Texto 2B: República, libro VI (5-8)
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5. La sociedad corrompe a los buenos
—¿Hemos, pues, explicado la causa de que los buenos
sean inútiles?
—En efecto.
—¿Quieres que a continuación expongamos
cuán forzoso es que la mayor parte de ellos sean malos y que, si
podemos, intentemos mostrar que tampoco de esto es culpable la filosofía?
—Ciertamente que sí.
—Sigamos, pues, hablando y escuchando por turno, pero
recordando antes el lugar en que describíamos las cualidades innatas
que había de reunir forzosamente quien hubiera de ser hombre de
bien. Y su principal y primera cualidad era, si lo recuerdas, la verdad,
la cual debía él perseguir en todo asunto y por todas partes,
si no era un embustero que nada tuviese que ver con la verdadera filosofía.
—En efecto, así se dijo.
—¿Y no era ese un punto absolutamente opuesto
a la opinión general acerca del filósofo?
—Efectivamente —dijo.
—Pero, ¿no nos entenderemos cumplidamente alegando
que el verdadero amante del conocimiento está naturalmente dotado
para luchar en persecución del ser, y que no se detiene en cada
una de las muchas cosas que pasan por existir, sino que sigue adelante,
sin flaquear ni renunciar a su amor hasta que alcanza la naturaleza misma
de cada una de las cosas que existen, y la alcanza con aquella parte de
su alma a que corresponde, en virtud de su afinidad, el llegarse a semejantes
especies, por medio de la cual se acerca y une a lo que realmente existe,
y engendra inteligencia y verdad, librándose entonces, pero no antes,
de los dolores de su parto, y obtiene conocimiento y verdadera vida y alimento
verdadero?
—No hay mejor defensa —dijo.
—¿Y qué? ¿Será propio de
ese hombre el amar la mentira, o todo lo contrario, el odiarla?
—El odiarla —dijo.
—Ahora bien, si la verdad es quien dirige, no diremos,
creo yo, que vaya seguida de un coro de vicios.
—¿Cómo ha de ir?
—Sino de un carácter sano y justo, al cual acompañe
también la templanza.
—Exacto —dijo.
—Pero ¿qué falta hace volver a poner en
fila, demostrando que es forzoso que existan, el coro de las restantes
cualidades filosóficas? En efecto, recuerdas, creo yo, que resultaron
propios de estos seres el valor, la magnanimidad, la facilidad para aprender,
la memoria. Y como tú objetaras que toda persona se verá
obligada a convenir en lo que decimos, pero que, si prescindiera de los
argumentos y pusiera su atención en los seres de quienes se habla,
diría que ve cómo los unos de entre ellos son inútiles,
y la mayor parte, perversos de toda perversidad, hemos llegado ahora, investigando
el fundamento de esta interpretación malévola, a la cuestión
de por qué son malos la mayor parte de ellos; esa es la razón
por la cual nos ha sido forzoso volver a estudiar y definir el carácter
de los auténticos filósofos.
—Así es —dijo.
6. Causas de la corrupción
—Siendo ésta —seguí— su naturaleza, precisa
examinar las causas de que se corrompa en muchos, y de que sólo
escapen a esa corrupción unos pocos, a quienes, como tú decías,
no se les llama malos, pero sí inútiles. Y pasaremos después
a aquellos caracteres que imitan a esa naturaleza y la suplantan en sus
menesteres, y veremos qué clase de almas son las que, emprendiendo
una ocupación de la cual no son dignas ni están a la altura,
se propasan en muchas cosas y con ello cuelgan a la filosofía esa
reputación común y universal de que hablas.
—¿Y cuáles son —dijo— las causas de corrupción
a que te refieres?
—Intentaré exponértelas —dije—, si soy
capaz de ello.
He aquí un punto en que todos, creo yo, me darán
la razón: una naturaleza semejante a la descrita y dotada de todo
cuanto hace poco exigimos para quien hubiera de hacerse un filósofo
completo, es algo que se da rara vez y en muy pocos hombres. ¿No
crees?
—En efecto.
—Pues bien, mira cuántas y cuán grandes
causas pueden corromper a esos pocos.
—¿Cuáles son, pues?
—Lo que más sorprende al oírlo es que,
de aquellas cualidades que ensalzábamos en el carácter, todas
y cada una de ellas pervierten el alma que las posee y la arrancan de la
filosofía. Quiero decir el valor, la templanza y todo lo que enumerábamos.
—Sí que suena raro al oírlo —dijo.
—Y además —continué—, también la
pervierten y apartan todas las cosas a las que se llama bienes: la hermosura,
la riqueza, la fuerza corporal, los parentescos, que hacen poderoso en
política, y otras circunstancias semejantes. Ya tienes idea de a
qué me refiero.
—La tengo —asintió—. Pero me gustaría conocer
más detalles de lo que dices.
—Pues bien —seguí—, toma la cuestión rectamente,
en sentido general, y se te mostrará perspicua y no te parecerá
ya extraño lo que se ha dicho acerca de ella.
—¿Qué quieres, pues, qué haga? —dijo.
—De todo germen o ser vivo vegetal o animal sabemos —dije—
que, cuanto más fuerte sea, tanto mayor será la falta de
condiciones adecuadas en el caso de que no obtenga la alimentación,
o bien el clima o el suelo, que a cada cual convenga. Porque, según
creo, lo malo es más contrario de lo bueno que de lo que no lo es.
—¿Cómo no va a serlo?
—Es, pues, natural, pienso yo, que la naturaleza más
perfecta, sometida a un género de vida ajeno a ella, salga peor
librada que la de baja calidad.
—Lo es.
—¿Diremos, pues, Adimanto —pregunté—, que
del mismo modo las almas mejor dotadas se vuelven particularmente malas
cuando reciben mala educación? ¿O crees que los grandes delitos
y la maldad refinada nacen de naturalezas inferiores, y no de almas nobles
viciadas por la educación, mientras que las naturalezas débiles
jamás serán capaces de realizar ni grandes bienes ni tampoco
grandes males?
—No opino así —dijo—, sino como tú.
—Pues bien, es forzoso, creo yo, que si la naturaleza
filosófica que definíamos obtiene una educación adecuada,
se desarrolle hasta alcanzar todo género de virtudes; pero si es
sembrada, arraiga y crece en lugar no adecuado, llegará a todo lo
contrario, si no ocurre que alguno de los dioses le ayude. ¿O crees
tú también, lo mismo que el vulgo, que hay algunos jóvenes
que son corrompidos por los sofistas, y sofistas que, actuando particularmente,
les corrompen en grado digno de consideración, y no que los mayores
sofistas son quienes tal dicen, los cuales saben perfectamente cómo
educar y hacer que jóvenes y viejos, hombres y mujeres, sean como
ellos quieren?
—¿Cuándo lo hacen? —dijo.
—Cuando, hallándose congregados en gran número
—dije—, sentados todos juntos en asambleas, tribunales, teatros, campamentos
u otras reuniones públicas, censuran con gran alboroto algunas de
las cosas que se dicen o hacen, y otras las alaban del mismo modo, exageradamente
en uno y otro caso, y chillan y aplauden: y retumban las piedras y el lugar
todo en que se hallan, redoblando así el estruendo de sus censuras
o alabanzas. Pues bien, al verse un joven en tal situación, ¿cuál
vendrá a ser, como suele decirse, su estado de ánimo? ¿O
qué educación privada resistirá a ello sin dejarse
arrastrar, anegada por la corriente de semejantes censuras y encomios,
adondequiera que ésta la lleve, ni llamar buenas y malas a las mismas
cosas que aquéllos ni comportarse igual que ellos ni ser como son?
—Es muy forzoso, ¡oh Sócrates! —dijo.
7. Valores de los sofistas y del vulgo
—Sin embargo —dije—, aún no hemos hablado de la
mayor fuerza.
—¿Cuál? —dijo.
—La coacción material de que usan esos educadores
y sofistas cuando no persuaden con sus palabras. ¿O no sabes que
a quien no obedece le castigan con privaciones de derechos, multas y penas
de muerte?
—Lo sé muy bien —dijo—.
—Pues bien, ¿qué otro sofista, qué
otra instrucción privada crees que podrá prevalecer si resiste
contra ellos?
—Pienso que nadie —dijo.
—No, en efecto; sólo el intentarlo —dije— sería
gran locura. Pues no existe ni ha existido ni ciertamente existirá
jamás ningún carácter distinto en lo que toca a virtud,
ni formado por una educación opuesta a la de ellos; hablo de caracteres
humanos, mi querido amigo, pues los divinos hay que dejarlos a un lado,
de acuerdo con el proverbio. En efecto, debes saber muy bien que si hay
algo que, en una organización política como ésta,
se salve y sea como es debido, no carecerás de razón al afirmar
que es una providencia divina la que lo ha salvado.
—No opino yo de otro modo —dijo.
—Pues bien —dije—, he aquí otra cosa que debes
creer también.
—¿Cuál?
—Que cada uno de los particulares asalariados a los que
esos llaman sofistas y consideran como competidores, no enseña otra
cosa sino los mismos principios que el vulgo expresa en sus reuniones,
y a esto es a lo que llaman ciencia. Es lo mismo que si el guardián
de una criatura grande y poderosa se aprendiera bien sus instintos y humores
y supiera por dónde hay que acercársele y por dónde
tocarlo y cuándo está más fiero o más manso,
y por qué causas y en qué ocasiones suele emitir tal o cual
voz y cuáles son, en cambio, las que le apaciguan o irritan cuando
las
oye a otro; y una vez enterado de todo ello por la experiencia de una larga
familiaridad, considerase esto como una ciencia y, habiendo compuesto una
especie de sistema, se dedicara a la enseñanza ignorando qué
hay realmente en esas tendencias y apetitos de hermoso o de feo, de bueno
o malo, de justo o injusto, y emplease todos estos términos con
arreglo al criterio de la gran bestia, llamando bueno a aquello con que
ella goza y malo a lo que a ella le molesta, sin poder, por lo demás,
dar ninguna otra explicación acerca de estas calificaciones, y llamando
también justo y hermoso a lo inevitable, cuando ni ha comprendido
ni es capaz de enseñar a otro cuánto es lo que realmente
difieren los conceptos de lo inevitable y lo bueno. ¿No te parece,
por Zeus, que una tal persona sería un singular educador?
—En efecto —dijo.
—Ahora bien, ¿te parece que difiere en algo de
éste el que, tanto en lo relativo a la pintura o música como
a la política, llama ciencia al haberse aprendido el temperamento
y los gustos de una heterogénea multitud congregada? Porque si una
persona se presenta a ellos para someter a su juicio una poesía
o cualquier otra obra de arte o algo útil para la ciudad, haciéndose
así dependiente del vulgo en grado mayor que el estrictamente indispensable,
la llamada necesidad diomedea le forzará a hacer lo que ellos hayan
de alabar. ¿Y has oído alguna vez a alguno que dé
alguna razón que no sea ridícula para demostrar que realmente
son buenas y bellas esas cosas?
—Ni espero oírlo nunca —dijo.
8. Todos colaboran en su corrupción
—Pues bien, después de haberte fijado en todo
esto, acuérdate de aquello: ¿existe medio de que el vulgo
admita o reconozca que existe lo bello en sí, pero no la multiplicidad
de cosas bellas, y cada cosa en sí, pero no la multiplicidad de
cosas particulares?
—De ningún modo —dijo.
—Entonces —dije—, es imposible que el vulgo sea filósofo.
—Imposible.
—Y por tanto, es forzoso que los filósofos sean
vituperados por él.
—Forzoso.
—Y también por esos particulares que conviven
con la plebe y desean agradarla.
—Evidente.
—Según esto, ¿qué medio de salvación
descubres para que una naturaleza filosófica persevere hasta el
fin en su menester? Piensa en ello basándote en lo de antes. En
efecto, dejamos sentado que la facilidad para aprender, la memoria, el
valor y la magnanimidad eran propios de esa naturaleza.
—Sí.
—Pues bien, el que sea así, ¿descollará
ya desde niño entre todos los demás, sobre todo si su cuerpo
se desarrolla de modo semejante a su alma?
—¿Por qué no va a descollar? —dijo.
—Y cuando llegue a mayor, me figuro que sus parientes
y conciudadanos querrán servirse de él para sus propios fines.
—¿Cómo no?
—Se postrarán, pues, ante él, y le suplicarán
y agasajarán, anticipándose así a adular de antemano
su futuro poder.
—Al menos así suele ocurrir —dijo.
—¿Y qué piensas —dije— que hará
una persona así en tal situación, sobre todo si se da el
caso de que sea de una gran ciudad y goce en ella de riquezas y noble abolengo,
teniendo además belleza y alta estatura? ¿No se henchirá
de irrealizables esperanzas, creyendo que va a ser capaz de gobernar a
helenos y bárbaros y remontándose por ello «a las alturas»,
lleno de «presunción» e insensata «vanagloria»?
—Efectivamente —dijo.
—Y si al que está en esas condiciones se le acerca
alguien y le dice tranquilamente la verdad, esto es, que no hay en él
razón alguna, que está privado de ella y que la razón
es algo que no se puede adquirir sin entregarse completamente a la tarea
de conseguirla, ¿crees que es fácil que haga caso quien está
sometido a tantas malas influencias?
—Ni mucho menos —dijo.
—Ahora bien —dije yo—, si, movido por su buena índole
y por la afinidad que siente en aquellas palabras, atiende algo a ellas
y se deja influir y arrastrar hacia la filosofía, ¿qué
pensamos que harán aquellos que ven que están perdiendo sus
servicios y amistad? ¿Habrá acción que no realicen,
palabras que no le digan a él, para que no se deje persuadir, y
a quien le intenta convencer, para que no pueda hacerlo, y no les atacarán
con asechanzas privadas y procesos públicos?
—Es muy forzoso —dijo.
—¿Hay, pues, posibilidad de que la tal persona
llegue a ser filósofo?
—En absoluto.