Los testimonios subjetivos de Eva Velásquez
Ricardo Ayllón
No
creo descaminarme mucho si afirmo que Oleaje de mujer (Juan
Gutemberg Editores-Impresores. Lima, 2005), reciente poemario de Eva
Velásquez (Chimbote, 1968), es el mejor medio para conocer a una mujer
apasionada por los temas que constituyen el eje de la testimonialidad.
Pero al hablar de testimonialidad, no me refiero precisamente a narrar
pasajes de vida, sino a transmitir los componentes de la personalidad de
la poeta y de los más auténticos rasgos de su preocupación artística,
aquellos que cumplen una función de causa y efecto.
Serena y cuidadosa, Eva se refiere en este poemario a sí misma,
sosteniéndose en la sencillez como propuesta inicial. Y la poesía, que
no solo es búsqueda de belleza expresiva sino también el resultado de
diversas estéticas experimentadas por el creador, constituye aquí un
frecuente planteamiento para examinar algunas de las regiones más
visitadas por la intimidad humana desde el lado femenino.
En este sentido, son cuatro los temas asumidos por la
subjetividad de Eva Velásquez: uno, el amor; dos, la poesía como
entidad, materialización y actividad doméstica; tres, el terruño (en
este caso, Chimbote), con la presencia ineluctable del mar y del hogar;
y cuatro, el erotismo, propuesto desde una soledad sujeta a una
cautivadora alegoría marina.
Sobre la base de una atenta dosificación simbólica, los
poemas de este libro parecen no contentarse con el solaz concentrado en
el feliz equilibrio entre enunciación y sentimiento, sino que entretejen
temas que se corresponden para comprender mejor la personalidad del
sujeto poético; me refiero, en el caso del primer tema, a ese amor
incompleto, el que aguarda desde la soledad y desemboca en fogonazos de
impaciencia, nostalgia y un apaciguamiento expresado por el retorno al
hogar. El título de esta primera parte, Destino, plantea no solo una
constante de la soledad personal, si no también una armonía con el
ejercicio profesional de la autora (la docencia) que, en los últimos
poemas, se dibuja tedioso, aburrido, desesperanzador, similar a un amor
de invariable soledad.
Dios de los poemas, la segunda parte, invita a una incursión
a la poesía pensada y sentida como esencialidad, pero también como una
práctica característica cuyos efectos se manifiestan en la reflexión, la
ficción y el propio ejercicio escritural.
En la tercera parte, Fotografía, Velásquez acude a su
entorno terrígeno para lograr que la expresión, la temática y el estilo
acudan como legítimo sostén de dos elementos cardinales: la naturaleza y
la infancia.
Y finalmente, en Oleaje, la última parte, asistimos a la
conjugación de la pretensión estética del libro, pues el mar como
elemento de la tercera parte del libro y el erotismo como complemento de
esa soledad visitada en la primera, redondean la testimonialidad de este
sujeto poético en su afán de ofrecer la versión libre e individual de su
feminidad y derrotero en este mundo.
Existen múltiples maneras de ingresar en el espíritu de un libro de
poemas. En el caso de Oleaje de mujer se puede proceder desde los
asuntos relacionados con sus necesidades vivificantes y la versión de un
objetivo personal que, en este caso, sabemos que ha crecido como un
verdadero sentimiento.
Publicado inicialmente en: Diario
La Industria de Chimbote.
28 de mayo de 2005.