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La sombra de Ricardo Ayllón

 

Vidal Guerrero

 

Poemas desconcertantes, patéticos, deslumbrantes, penetrantes, reflexivos, donde la palabra que jamás se confesó tan secretamente ahora lo hace espasmódicamente para revelar un alma desgarrada, turbada, que lucha por imponerse a esta realidad efímera (constructo verbal, diría Lacan), inaudita, inmisericorde, que aparece metaforizada en una extraña e indeclinable sombra. Esto es lo que se puede percibir en la reciente entrega poética de Ricardo Ayllón (Chimbote, 1969) titulada A  sombra de todos los espejos (Arteidea. Lima, 2003).

            Advierto una suerte de evolución lúdico-catárquica en la sombra, aunque en el tercer poemario, a pesar de los triunfos insoslayables que muestra el poeta, la sombra, lejos de ser erradicada, con la complicidad de Ayllón garantiza el alcance metafísico de su vuelo y tiñe la esperanza traducida en un nombre: Gabriela. El poeta, pese a sus declaraciones en el exordio del texto, se atrinchera en su mundo con un deseo infinito de perpetuarlo, conforme se lee en los siguientes versos:

 

“Y no niego que sería memoria de tu piel,

un latido gimiendo invierno arriba,

el espíritu de un canto aprendido entre las sombras.

 

Comienzo con tu nombre,

   Gabriela,

busco desde el valle

el reflejo tierno que las aguas

muestran a las gente”.

 

Cada poema de Almacén de invierno, en orden ascendente, sigue el cordón umbilical a partir de la desintegración que patentiza la presencia de la tarde, la noche, la muerte y la sombra como leit motiv que recorre todos los versos, presentando a la palabra interiormente atormentada por un alma en caos.

            Pero esa sombra es, aunque parcialmente, conjurada en Des/Nudos. La carga quedó sin aparente peso, pero la dicha tenuemente acariciada aún sigue temblando. Es por esto que en el último poemario, A la sombra de todos los espejos, el poeta que otrora se mostró atemorizado por la pavorosa urbe descubre el origen del cordón umbilical y planea en la pista de Gabriela que, paradójicamente, lo libera y lo subyuga porque es una fuerza superior al yo que actúa dentro del alma del poeta. A partir de él la palabra se inmoviliza como un agua sin oleaje, cantando desde un centro y desde todos los centros a la manera de un Aleph, desarrollando lo maravilloso a cada paso, intentando perpetuarlo en cada imagen, como se puede leer en estos versos:

 

Apoyo mis versos sobre

la postrera azul de mi esposa

y ya nada

–sino la pobrísima sombra que se levanta

sobre estos minutos callados–,

morirá como ave marchita

al latido germinal de la aurora.

 

Publicado originalmente en: Kordillera. Revista cultural. Año 4. N° 10. Huarás, 2003

 

 

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