La
poesía de Dante Lecca
Gustavo Tapia Reyes
Larga es
la experiencia sumada por Dante Octavio Lecca Lozano (Chimbote, 1957)
como cultor del verso libre, tanto que en la ciudad donde naciera, viene
a ser el poeta con más libros publicados y, en razón de eso, demostrado
una persistencia en el exigente oficio con la palabra, que solo con el
avance de los años, le ha ido dando frutos cada vez más perdurables.
Para arribar a ello, debió enfrascarse en un proceso de aprendizaje sin
concesiones, empezando desde un autodidactismo que consolidó de a pocos,
por cuanto ganado por la lucha política y el sindicalismo de izquierda
(en su condición de humilde obrero de construcción civil), que
abandonara sus estudios secundarios en la Institución Educativa
Parroquial “Mundo Mejor”, para mucho después culminarlos en el Programa
No Escolarizado que funcionaba en la Institución Educativa de Primaria
No.88001 (ex 314), supo elevarse por encima de sus limitaciones
semánticas, sintácticas y morfológicas hacia un estilo de mayor
ponderación con valores claramente diferenciables, que lo han convertido
en uno de los más conspicuos representantes de la poesía chimbotana en
las últimas décadas.
Por supuesto, nunca le fue una
tarea sencilla. Debió dedicarse con ahínco hasta encontrar sus propios
congéneres, sus propias influencias, sus propios precursores en otras
poéticas, peruanas o latinoamericanas, para recién emerger dentro de un
ámbito donde la tradición poética, apenas está en un franco proceso de
formación. Esto se discierne del hecho que cuando empieza a publicar con
cierto empuje personal, consciente e individualista, Aurora tenaz
(1975) de Oscar Colchado Lucio, Patio de prisión (1981) de Jaime
Guzmán Aranda y Arte de navegar (1986) de Juan Ojeda Ojeda, eran
los únicos títulos a los cuales recurrir como referentes inmediatos,
agregables a la poesía desperdigada de Miguel Rodríguez Paz, Enrique Cam
Urquiaga y Julio Ortega Cuentas. Dante Lecca se vio así envuelto en el
dilema de tener que discernir por dónde iniciar la búsqueda y el
hallazgo de aquellos que pudieran ayudarlo a interpretar poéticamente
su entorno. Por eso, desde 1973, año de su primer libro, debieron pasar
ocho hasta 1981, cuando impulsado por su primigenia vocación retornó a
publicar, demostrando que únicamente ésta habíale permitido que,
partiendo de sí mismo e influenciado por las experiencias del diario
trajinar por la vida, en un ambiente donde todo cuesta de antemano,
donde no todo lo que se dice es cierto, ni tampoco es el paraíso la
selva de cemento que es la ciudad, trasladar al verso sus inquietudes
cada vez mejor trabajadas.
Sin embargo, la cúspide y por
tanto la consagración poética demoróse en alcanzar, llegándole recién
con la edición de Diálogo con un orfebre (1987), cuarto
libro que representó un sorprendente giro de trescientos sesenta grados
en su poesía, casi una ruptura con la etapa anterior y aunque en el
prólogo no se haya reproducido el famoso anatema de José Santos Chocano:
téngase por no escritos cuantos libros de poesía aparecieron antes
con mi nombre, estaba claro que Dante Lecca había evolucionado hacia
un nivel que si bien no lo condujo a abandonar sus tópicos más usuales,
sí lo muestra contundente en sus versos de arte mayor, repletos de
metáforas originales, de comparaciones absolutas, de precisos recortes,
bajo un coloquialismo aprendido de los poetas peruanos del 60 (quienes a
su vez sacaron lecciones de la poesía inglesa) mezclándolo con una
gongorina forma de expresión (asimilada de la poesía española de
postguerra), imprimiendo a su obra un ritmo tal que a veces
desconcierta, en otras satisface, pero en ningún caso deja indiferente
por la hondura vital, amorosa, existencial, social de que están
premunidos. La atmósfera de los poemas es cálida cuando se refiere al
amor, comprometida si está enfrentándose con la dura realidad o
angustiosa y envolvente si asume las eternas preocupaciones humanas que
también lo acosan. Alfonso Reyes hablaba de la “condensación estética”
como un elemento esencial consistente en que todas las palabras
empleadas sirvan para expresar cuánto se anhela, sin que sobrando
ninguna, lograr la ansiada contundencia y, en este volumen, Lecca logra
dicho objetivo a plenitud, englobando mundos amplios que en otras
disciplinas humanísticas, la sociología o la filosofía por ejemplo,
significaría repletar cientos de morosas páginas en prosa.
Podemos extraer muestras de
sugerentes abstracciones, bordeando por ratos la claridad, discernible
al ejecutar una cuidadosa asociación de ideas hasta ubicar los elementos
en los cuales se sustentan, como en Espejismo sedentario, que
especula en torno al ser y el no ser en una dicotomía de paganas
implicancias; Dios de metal, refiriendo con esta metáfora al
progreso que en Chimbote, aparte de la pesca, encarnaba la empresa del
acero; Constelación del can, sobre la posibilidad de un más allá
oculto en el espacio infinito; Antioda a la prosperidad, el más
duro de los poemas escritos sobre la condición porteña frente a todo
aquello que supuso implicaría su desarrollo económico; Fábrica
tomada, fiel a la dimensión social de unos obreros protestando
contra la explotación y el abuso patronal; Sílfide, la traslación
emocional hacia lo percibido por el gozo de los sentidos; La voz que
canta el desatino, nuevamente el hombre resistiendo la incertidumbre
de la existencia; Suena la hora de la caída de los ángeles, que
indica la observación de un momento determinado por la subjetividad;
Historia de nosotros, o sea de cualquier pareja divorciada o
separada, a consecuencia de que no supo poner un límite a la situación
adversa; Danza del reloj, o del tiempo que marcha inexorable
dejando huellas indelebles en el alma y en la piel; Un hueco en la
niebla, por tanto un vacío enorme que no puede ser cubierto porque
la naturaleza lo marcó; entre otros poemas que se aúnan, amplían,
diversifican sobre la razón de escribir en un mundo donde la soledad y
el infortunio resultan constantes permanentes.
En sus páginas está lo
más antologable de la poesía de Dante Lecca, donde lo que se encuentra
debe ser interpretado, según la sensibilidad de cada lector, para
arribar a una casi correcta degustación del poema, donde lo que está
puede acabar siendo una piedra preciosa de ribetes indudables, a pesar
de su cercanía a lo oscuro. El discurso formal se ha subjetivizado y
tiende ahora a expresar una significación por medio de formas más
elaboradas. Porque no se trata solo de pasar la mirada de rápido modo
sobre lo escrito sino de hurgar en los sentidos múltiples de los cuales
están cargados, para adentrarse en ese mundo que esta poesía propone, a
partir del hombre insertado en una sociedad y en un tiempo, determinados
por lo que José Carlos Mariátegui llamó la “fatalidad histórica”. Es un
discurso que inclusive se politiza y deja entrever una toma de partido
antes de escribir acorde con las palpitaciones circundantes. Responde a
las mismas, sin regodearse con la sencillez de quien acaso procura
hacerse popular a toda costa. Lecca Lozano estaba alejado de cualquier
opción próxima a dicha tendencia, que tanto daño ha hecho a la poesía y
por eso la cima alcanzada en su obra resulta siendo un valor agregado,
de manera que al contextualizarlo dicho poemario se afirma en una
ínsula, por cuanto (salvo Arte de navegar, su congénere en fondo)
ni antes ni después se ha escrito un libro, cuyos méritos lo hacen de
lectura obligada e imprescindible, para quien estudie el proceso poético
del puerto en abierta ubicación con lo que se hizo a nivel nacional.
Muchos, entre los cuales se
hallaba este ensayista, consideramos a Diálogo con un orfebre un
título insuperable para su autor, mas con la publicación de Apretón
de manos y otros poemas (1992), cuyo epígrafe bien podría
ser: no recuerdo nada más reconfortante/ que un apretón de manos de
dos personas que no tienen nada, se descubre que afortunadamente la
poesía de Lecca ha continuado, desligándose de su lenguaje denso y
metafórico para adentrarse por una poesía de semántica más clara, de
expresión algo directa, hacia sugerencias que establezcan un secreta
conexión con el oyente, sin caer al facilismo de la simpleza. Lecca
diversifica su registro hacia una poesía que busca la comunión con el
otro, la complicidad con quien le rodea o lo lee, la cercanía con los
demás, a partir de una temática constante frente a la vida, la muerte,
la soledad, la tierra natal que defiende, la amistad que está en lo
suyo, el amor repentino como una tromba y el amor que termina dejando
una secuela de desolación. Por la intensidad de lo poetizado, nadie
puede quedar indiferente. Es el hombre revertido en sus entrañas con una
dinámica lingüística que procura el diálogo inmediato con el
interlocutor.
En este libro, conformado en
parte por algunos poemas publicados en la plaqueta Dientes de castor
(1988), se advierte un afán por estar fuera del entorno, un esfuerzo
descomunal en quien anduvo siempre influenciado por la época convulsa
que le tocara vivir entre los años 70 y 90, siendo militante de partidos
políticos de izquierda, a optar por alejarse de la realidad concreta, no
precisamente para refugiarse en una torre de marfil sino que armado de
un yo que ansía al otro, salir a la calle, a la plaza, a la esquina que
le permite escribir lo que más prefiere: poemas. Brotan los títulos:
Hablan de una ciudad, refiriéndose al terruño que defiende respecto
a lo que dicen del mismo en relación a lo que es; Puro corazón,
que afirma su identidad humana por encima de la armazón física tan
común; En un metro cuadrado de soledad, premunido de un alto
contenido erótico que resuelve con sabiduría; Sol de las cinco de la
tarde, las impresiones de un porteño en un instante fortuito
enfrente de la placidez al otear el horizonte; Extraviado en la
ciudad, su autodefinición como sujeto que se ubica en un espacio
urbano sin renegar de tal condición; Conversando con el pasado,
una regresión hacia lo que debió y no debió hacer en un momento ido;
están entre los mejores ejemplos de que su poesía desborda cualquier
límite, buscando siempre el hallazgo, procurando todas las veces la
soltura expresiva acorde con el compromiso individualista que ha
asumido.
Retrocediendo en el tiempo, se
encuentra esencialmente lo que ha sucedido con Lecca es una maduración
en el oficio poético. Antes que hallar cambios hacia extremos, opuestos
y desconcertantes (Javier Heraud equilibrado a su compañero generacional
César Calvo), descubrimos una continuidad temática que le ha permitido
ir afinándose de manera permanente, “sin prisa pero sin pausa” como en
el proverbio chino, tanto que en su primer libro Adolescere
(1973), siendo todavía un escolar que frisaba apenas los dieciséis años,
está definido el entusiasmo juvenil, impulsándolo por una poesía que a
ratos emplea el aliciente susurro y en otros se desgañita poniendo en
evidencia las contradicciones sociales, explicable en el contexto de una
época pródiga en reclamos y convulsiones, de paros y huelgas, mientras
Lecca se empeñaba en cultivar el arte y defender la cultura. Los poemas
son tanteos que no anunciaban lo que vendría después y que nadie se
atrevió avizorar.
Su segundo libro El cedro de
cemento y otros poemas (1981), pese a las severas
observaciones hechas por Saniel Lozano, contiene a un poeta desmarcado
del lenguaje dubitativo del inicio, se torna en alguien que manejando
una voz queriendo ser propia intenta afirmarse en cada uno de los
versos. Busca la sugerencia frente al desafío de apartarse de aquel afán
por hacer proselitismo con la poesía y, sin abandonar su compromiso
político de marxista (su Poema a Barrantes resulta emblemático en
este sentido), decide por no ser uno más en el ámbito de Chimbote, donde
generacionalmente es ubicado al lado de Gonzalo Pantigoso Layza y Jaime
Guzmán Aranda. Desecha lo superfluo y se adhiere a una escritura cada
vez más consciente de sus riesgos y segura de la experiencia vital que
agregada ahora le sirve para hacerse más exacto. Poemas como Istmo
violento, Pacto secreto, Para vivir o morir prueban un
claro avance y prefiguran una poesía que culminará siendo extensiva en
su siguiente poemario: Del cráter al pie de mi cama
(1984), donde con más lecturas de por medio, aparece orientado por un
camino que lo lleva hacia la destilación de matices surrealistas de
proximidad con lo distante y donde quizás la premura en publicar lo
condujeron al extravío. Este libro es un complemento del anterior, algo
parecido en subida a un peldaño con el siguiente de una escalera, porque
el lenguaje se ha enriquecido sin alcanzar las cimas posteriores. Es
decir, ambos poemarios constituyen una dualidad dentro de su obra. Son
los dos lados de una misma moneda, pues si en el primero está presente
un todavía dubitativo aprendiz que desea dejar pronto de serlo, en el
segundo está quien se va afirmando con lentitud hacia una poesía de
valores propios. Los recursos literarios se asemejan demasiado y no
hacen mayor distinción entre unos y otros sino que se ensamblan por
encima de su distancia aparente, sustentada en los tres años que va de
un libro al siguiente, determinando su cercanía de sentido, de lógica y
de una anhelada atmósfera poética.
Luego de la tranquilidad ganada
por la distancia, laborando entre 1993 y 1996 en Ilo (Tacna) y
Paucarpata (Arequipa) hizo que escribiera la primera versión de
Poemas del sur (1993) –aún mantiene inédita una edición ampliada-,
haciendo de nuevo patente la influencia del entorno que le tocara,
rindiendo como foráneo un tributo a esas tierras que lo acogieran,
cercándolo de continuo, Lecca se orienta por una tendencia hacia el
coloquialismo de otrora a la vez depurándolo de palabras oscuras o de
semántica difícil y lo vuelve cada vez más próximo hacia especialmente
los miembros de su familia. La nostalgia hace mella en el poeta y surge
la voz quebradiza en pos de asirse a una bullente realidad, que a pesar
de sus esfuerzos desconoce. La poesía se transforma en una herramienta
con la cual emerge a la luz diaria y ahonda en su propuesta para dejar
en versos los testimonios de su incursión por las necesidades del
trabajo alimenticio, ganando los I Juegos Florales en el género
organizados por la Municipalidad Provincial de Ilo y después una mención
honrosa en el II Concurso Nacional de Poesía, convocado por la
Municipalidad Distrital de Paucarpata. Ese coloquialismo que bien se
pudo considerar caduco en su poética le ha retornado solo que de modo
menos espontáneo, menos iluso, más experimentado antes de dar otro salto
cualitativo, acaso para contradecir la teoría del “corsi y recorsi” del
filósofo italiano Giambatista Vico.
Después, el reposo breve con el
retorno a Chimbote, la evaluación frente a lo hecho a lo largo de su
vida, la cadencia íntima siempre indispensable, lo llevaron a ejecutar
una revisión general de su obra poética, no absolutamente conocida, con
la publicación de Piel dispersa (1996), título que alude a su
concepción de que al escribir se desperdiga en los demás, significando
que al internarse en sus vericuetos, emprendiera las correcciones que
por la experiencia acumulada consideró necesarias hacer. Dante Lecca se
adhiere al serio riesgo de acabar con la espontaneidad y la frescura de
las primeras versiones, pero que a nuestro entender acierta, haciendo
que este volumen se eleve como de referencia obligada, cuando se quiere
conocer lo anterior y compararlas con estas últimas, que Gonzalo
Pantigoso, el autor del prólogo, no ha dudado en catalogar de
definitivas.
Más tarde, dando otro repentino
zarpazo, a partir de un borrador que vimos avanzado mucho antes, edita
Hablar de los caminos (2002), una nueva cúspide dentro de su obra
que le permite a Dante Lecca trabajar una poesía de corte más ambicioso
y universal y hacer la apertura hacia un tema carísimo para César
Vallejo: la solidaridad con el otro, con el vencido, con el que no tiene
dónde caerse muerto y lo único que le sobreviene es una absurda
desolación. Por tanto, el poeta político de otrora ha regresado para
ubicarse en un preciso lugar respecto al entorno, Lecca Lozano deriva
hacia el mundo para abordar a esos hombres desterrados, asesinados,
desaparecidos, durante la terrible guerra de “limpieza étnica” que tuvo
lugar en los Balkanes (antigua República Socialista de Yugoslavia) que
desató un reguero de sangre, bajo la indiferencia de la comunidad
internacional. El poeta se transporta a dicho espacio y se interna en la
psiquis de aquellas víctimas de Slobodan Milosevic para hacerlas hablar
desde sus desesperanzas, sus miedos, sus angustias por la llegada de la
noche o la interrogante respecto al mañana, aunque también el amor
aparece para poner su cuota de alivio, sobre todo al leer aquello de
Un hombre entra en una mujer/, pero que no basta para afrontar el
enorme sinsabor del poeta frente a lo informado por los noticieros,
territorios donde la muerte se materializó como adecuada salida
existencial. Saltan los versos cortos expulsando mensajes plagados de
inmenso dolor ante la injusticia y cuando la complicidad se volvió una
frecuencia: su voz de poeta quiso dejar sentado el testimonio de quienes
vivieron días de horror en medio de la incertidumbre. Este libro difiere
de los anteriores, porque los poemas forman un bloque compacto semejante
a la situación que los inspira, dividido por necesidades de expresión y
unificado a la vez mediante el empleo de sus primeros versos como
títulos. Realidad que se abre a la metapoesía, pues refleja no solo lo
acontecido en la antigua Yugoslavia sino en cualquier otra parte del
mundo, donde la guerra imprime su horripilante presencia.
La plaqueta Habitante de la
costa (2004) constituye el anuncio de su traslación al terruño, con
una voz que procura globalizar al entorno departamental, partiendo de la
historia ancestral que se cierne sobre estas tierras. Recurre al pasado
remoto de la Región Ancash para, encarnándose en las vivencias del
hombre de la Cultura Chavín, poetizar lo que considera es un tema poco
tratado en el verso. En tal sentido, la publicación de Oh cabeza
clava de Chavín (2007), que recoge la mencionada plaqueta,
viene a ser el prolegómeno a una poesía que siempre ha tendido hacia
lo próximo, se ha comprometido con lo inmediato. Lecca Lozano no ha
buscado en las lecturas los recursos para su escritura, más bien ha
optado por alimentarse de los elementos que definen la fisonomía física
del puerto, a partir de sus habitantes, de sus actividades económicas,
de mundo legal y submundo inclusive, sin ningún pudor. A lo largo de
toda su poesía encontramos ese modo de basarse en lo que le es inherente
para desde emerger como un vendaval. Esta característica, también
apuntada por Gonzalo Pantigoso, lo convierte en un adelantado de lo que
hemos dado en llamar el “Chimbotanismo poético”, o sea la transformación
del tema Chimbote en un asunto esencial para sus poetas desde las
distintas perspectivas que cada quien adopta.
En dicho contexto, Oh cabeza
clava de Chavín no hace más que sustentar nuestra afirmación que
Dante Lecca piensa, deviene y escribe desde la tierra natal hacia el
mundo y ha retornado sobre la misma, sin importarle por dónde se haya
desplazado un sinnúmero de veces. No ha perdido su naturaleza de porteño
sino que ha sabido asimilar lo que le fluye desde fuera para afirmarse
en su condición de hombre, cuya sensibilidad le impide la indiferencia y
le origina la necesidad de enriquecer el verso, interpretando a las
voces de los pobladores antiguos de la costa árida y fértil, de los
señores que reinaron en el prodigioso valle de Santa, de los hombres que
dejaron vestigios arqueológicos: Sechín (Casma), Punkurí (San Jacinto),
Chavín de Huántar (Huaraz) o Pashas (Pallasca). El verso se torna
extenso en poemas recargados de significaciones y algo endurecido por la
exposición de conceptos. Tampoco es fácil asimilar un tema de esa índole
y grandes autores –Pablo Neruda en algunas partes del Canto general
(1950), Ernesto Cardenal en Homenaje a los indios americanos
(1969)– se han perdido en el intento de sacar adelante, por encima de
las atingencias, una poesía que al mismo tiempo tenga un valor histórico
o esté basada en el ayer para afirmar su identidad de hombre colocado
dentro del terruño. Las evocaciones surgen en medio de un pasado, que
pareciendo tan lejano, hace partícipes de su mito y su leyenda y, por
tanto, con la remotísima esencia de la poesía.
Pocos asumen la crítica con la
suficiente madurez y consiguen salir adelante como en el caso de Dante
Lecca, quien ha sabido salir del atolladero y más siendo un autodidacta
que después, mucho después se inclinó por estudiar periodismo, haciendo
la demostración fehaciente que para la creación poética no existen los
títulos acumulados ni los premios recibidos sino que hay secretos que
solo quien la escribe puede ir conociéndolos en el camino. Empero, lo
dicho se da de bruces si comprobamos que aun con todos los avances
tecnológicos y la transformación del mundo en una aldea global, la
poesía de Dante Lecca se mantiene en el desconocimiento tan generalizado
como inmerecido. Más allá de los afanes episódicos emprendidos por
algunos estudiosos y por la revista “Alborada”, dedicándole parte de un
número en el 2004, publicada por el grupo literario Isla Blanca,
del cual fuera integrante por algún tiempo, casi nadie o ninguno le ha
dado importancia tanto en el panorama de la poesía chimbotana como en el
de la poesía peruana de los 70 en adelante, separando a su obra de la
exaltación panfletaria tan usual en aquel entonces, depurándola hasta
lograr el desarrollo poético que lo condujo a alcanzar una propia
personalidad en nuestro ámbito y que merece ser ampliado por representar
uno de los adelantados que Chimbote puede exhibir. No se trata de un
chauvinismo trasnochado sino de abogar por un reconocimiento merecido,
porque no debemos olvidar que aún resta por el autor de Balada de la
tribu, como decía Vallejo, muchísimo que hacer.