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Patio de prisión
Gonzalo Pantigoso Layza
Dividida en cuatro partes, cada una con un subtítulo independiente (el que da título al conjunto, Interiores, Emilia y la ciudad, Amor filial), Patio de prisión (cuya primera edición data de 1980) nos entrega unos poemas de versos cortos y versículos, donde lo inmediato está latente evidenciando desencanto casi como una inevitable condena: Esta mañana termina el ciclo/ y con él el circo/ se apagarán las luces/ y se guardará para la siguiente función/ el maquillaje/ (“Clausura académica”, p. 21). O la evocación por la tierra en “Exilio I”, “Un sonido en la bahía”, pasando por el sentimiento del amor que también está presente: Te miro/ el párpado cae y tu niña bonita/ tiembla/ ante el suave roce/ de mi mal disimulada forma/ de amarte. (“Canto ceremonial a una compañera”, p. 19). Pero la nostalgia representa una prolongación que no tiene cuándo acabar, tanto que en la segunda parte se continúa manifestando a través de poemas como “En este barrio la primavera apenas fue un murmullo”, “Ciudad”, “Mi primer dibujo”, “En el semáforo está la primavera”, entremezclados con versos donde el amor se mantiene intenso: Tus ojos caminan como la noche/ cubiertos de celestes pañuelos y rojas amapolas/ (p. 58) y otros en los cuales la opción política se deja traslucir como una forma de compromiso concientemente asumida por el poeta: Continúo todavía anhelando poder construir la primera frase/ poder describir el ruido callado de la palabra/ transcribir el camino que el lapicero traza lentamente/ de los restos de cosas nuevas/ escribir la historia con retazos olvidados/ (“De la época azul”, p. 69), claro todo siempre desde una perspectiva poética, sin caer nunca en lo panfletario. La tercera parte está conformada del único poema, “Emilia y la ciudad”, dividido en cuatro fragmentos de extensos versos, donde la poesía se trasmigra con una precisión que muestra contundencia en el empleo de un lenguaje, que sin ser rebuscado tampoco cae en lo informal ni puede calificarse de sencillo, señalando la experiencia de todo provinciano en la capital: En esta ciudad donde las avenidas/ vibran en cada esquina en sus lozas frías de cemento/ de garúa, moho y huellas que se pisan una tras otra/ (p. 82), con el compromiso político todavía más evidente: ¡Decrétese el estado de sitio y depórtese el viernes!/ a algún país que desee agregar un día su semana/ no importa que aquello enterneciera a idílicos creyentes de los Derechos Humanos/ (p. 84). En la última parte, Guzmán Aranda se muestra enteramente elegíaco, con todos sus poemas dedicados a exaltar la figura del padre, en presencia y en ausencia, en susurro y en bullicio, denotando sus características físicas y psicológicas, su militancia partidaria y el recuerdo que se mantuvo inalterable tras su muerte. Los versos conmueven de principio a fin, adquiriendo un tono que hace evocar a las universales coplas de Jorge Manrique, pese a que algunas veces están afectados por el prosaísmo: El aviso llegó temprano/ ya podía justificar/ mis lágrimas en esta plaza./ Mi padre había muerto (p. 91); Con tus pies precipitados/ (olvidaste tus dolencias y el mal de la columna)/ (p. 99). En suma, Patio de prisión confirma que es un buen libro dentro de la poesía chimbotana que desde hace tiempo bien merecía una segunda edición.
Publicado originalmente en: Revista peruana de literatura. N° 4. Lima, abril – mayo – junio 2005
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