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Jaime Guzmán y la poesía del lar
Marco Martos
Asistimos desde la década del sesenta otro fenómeno de distinta laya. Es cierto que como antes el lar, cualquiera que fuera, marca las primeras composiciones de un poeta en agraz, el barrio, la urbe capital o la provincia más remota, pero puede decirse que ahora queda internalizado, deja su marca de fuego en el creador y lo acompaña durante todo su periplo. Es cierto que tuvimos poetas de tradición regional como los arequipeños Atahualpa Rodríguez o Percy Gibson, pero la posibilidad de convertirse en un gran poeta provinciano como Edgard Lee Masters en los Estados Unidos está ahora más abierta que antes puesto que existe el convencimiento en los poetas de hogaño de que cualquier lugar es bueno para escribir, que el llamado viaje iniciático, el apoderarse de un bagaje cultural, hacerlo propio, decantarlo, es una tarea que se puede cumplir en cualquier lugar del mundo, incluso en la tierra natal, por pequeña y olvidada que pueda parecer a otros. En esta corriente, y, como se decía en siglo XVI, como un adelantado –apelativo de quienes iban presidiendo una expedición de reconocimiento– se inscribe la poesía de Jaime Guzmán Aranda y de modo especial su último libro: Lugar de nacimiento. Guzmán llega a la literatura muy joven. Ya en 1978 gana unos juegos florales en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega en Lima y empieza a trabajar en periodismo en el diario La Prensa. Si hubiera seguido la norma peruana de la primera mitad del siglo, seguramente se habría quedado en Lima o habría intentado el viaje iniciático a Europa o a los Estados Unidos. Guzmán no. Hizo aquello que el gran poeta griego nacido en Alejandría, Constantino Cavafis llama El regreso a Ítaca, es decir la peregrinación a las fuentes, el regreso a lo aparentemente conocido, en su caso el lar natal, la ciudad de Chimbote, solo para percibir que felizmente nada es tan familiar como para no merecer un mayor detenimiento, un estudio de una más apasionada concentración. Guzmán Aranda, miembro del grupo Isla Blanca, en su no explicitada poética parece estar diciéndonos que no hay contradicción entre la poesía de la gran urbe con esos contrastes donde de un lado están las muchedumbres anónimas e infelices, y de otro los que medran a la sombra del poder, disfrutándolo casi siempre de manera ilegítima, como puede verse en su poema “Los palaciegos”, la posibilidad de explorar demorándose en la vida de una población como Chimbote, por muchas razones expresión clara del Perú de fines del siglo XX con todos los problemas de una ciudad de tercer mundo, con todas las desventajas de las grandes urbes y ninguno de sus privilegios. Y he aquí la paradoja literaria que Guzmán ha sabido ver y que probablemente continuará interesándolo durante toda su vida: en el sufrimiento, en la desazón, hay una veta inagotable de humanismo y bien, no hay por qué deificar la pobreza y explotación, madres de todo dolor colectivo, es obligación del creador rescatar lo hermoso dentro de la fealdad del mundo. En los años cincuenta Manuel Scorza solía decir, y lo expresó en algunos versos, que mientras existiera dolor, la rosa podía ser bella. Guzmán esta en una actitud antitética: la rosa puede ser bella en medio del sufrimiento. Siempre habrá lugar para el amor. Otro aspecto a considerar en la escritura de Guzmán, asunto que sociológica e históricamente es de la más alta importancia, es su voluntad férrea de hacer una vida cultural en un medio aparentemente hostil para las manifestaciones del espíritu. Chimbote, como es sabido, es una zona de gran producción pesquera, tanto artesanal como en gran escala para la producción de harina de pescado y la exportación de especies marinas, es al mismo tiempo una zona industrial y un lugar propicio para la migración andina estacional o definitiva. Chimbote, sitio donde hierve la vida, como le habría gustado decir a José María Arguedas, al mismo tiempo es un lugar donde solo en años recientes hay un estímulo oficial o de instituciones privadas para las cuestiones del espíritu. Escribir y publicar en Chimbote es tarea quijotesca y necesaria que Jaime Guzmán con un puñado de amigos viene emprendiendo, junto con otras labores concomitantes que tienen que ver con la creación de un público lector ávido. Entre aquellos que ahora leen los versos de Jaime Guzmán, o los de Ángel Lavalle Dios, tal vez esté alguno que se convierta en un escritor de grandes bríos. Como amigo de Jaime Guzmán, me siento orgulloso de su tarea.
Publicado originalmente en: Altamar. Revista cultural de la Región Chavín.
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