Texto 2A. Ética a Nicómaco, libro X, caps. 6-7
Capítulo 6. La felicidad y su contenido
Después de haber tratado acerca de las virtudes,
la amistad y los placeres, nos resta una discusión sumaria en torno
a la felicidad, puesto que la colocamos como fin de todo lo humano. Nuestra
discusión será más breve, si resumimos lo que hemos
dicho.
Dijimos, pues, que la felicidad no es un modo de ser,
pues de otra manera podría pertenecer también al hombre que
pasara la vida durmiendo o viviera como una planta, al hombre que sufriera
las mayores desgracias. Ya que esto no es satisfactorio, sino que la felicidad
ha de ser considerada, más bien, una actividad, como hemos dicho
antes, y si, de las actividades, unas son necesarias y se escogen por causa
de otras, mientras que otras se escogen por sí mismas, es evidente
que la felicidad se ha de colocar entre las cosas por sí mismas
deseables y no por causa de otra cosa, porque la felicidad no necesita
de nada, sino que se basta a sí misma, y las actividades que se
escogen por sí mismas son aquellas de las cuales no se busca nada
fuera de la misma actividad. Tales parecen ser las acciones de acuerdo
con la virtud. Pues el hacer lo que es noble y bueno es algo deseado por
sí mismo. Asimismo, las diversiones que son agradables, ya que no
se buscan por causa de otra cosa; pues los hombres son perjudicados más
que beneficiados por ellas, al descuidar sus cuerpos y sus bienes. Sin
embargo, la mayor parte de los que son considerados felices recurren a
tales pasatiempos y ésta es la razón por la que los hombres
ingeniosos son muy favorecidos por los tiranos, porque ofrecen los placeres
que los tiranos desean y, por eso, tienen necesidad de ellos. Así,
estos pasatiempos parecen contribuir a la felicidad, porque es en ellos
donde los hombres de poder pasan sus ocios. Pero, quizá, la aparente
felicidad de tales hombres no es señal de que sean realmente felices.
En efecto, ni la virtud ni el entendimiento, de los que proceden las buenas
actividades, radican en el poder; y el hecho de que tales hombres, por
no haber buscado un placer puro y libre, recurran a los placeres del cuerpo
no es razón para considerarlos preferibles, pues también
los niños creen que lo que ellos estiman es lo mejor. Es lógico,
pues, que, así como para los niños y los hombres son diferentes
las cosas valiosas, así también para los malos y para los
buenos. Por consiguiente, como hemos dicho muchas veces, las cosas valiosas
y agradables son aquellas que le aparecen como tales al hombre bueno. La
actividad más preferible para cada hombre será, entonces,
la que está de acuerdo con su propio modo de ser, y para el hombre
bueno será la actividad de acuerdo con la virtud. Por tanto, la
felicidad no está en la diversión, pues sería absurdo
que el fin del hombre fuera la diversión y que el hombre se afanara
y padeciera toda la vida por causa de la diversión. Pues todas las
cosas, por así decir, las elegimos por causa de otra, excepto la
felicidad, ya que ella misma es el fin. Ocuparse y trabajar por causa de
la diversión parece necio y muy pueril; en cambio, divertirse para
afanarse después parece, como dice Anacarsis, estar bien; porque
la diversión es como un descanso, y como los hombres no pueden estar
trabajando continuamente, necesitan descanso. El descanso, por tanto, no
es un fin, porque tiene lugar por causa de la actividad.
La vida feliz, por otra parte, se considera que es la
vida conforme a la virtud, y esta vida tiene lugar en el esfuerzo, no en
la diversión. Y decimos que son mejores las cosas serias que las
que provocan risa y son divertidas, y más seria la actividad de
la parte mejor del hombre y del mejor hombre, y la actividad del mejor
es siempre superior y hace a uno más feliz. Y cualquier hombre,
el esclavo no menos que el mejor hombre, puede disfrutar de los placeres
del cuerpo; pero nadie concedería felicidad al esclavo, a no ser
que le atribuya también a él vida humana. Porque la felicidad
no está en tales pasatiempos, sino en las actividades conforme a
la virtud, como se ha dicho antes.
Capítulo 7. En qué consiste la felicidad
perfecta
Si la felicidad es una actividad de acuerdo con la virtud,
es razonable [que sea una actividad] de acuerdo con la virtud más
excelsa, y ésta será una actividad de la parte mejor del
hombre. Ya sea, pues, el intelecto ya otra cosa lo que, por naturaleza,
parece mandar y dirigir y poseer el conocimiento de los objetos nobles
y divinos, siendo esto mismo divino o la parte más divina que hay
en nosotros, su actividad de acuerdo con la virtud propia será la
felicidad perfecta. Y esta actividad es contemplativa, como ya hemos dicho.
Esto parece estar de acuerdo con lo que hemos dicho y
con la verdad. En efecto, esta actividad es la más excelente (pues
el intelecto es lo mejor de lo que hay en nosotros y está en relación
con lo mejor de los objetos cognoscibles); también es la más
continua, pues somos más capaces de contemplar continuamente que
de realizar cualquier otra actividad. Y pensamos que el placer debe estar
mezclado con la felicidad, y todo el mundo está de acuerdo en que
la más agradable de nuestras actividades virtuosas es la actividad
en corcondancia con la sabiduría. Ciertamente, se considera que
la filosofía posee placeres admirables en pureza y en firmeza, y
es razonable que los hombres que saben, pasen su tiempo más agradablemente
que los que investigan. Además, la dicha autarquía se aplicará,
sobre todo, a la actividad contemplativa, aunque el sabio y el justo necesiten,
como los demás, de las cosas necesarias para la vida; pero, a pesar
de estar suficientemente provistos de ellas, el justo necesita de otras
personas hacia las cuales y con las cuales practicar la justicia, y lo
mismo el hombre moderado, el valiente y todos los demás; en cambio,
el sabio, aun estando sólo, puede teorizar, y cuanto más
sabio, más; quizá sea mejor para él tener colegas,
pero con todo, es el que más se basta a sí mismo.
Esta actividad es la única que parece ser amada
por sí misma, pues nada se saca de ella excepto la contemplación,
mientras que de las actividades prácticas obtenemos, más
o menos, otras cosas, además de la acción misma. Se cree,
también, que la felicidad radica en el ocio, pues trabajamos para
tener ocio y hacemos la guerra para tener paz. Ahora bien, la actividad
de las virtudes prácticas se ejercita en la política o en
las acciones militares, y las acciones relativas a estas materias se consideran
penosas; las guerreras, en absoluto (pues nadie elige el guerrear por el
guerrear mismo, ni se prepara sin más para la guerra; pues un hombre
que hiciera enemigos de sus amigos para que hubiera batallas y matanzas,
sería considerado un completo asesino); también es penosa
la actividad de político y, aparte de la propia actividad, aspira
a algo más, o sea, a poderes y honores, o en todo caso, a su propia
felicidad o a la de los ciudadanos, que es distinta de la actividad política
y que es claramente buscada como una actividad distinta. Si, pues, entre
las acciones virtuosas sobresalen las políticas y guerreras por
su gloria y grandeza, y, siendo penosas, aspiran a algún fin y no
se eligen por sí mismas, mientras que la actividad de la mente,
que es contemplativa, parece ser superior en seriedad, y no aspira a otro
fin que a sí misma y a tener su propio placer (que aumenta la actividad),
entonces la autarquía, el ocio y la ausencia de fatiga, humanamente
posibles, y todas las demás cosas que se atribuyen al hombre dichoso,
parecen existir, evidentemente, en esta actividad. Ésta, entonces,
será la perfecta felicidad del hombre, si ocupa todo el espacio
de su vida, porque ninguno de los atributos de la felicidad es incompleto.
Tal vida, sin embargo, sería superior a la de
un hombre, pues el hombre viviría de esta manera no en cuanto hombre,
sino en cuanto que hay algo divino en él; y la actividad de esta
parte divina del alma es tan superior al compuesto humano como lo es su
actividad respecto de la actividad de las otras virtudes. Si, pues, la
mente es divina respecto del hombre, también la vida según
ella será divina respecto de la vida humana. Pero no hemos de seguir
los consejos de algunos que dicen que, siendo hombres, debemos pensar sólo
humanamente y, siendo mortales, ocuparnos sólo de las cosas mortales,
sino que debemos, en la medida de lo posible, inmortalizarnos y hacer todo
esfuerzo para vivir de acuerdo con lo más excelente que hay en nosotros;
pues, aun cuando esta parte sea pequeña en volumen, sobrepasa a
todas las otras en poder y dignidad. Y parecería también,
que todo hombre es esta parte, si, en verdad, ésta es la parte dominante
y la mejor; por consiguiente, sería absurdo que un hombre no eligiera
su propia vida, sino la de otro. Y lo que dijimos antes es apropiado también
ahora: lo que es propio de cada uno por naturaleza es lo mejor y lo más
agradable para cada uno. Así, para el hombre, lo será la
vida conforme a la mente, si, en verdad, un hombre es primariamente su
mente. Y esta vida será también la más feliz.