Clarines por la sangre y por la raza
Ángel Lavalle Dios
En: Bellamar. Revista de cultura. Año VII. N° 13. Chimbote, junio
1996
I
Víctor Hugo Alvítez
Moncada acaba de publicar Huesos musicales, su primer libro de
poesía. Este acontecimiento se produjo gracias al VII Encuentro nacional
y II Internacional de Poetas, celebrado en la ciudad de Ica, entre el 11
y el 14 de octubre de 1995, con motivo del cual Víctor Hugo Alvítez se
decidió a entregarnos lo que, al parecer, es una primera parte de sus
primigenios Huesos musicales que, a próximo futuro, estará
entregando en edición completa.
Víctor
Hugo Alvítez Moncada es cajamarquino de San Miguel de Pallaques, también
tierra del lírico Demetrio Quiroz Malca, radicado ahora, por razones de
trabajo y familiares, en la ciudad de Chimbote. Aquí activa como miembro
administrativo de la Universidad Nacional del Santa y como indesmayable
promotor de cultura. Amurallado desde Bellamar, movimiento
cultural y Ferrol, círculo cultural, Chimbote conoce de sus
faenas, vehemencias e inquietudes y creaciones. Continúa Víctor Hugo
Alvítez, junto a otros muchos distinguidos cultores del arte, el
apasionante trabajo que iniciáramos en 1987 cuando nos propusimos hacer
reverdecer los arenales de Bellamar con inspiradas flores. Allí siguen
nuestros denuedos iniciales fructificando para que el espíritu
universitario, haciendo carne su primigenia esencia de “universitas”,
trascienda muros, grupos, egoísmos, desidia y sea siempre verdadero
crisol de ciencia y saber.
II
En Huesos
musicales, Víctor Hugo Alvítez entona sus clarines por la sangre y
por la raza. En ellos va su filiación devota por su lar, los seres
queridos, el Perú, como un sentimiento de identificación, de
reivindicación y homenaje que, más allá de los fueros de la
subjetividad, encabalga intensamente con sus sones épicos. Como el
Zorro de arriba…, Víctor Hugo Alvítez se hermana con el río de su
tierra e idénticos descienden por el mismo camino, alejándose de sus
orígenes pero sin separarse de ellos, cargando muy adentro con todas sus
pertenencias, aquellas que, luego a la distancia, seguirán siendo
sustancia de vida y evocación, sobre todo cuando el destino del hombre
es correr mundo detrás de las ilusiones, las mismas que desarraigaron a
Víctor Hugo Alvítez de su natal San Miguel de Pallaques para llevarlo
primero a Cajamarca – capital y luego a Chimbote, verdadero crisol de
“todas las sangres” y razas. San Miguel de Pallaques es para Víctor Hugo
Alvítez Moncada su fuente inagotable y refluyente, de allí alzó no solo
con poncho, llanques, pantalones de bayeta, cancha y buena faja, sino lo
más importante con buena materia, aquella por la que más tarde
aprendería a oír el “repique de campanas” en íntimo diálogo con la
música de la naturaleza, y con la que aprendería también a tallar para
que nunca más se construyan “torres truncas”. Por estos contenidos,
Víctor Hugo Alvítez Moncada es un auténtico peruano de nuestros días
afincado en Chimbote donde comparte destino histórico y literario con
Dante Lecca, Julio Orbegozo, Rogelio Peralta y, mucho más cerca, con
Antonio Cedrón León.
En Huesos
musicales, la sierra peruana cobra dimensión como escenario que
marca y talla, y como espíritu. En Víctor Hugo Alvítez la sierra es la
raíz que provee sentimientos, vélelas, historia, lenguaje y eterna
inspiración. Su punto de partida y reencuentro es y será siempre San
Miguel de Pallaques a la cual se liga con lazos telúricos y
consanguíneos para conservar a la madre tierra y a la progenitora de sus
días, ausente ya; con ellas entronca el andino temperamento altivo y
orgulloso que trasluce en la elocuencia y optimismo del Víctor Hugo
Alvítez de Huesos musicales, con los que restaura a los padres
del ayllu y de los suyos, nuestros ancestrales progenitores; cual
paradigmas inmortales, en cuya imagen y semejanza cobran dimensión
inconmensurable, los mortales de nuestros días que la pluma de Víctor
Hugo Alvítez instaura en las mansiones de la eternidad: Ampelio
Sagástegui Calero, Demetrio Quiroz Malca, Julio Orbegozo Ríos, Manuel
Ibáñez Rossaza y Rogelio Peralta Vásquez, por sus dones artísticos, de
hermandad, de amistad, de peruanidad, en suma. En este sentido, traslada
al campo de la poesía una de las preocupaciones anteriores de Víctor
Hugo Alvítez que tomó forma en el trabajo Estampas porteñas,
conjuntamente con Julio Orbegozo Ríos.
Nos satisface el
balance positivo que certifica la producción de Víctor Hugo Alvítez,
quien deberá seguir tallando la cósmica materia con la constancia y
alegría de sus “acequias cantarinas”, cual “un río y un molino” triture
y acarree todas nuestras vivencias, el ansiado paraje donde lenguaje y
emoción recobren equilibrio y fueros, allí donde, podado el abundante
árbol de la lengua, pueda entretenerse el dotado estro del poeta y pueda
trasmitirnos sus desbordados mensajes con la majestad del sol y las
mejores endechas del alma, entretanto, que las enmohinadas calles de
Chimbote sigan martillando con sus halos, sus fuegos y sus vientos el
corazón y los huesos de Víctor Hugo Alvítez y, tumbo a El Progreso,
eleven sus soñadores pasos tras las huellas voladoras de la urpicha
canora.