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Resumen del libro: EL SUFRIMIENTO: UN CAMINO A LA PLENITUD Laureano J. Benitez Grande-Caballeropara pedidos de la obra, pulse aquí(Otras obras del autor en : http://sapiens.ya.com/laureben )
El
sufrimiento es inevitable, pero podemos comprender su sentido, y esta comprensión
puede hacer del dolor un camino de crecimiento y plenitud. “Cuando un hombre tiene un
por qué vivir, soporta cualquier cómo”.
(Nietzsche) “El hombre nace, sufre y muere”
“El
hombre nace, sufre y muere”. Esta sentencia es, seguramente, el más breve
resumen de una vida humana, la frase que mejor expresa
su sentido, pues pone de relieve las dos certezas más absolutas que la
caracterizan: el sufrimiento y la muerte. Como dice el refrán: «Deseando bienes y aguantando
males, pasan la vida los mortales».
Si el dolor es algo constitutivo de la vida humana, seguramente
sería necesario que todos nos preparásemos para prevenirlo, aprendiendo a no
cometer los errores que invariablemente nos acarrean sufrimiento; dominando técnicas
de acción y pensamiento que nos ayuden a minimizar sus efectos devastadores;
entrenándonos en la forma de convivir con él con la mayor ecuanimidad posible,
con la certeza de que, conociendo las causas y efectos del dolor, podremos
comprenderlo. Mientras seamos seres imperfectos e ignorantes, mientras estemos en este mundo sometido a la impermanencia y la muerte, el sufrimiento es inevitable, y no ninguna receta mágica que nos permita escapar de él. Sin embargo, puede ser comprendido. Y esta comprensión nos permitirá utilizarlo, más que como una maldición o una condena, como un auténtico camino de perfección. Saber sufrir no consiste solamente en aguantar el dolor, aceptándolo
como algo frecuentemente inevitable, sino que la verdadera sabiduría del
sufrimiento radica en encontrar su sentido, ya que lo peor del sufrimiento no es
el dolor en sí, sino sufrir sin saber por qué ni para qué. Todo sufrimiento
es portador de un mensaje que hay que saber descifrar, ya que en la plena
comprensión de este sentido está la clave para su superación. En esta labor de comprensión nos pueden ayudar muy eficazmente los principios de lo que se viene llamando salud mental, cuyas técnicas pretenden entrenar a la mente para que funcione de una forma más sana y positiva. La clave para la superación del sufrimiento, según la salud mental, consiste en tener unas creencias determinadas que nos ayuden a verlo de una manera más positiva, con el fin de arrancar a las adversidades aquellas enseñanzas que nos ayuden en nuestro desarrollo personal. En este artículo expondremos algunos de estos principios, para así conseguir una visión más constructiva del dolor humano. Sufrimientos imaginarios y sufrimientos reales La mayoría de nosotros no aceptamos el sufrimiento, sino que queremos escapar de él como de un monstruo amenazador, de una temible plaga. Cuando nos golpea, en vez de asumirlo para intentar comprenderlo solemos emprender una “huida hacia delante”, recurriendo a la alienación de las distracciones y entretenimientos que tan abundantemente nos proporciona nuestra cultura: ideas, bebida, sexo, poder, prestigio, medicamentos, drogas, dinero, consumismo... confiando en que el efecto analgésico e hipnótico de esas evasiones sepulte nuestra aflicción. Pero si queremos realmente comprender el sentido del sufrimiento, lo primero que debemos hacer es aceptarlo, identificándonos con él, experimentándolo sin miedo ni reserva, pues si pretendemos ignorarlo, escapar de él, conseguiremos evadirnos momentáneamente, pero seguirá ahí, con su carga aflictiva Aceptar el sufrimiento supone, en primer lugar, que somos responsables de él. La psicología suele distinguir entre sufrimientos imaginarios y sufrimientos reales. Se llama imaginarios a los sufrimientos que no tienen soporte en la realidad, sino que son una pura creación de nuestra imaginación: o bien consisten en una interpretación en clave negativa y dramática de hechos reales que en sí son neutros; o, en su caso más extremo, no hay ningún hecho real ahí afuera que desencadene nuestra interpretación equivocada, sino que el motivo de nuestro penar está en nuestra propia mente, que se ha inventado una pura alucinación. Un examen atento de las adversidades que sufrimos nos llevaría a la conclusión de que la mayoría de los problemas que creemos tener no son tales, sino simples contratiempos, molestias y contrariedades a las que nuestra manera negativa y tremendista de pensar los acaba convirtiendo realmente en problemas. Este tipo de sufrimiento imaginario se basa en el hecho evidente de que el dolor que experimentamos no es solamente una reacción emocional con la que respondemos, muchas veces de forma automática, ante hechos adversos reales, sino que también sufrimos como respuesta a adversidades imaginarias que sólo existen en nuestra mente, la cual tiene con frecuencia una tendencia enfermiza a interpretar negativamente hechos que en sí son neutros pero que, filtrados a través de nuestros esquemas negativos, pasan a ser vistos como tribulaciones. Desde este enfoque, podemos afirmar que la inmensa mayoría de nuestro sufrimiento es puramente mental. Ningún ser humano puede ver la realidad tal y como es, sino que lo que vemos de ella es justo lo que hemos proyectado. El proceso viene a seguir esta secuencia de acción: sucede un hecho allá afuera de nosotros; nuestros sentidos lo perciben, y no solamente los corporales, pues la mente funciona también como un órgano sensorial capaz de captar lo que no podemos percibir sensorialmente; la mente interpreta ese hecho, haciéndolo pasar a través de sus filtros, para adaptarlo a sus patrones de creencias, a sus esquemas predeterminados; esa interpretación va al sistema físico y emocional, y se produce una respuesta. Esta deformación de la realidad que hacemos en nuestra mente es de capital importancia en nuestra tarea de entender el sufrimiento. Pues, si lo que nos hace reaccionar no es el hecho real, sino una vez que ha sido codificado e interpretado, ¿qué sucedería a una persona poseedora de esquemas mentales negativos, que contaminara los hechos con esa negatividad? Que sufriría de manera gratuita, y mucho más que alguien que tuviera en su mente creencias positivas. En cuanto a los sufrimientos que hemos convenido en llamar “reales”, la mayoría tienen su causa en nuestras conductas erróneas. En este caso, cuando consideramos adversidades provocadas por nosotros mismos (cometiendo errores, tomando decisiones equivocadas, practicando malos hábitos de pensar y vivir…), no nos resulta difícil encontrar un sentido para nuestras desgracias, una explicación que, al darnos un por qué, nos las hace más soportables. Desde este punto de vista, la finalidad más clara del sufrimiento es la de ser un castigo o expiación por errores que cometemos de forma deliberada, por conductas erróneas que necesitan ser cambiadas para nuestro progreso y adelantamiento. Nadie nos castiga, sino que simplemente hay una ley “cósmica” que afirma que sembramos lo que cosechamos, ley a la que el pensamiento oriental llama “karma”, la cual afirma que toda causa tiene su efecto insoslayable, aunque nos cueste aceptarlo, aunque nos sea más fácil quejarnos a un destino azaroso y cruel, o a un Dios vengativo y justiciero. El dolor que nos asedia en esta vida pretende, por tanto, hacernos tomar conciencia de nuestros errores, como una enfermedad cumple la función, aunque sea dolorosa, de llamarnos la atención sobre un desequilibrio en nuestro sistema corporal, facilitándonos así el restablecimiento de la salud. Si comprobamos que determinadas acciones acarrean dolor y penalidades, nos esforzaremos por evitarlas, y este esfuerzo por corregir nuestras malas tendencias es el principio básico de nuestro progreso y nuestra evolución. Estaremos más o menos convencidos de que hemos actuado mal, pero el deseo de huir de las aflicciones es un arma poderosa para evitar la repetición de conductas que llevan al sufrimiento. “También esto pasará”www.onephoto.netuploads donpablo1122291706_...
Mas, ¿qué pensar de aquellas adversidades que parecen caer sobre nosotros por auténtica mala suerte, de manera arbitraria, sin que nos lo merezcamos, guiadas por un destino cruel y azaroso que parece elegir a sus víctimas de forma caprichosa? Ante este tipo de penalidades caben dos respuestas: la primera es la resignación estoica, propugnada ya en la Antigüedad, basada en el cultivo de la perfecta indiferencia ante los avatares de la fortuna (apathéia), sean placenteros o dolorosos, conseguida mediante la moderación de los apetitos y pasiones; la segunda actitud es la de resistir al mal, rebelándose contra la adversidad. Desgraciadamente, tanto la negación como el combate contra el dolor son estériles, porque éste continúa implacable su curso, destruyendo a sus víctimas. La mejor manera —la única, realmente— de enfocar este tipo de penalidades es la de ejercitarnos en un modo positivo de pensar, que sea capaz de extraer un sentido positivo a lo que nos suceda, sea lo que sea. Somos libres de elegir nuestra actitud ante el sufrimiento, que es capaz de sacar lo mejor y lo peor de nosotros mismos, desde el heroísmo extremado, a la desesperación más profunda. El factor fundamental del que depende todo reside en nuestra actitud mental: todos tenemos experiencia de casos en los que, ante un mismo hecho doloroso, vemos a distintas personas reaccionar de diversa manera, señal de que es posible optar por la respuesta que queramos. Vemos que algunas personas atraviesan una tempestad de sufrimiento con la mayor calma y serenidad, mientras que otras se irritan ante el menor inconveniente o desilusión. Una técnica que nos puede ayudar a interpretar positivamente estos sufrimientos “inmerecidos” es el de considerarlos dentro de una amplia perspectiva temporal. En la vida presente, dominada por la ley de la impermanencia, donde todo está en constante cambio, donde las cosas aparecen y desaparecen continuamente, transformándose unas en otras, donde tanto las alegrías como los pesares tienen un final, esta ley de la transitoriedad también alcanza a la mayoría de nuestras penalidades. De ahí la famosa frase que dice “También esto pasará”, la cual puede ser considerada como un verdadero antídoto para anestesiar nuestros dolores ante una crisis de sufrimiento; o aquella otra parecida que afirma que “no hay bien ni mal que cien años dure”. Examinemos simplemente nuestra vida pasada. Seguro que somos capaces de recordar circunstancias difíciles, tribulaciones más o menos intensas, problemas que en su momento nos parecieron graves e insuperables… ¿Dónde están ahora esos sufrimientos? ¿Qué ha quedado de ellos? El tiempo y la distancia acaban por poner todo en su sitio, por dar a los acontecimientos su verdadera dimensión, su rostro auténtico, que frecuentemente no es tan trágico e insoluble como nos pareció cuando lo sufrimos en carne viva. Otra enseñanza de esta manera de abordar el sufrimiento es que, como dice el refrán “no hay mal que por bien no venga”. Todos sabemos por experiencia que, frecuentemente, los placeres y las penas se transforman unos en otros, intercambiándose entre sí. El goce lleva dentro de sí el germen del sufrimiento, siendo éste, a su vez, portador de la semilla de la alegría, expresando la polaridad de un ying-yang que seguramente todos nosotros hemos experimentado. En el fondo, uno y otro no representan sino los dos polos del mismo eje, el anverso y el reverso de la misma moneda. Frecuentemente tendemos a pensar que un hecho nos ocasiona dolor solamente porque somos incapaces de ver su utilidad, porque juzgamos que, aparte de privarnos de lo que creemos un bien para nosotros, no nos da a cambio ningún beneficio, ningún fruto. ¿Qué pensaríamos de un acontecimiento que, aunque en apariencia sea un mal, nos reportara un beneficio a largo plazo, un bien que fuera de orden superior a aquel del que nos despojó? En último término, ¿nos sentimos realmente capacitados, con nuestras limitaciones perceptivas, con nuestra discriminación distorsionada por la ignorancia, para distinguir lo que es bueno y malo para nosotros? Así pues, que algo nos ocasione dolor no significa que sea necesariamente malo. El sufrimiento siempre es portador de bienes, generalmente en forma de aprendizaje de conductas correctas con las que sustituimos aquellas conductas equivocadas que nos llevaron al error y la penalidad. Si ampliamos más aún la perspectiva temporal, sacaremos fácilmente
otro principio de salud mental: si miramos bien la historia de los seres humanos
que nos han precedido, y estamos atentos a la actualidad que nos rodea aquí y
ahora, no nos será difícil descubrir un continuo y doloroso mar de sufrimiento
que ha afectado y afecta a muchos de nuestros semejantes. En circunstancias
normales, gran parte de ese sufrimiento será superior al nuestro, más intenso,
más profundo y duradero… Pero estamos muy ocupados dando vueltas a nuestras
molestias, exagerándolas, rumiándolas, como para caer en la cuenta de que hay
mucha gente que sufre muchísimo más que nosotros. Como dice la frase: «Cuando
otros lloran sangre, ¿qué derecho tengo yo a llorar lágrimas?» (José
Martí) El
sufrimiento como camino de desarrollo
Otra maneras positiva de abordar el aparente absurdo de las penalidades que no parecen originarse en nuestros pensamientos y conductas incorrectos es el considerar que nuestro mejoramiento personal, nuestro desarrollo, nuestro avanzar hacia mayores y mejores niveles de conciencia supone esfuerzo, trabajo, disciplina… actitudes que comportan inevitablemente ciertas dosis de sacrificio y de sufrimiento. El refranero popular es muy rico en frases que expresan este pensamiento: «La letra con sangre entra, y la
labor con dolor». «No
pain, no gain». ( Sin dolor no hay beneficio) «La
dolorosa experiencia es la mejor ciencia». «Duele el castigo, pero es buen amigo». «El dolor, a los malos desespera y
a los buenos consuela». Aunque el bienestar es, por supuesto, una condición deseable de
toda vida humana, frecuentemente nos lleva a un estado letárgico en el que
nuestra conciencia se adormece y deja de progresar, anestesiada por la modorra
que nos produce el disfrute continuo de unos placeres que, después de la
excitación inicial que nos procuran, pierden su novedad y su encanto, arrastrándonos
hacia una tibieza peligrosa para nuestro desarrollo. Como decía Ortega y Gasset:
«En el dolor nos hacemos, y en el placer nos gastamos».
«En
una vida sin penas, acaban por relajarse las cuerdas del alma».
(Johannes Kepler) Si el bienestar nos hace vivir en lo cotidiano, en lo rutinario, el dolor nos recuerda lo trascendente de nuestra condición mortal. Las crisis que nos ocasionan los sufrimientos nos proporcionan los desafíos que necesitamos para salir de nuestro estancamiento, pues nos obligan a luchar para superarlas, y este combate es un incentivo para movilizar los recursos y las energías que teníamos adormecidas, lo cual es una de las condiciones para nuestro progreso.
El dolor puede ser, por tanto, un camino de desarrollo, a condición de que no lo consideremos como un accidente, una maldición o una condena, sino como una experiencia vital portadora de un mensaje, de un sentido que, aunque a veces se nos escape, forma parte de una totalidad que responde a un diseño coherente, a un plan que tiene un sentido claro: nuestro crecimiento como personas. Acabamos nuestra exposición con un cuento que ilustra maravillosamente la idea de que todo, aun lo aparentemente caótico y absurdo, tiene un sentido, una perfección oculta: Cuando yo era pequeño,
mi madre solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de ella y le preguntaba qué
estaba haciendo. Ella me respondía que estaba bordando. Como yo era pequeño,
observaba el trabajo de mi madre desde abajo, por eso siempre me quejaba diciéndole
que sólo veía hilos feos. Le preguntaba por qué ella usaba algunos hilos de
colores oscuros y porqué me parecían tan desordenados desde donde yo estaba.
Ella me sonreía, miraba hacia abajo y me decía: «Hijo, ve afuera a jugar un
rato, y cuando haya terminado mi bordado te pondré sobre mi regazo para que lo
veas desde arriba». Así lo hice. Al cabo de
un rato, escuché la voz de mi madre llamándome. Cuando me senté en su regazo,
me sorprendió y emocionó ver hermosas flores y bellos atardeceres en el
bordado. No podía creerlo, pues antes desde abajo sólo veía hilos enredados.
Entonces mi madre me decía: «Hijo mío, desde abajo se veía confuso y
desordenado, pero no te dabas cuenta de que había un plan arriba. Yo tenía
un hermoso diseño. Ahora míralo desde mi posición, qué bello es».
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