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página extraída del libro: EL SUFRIMIENTO: UN CAMINO A LA PLENITUD Laureano J. Benitez Grande-Caballeropara pedidos de la obra, pulse aquí(Otras obras del autor en : http://sapiens.ya.com/laureben )
Capítulo
5 Entonces
el Señor Dios dijo a la mujer: —¿Qué
es lo que has hecho? La mujer
respondió: —La
serpiente me engañó y comí (…) A la
mujer le dijo: —Multiplicaré
los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz tus hijos; tu instinto te
empujará hacia tu marido y él te dominará. Al
hombre le dijo: —Por
haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí
comer, maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los
días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas, y comerás las plantas del
campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra,
pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás. (Gen 2, 15-17; 6-13; 16-19) El
sufrimiento como castigo
«Al abuso de nuestras facultades físicas sucede el dolor; a los extravíos
del espíritu siguen el pesar y el arrepentimiento».
(Jaime Balmes) De todo cuanto llevamos expuesto se puede deducir que la finalidad más clara del sufrimiento es la de ser un castigo o expiación por errores que cometemos de forma deliberada, por conductas erróneas que necesitan ser cambiadas para nuestro progreso y adelantamiento. El dolor que nos asedia en esta vida pretende, por tanto, hacernos tomar conciencia de nuestros errores, como una enfermedad cumple la función, aunque sea dolorosa, de llamarnos la atención sobre un desequilibrio en nuestro sistema corporal, facilitándonos así el restablecimiento de la salud. Si comprobamos que determinadas acciones acarrean dolor y penalidades, nos esforzaremos por evitarlas, y este esfuerzo por corregir nuestras malas tendencias es el principio básico de nuestro progreso y nuestra evolución. Estaremos más o menos convencidos de que hemos actuado mal, pero el deseo de huir de las aflicciones es un arma poderosa para evitar la repetición de conductas que llevan al sufrimiento. Las tradiciones religiosas y filosóficas que conforman lo que se ha venido en llamar “tradición perenne” coinciden en este planteamiento básico, aunque lo interpreten de distinta manera. Las religiones que consideran a Dios como una entidad personal se basan en la creencia de que el mal, el error, es un pecado, una ofensa y un agravio a Dios, en tanto que es una infracción de sus mandatos, por lo cual Dios, airado y ofendido, castiga al pecador con el sufrimiento del mismo modo que un padre castiga al hijo que ha cometido un error, para que se arrepienta de sus faltas y abomine de sus vicios. Para la mentalidad antigua, el sufrimiento delataba el pecado como la fiebre la enfermedad, como si fuera el síntoma inequívoco del mal que se había hecho, que sería invisible muchas veces de no ser porque las desgracias y calamidades que se abatían sobre una persona vendrían a señalarle con el dedo a los ojos de los demás. Tal es el sentido que se vislumbra claramente en la Biblia, desde el Libro de Job a las creencias neotestamentarias. Incluso las calamidades que se abatían sobre un pueblo ―hambrunas, derrotas militares, epidemias, etc.― eran consideradas siempre como una prueba evidente de que el pueblo entero, o sus gobernantes, había pecado, cometiendo infidelidad contra Dios. Frente a esta teoría justiciera, el mensaje evangélico expone claramente la importancia de la misericordia divina, que no anula, pero sí supera, a la justicia de Dios. En efecto, si Dios es personal puede ofenderse por nuestros vicios, pero también puede perdonar, del mismo modo que un padre puede absolver a sus hijos de los castigos que merecen, con la condición de que confiesen y reconozcan sus errores y se comprometan a corregir sus conductas desviadas. Si consideramos que el castigo en forma de sufrimiento no es ni una consecuencia inevitable del error, ni una venganza divina, sino un medio para que, experimentando el dolor ocasionado por sus errores, el hombre se de cuenta de sus faltas y cambie su conducta, bastará que tomemos conciencia de nuestros pecados y nos arrepintamos sinceramente de ellos para que el sufrimiento sea innecesario y “sobreseído”. Esta contrición, naturalmente, es un proceso doloroso que no se hace sin sufrimiento, pero siempre será preferible sufrir porque lloramos arrepentidos que porque cae sobre nosotros el peso de las malas consecuencias de nuestra conducta. Si partimos de la idea de un Dios todo Amor y Misericordia, que «no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva», ¿qué sentido tendría el sufrimiento de una persona que expía con él unos errores que ya ha reconocido y de los que ha hecho propósito de enmienda? Es aquí donde opera el perdón de Dios, que impide que las dolorosas consecuencias de nuestros errores caigan sobre nosotros. Sin embargo, es preciso llamar la atención sobre otra condición para que tenga lugar el perdón divino de nuestras faltas: nos referimos a la reparación, que consiste en intentar compensar el mal que hicimos con un bien proporcional, que compense en su justa medida el daño que causamos. Por ejemplo, al que roba se le exigirá que devuelva lo robado para alcanzar misericordia. Por supuesto que lo más eficaz sería retribuir con un bien justamente a aquellas personas a las que hicimos sufrir, pero esto muchas veces no es posible. En este caso, deberíamos buscar a personas equivalentes que hagan de sustitutas. De no cumplirse el propósito de enmienda y la retribución, tendríamos a pecadores que pecan una y otra vez, con la certeza de que, hagan lo que hagan, serán perdonados, como un delincuente que transgrede la ley innumerables veces, porque sabe que su causa siempre será sobreseída, con lo cual sus delitos quedarán siempre en la impunidad. El
karma y el sufrimiento
Según el modo de pensar oriental, la causa de las tribulaciones del ser humano está también en la expiación, es decir, en la necesidad de purgación de nuestros errores y defectos, pero no se trata de pecados en el sentido que les dan las religiones teístas, ya que no hay ninguna Divinidad ofendida que nos castigue con sufrimientos para restablecer la justicia, sino que todo obedece a una simple ley cósmica de causa-efecto, llamada karma, según la cual los sufrimientos que nos asedian son la consecuencia inexorable de nuestros actos. La mecanicidad de esta ley contrasta con el voluntarismo de los sistemas teístas. Nadie castiga, sucede simplemente que cosechamos lo que sembramos —“si sembramos arroz, saldrá arroz”—… o, para decirlo en terminología bíblica, «quien a hierro mata, a hierro muere», «ojo por ojo, diente por diente». Si examinamos nuestra vida, todos seremos capaces de descubrir sin dificultad cuántos de nuestros sufrimientos se deben a cosas que hicimos mal en el pasado, y que tuvieron dolorosas consecuencias para nosotros o para los demás. A poco que escarbemos en nuestras aflicciones, podremos remontarnos seguramente a un error, a un defecto, a una mala conducta que llevaba en sí el germen de esas circunstancias penosas que nos asaltan ahora. Toda causa tiene su efecto insoslayable, tal es la ley, aunque nos cueste aceptarlo, aunque nos sea más fácil quejarnos a un destino azaroso y cruel, o a un Dios vengativo y justiciero. Por otra parte, cuando nos acometa la tentación de lamentarnos por nuestra suerte, o de recriminar la rigurosa ley que rige nuestras vidas, no estaría de más recordar que la inmensa mayoría de las expiaciones que nos acontecen en la vida son deseadas y buscadas por nosotros mismos, con el fin de reparar nuestras desviaciones de la ley divina. En efecto, a medida que el alma adelanta va siendo capaz de planificar sus encarnaciones, programándolas de manera que pueda satisfacer por sus errores y así progresar más en su camino de perfección, eligiendo las pruebas a que quiere someterse, los infortunios que está dispuesto a sufrir para avanzar más rápidamente. Solamente las almas primitivas, muy ligadas a la materia, carecen de esta facultad de planificar sus existencias, que se suceden de forma automática, por simple ley de atracción de la materia a la que tan unidas están. Somos nosotros mismos quienes, antes de cada encarnación, planificamos nuestra vida futura, diseñando sus líneas fundamentales en base a decidir qué experiencias queremos vivir para satisfacer nuestra “deuda kármica”, como suele llamarse en las tradiciones orientales al conjunto de asuntos pendientes que tenemos. Al hilo de esta expresión, un símil muy adecuado para entender el proceso es el de comparar nuestro karma a una hipoteca que todos hemos contraído, la cual debemos pagar en un conjunto de mensualidades que vendrían a ser nuestras vidas sucesivas. Es frecuente el caso de almas que, guiadas por su afán de superación y progreso, quieren saldar su deuda cuanto antes, para lo cual piden voluntariamente pagar cada mes “letras muy altas”. Aceleran así la cancelación de su deuda, pero para ello se someten a pruebas muy duras, o a una interminable sucesión de ellas, con lo cual llevarán una vida de tribulaciones que les llevará frecuentemente a la queja y al desánimo, sin caer en la cuenta de que son ellas mismas quienes así lo han dispuesto, sin que nadie les obligara. Aparte de la expiación, el karma busca también la reparación de la falta, al igual que ocurría en la tradición occidental. La novedad parece estar en que la ley kármica establece la justicia haciéndonos sufrir exactamente lo mismo que nosotros hemos hecho sufrir a los demás, lo cual no está tan claramente formulado en las distintas religiones teístas. Desde luego, es una expiación rigurosa e implacable, que puede parecernos cruel, pero deberíamos preguntarnos si acaso no fue cruel el dolor que infligimos a los demás. ¿Por qué, entonces, se nos debería reducir a nosotros el sufrimiento? Como dijo Jesús en el evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados: porque, con la misma medida con que midiereis, se os medirá a vosotros». (Lc 6, 31) Tengamos siempre presente que tanto el karma como la ley divina no desean el sufrimiento, sino nuestra conversión al bien, y empleará para ello las medidas más eficaces y rápidas, aunque nos parezcan duras. En este sentido, la ley del karma puede explicar el aparente contrasentido de que Dios, Bondad y Amor infinitos, inmensamente misericordioso, castigue a sus hijos de forma tan implacable. Aparte de que el castigo siempre es proporcionado y justo, aparte de que los padres castigan a los hijos por su bien, y Dios, Suprema Sabiduría, sabe mejor que nosotros cuál es nuestro bien, el karma lo explica diciendo que Dios no nos castiga: hay unas leyes en el universo, cuyo mecanismo de causa y efecto funciona con la misma precisión de la ley de la gravedad… y con la misma necesidad, pues sin las leyes naturales el universo se sumiría en el caos y sería ingobernable. Dios se limita a no interferir con esa ley kármica, que es quien da a cada uno lo que se merece. Si nos aconteciera dudar de la justicia divina, deberíamos tener en cuenta que las penalidades que sufrimos en esta vida son un fruto de la misericordia de Dios, ya que nuestros dolores son deudas de nuestras faltas pasadas que, sufridos con resignación en la tierra, nos ahorran siglos de sufrimiento en la vida futura. Esto es así porque nuestro aprendizaje es mucho más rápido en la vida encarnada que en la desencarnada, por la sencilla razón de que en este mundo tenemos a mano los materiales prácticos que necesitamos para progresar. Todos sabemos que, a la hora de aprender algo, es mejor la práctica que la teoría; que es mucho más eficaz el trabajo de campo y de laboratorio que las horas de estudio ante libros. El tiempo, además, es una dimensión que adquiere distintos valores según el plano en el que nos movamos. Imaginemos que alguien nos preguntara qué preferimos: si aprender algo importante en setenta y cinco años de vida terrestre, y luego disfrutar de la adecuada recompensa, o aprender eso mismo en mucho más tiempo, sabiendo que, cuanto más retrasemos su adquisición, más postergaremos la alegría que nos aguarda. Sin embargo, debemos pagar un precio por este “atajo”, pues los años que dura una vida encarnada serían un período de tiempo mucho más intenso, donde los dolores nos sobrevendrían de forma más rápida y concentrada. Debemos, pues, mostrarnos felices de que Dios reduzca nuestra deuda, permitiéndonos pagarla ahora. El hombre que sufre se parece a un deudor que debiera una elevada suma de dinero, y al cual le dijera su acreedor: «Si hoy mismo me pagas una centésima parte de lo que me debes, te perdono el resto y quedarás libre; si no lo haces, te perseguiré hasta que hayas pagado el último céntimo». En vez de quejarse de un acreedor así, ¿no habría, más bien, que darle gracias? Pero si pagamos por un lado, y se contraen nuevas deudas por otro, nunca se llegará al saldo. Cada nueva falta aumenta la deuda, porque no hay una sola, sea la que sea, que no lleve consigo su castigo forzoso, inevitable: si no es hoy, será mañana; si no es en esta vida, será en otra. Cuenta
una leyenda de la región del Punjab que un ladrón entró en una hacienda y robó
doscientas cebollas. Antes de que pudiera huir, el dueño del lugar lo capturó
y lo llevó ante el juez. El
magistrado pronunció la sentencia: pagar diez monedas de oro. Pero el hombre
alegó que era una multa demasiado alta y el juez, entonces, resolvió ofrecerle
otras dos alternativas: recibir veinte latigazos o comerse las doscientas
cebollas. El
ladrón eligió comerse las doscientas cebollas. Pero cuando llegó a la vigésimo
quinta sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y el estómago le quemaba como
el fuego del infierno. Como aún le faltaban 175 y se dio cuenta de que no
aguantaría el castigo, pidió recibir los veinte latigazos. El
juez aceptó. Cuando el látigo golpeó su espalda por décima vez, él imploró
que parasen de castigarlo, porque no soportaba el dolor. El pedido fue
obedecido, pero el ladrón tuvo que pagar las diez monedas de oro. ¾Si hubieras aceptado la multa, te habrías evitado comer las cebollas y no habrías sufrido con el látigo ¾le dijo el juez¾. Pero preferiste el camino más difícil sin entender que, cuando se hace algo mal, es mejor pagar enseguida y olvidar el asunto. Por tanto, todo cuanto hagamos sufrir a otros, lo sufriremos nosotros, pues esta es la única manera de que nos demos cuenta del mal que hemos hecho. Al vivirlo en nuestra piel, al sentir nosotros mismos el mal que causamos, aprenderemos “a sangre y fuego” que en el futuro deberemos evitar esas conductas equivocadas. Si las consecuencias de esas conductas recaen sobre nosotros mismos, en lugar de afectar a otras personas, la ley funciona igual: los abusos con nuestro cuerpo llevan a la enfermedad; el exceso de ambición lleva a la ruina; la demasiada concupiscencia lleva a la corrupción; el egoísmo lleva a la soledad; el excesivo riesgo lleva a los accidentes, etc. Si todo lo que hacemos vuelve por fin a nosotros, como un bumerang, y vivimos con esta certeza, ya nos cuidaremos de dañar a nadie, pues ese mismo daño lo sufriremos también nosotros, más tarde o más temprano. Tal es la ley. Pasando
por un pueblo un maragato, llevaba
sobre un mulo atado un gato, al
que un chico, mostrando disimulo, le
asió la cola por detrás del mulo. Herido
el gato, al parecer sensible, pególe
al macho un arañazo horrible; y
herido entonces el sensible macho, pegó
una coz, y derribó al muchacho. Es
el mundo, a mi ver, una cadena donde
rodando la bola el
mal que hacemos en cabeza ajena, refluye
en nuestro mal, por carambola. (Fábula de Ramón de Campoamor) Incluso sucede que los espíritus tienden a encarnarse rodeadas de las mismas personas una y otra vez, para “ajustar cuentas”, de modo que podamos reparar las faltas a los mismos espíritus que sufrieron nuestras malas acciones, por el simple mecanismo de que los espíritus a los que hicimos sufrir nos devuelven justamente ese mismo sufrimiento, esa misma conducta dolorosa. En el fondo, todo es una simple economía, pues no cabe duda de que esta manera de castigar es mucho más operativa, aunque, por supuesto, estemos muy lejos de comprender esto cuando nos preguntamos por qué a nosotros, que somos tan inocentes, nos pasan esas cosas tan desafortunadas. Reencarnación:
La rueda de la fortuna
Para la tradición oriental, el karma es, por consiguiente, la raíz de todo nuestro sufrimiento, la clave que nos lleva de vida en vida, de mundo en mundo, encadenados a la fatídica rueda de las reencarnaciones. La cuestión es muy sencilla: guiados por nuestra ignorancia, caemos en el mal y el error, dañándonos a nosotros y a los demás con nuestros errores, causando sufrimiento; ese daño que infligimos debe ser expiado y reparado, por lo cual debemos volver una y otra vez a esta vida, hasta que todo el sufrimiento que hayamos causado sea reparado, hasta que toda nuestra ignorancia sea destruida. Debido a este principio, cada nueva encarnación está gobernada por la ley del karma, de tal forma que el cuerpo físico y las condiciones de cada vida reflejan los méritos o deméritos obtenidos con nuestro comportamiento en vidas anteriores. Este hecho es de vital importancia para comprender dos de los principales enigmas que rodean al sufrimiento humano. El primer enigma se refiere a la explicación de determinados infortunios que afligen al ser humano. Si bien todos estamos de acuerdo en que muchos de los males terrestres son la consecuencia natural del carácter y la conducta de aquellos que los sufren, hay otros que, como afirmábamos en el primer capítulo, aparentemente escapan a esta ley de causa y efecto, y parecen caer sobre nosotros de forma caprichosa y arbitraria, como por fatalidad, sin que sea posible desentrañar las conductas erróneas que los motivaron. Tales fatalidades nos sumen en la perplejidad y el desconcierto, llevándonos a la creencia de que, si hay Dios, se complace en someternos a crueldades innecesarias e injustificables. Junto a estos seres desgraciados, que sufren siendo inocentes a nuestros ojos, tenemos a los favorecidos por la suerte y el destino, dotados de toda clase de bienes, disfrutando de una vida fácil y agradable, privilegiados por el azar o por un Dios favorable, sin que ellos hayan hecho aparentemente nada por merecer tantos favores y mercedes. Sin embargo, en virtud del axioma de que todo efecto tiene su causa, estas miserias son efectos que deben tener una causa. Desde el momento en que admitimos un Dios justo, esa causa debe ser justa. Por otra parte, como la causa precede siempre al efecto, puesto que aquélla no está en la vida actual, debe ser anterior a esta vida, es decir, pertenecer a una existencia precedente. Esto explica también el segundo enigma, el segundo gran interrogante que suele hacerse sobre el sufrimiento: si la causa de los infortunios hay que buscarla siempre en nuestras malas acciones, ¿por qué hay personas virtuosas que sufren, mientras que las malas prosperan? ¿Por qué los bienes y los males están tan desigualmente repartidos entre el vicio y la virtud? Remitiendo la causa de esta aparentemente injusta repartición a otras vidas precedentes, comprendemos fácilmente que el justo puede estar expiando un mal karma anterior, mientras que el malo puede estar recogiendo buen karma de otra vida. Además, es fácil admitir que la brevedad de una vida humana hace imposible que podamos expiar en una sola existencia todos nuestros errores, por lo cual el karma queda demorado hasta una encarnación posterior. La prosperidad del malo sólo es momentánea y, si no expía hoy, expiará mañana. Maaruf
Kharki, el sufí, se paseaba por la orilla del Tigris, en Bagdad, acompañado de
un gran número de discípulos. Un grupo de jóvenes se divertía de manera
indecente en el río: gritaban, cantaban, bailaban, bebían, y su exuberancia
ofendía a los discípulos, quienes requirieron a Maaruf Kharki: ¾¡Maestro,
si os place, rogad a Dios que ahogue estas condenadas almas en las profundidades
del Tigris! El
sufí levantó las manos al cielo y pidió: ¾¡Oh,
Señor, en este mundo les habéis dado alegría y felicidad, concededles
felicidad y alegría en el otro también! Extraña
oración a los ojos de los discípulos, que se ofendieron aún más. Presionaron
a Maaruf Kharki para que les diera una explicación por semejante súplica. ¾No
comprendéis nada ¾dijo¾,
pero Él está de acuerdo. Por otra parte, para expiar el karma es completamente necesario que, en primer lugar, se den en la vida las condiciones apropiadas para ello. Ya vimos que el hombre sufre por donde ha pecado, y que la expiación requiere que se repare exactamente el mal que se ha hecho, en la misma medida y en las mismas circunstancias que permitan al ser humano sufrir lo mismo que él ha hecho sufrir a otros. Estas circunstancias son muchas veces de tal complejidad en cuanto al tiempo, lugar y personas, que requieran un período de tiempo más largo, hasta que se reúnan las condiciones óptimas para la expiación. Esto puede provocar que se postergue, de manera que, en esta dilación, los malos puedan gozar de una aparente fortuna. En segundo lugar, también es imprescindible que el espíritu que debe expiar se encuentre preparado para ello, pues con frecuencia la reparación de sus faltas le someterá a circunstancias especialmente difíciles y dolorosas que debe estar preparado para afrontar. En la infinita justicia divina, no puede haber errores, y a nadie se le somete a pruebas que no podría soportar, de manera que la carga que se nos da está siempre proporcionada a nuestras fuerzas. Esto puede motivar, por tanto, un cierto retraso y postergación durante el cual el malo puede gozar con aparente injusticia de una vida buena y feliz. Un
Maestro solía sentarse en la terraza de cierta casa de té. Un día un niño
pasó corriendo y le volteó su sombrero. El Maestro permaneció impasible. La
situación se repitió varios días seguidos, pero el Maestro no hacía más que
levantar su sombrero y ponérselo de nuevo. Alguien
le preguntó por qué no prendía al muchachito y lo castigaba, ya que era lo
suficientemente pequeño, o bien le pedía a otro que lo hiciera. ¾Esta
es la manera como este asunto se está desenvolviendo ¾respondió
el Maestro.
Pocos
días después, el Maestro se retrasó en llegar al café. Al entrar vio a un
soldado de aspecto feroz sentado en su lugar. En ese momento apareció el niño
y, siguiendo la fuerza de su hábito, volteó el gorro de piel del soldado. Sin
decir palabra, éste desenvainó su espada, decapitó al niño y retornó a su
asiento. ¾¿Te
das cuenta de lo que quise decir? ¾
dijo el Maestro al amigo que le había reprochado su pasividad. La
ley del talión Una de las más modernas corrientes terapéuticas de nuestros días es la llamada terapia regresiva, que basa su metodología en la técnica de la regresión, consistente en inducir en el paciente estados más o menos hipnóticos a través de los cuales el terapeuta puede acceder a la lectura de sus vidas pasadas. Con frecuencia, esta lectura permite encontrar las claves que permiten explicar las causas de traumas que resultan inexplicables a la psicología tradicional, y que encuentran su sentido cuando se les hace retrotraer a una vida pasada. Esto es posible porque el espíritu guarda, en las regiones subconscientes, una fiel memoria de sus vivencias en otras encarnaciones. Algunas de estas vivencias, por su especial relevancia, pueden actualizarse en la vida presente, ocasionando problemas complejos cuya solución escapa a las terapias tradicionales. Existe una abundante literatura sobre esta materia, que proporciona testimonios que pueden servir de referencia y ejemplo a cuanto venimos diciendo sobre cómo las malas acciones de vidas pasadas influyen decisivamente en la explicación de los infortunios presentes. Por su especial significación, exponemos a continuación algunos hechos entresacados de las “lecturas kármicas” del vidente americano Edgar Cayce, de comienzos del siglo pasado, el pionero de las terapias regresivas. Cayce distingue tres tipos de karma retributivo: · De boomerang: un hombre que cegó a otros en el pasado se halla ciego en el presente. · Organísmico: un hombre que ha sido un glotón exagerado en una existencia anterior puede tener afecciones digestivas en el presente; quien murió de sed en una vida precedente, puede ser alcohólico en su vida actual; quien padeció de obesidad, puede sufrir de anorexia. · Simbólico: una persona que “puso oídos sordos” a las súplicas de otros, en vidas pasadas, puede ser físicamente sordo en el presente; o bien, una persona que hizo consumir en agua fría a las brujas, en las épocas puritanas de enjuiciamientos por hechicería, ahora viene a sufrir de incontinencia urinaria. Algunos hechos desvelados en sus lecturas son los siguientes: · La infidelidad hacia el cónyuge en el pasado puede provocar la infidelidad de su cónyuge en el presente. · Ciertas anormalidades mentales pueden derivarse, en algunos casos, de experiencias pasadas. Así, las fobias de animales, de espacios encerrados, de agua, etc., suelen provenir de experiencias aterradoras ¾incluida la muerte¾, ocurridas en asociación de los objetos o causas que ahora producen esas fobias. · A veces los sueños y las alucinaciones recurrentes pueden referirse a experiencias en vidas pasadas. · El abuso de la sexualidad en una vida anterior puede producir epilepsia. · El suicidio en el pasado puede producir un gran aislamiento en el presente. · Las deformidades suelen deberse a actos de crueldad cometidos en el pasado. · Los actos del alma en el pasado han conducido directamente a la creación de las características del cuerpo actual, que, por tanto, no se debe al azar. Cada persona es responsable del cuerpo que tiene ahora, y es la causa directa de él. El cuerpo es un receptáculo del karma. · Las deformidades y la fealdad en la vejez son el reflejo de un mal régimen alimenticio, de una mala conducta y de malos hábitos de pensamiento. · Un hombre que abusa físicamente de una mujer, atraerá hacia él un abuso físico, quizá cuando encarne como mujer. · Un marido que obligó a su mujer a usar cinturón de castidad mientras él iba a las Cruzadas, sufrió de impotencia en otra vida, y su mujer experimentó frigidez. · Es llamativo el caso de un sacerdote católico y una monja, en Inglaterra, que se enamoraron locamente y rompieron sus votos de castidad. Fue él quien dominó a la mujer y la convenció, a pesar de mostrar ella un mejor criterio. Parece que estos amores eran ante todo de naturaleza sensual. En la vida presente estas dos personas han venido a encontrarse otra vez como marido y mujer, unidos de nuevo bajo la fe católica. Desde el primer momento de su matrimonio la mujer se mostró fría, y al fin del primer año el marido quedó completamente inválido, físicamente incapacitado para ninguna actividad sexual. Con retraso, pues, el voto de castidad se cumplió. · Las alternancias de sexo en vidas sucesivas pueden explicar la homosexualidad. Por ejemplo, una persona que acaba de adquirir su polaridad masculina, después de una serie de vidas como mujer, quizá tenga dificultades para desempeñar su papel de hombre. · Una serie de malas acciones ejecutadas con un miembro puede causar la falta de él o su deformidad en una vida posterior. ¿Cómo salir de este laberinto? ¿Cómo terminar con esta condena cuyo resultado final siempre es el sufrimiento? La Regla de Oro brota por sí misma: «No
hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti; haz a los demás lo que te
gustaría que te hicieran a ti».
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