Existencialismo y significación en la poesía de Miguel Rodríguez Paz
Gustavo Tapia Reyes
A pesar de su corta
vida, Miguel Rodríguez Paz (Chimbote 1935-1980) supo darle a su obra
poética ese aliento existencialista y desesperado que lo emparienta con
el otro grande de nuestras letras, Juan Ojeda. Sin embargo, a diferencia
de éste, Rodríguez Paz no se enfrascó en la expresión poética armado con
un lenguaje ecuménico, cargado de terminología especializada e incluso
oscura, si no que se dio por aproximar su obra a quienes osaran entrar
en ella, ya sea por un afán intelectualista o porque quisieran acercarse
a cada una de sus preocupaciones existenciales. Buscó, tal vez como
ninguno lo hizo y de manera incansable, desacralizar su lenguaje para
hacerlo asequible a todos, pero sin caer en lo meramente populista por
cuanto como el español Unamuno quería transmitir al resto la agonía que
por dentro le quemaba.
De todo esto se
halla teñida la poesía de quien falleció como escribe Pantigoso “cuando
empezaba a dar lo mejor de sí” (1) y que anduvo por doquiera mientras la
vida se lo permitió, llegando a ser director de la Casa de la Cultura y
presidente del Frente de Unificación y Desarrollo de Chimbote, que
cultivó indistintamente la poesía y el relato, en paralelo a que dedicó
a su otra pasión, el periodismo. En 1957 ganó los Juegos Florales de la
Universidad Nacional
de Trujillo en el género de cuento, aunque sea más en la poesía donde lo
recordamos, sin olvidar que, según anota Saniel Lozano, como integrante
del grupo literario Isla Blanca de Chimbote, “más que un simple
integrante, fue el mecenas de “Alborada” en una de las etapas más
difíciles y decisivas de la revista (2), lo cual demuestra una vocación
sin límites por difundir la literatura.
Del conjunto de su
poesía, como en todo gran vate (Gerardo Diego decía que la obra esencial
de un poeta apenas debe alcanzar dos o tres hojas) quedará de hecho para
la posteridad en solo unos cuantos poemas, siendo sin lugar a dudas
Hay un puerto que se llama Absurdo, el mayor distintivo del conjunto
de su obra poética, algo extenso por los sesenta versos que lo conforman
y donde está reflejado todo Rodríguez Paz como humano, como habitante
del planeta que sentía a la existencia de manera visceral y confusa:
Hay un momento en que el alma muere/ enfangada en la hediondez
desesperante/ de un légamo de absurdos;/ . Todo se encuentra
crispado a su alrededor, sintiendo en la propia piel lo que dice, yendo
por un camino que puede considerar la destrucción definitiva,
recordándonos en sus mejores momentos a la poesía del mexicano Jaime
Sabines, todo involucionado en un verdadero callejón sin salida:
muere como una cosa informe que se despedaza/ y se desperdiga sin que le
importe a nadie;/ como un cuerpo que rueda por el acantilado,/ sin que a
nadie le detenga,/ sin que le mire nadie,/ sin que le salve nadie/.
Sin embargo, la
monótona cadencia es la misma que se desperdiga por el poema sin
descanso y retomando el hilo del inicio nos dice con dura certeza, sin
tregua: Hay instantes en que el alma muere/ sí, muere a pedazos/ y
uno la ve morir/. El plano deriva hacia un espacio mucho más amplio,
donde el poeta busca la comunión con quienes lo rodeaban, no queriendo
estar en esa soledad que tanto agobia, mientras sentimos que la
existencia es un misterio enorme como una mandíbula que nos engulle:
a veces quiere tener la fe de otros,/ la vida de otros/ la alegría y
jocosidad de otros;/, donde acaso la infancia es la única etapa que
bien vale la pena recordar, así como otras condiciones que permitan un
“racconto”, en medio de la continua incertidumbre donde cualquier
soporte puede quedar suspendido en el aire: se quiere ser infantil
hasta la barbarie,/ se quiere ser ciego hasta el tuétano,/ y se envidia
la esquizofrenia,/ porque la vida duele de veras/ con un dolor sin
esperanza,/ pungitivo,/ malsano, /desquiciante,/ agobiador/...
Extraño encontrar
un título así, empleado por parte de quien fue un “hombre profundamente
identificado con los múltiples problemas de su tierra” (3), pero que por
la misma geografía de Chimbote hace pensar que de eso se trata, mas, con
una revisión de esos versos tan rotundos como desgarrados hallamos que
Rodríguez Paz nunca se refirió a nuestro puerto como escenario, si no
que lo toma de referencia para expresar el vacío que suele sentirse
cuando toda la realidad es observada desde una óptica gris. No sabemos
que nuestro poeta haya sido de un pensamiento pesimista, “los poetas no
tienen biografía, su biografía es su obra” (4), mas que se sintió así en
todo momento lo prueban también otros poemas como Crepúsculos, Aquí
la voz, Veo el destino, pero volviendo a Hay un puerto que se
llama Absurdo encontramos que la sensación pestífera aumenta hasta
niveles insospechados por cuanto el poeta se siente embutido dentro de
una camisa de fuerza: Y la realidad de parece a una mortaja inmensa/
que lo ahoga a uno con el sudor de muerte/. Luego, acumula más
versos descriptivos, cada cual más terrible, incrementando el vacío como
una mueca enorme en una especie de continua pesadilla: Es un piélago
negro de recuerdos/ que atormentan horriblemente la existencia,/ y es
que jala la vida por los pelos/ en un aciago intento de volverla atrás
/¡Ah, y lo logra a veces/ con qué animalidad!
A ratos, Rodríguez
Paz metaforiza para hacer de cada uno de nosotros una especie de
navegante que surca en medio de la inmensidad de lo incierto: Y uno
se ve flotando a la deriva/ en mares que aturden los sentidos/ hasta
desesperarlos, / en barquichuelos de papel con plomo/ que se hunden por
instantes dolorosos;/ porque entonces todo es observado desde ese
modo tan atroz, con una hondura de pensamiento que hunde sus raíces en
el propio nihilismo ante la existencia concebida como absurda. Los
extensos versos resultan desoladores, sin ofrecer ningún amparo: y
uno siente ahogarse la vida/ y se grita entonces hasta despulmonarse/ y
el agua entra en el alma hasta por las orejas/ y no aparecen horizontes
con sus puntos fijos,/ no aparecen moles que nos tranquilicen/. El
hombre no tiene jamás sobre qué asirse, porque todo es obsoleto, de
espaldas a cualquier lógica que pudiera intentarse, derivando en
preguntas con puntos suspensivos que quieren decir mucho: /¿Cómo
sobrevivimos?/ ¿Cómo?...
En la última
estrofa encontramos ya que el poeta ubica la geografía, donde queda ese
puerto que le obsesiona, puesto que está rodeado de una serie de
elementos que lo configuran en su sentido de desolación y muerte: Hay
un puerto que se llama Absurdo/ allende el mar de las tormentas;/ es
vulgar como cualquier tierra,/ terriblemente hastiante y corrompida,/
llena de sandeces y vulgaridades;/. Nada le resulta digno de
esperanza, solo acumular detalles y más detalles para definir aquel
espacio donde como hombres quedamos a merced de lo que sucederá en
contra nuestra, sin que podamos hacer nada para menguar sus efectos:
es una tierra que todo promete y nada da,/ y que nos ensucia más de
barro/ donde las sanguijuelas proliferan/ hasta dejarnos sin sangre/.
La concepción poética del autor no permite ningún descanso que
posibilite un freno porque el pesimismo se hace cada vez más hondo, más
visceral: una tierra de nadie y para todos/ que nos parece limpia y
es hedionda,/ que nos parece vida y es la muerte,/ que nos parece gloria
y es derrota;.../, solo que al final, cuando se cree ya todo como
definitivamente acabado y clausurado a posibilidad alguna de
sobrevivencia, aparece un hálito que nos asiste a pesar de su nombre:
una tierra sin cabellos y sin dientes,/ que nos hunde pero que
nos salva.../ Es el puerto que se llama Absurdo/.
Esta potencialidad
del poema se muestra igualmente en otros trabajos del autor y hace
evidente que Rodríguez Paz fue un poeta monotemático que, por medio de
sus versos, pretendió resolver las grandes preguntas existenciales que
nos siguen agobiando y se enfrascó en expresar ese miedo y apego por la
vida que cada quien siente de algún modo, aunque él haya sido un
incansable. “La muerte –ha escrito Hugo Vargas– debe dolerle, más que
por ella misma, por la humillante pasividad e inercia en que lo sume; y
su roja pluma –fusil combativo –jamás hubiera querido una trinchera
definitiva” (5). Por tanto, no quiso ser un poeta subjetivo que solo él
mismo se entiende y unos cuantos más que fingen entenderlo si no
transmitir esas preocupaciones hacia los demás, empleando para eso
palabras que contextualizadas cobran otro sentido como “hediondez”,
“nadie”, “desquiciante” o la acumulación de éstas para mostrar lo
repetitivo “muere”, “piélago”, sin obviar que en todo el poema aquellas
palabras simples, incluso comunes y corrientes, han sido especialmente
escogidas para incrementar el hastío ante la vida: “ahogarse”,
“enfangada”, “derrota”. Es decir, cualquiera que se asome a la poesía de
Miguel Rodríguez Paz debe estar preparado para asimilar adecuadamente su
desgarrada profundidad.
NOTAS
PANTIGOSO, Gonzalo. Antología poética de Isla Blanca. Río Santa
Editores. Chimbote, 1988. p. 13.
LOZANO, Saniel. El rostro de la brisa. Chimbote en su literatura.
Editorial La Libertad. Trujillo, 1992. p. 71.
LOZANO, Saniel. Op. Cit. p.71.
PAZ, Octavio. Los signos en rotación y otros ensayos. Alianza
Editorial. Madrid, 1989. p. 74.
VARGAS TELLO, Hugo. “Réquiem para un poeta”. En: Alborada. No.
12, citado por LOZANO, Saniel. Op. Cit. p.71.
Publicado inicialmente en:
www.tierradepromision.blogspot.com.
1 de marzo de 2006. 6.54 a.m.