Cuentos con valores
Página extraída del libro
EL
ARCA DE LA SABIDURÍA
(Antología de textos de autoayuda y superación personal)
Laureano J. Benítez Grande-Caballero
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El
sentido del trabajo
Un día quise ver a mis tres amigos, que
trabajaban en una obra de construcción, cerca de mi casa. Hacía mucho tiempo que
no los veía, así que no sabía qué era de sus vidas. Casi a la entrada, en una
postura de comodidad, me encuentro al primero.
«¡Hombre, qué alegría verte!», le dije, mientras
le daba un fuerte abrazo. «¿Cómo te van las cosas?»
«Aquí ando, trabajando y sudando como un negro,
ya me ves. Como un idiota, esperando largarme cuanto antes».
Doy tan sólo unos pasos y allí, en un andamio, a
escasos metros del suelo, encuentro al otro viejo amigo.
«¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Cómo te va?»
«Pues hombre, ya ves. Las vueltas que da la
vida. Hay que hacer algo, ¿no? Hay que ganarse el pan y mirar por los hijos. Es
ley de vida», me dijo.
Levanto la vista y allá arriba, en una postura
de difícil equilibrio, veo a mi otro amigo. Sintió una enorme alegría al verme
y, con una gran sonrisa y una voz potente, me preguntó cómo me iba, cuándo nos
veríamos más detenidamente. Y para terminar, me dijo:«Aquí estoy haciendo un
escuela bonita, bonita, bonita... ya verás qué escuela».
La última casa del carpintero
Un viejo carpintero decidió retirarse. Le
comunicó a su jefe que, aunque iba a extrañar su salario, necesitaba retirarse y
estar con su familia. El jefe se entristeció mucho con la noticia porque aquel
hombre era su mejor carpintero. Decidió pedirle de favor que le construyera una
última casa antes de retirarse.
El carpintero aceptó la proposición y empezó la
construcción de su última casa pero, a medida que trabajaba, sintió que su
corazón no estaba de lleno en el trabajo. Arrepentido de haber aceptado la
petición de su jefe, el carpintero no puso el esfuerzo y la dedicación que
acostumbraba poner en el trabajo. Cada casa la había construido con gran esmero,
pero ya estaba cansado y sentía que su jefe le había presionado para hacer una
casa más.
Cuando el carpintero terminó la casa, el jefe vino muy contento y le entregó la
llave de aquélla, diciéndole: «Ésta es tu casa.
Es mi regalo para ti y tu familia por tanto años de buen servicio». El
carpintero sintió que el mundo se desvanecía bajo sus pies... Si tan sólo
hubiese sabido que estaba construyendo su propia casa, lo hubiese hecho todo de
una manera diferente.
La
verdadera riqueza
Un hombre rico
veraneaba en un pueblo de pescadores. Cada mañana, solía pasear por la playa, y
siempre veía a un pescador dormitando en su barca. Un día se le acercó y, tras
los saludos de rigor, le dijo:
—Y
usted... ¿no sale a pescar?
—Bueno...
sí... —repuso el pescador—: salí esta mañana temprano, y no se dio mal.
—Y... ¿no va a
salir otra vez?
—¿Para
qué? Ya pesqué lo suficiente para hoy.
—Pero si
usted pescara más, conseguiría más dinero, ¿no?
—¿Y para
qué quiero más dinero, señor?
—Bueno,
con más dinero podría usted tener un barco más grande.
—¿Un
barco más grande?
—Pues
claro... Con un barco mayor usted conseguiría más pesca, y más pesca significa
más dinero.
—¿Y para
qué quiero yo tanto dinero?
—Pero...
¿no lo entiende usted?: con más dinero podría comprar varios barcos, y entonces
pescaría mucho más, y se podría hacer rico.
—¿Yo?
¿Ser rico?
—Sí,
claro... ¿acaso no desea ser rico? Podría usted comprarse una casa bonita, tener
un coche, viajar, tener toda clase de comodidades...
—¿Y para
qué quiero yo esas comodidades?
—¡Dios
mío!... ¿Cómo es posible que no lo entienda?... Si usted tuviera comodidades y
riquezas, entonces podría usted retirarse a disfrutar y descansar.
—Pero,
caballero... ¿no ve usted que eso es justo lo que estoy haciendo ahora?
El mejor padre
Un hombre, todavía no muy mayor, relataba a un
amigo:
—Quise darle a mis hijos lo que yo nunca tuve.
Entonces comencé a trabajar catorce horas diarias. No había para mí sábados ni
domingos; consideraba que tomar vacaciones era locura o sacrilegio. Trabajaba
día y noche. Mi único fin era el dinero, y no me paraba en nada para
conseguirlo, porque quería darle a mis hijos lo que yo nunca tuve.
—Y... ¿lo lograste? —intervino el amigo.
—Claro que sí —contestó el hombre—: yo nunca
tuve un padre agobiado, hosco, siempre de mal humor, preocupado, lleno de
angustias y ansiedades, sin tiempo para jugar conmigo y entenderme. Ese es el
padre que yo les di a mis hijos. Ahora ellos tienen lo que yo nunca tuve.
Una buena propina
Un niño de 10 años entró a la cafetería de un
hotel y se sentó en una mesa. Una camarera le puso un vaso de agua delante.
—¿Cuánto es un refresco con helado?
¾preguntó
el niño.
—Tres euros con setenta y cinco
¾respondió
la camarera.
El niño sacó su monedero del bolsillo y contó la
calderilla. «Bueno, ¿y cuánto es una copa de helado sólo?», preguntó.
Había muchas personas esperando por una mesa y
la camarera estaba perdiendo su paciencia. «Dos euros», le respondió
bruscamente.
El niño volvió a contar su calderilla. «Por
favor, deme sólo una copa de helado», dijo finalmente.
La camarera le trajo el helado, le puso la
cuenta en la mesa y se fue. El niño terminó el helado, le pagó a la cajera y
dejó su propina. Cuando la camarera regresó a la mesa, empezó a llorar mientras
limpiaba la mesa: allí, al lado de la copa vacía de helado, había dejado dos
monedas de diez céntimos. El niño renunció al refresco para tener suficiente
para la propina.
Lo más importante
Durante el segundo semestre en una escuela de
enfermería, un profesor hizo a sus alumnos un examen sorpresa. La última
pregunta de la prueba era: «¿Cuál es el nombre de la mujer que limpia la
escuela?»
Los alumnos pensaron que seguramente era una
broma. Habían visto muchas veces a la mujer que limpiaba la escuela. Era alta,
de cabello oscuro, como de cincuenta años, pero ¿cómo iban a saber su nombre? Al
entregar el examen, dejaron la última pregunta en blanco. Antes de que terminara
la clase, alguien le preguntó al profesor si esa pregunta contaría para la nota
del examen.
«Absolutamente»
¾dijo
el profesor¾.
«En sus carreras ustedes conocerán muchas personas. Todas son importantes y
merecen su atención, aunque solamente les sonrían y les digan: “¡Hola!”,
llamándolas por su nombre».
Nunca olvidaron esa lección. Todos aprendieron
enseguida que su nombre era Dora.
....Y usted, ¿sabe el nombre de las personas que
le sirven?
La falsa moneda
Había un viejo sufí que se ganaba la vida
vendiendo toda clase de baratijas. Parecía como si aquel hombre no tuviera
entendimiento, porque la gente le pagaba muchas veces con monedas falsas que él
aceptaba sin ninguna protesta, y otras veces afirmaban haberle pagado, cuando en
realidad no lo habían hecho, y él aceptaba su palabra.
Cuando le llegó la hora de morir, alzó sus ojos
al cielo y dijo: «¡Oh, Alá! He aceptado de la gente muchas monedas falsas, pero
ni una vez he juzgado a ninguna de esas personas en mi corazón, sino que daba
por supuesto que no sabían lo que hacían. Yo también soy una falsa moneda. No me
juzgues, por favor».
Y se oyó una voz que decía: «¿Cómo es posible
juzgar a alguien que no ha juzgado a los demás?»
La ley
del talión
En una
familia, un niño observaba cómo todo el mundo trataba mal al abuelo, un anciano
torpe de mucha edad, recriminándole cuando rompía algo, cuando se le derramaba
la comida, cuando era incapaz de hacer muchas cosas por sí mismo. En vista de
sus manos temblorosas, el padre del niño le había hecho un cuenco de madera,
para evitar que siguiera rompiendo los platos de cerámica cuando se le caían al
suelo.
Un día,
el padre sorprendió a su hijo pequeño intentando hacer un cuenco de madera muy
parecido al que usaba su abuelo. Ante la pregunta de su padre de por qué hacía
eso, el niño respondió: «Lo estoy haciendo para ti, papá, para cuando seas
viejo».
Desde
aquel momento, nadie volvió a tratar mal al abuelo.
Falta de acuerdo
Había una vez una aldea, la cual estaba habitada
por cuatro personas, llamadas: TODOS, ALGUNOS, CUALQUIERA Y NADIE.
Hubo que realizar una importante tarea, y TODOS
estaba seguro de que ALGUNOS lo haría. CUALQUIERA pudo haberlo hecho, pero NADIE
lo hizo.
ALGUNOS se enfadó, porque era tarea de TODOS.
TODOS pensó que CUALQUIERA podría hacerlo, pero
NADIE se dio cuenta de que TODOS no lo haría.
La cosa terminó en que TODOS le echó la culpa a
ALGUNOS, cuando NADIE hizo lo que CUALQUIERA pudo haber hecho.
La
memoria
Un hombre de cierta edad fue a una clínica para
hacerse curar una herida en la mano. Tenía bastante prisa, y mientras se curaba
el médico le preguntó qué era eso tan urgente que tenía que hacer.
El anciano le dijo que tenía que ir a una
residencia de ancianos para desayunar con su mujer, que vivía allí. Llevaba
algún tiempo en ese lugar y tenía un Alzheimer muy avanzado. Mientras le acababa
de vendar la herida, el doctor le preguntó si ella se alarmaría en caso de que
él llegara tarde esa mañana.
—No —respondió—. Ella ya no sabe quién soy. Hace
ya casi cinco años que no me reconoce.
—Entonces —preguntó el médico—, si ya no sabe
quién es usted, ¿por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?
El anciano sonrió y dijo:
—Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé
muy bien quién es ella.
La vasija agrietada
Un cargador de
agua de la India tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un
palo y que llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas estaba en muy buen
estado, y conservaba toda el agua hasta el final del largo camino a pie que
recorría el cargador desde el arroyo hasta la casa de su patrón, pero la otra
tenía varias grietas por las cuales se escapaba el agua, de modo que, cuando
llegaba, sólo tenía la mitad de su carga.
Los amigos del
aguador se extrañaban de que no quisiera repararla, pues esa imperfección de la
vasija le hacía perder dinero. Sin embargo, el aguador explicaba así su extraña
decisión:
¾Es
posible que no entendáis mi manera de proceder, pero... ¿os habéis fijado en las
flores tan bellas que crecen a lo largo del camino, justo donde se derrama el
agua que sale de las grietas de la vasija? Sembré semillas a lo largo del camino
por donde voy, y la vasija rota las ha regado de modo que he podido recoger
muchas flores para decorar el altar de mi Divina Madre.
Cada uno de nosotros tiene sus
propias grietas. Todos somos vasijas agrietadas, pero debemos saber que siempre
existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados.
Uno no deja de reír por hacerse viejo, se hace uno viejo por dejar de reír.
El árbol de los problemas
Un hombre contrató a un
carpintero para que le ayudase a hacer reparaciones en su vieja granja. El
primer día de trabajo presentó muchos inconvenientes: su cortadora eléctrica se
estropeó, lo cual le hizo perder una hora de trabajo; además su camión, ya un
poco viejo, se negaba a arrancar.
Ante este percance, el hombre
que lo había contratado decidió llevarle a su casa. Casi no habló nada durante
el recorrido, pero, al llegar a su casa, le invitó a conocer a su familia.
Mientras se dirigían a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño
árbol, tocando la punta de las ramas con ambas manos.
Cuando se abrió una puerta,
ocurrió sorprendentemente una transformación. Su cara bronceada estaba llena de
sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.
Posteriormente, acompañó hasta el coche a su empleador.
Éste, antes de despedirse,
preguntó al carpintero acerca de lo que le había visto hacer en el árbol un rato
antes.
¾Oh,
ése es mi árbol de los problemas
¾contestó¾.
Sé que no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura:
los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa ni a mis hijos. Así que,
simplemente, los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, por
la mañana, los recojo otra vez. Lo divertido es
¾concluyó
sonriente¾
que, cuando salgo por la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que
recuerdo haber colgado la noche anterior.
Tu valor no cambia
Un orador inició su seminario
mostrando al auditorio un billete de 20 euros. Dirigiéndose a los espectadores,
preguntó:
¾¿Quién
quiere este billete?
Muchas manos se
levantaron. Luego dijo:
¾Se
lo voy a dar a alguno de ustedes, pero primero permítanme hacerle esto...
Cogiéndolo con ambas manos, lo
convirtió en una bola, dejándolo todo arrugado. Entonces volvió a preguntar:
¾¿Quién
lo quiere todavía? ¾las
manos volvieron a subir¾.
Bien, ¿y si le hago esto...?
¾lo
dejó caer al suelo y lo pisoteó. Lo recogió y volvió mostrarlo al auditorio¾.
Y así, todo arrugado y sucio... ¿todavía lo quieren?
Las manos se mantuvieron
arriba.
¾Amigos,
han aprendido una lección muy valiosa: no importa todo lo que le haya hecho al
billete, ustedes de cualquier manera lo quieren porque su valor no ha
disminuido. Sigue valiendo los mismos 20 euros.
»Muchas veces en nuestras
vidas caemos, nos arrugamos, o nos revolcamos en la tierra por las decisiones
que tomamos y por las circunstancias que nos rodean. Llegamos a sentir que no
valemos nada. Pero no importa lo que hayamos pasado o cuanto pueda ocurrirnos,
nunca perdemos el valor que tenemos ante los ojos de Dios. Sucios o limpios,
abatidos o victoriosos, para Él somos igualmente valiosos.
Bueno...
malo... ¿Quién
sabe?
Había una vez un hombre que vivía con su hijo en una pequeña aldea en las
montañas. Su único medio de subsistencia era el caballo que poseían, el cual
alquilaban a los campesinos para roturar las tierras.
Todos los días, el hijo llevaba al caballo a las montañas para pastar. Un día,
volvió sin el caballo y le dijo a su padre que lo había perdido. Esto
significaba la ruina para los dos. Al enterarse de la noticia, los vecinos
acudieron a su padre, y le dijeron: «Vecino, ¡qué mala suerte!» El hombre
respondió: «Buena suerte, mala suerte, ¡quién sabe!».
Al cabo de unos días, el caballo regresó de la montaña, trayendo consigo muchos
caballos salvajes que se le habían unido. Era una verdadera fortuna. Los
vecinos, maravillados, felicitaron al hombre: «Vecino, ¡qué buena suerte!». Sin
inmutarse, les respondió: «Buena suerte, mala suerte, ¡quién sabe!»
Un día que el hijo intentaba domar a los caballos, uno le arrojó al suelo,
partiéndose una pierna al caer. «¡Qué mala suerte, vecino!», le dijeron a su
padre. «Buena suerte, mala suerte, ¡quién sabe!», volvió a ser su respuesta.
Una mañana aparecieron unos soldados en la aldea, reclutando a los hombres
jóvenes para una guerra que había en el país. Se llevaron a todos los muchachos,
excepto a su hijo, incapacitado por su pierna rota. Vinieron otra vez los
aldeanos, diciendo: «Vecino, ¡qué buena suerte!». «Buena suerte, mala suerte,
¡quién sabe!», contestó.
Dicen que esta historia continúa, siempre de la misma manera, y que nunca tendrá
un final.
La
realidad real
Un hombre iba conduciendo una madrugada por una carretera solitaria que
atravesaba un paraje desértico y despoblado. El frío era intenso, la lluvia caía
como una espesa cortina, y el viento ululaba y retumbaba contra las ventanillas
del coche. De repente, se oyó un pequeño estallido, y el hombre se temió lo
peor: acababa de pinchar una rueda.
Protegiéndose de las inclemencias del tiempo, bajó a comprobarlo: efectivamente,
había pinchado una rueda delantera. Desolado ante aquella adversidad, mojado
hasta los huesos, cansado y temblando de frío, exclamó: «Ahora no puedo cambiar
de canal... esto es la realidad».
La gratitud
Un hombre daba siempre gracias a Dios por los beneficios recibidos, no obstante
las adversidades que le habían sobrevenido durante su vida, pues perdió casa,
familia y bienes de fortuna. Sus amigos se maravillaban de que, a pesar de todo,
tuviese motivos de gratitud, a lo que respondía, tan jovial y optimista como
siempre: «Bah, aunque lo haya perdido todo, he de agradecer a Dios que me haya
dejado un diente arriba y otro abajo».
Una mujercita con suerte
Una mujer pobre tenía la
costumbre de ir todas las mañanas a un bosque cercano a su casa para recoger
leña, que luego vendía a sus vecinos. Cierto día, encontró bajo un roble un
caldero viejo de latón, ya muy oxidado por la intemperie.
―¡Vaya, qué suerte! ―exclamó―.
Tiene un agujero, y no me servirá para llevar agua, pero podré utilizarlo para
plantar flores.
Tapó el caldero con su mantón
y, cargándoselo al hombro, emprendió el camino hacia su humilde choza. Pero
empezó a notar que el caldero iba pesando más y más, así que se sentó a
descansar. Cuando puso el caldero en el suelo, vio con asombro que estaba lleno
de monedas de oro.
―¡Qué suerte tengo! ―volvió a
exclamar, llena de alegría―. Todas estas monedas para una pobre mujer como yo.
Mas pronto tuvo que volver a
pararse. Desató el mantón para ver su tesoro y, entonces, se llevó otra
sorpresa: el caldero lleno de oro se había convertido en un trozo de hierro.
―¡Qué suerte tan maravillosa!
―dijo―. ¿Qué iba a hacer una mujercita como yo con todas esas monedas de oro?
Seguro que los ladrones me robarían todo. Por este trozo de hierro me ganaré
unas cuantas monedas normales, que es todo lo que necesito para ir tirando.
Envolvió el trozo de hierro, y
prosiguió su camino.
Cuando salió del bosque,
volvió a sentarse, y decidió mirar otra vez en su mantón, por si el destino le
había dado otra sorpresa. Y, en efecto, así era: el trozo de hierro se había
convertido en una gran piedra.
―¡Vaya suerte que tengo hoy!
―dijo―. Esta piedra es lo que necesito para sujetar la puerta del jardín, que
siempre golpea cuando hace viento.
En cuanto llegó a su casa, fue
hacia la puerta del jardín y abrió el mantón para sacar la piedra. Mas, nada más
desatar los nudos, una extraña criatura saltó fuera. Tenía una enorme cola con
pelos de varios colores, unas orejas puntiagudas y unas patas largas y
delgadísimas. La mujercita quedó maravillada al ver que la aparición daba tres
vueltas alrededor y luego se alejaba bailando por el valle.
―¡Qué suerte tengo! ―exclamó―.
Pensar que yo, una pobre mujercita, ha podido contemplar este maravilloso
espectáculo... Estoy segura de que soy la pobre mujercita solitaria con más
suerte del mundo entero.
Y se fue a la cama tan alegre
como siempre. Y, según se cuenta, lo más curioso es que, desde aquel día, la
suerte de esta pobre mujer cambió, y ya nunca más volvió a ser pobre ni
solitaria.
La señal
El único superviviente de un
naufragio llegó a una isla deshabitada. Pidió fervientemente a Dios ser
rescatado, y cada día divisaba el horizonte en busca de una ayuda que no
llegaba. Cansado, optó por construirse una cabaña de madera para protegerse de
los elementos y guardar sus pocas pertenencias.
Un día, tras merodear por la
isla en busca de alimento, cuando regresó a la cabaña la encontró envuelta en
llamas, con una gran columna de humo levantándose hacia el cielo. Lo peor había
ocurrido: lo había perdido todo y se encontraba en un estado de desesperación y
rabia.
¾¡Oh
Dios!, ¿cómo puedes hacerme esto?
¾se
lamentaba.
Sin embargo, al amanecer del
día siguiente se despertó con el sonido de un barco que se acercaba a la isla.
Habían venido a salvarlo.
¾¿Cómo
supieron que estaba aquí?
¾preguntó
a sus salvadores.
¾Vimos
su señal de humo ¾contestaron
ellos.
Es muy fácil descorazonarse
cuando las cosas marchan mal. Recuerda que cuando tu cabaña se vuelva humo,
puede ser la señal de que la ayuda está en camino.
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