La ciudad de Dios, libro XIX, caps. 14-17
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Capítulo
14
El uso de las cosas
temporales dice relación, en la ciudad terrenal, al logro de la
paz terrenal, y en la ciudad celestial, al logro de la paz celestial. Por
eso, si fuéramos animales irracionales no apeteceríamos más
que la ordenada complexión de las partes del cuerpo y la quietud
de las apetencias. No apeteceríamos, por consiguiente, nada fuera
de eso. La paz del cuerpo redundará en provecho de la paz del alma.
Porque la paz del alma irracional es imposible sin la paz del cuerpo, pues
sin ella no puede lograr la quietud de sus apetencias. Pero ambos se ayudan
a esa paz que tienen entre sí el alma y el cuerpo, paz de vida ordenada
y de salud. Así como los animales muestran que aman la paz del cuerpo
cuando esquivan el dolor, y la paz del alma cuando, para colmar sus necesidades,
siguen la voz de sus apetencias, así, huyendo la muerte, indican
a las claras cuánto aman la paz que aúna el alma y el cuerpo.
Pero el hombre, dotado de alma racional, somete a la paz de esta alma cuanto
tiene de común con las bestias, con el fin de contemplar algo con
la mente y según ese algo obrar de suerte que haya en él
una ordenada armonía entre el conocimiento y la acción, en
que consiste, como hemos dicho, la paz del alma racional.
A esto debe enderezar
su querer, a que el dolor no la atormente, ni el deseo la inquiete, ni
la muerte la separe para conocer algo útil, y según ese conocimiento
componer su vida y sus costumbres. Mas, como su espíritu es débil,
para que el afán de conocer no le precipite en error alguno, tiene
la necesidad del magisterio divino, para conocer con certeza, y de su ayuda,
para obrar con libertad. Y como, mientras mora en este cuerpo mortal, anda
lejos de Dios y camina por la fe y no por la especie, por eso es preciso
que relacione tanto la paz del cuerpo con la del alma, como la de los dos
juntos, a aquella paz que existe entre el hombre mortal y el Dios inmortal,
dando así margen a la obediencia ordenada por la fe bajo la ley
eterna. Y puesto que el divino Maestro enseña dos preceptos principales,
a saber: el amor de Dios y el amor del prójimo, en los cuales el
hombre descubre tres seres como objeto de su amor: Dios, él mismo
y el prójimo, y el que ama a Dios no peca amándose a sí
mismo, es lógico que cada cual lleve a amar a Dios al prójimo,
que se le manda amar como a sí mismo. Así debe hacer con
la esposa, con los hijos, con los domésticos y con los demás
hombres que pudiere, como quiere que el prójimo mire por él,
si por ventura lo necesitare. Y así tendrá paz con todos
en cuanto de él dependa, esa paz de los hombres que es la ordenada
concordia.
El orden que se ha
de seguir es éste: primero, no hacer mal a nadie, y segundo, hacer
bien a quien pueda. En primer lugar debe comenzar el cuidado por los suyos,
porque la naturaleza y la sociedad humana le dan acceso más fácil
y medios más oportunos. Por eso dice el Apóstol: Quien no
provee a los suyos, mayormente si son familiares, niega la fe y es peor
que un infiel. De aquí nace también la paz doméstica,
es decir, la ordenada concordia entre el que manda y los que obedecen en
casa. Mandan los que cuidan, como el varón a la mujer, los padres
a los hijos, los amos a los criados. Y obedecen quienes son objeto de cuidado,
como las mujeres a los maridos, los hijos a los padres, los criados a los
amos. Pero en casa del justo, que vive la fe y peregrina aún lejos
de la ciudad celestial, sirven también los que mandan a aquellos
que parecen dominar. La razón es que no mandan por deseo de dominio,
sino por deber de caridad; no por orgullo de reinar, sino por bondad de
ayudar.
Capítulo
15
Esto es prescripción
del orden natural. Así creó Dios al hombre. Domine, dice,
a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a todo reptil que se mueve
sobre la tierra. Y quiso que el hombre racional, hecho a su imagen, dominara
únicamente a los irracionales, no el hombre al hombre, sino el hombre
a la bestia. Este es el motivo de que los primeros justos hayan sido pastores
y no reyes. Dios, con esto, manifestaba qué pide el orden de las
criaturas y qué exige el castigo de los pecados. El yugo de la servidumbre
se impuso con justicia al pecador. Por eso en las Escrituras no vemos empleada
la palabra siervo antes de que el justo Noé castigara con ese nombre
el pecado de su hijo. Este nombre lo ha merecido, pues, la culpa, no la
naturaleza. La palabra siervo, en la etimología latina, designa
a los prisioneros, a quienes los vencedores conservaban la vida, aunque
podían matarlos por derecho de guerra. Y se hacían siervos,
palabra derivada de servir. Esto es también merecimiento del pecado.
Pues, aunque se libre una guerra justa, la parte contraria guerrea por
el pecado. Y toda victoria, aun la conseguida por los malos, humilla a
los vencidos, por juicio divino, o corrigiendo los pecados o castigándolos.
Testigo es de ello Daniel, ese hombre que en la cautividad confiesa a Dios
sus pecados y los pecados de su pueblo y reconoce, con piadoso dolor, que
ésta es la razón de aquel cautiverio.
La primera causa de
la servidumbre es, pues, el pecado, que somete un hombre a otro con el
vínculo de la posición social. Esto es efecto del juicio
de Dios, que es incapaz de injusticia y sabe imponer penas según
los merecimientos de los delincuentes. El Señor supremo dice: Todo
aquel que comete pecado es esclavo del pecado. Y por eso, muchos hombres
piadosos sirven a amos inicuos, pero no libres, porque quien es vencido
por otro, queda esclavo de quien lo venció.
A la verdad que es
preferible ser esclavo de un hombre que de una pasión, pues vemos
lo tiránicamente que ejerce su dominio sobre el corazón de
los mortales la pasión de dominar, por ejemplo. Mas en ese orden
de paz que somete unos hombres a otros, la humildad es tan ventajosa al
esclavo como nociva la soberbia al dominador. Sin embargo, por naturaleza,
tal como Dios creó al principio al hombre, nadie es esclavo del
hombre ni del pecado. Empero, la esclavitud penal está regida y
ordenada por aquella ley que manda conservar el orden natural y prohibe
perturbarlo. Si no se obrara nada contra esta ley, no habría que
castigar nada con esa esclavitud. Por eso, el Apóstol aconseja a
los siervos el estar sometidos a sus amos y servirles de corazón
y de buen grado. De modo que, si sus dueños no les dan libertad,
tornen ellos, en cierta manera, libre su servidumbre, no sirviendo con
temor falso, sino con amor fiel hasta que pase la iniquidad y se aniquilen
el principado y la potestad humana y sea Dios todo en todas las cosas.
Capítulo
16
Así vemos que
nuestros patriarcas, aunque tenían esclavos, administraban la paz
doméstica distinguiendo a los hijos de los esclavos solamente en
lo relativo a los bienes temporales. En lo referente al culto a Dios, del
que se deben esperar los bienes eternos, miraban con igual amor a todos
los miembros de su casa. Y esto es tan conforme con el orden natural, que
el nombre de padre de familia trae aquí su origen, y está
tan divulgado, que aun los señores injustos se precian de él.
Los auténticos padres de familia miran a todos los miembros de su
familia como a hijos en lo tocante al culto y honra de Dios. Y desean y
anhelan llegar a la casa celestial, donde no sea necesario mandar a los
hombres, porque en la inmortalidad no será preciso subvenir a necesidad
alguna. Hasta allí deben tolerar más los señores,
que mandan, que los siervos, que sirven. Si alguno en casa turba la paz
doméstica por desobediencia, es corregido para su utilidad con la
palabra, con el palo o con cualquier otro género de pena justa y
lícita admitido por la sociedad humana para acoplarle a la paz de
que se había apartado.
Como no es bienhechor
el que viene en ayuda de otro para hacerle perder un bien, así no
es inocente el que permite, perdonando, que se incurra en un mal más
grave. La inocencia exige, pues, no solamente no hacer mal a nadie, sino
retraer al prójimo del pecado o castigar el pecado. Y esto con el
fin de que el castigado se corrija en cabeza propia y otros escarmienten
en la ajena. La casa debe ser el principio y el fundamento de la ciudad.
Todo principio dice
relación a su fin, y toda parte a su todo. Por eso es claro y lógico
que la paz doméstica debe redundar en provecho de la paz cívica;
es decir, que la ordenada concordia entre los que mandan y los que obedecen
en casa debe relacionarse con la ordenada concordia entre los ciudadanos
que mandan y los que obedecen. De donde se sigue que el padre de familia
debe guiar su casa por las leyes de la ciudad, de tal forma que se acomode
a la paz de la misma.
Capítulo
17
Mas los hombres que
no viven de la fe buscan la paz terrena en los bienes y comodidades de
esta vida. En cambio, los hombres que viven de la fe esperan en los bienes
futuros y eternos, según la promesa. Y usan de los bienes terrenos
y temporales como viajeros. Éstos no los prenden ni los desvían
del camino que lleva a Dios, sino que los sustentan para tolerar con más
facilidad y no aumentar las cargas del cuerpo corruptible, que apesga al
alma. Por tanto, el uso de los bienes necesarios a esta vida mortal es
común a las dos clases de hombres y a las dos casas; pero, en el
uso, cada uno tiene un fin propio y un pensar muy diverso del otro.
Así, la ciudad
terrena, que no vive de la fe, apetece la paz terrena y fija la concordia
entre los ciudadanos que mandan y los que obedecen en que sus quereres
estén acordes de algún modo en lo concerniente a la vida
mortal. Empero, la ciudad celestial, o mejor, la parte de ella que peregrina
en este valle y vive de la fe, usa de esta paz por necesidad, hasta que
pase la mortalidad, que precisa de tal paz. Y por eso, mientras que ella
está como viajero cautivo en la ciudad terrena, habiendo recibido
ya la promesa de su redención y el don espiritual como prenda de
ella, no duda en obedecer las leyes de la ciudad terrenal que reglamentan
las cosas necesarias y el mandamiento de la vida mortal. Y como ésta
es común, entre las dos ciudades hay concordia con relación
a esas cosas. Pero resulta que la ciudad terrena tuvo ciertos sabios condenados
por la doctrina de Dios, que, o por sospechas o por engaño de los
demonios, dijeron que debían amistar muchos dioses con las cosas
humanas. Y encomendaron a su tutela diversos seres, a uno el cuerpo, a
otro el alma; y en el mismo cuerpo, a uno la cabeza y a otro la cerviz;
y de las demás partes, a cada uno la suya. Y de igual modo en el
alma: a uno encomendaron el ingenio, a otro la doctrina, a otro la ira,
a otro la concupiscencia; y en las cosas necesarias de la vida, a uno el
ganado, a otro el trigo, a otro el vino, a otro el aceite, a otro las selvas,
a otro el dinero, a otro la navegación, a otro las guerras y las
victorias, a otros los matrimonios, a otro los partos y la fecundidad,
y a otros los otros seres.
La ciudad celestial,
en cambio, conoce a un solo Dios, único, al que debe el culto y
esa servidumbre, que en griego se dice latreia, y que piensa con piedad
fiel que no se debe más que a Dios. Estas diferencias han motivado
el que esta ciudad no pueda tener comunes con la ciudad terrena las leyes
religiosas. Y por éstas se ve en la precisión de disentir
de ella y ser una carga para los que sentían en contra y soportar
sus iras, sus odios y sus violentas persecuciones, a menos de refrenar
alguna vez los ánimos de sus enemigos con el terror de su multitud
y siempre con la ayuda de Dios. La ciudad celestial, durante su peregrinación,
va llamando ciudadanos por todas las naciones y formando de todas las lenguas
una sociedad viajera. No se preocupa de la diversidad de las leyes, las
costumbres o institutos, con que se busca o mantiene la paz terrena. Ella
no suprime ni destruye nada, antes bien lo conserva y acepta, y ese conjunto,
aunque diverso en las diferentes naciones, se flecha, con todo, a un único
y mismo fin, la paz terrena, si no impide la religión que enseña
que debe ser adorado el Dios único, sumo y verdadero. La ciudad
celestial usa también en su viaje de la paz terrena y de las cosas
necesariamente relacionadas con la condición actual de los hombres.
Protege y desea el acuerdo de quereres entre los hombres cuanto es posible,
dejando a salvo la piedad y la religión, y supedita la paz terrena
a la paz celestial. Esta última es la paz verdadera, la única
digna de ser y de decirse paz de la criatura racional, a saber, la unión
ordenadísima y concordísima para gozar de Dios y mutuamente
en Dios. En llegando a esta meta, la vida ya no será mortal, sino
plenamente vital. Y el cuerpo ya no será animal, que, mientras se
corrompe, apesga al alma, sino espiritual, sin ninguna necesidad, sometido
de lleno a la voluntad. Posee esta paz aquí por la fe, y de esta
fe vive justamente cuando refiere a la consecución de la paz verdadera
todas las buenas obras que hace para con Dios y con el prójimo,
porque la vida de la ciudad es una vida social.
San Agustín: La ciudad de Dios. B.A.C., Madrid.