tema, nos hace creer que no nos hallamos ante un fragmento sino ante un
poema completo: no hay nada después ni delante. Además,
está la importancia que tienen los dos primeros versos para el
cabal entendimiento del poema.
En el verso primero encontramos el deíctico
«esas», con valor catafórico: «esas ciegas
ansias terrenales». Este deíctico, al referirse a un mundo
externo al poeta, el mundo real, implica al lector: la realidad
presupuesta constituye el nexo de unión ente el lector y el
poeta creando un mundo del que ambos participan. Así pues, las
«ciegas ansias terrenales» son tanto del uno como del otro.
En el verso quinto aparece la primera persona:
«he entrado aquí». El poeta entra
«aquí» (otro deíctico) debido a «esas
ciegas ansias terrenales» en las que ya ha implicado al lector:
por eso, también, éste entra, y comparte la experiencia,
el sentimiento, del poeta. Esto es otro rasgo de la poesía
moderna, necesita de la colaboración de quien lee.
En el verso 12 encontramos una extraña
estructura sintáctica: «Qué busco, no lo
sé». Podríamos suponer que se trata de una pregunta
y su respuesta: «¿Qué busco? No lo
sé». Mas la ausencia de signos de interrogación nos
hace pensar que estamos ante una focalización: esta consiste en
marcar o señalar explícitamente un constituyente o
palabra de una oración para enfatizar: «No sé
qué busco» pasa a «Qué busco, no lo
sé», de manera que el foco de la oración se centra
en «Qué busco». Por ello, al cobrar este
énfasis, el autor nos centra en la
búsqueda. Aunque el autor no sepa cuál
es el objeto de esa búsqueda, lo que hallará finalmente
será una respuesta.
«Amarillecen» es un neologismo por
«amarillean». El sufijo «-ecer» le otorga el
sentido de «empezar a amarillear» (en claro paralelismo con
la perífrasis incoativa «lo que empiezas a ser»,
verso 18). El poeta se centra más en el proceso que en el
resultado: interesa el hecho de que las hojas comienzan a ponerse
amarillas, no que finalmente tengan ese color. Estos valores incoativos
nos remiten a una muerte reciente. También mediante estos
recursos morfosintácticos centra la atención en la
realidad entendida como proceso o cambio, no en el instante concreto.
La misma función tiene el paralelismo entre el verso
séptimo y el octavo: «una niña/ una madre».
Esta niña que al cabo de un tiempo es madre se nos revela como
el «tú» a quien se dirige el poeta: «retratos
tuyos a edades muy distintas» (v.9). De nuevo esas «edades
muy distintas» nos remiten, no al instante en que se captaron las
imágenes, sino al paso de una edad a otra, y finalmente, a esa
«muerte» que se muestra explícitamente en el verso
10. El «tú» aparece a lo largo del poema repetidas
veces: «has muerto» (v. 12), «te he visto» (v.
14), «tu exacto rostro» (v. 18), «tu nombre,
Aurora» (v. 24)... Las alusiones a esta mujer que vivió y
que ha muerto se hacen en segunda persona: desde el poeta, y por tanto
también desde el lector, que están vivos. Se crea
así una oposición muerte (segunda persona) / vida
(primera persona).
De lo dicho en este nivel deducimos que el poeta
centra su atención en el paso del tiempo, en la vida y en la
muerte y en la relación entre ambas; también que el autor
pretende que el lector se identifique con él y con su punto de
vista.
Entramos en el nivel léxico-semántico.
Ahora nos centraremos en el estudio de lo que Greimas llama
«isotopías», es decir, en la estructuración
del poema desde el punto de vista semántico, que suele
entenderse como una recurrencia semántica, un conjunto
jerarquizado de significados que se organizan en un tema. Esto es
fundamental en la poesía, ya que, como hemos dicho, se organiza
no a través de argumentos, sino mediante una serie de
sugerencias, insinuaciones, etc., que suelen manifestarse
principalmente mediante recursos léxico-semánticos. Como
vemos, estas isotopías nada tienen que ver con los llamados
«campos semánticos», ya que la estructura
semántica se crea a través de las connotaciones y no con
las denotaciones: de aquí el carácter subjetivo y
lírico de toda poesía.
El poeta se identifica con un fantasma: «O es
por esas ciegas ansias terrenales / que sienten los fantasmas por las
cosas / que usaron y que aún buscan / perdidos en un tiempo que
se les ha negado/ por lo que he entrado aquí» (vv. 1-5).
Tanto la palabra «fantasma» como la expresión
«que se les ha negado» nos hacen pensar en la muerte: un
muerto que busca sus cosas. Pero no. Ya hemos establecido que el
deíctico «esas» se refiere al mundo real, luego los
fantasmas son el poeta y el lector, los seres humanos en general, los
vivos. Se produce así una inversión absoluta de los
significados: los fantasmas no son los muertos, sino los vivos.
Frente a esa realidad, común al poeta y al
lector, se opone un tú, una mujer que ha muerto. No es la amada
del poeta: lo vemos no sólo por la ausencia absoluta de
léxico amoroso, sino también por una expresión que
nos lo indica: «fotografías de época» (v. 6).
Indudablemente si el poeta fuese el marido o el amante, no se
referiría a las fotos con ese complemento de nombre, «de
época», que nos revela a un autor bastante más
joven que la fallecida. Por la forma que tiene de hablarle, con
familiaridad, y por el hecho de poder entrar libremente en donde ella
vivía y de haber estado allí en varias ocasiones
(«muchas veces te he visto / teclear el piano», vv.14-15),
podemos conjeturar que se trata de alguna mujer de su familia.
Efectivamente es así, puesto que, como hemos explicado
más arriba, el poema fue escrito en memoria de la abuela del
poeta.
La isotopía «muerte» es patente:
no sólo aparece el sustantivo (v. 10) y el verbo (v. 12), sino
que adivinamos su presencia a través de una serie de
connotaciones y de símiles: el color «sepia» (v. 11)
de las fotografías, el mismo de las partituras que
«amarillecen» (v. 21); el «mantillo de polvo»
(v.16) sobre la tapa «cerrada» (v.15) adquiere un valor
simbólico, ya que muestra el «exacto rostro» (v. 18)
de la difunta, aquello que empieza a ser. Este incoativo nos dirigen a
la idea de una muerte reciente. Sin embargo, vemos que no hay
sentimientos de frustración, ni de impotencia, ni de rabia ante
esta pérdida: ¿insensibilidad? No, debemos desechar esa
posibilidad, puesto que «duele ese nombre» (v. 24), el de
la fallecida.
Hay algo que mitiga parcialmente ese dolor. Hemos
observado en el nivel morfosintáctico el tema del paso del
tiempo, unido al de la muerte: la fugacidad de aquél queda
patente al ver las fotografías, al recordar los atardeceres en
que el poeta vio a la mujer teclear el piano cuya tapa está
cerrada, las partituras que amarillecen... Mas todas estas referencias
nos hacen pensar también en otro tipo de tiempo: el musical.
Así el poeta afirma: «los años marcan compases de
sonidos / la pausa es un silencio.» (vv. 22 y 23). La relevancia
de esta afirmación viene dada por el verbo que la introduce y su
situación en el verso: «Sé», después
de un punto y justo antes de una pausa versal, como una
afirmación categórica. Un verbo, aparentemente, sin
objeto directo, un saber sin objeto concreto: el saber absoluto, que en
el ser humano sería el conocimiento de lo que hay detrás
de la muerte. Así pues, lo que sigue a este
«Sé» es la clave del poema: «la pausa es un
silencio», dentro de los «compases de sonidos». En
música, un silencio es una pausa dentro de la
composición, no marca el final de ésta. El silencio forma
parte de la música, como las notas, los sonidos.
Así pues, el silencio al que lleva el
transcurrir de los años no supone el final de la música
(la vida). El polvo, que como hemos visto simboliza la muerte, es
superado por Aurora: «yo trazo tu nombre, Aurora, sobre el
polvo.» (v. 24). «Aurora», nombre propio de mujer,
también es un nombre común, con el que designamos la luz
que precede a la salida del sol, y el poeta nos lo recuerda: «ese
nombre, que es de luz presentida» (v. 25). Ese
«tú» que es la difunta resulta ser luz frente a los
vivos, que sólo son fantasmas: la inversión de
términos a la que nos habíamos referido antes se vuelve
ahora absoluta. La muerte viene a ser una forma de vida, eso es lo que
el poeta sabe: «sé que estarás ahora vecina de la
luz.» (verso 26). La luz aquí representa la vida en el
más allá, quizá una divinidad, pues esa luz puede
escribir y nombrar, como leemos en el último verso. Cuando el
poeta dice «conmigo te escriba» (v. 26) se está
refiriendo a que ha escrito «Aurora», nombre de mujer, pero
también luz (vida) sobre el polvo (muerte). Esta creencia
patente en una vida tras la muerte es ese «algo» que, como
antes anunciábamos, mitiga el dolor.
La expresión «como yo te nombre»
(final del poema) nos recuerda el comienzo del Génesis: la luz
nace como consecuencia de las palabras pronunciadas por Dios. Varias de
las referencias observadas a lo largo del poema guardan una gran
similitud con los símbolos cristianos. Sin embargo, no podemos
adscribir el poema únicamente a la religión cristiana.
Primero porque en nuestra cultura esta simbología está
tan arraigada que no es necesario recurrir a ningún dogma para
entenderla. Y segundo el tema de la muerte y una posible vida
más allá de ella está tratado de una manera que
rebasa cualquier límite entre distintos credos, de manera que el
poema resulta inteligible y conmovedor para cualquier persona, sea cual
sea su fe.
Pasamos por último a las conclusiones de
nuestro comentario. El tema del poema es, pues, la muerte, pero
entendiendo que, si el silencio también es música, la
muerte también es vida. El poeta posee una gran pericia al
manejar una gran cantidad de recursos para darnos a entender su
mensaje. Estos recursos son:
—colocación de palabras «clave» a
final de verso;
—paralelismos y aliteraciones;
—uso de deícticos para implicar al lector sin
dirigirse a él;
—juego verbal entre la primera y la segunda persona
para crear la oposición vida / muerte;
—inversión léxica de ciertos
términos, que adquieren en el poema el sentido opuesto al que
tienen habitualmente;
—isotopías que tienen como temas el tiempo y
la muerte.
El poeta ha sabido estructurarlos muy acertadamente,
no sólo para crear una composición de indudable valor
literario por su gran belleza, sino también para transmitirnos
la idea de que la muerte no es algo temible sino «el otro lado
del tiempo», otra vida.