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Resplandor de la niñez
Ricardo Ayllón
Pero el valor singular de Torito de penca. Torerito de papel (Pisadiablo Ediciones. Octubre 2002), se centra sin embargo en el logro de la regresión cronológica, en la venida a las raíces, en la consecución de la infancia. La añoranza, lo telúrico, en este caso, llegan a través de la fuerza arrolladora de la niñez, y a partir de ésta se deja arrastrar por la difícil vertiente en que se constituye el planteamiento vivificante de la literatura infantil. Parte de un proyecto mucho más amplio (según se nos permite entrever en la presentación), el contenido de este trabajo apuesta al divertimento, a esa forma de la recreación apoyada en las bondades de la oralidad infantil (rondas, canciones) y redefinida en la práctica pueblerina de las corridas de toros. A partir de estas características, el autor brinda una expresión sencilla, armonizable con otros elementos que ayudan en la configuración del trabajo, como la invocación de personajes identificables con la zona, del paisaje o de actitudes propias de la picardía e ingenio infantiles. En lo formal, el texto en su conjunto es casi un canto. Versificado, Torito de penca. Torerito de papel permite que nos embarquemos en su acompasamiento natural, uno que nace gracias al entusiasmo natural de volver a ser niño, como ya dijimos; pero no cualquier niño, sino ese muchachito del Ande que se regocija en las benignidades de su cercanía con la naturaleza y despide una sana espiritualidad, ingenuidad mejor descifrada a la hora de abordar su lenguaje rico en reverberaciones, onomatopeyas y la resplandeciente sencillez. Dentro del ámbito ancashino, quien se ha acercado mucho a esta labor de recrear, pero quizá más que recrear, materializar los juegos infantiles, es Rosa Cerna Guardia, quien a través de Tataramundo, principalmente, ofrece una amplia gama de adivinanzas, rondas, canciones y trabalenguas plasmados casi fielmente y con muy pocos aportes de su parte. Es en esta característica última donde reside el mérito de Alvítez porque en él sí conseguimos hallar la habilidad para rehacer e inocular el aporte personal, desembocando en lo auténtico; aunque no hablamos aquí de una autenticidad estricta, lindante con lo innovador, sino de una que dependiendo mucho de la posibilidad evocativa nos ofrece más bien la fluidez de lo narrativo dentro de los alcances suministrados por el influjo permanente de lo pastoril y de las costumbres.
Publicado originalmente en: Puerto de Oro. Investigación & creación. Año I. N° 3. Chimbote, setiembre 2003
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