Preguntas trascendentales en
un cuaderno de Enrique Tamay
Gustavo Tapia Reyes
Enrique Tamay Marín
(Chimbote, 1964) no es un poeta para las mayorías, menos será para
iniciados, pero es quien ha llevado la lírica a cimas desconocidas en la
literatura chimbotana. Revisando su Cuaderno de interrogantes
(1998) (1) encontramos una voz encarnando una poesía que llamaríamos
difícil, oscura y como afirma Mario Bordón “de gran aliento metafísico”
(2), donde nada es aprehensible como objeto sino que ansía captar el
espíritu de las cosas a partir de un lenguaje repleto de metáforas e
imágenes, las cuales, por su dosis de sugerencia, nos conducen hacia el
cosmos. Tenemos al individuo en un punto del universo antes de
expresarse: la ciudad (su ciudad), la casa (su casa), el dormitorio (su
dormitorio) para fluir hacia el resto, no titulando sus poemas,
asignándoles números arábigos, con tal organicidad que se separan para
mostrar su contenido, previos nuevamente a unificarse. Tamay no escribe
por escribir, se interna en la esencia que lo lleva por interrogantes
ante los vericuetos de la vida. Son preguntas trascendentales de todos y
preocupan quizá a diario, siempre en la medida que vayamos siendo
hombres con más experiencia y años encima.
Cuaderno de
interrogantes
–Tamay tiene larga temporada en el oficio, mas éste es su primer libro
en el género– parte de algunos poemas que han sido depurados,
destrozados, volteados, reconstruidos, tanto que los encontramos
distintos a las versiones inicialmente publicadas allá por 1991, en la
revista del Grupo Literario Isla Blanca de Chimbote (3),
precedidos de un epígrafe de Borges representando un programa que
indica la concepción poética de Tamay, insertada en la tradición:
dividiendo su libro en dos partes designadas por números romanos,
conteniendo la I un total de dieciséis poemas, mientras la II tiene
apenas ocho, que en conjunto dan una idea más cabal de sus
preocupaciones humanas, empezando por aquella poderosa metáfora de
Antonio Machado transfigurada por Javier Heraud, aunque en el también
cuentista se convierta en un temor: Acaso/ soy el río/ que frecuenta/
el ancho mar, para profundizar agregando otros elementos: El
árbol que/ tiende su sombra. El libro/ abierto o el cerrado. O la vida/
misma que se entrampa en la muerte/ (p.13). Aproximación y
distanciamiento a la vez, en un orden aparente para ese caos que lo
agobia.
Viene a ser la
condena de quien percibe la vida de otro modo: Es el mundo con sus
alas/ abrazándome. Un rincón de silencio que emana/ mi ser y se posa en
los siglos. En el infinito/ de los cielos sin alcanzarlo (p.14).
Quiere trascender, ansía ser la voz del cosmos, el retozo de los astros
que siendo materia solo se transforman, quizá como el hombre mismo al
morir. Versos después, agrega el aliento metafísico del que habla
Bordón: Que construyo/ un cuaderno de interrogantes. Laberinto con
que/ el mortal suele jugar. De todo cuanto/ existe o no existe. Como
caudaloso río que después de todo/ se arrastra a su misma sepultura./
(p.14). Nótese que construye, no inventa sus interrogantes. Nació
con ellas y, al tomar conciencia, las traslada al papel buscando
sacralizarlas, evitando contentarse con ser un reflejo, una proximidad
con la realidad cotidiana, insulsa, prosaica. Busca estar donde menos se
espera o se supone, aparece entre el viento y la aurora para decirnos:
Como quisiera/ despertar de este/ sueño y correr tras ella/ (solo soy
un niño que de repente ha envejecido)/ (p.15). Se ubica la duda del
ser o el no ser, pensando en que tal vez siendo un adulto pueda no haya
perdido ese candor infantil que le permitía observar el mundo distinto,
sin nada atroz, antes que lo inmediato se convierta en doloroso, la
existencia tome el matiz de la congoja y el hombre sea un animal que
habita el vacío que absorbe: Quién sabe si ya todo/ en plena víspera
invadido por gusanos/ (p.17). El horror y el miedo forman parte de
la realidad al acecho, donde inclusive el amor es una estación en que el
poeta, en medio de la incertidumbre, se guarece para soportar el
designio: Tú que naciste/ para dar luz en mi lecho. Quisiera/ con mi
boca grande embeber/ el fuego que te anima. Impregnar mis fuerzas/ en tu
vientre/ (p.20). El uso del vocablo “quisiera” reporta su espíritu
dubitativo. El amor lo conduce a más preguntas: Dónde estás/ mujer
que como espiga tiernamente/ te meces en mis sueños/ (p.28). Se
encuentra perdido porque busca respuestas, colocándose como quien ara en
el mar y entiende que todo está en desolación, cuando las interrogantes
siguen girando alrededor para continuar sembrándole angustias y miedos,
en un extremo donde aun la amada es sumamente volátil, sin hallar
sosiego para su intranquilidad: Simple y llanamente he dejado de
quererte./ No me queda más que tus recuerdos/ (p.24).
En la segunda
parte, el silencio, la angustia, la desesperanza, se ahondan hasta
parecer que nada es posible, aun pese a lo que diga el poeta y con él
cualquier mortal, “de carne y hueso” decía Unamuno, para colocarnos de
un hilo pendiendo sobre el abismo. Es ilustrativo el poema de la página
29, sin título ni número, que puede ser tomado como una introducción a
esta segunda parte cuando señala: No/ tengo/ respuestas/ para/ esta/
página/ en/ blanco./ El fondo con sus garras me acecha. Los cielos me
atrapan. / Para salvar mi cuerpo y mi alma debo plantar una fogata/.
La voz se ha vuelto arrítmica, las palabras faltan o acaso sobran, los
versos discurren sincopados, breves y al mismo tiempo inquietantes como
las elipsis en las películas de Hitchcock Así, conforme avanza por los
misterios de la vida va construyendo el cuaderno que lo ha ocupado desde
siempre, puesto a modo de ofrenda para que podamos entenderlo y
entendernos, empezando por su origen respectivo de producto sin
manufactura, pero nuestro: Este/ cuaderno/ de/ interrogantes/
conmigo/ lo/ traigo/ desde/ el génesis. /Pulula en el nervio/ mayor de
mi memoria/ (p.30). Es decir, un símbolo permanente de sus acciones
y movimientos, sus niveles y contradicciones como humano que es y nunca
dejará de serlo.
Más tarde el
hastío, el cansancio, el hartazgo lo llevan a considerar por qué
detenerse, mejor es acabar con lo que se llama sufrimiento para ver si
de algún modo puede continuar, porque la renuncia es lo de menos por la
vitalidad que se mantiene, pese a lo experimentado: Quiero/ cerrar/
esta/ herida/ que/ me/ late/ hasta/ el/ colmo./Cauterizarla/ (p.32).
Desea terminar con la situación, empero, viene el otro lado de la vida,
el extremo hedonista que implica el gozo, el disfrute de la bebida como
una opción frente a la dura realidad, donde el delirio y la angustia se
entremezclan: Recurro/ a ti/ botella para/ sumergirme/ hasta/ el/
fondo/ de/ tu misterio/ (p.34). No encuentra por dónde proyectarse
en pos de una alternativa plausible topándose con la precisión de que, a
pesar del esfuerzo desplegado, la derrota es inevitable: De/ pura
nostalgia/ sucumbo/ en/ la/ penumbra/ de/ mi/ cuarto/ (p.36). Es un
instante supremo e indefinido en que el aliento suele ser lo de menos,
dándose con la verdad de ese ser que, emparentándose con la tierra en
cuanto nos acoge y que, en cualquier circunstancia, seamos niños o
adultos, nunca nos desampara: De todo esto extraño más/ el
plato hondo suculento de mi madre/ (p.36). Particularmente
encontramos perturbadores aquellos versos donde se enumeran diversos
elementos en un persistente desorden: Casa vieja Árbol
viejo./Golondrinas muertas./Puertas Ventanas clausuradas./(p.35). O
en otro más: Extraños rostros/ Voces Esquinas Caminos/ Zapatos rotos
Gallos muertos/ (p.36). La ortografía del idioma español señala que
solo después de un punto la primera letra va en mayúscula, aunque Tamay
deliberadamente como Oliverio Girondo, ha omitido tal exigencia para
elevarlas según sus afanes, sustentados en mantener la tónica
sacralizadora de su libro.
Desconocemos si el
autor es un creyente o un ateo que invoca a Dios como Flaubert, no
obstante es un tema recurrente que traspasa el libro, sin volverlo
místico, pero que está en la primera parte interpelado por una voz que
se desparrama: Hacedor/ de mi existencia./ Luego que aprendí a vivir/
en tu silencio/, buscando una tabla de salvación antes de imprecar:
Eres nada más que una/ figura. Nada más que un grito sin eco/ que se
estrella con la nada/ (p.18) y que se traslada a la segunda parte,
en que ya no acusa sino que toma consideración geométrica de su
ubicación y certeza por ser quien es: Ahora mismo./ La cruz que me
vio nacer/ su materia corre por mis venas/(p.33). Su prolongación es
lo que deviene, cuando de manera indirecta es él quien está condenado:
Enclaustrado entre clavos lloro/ mi muerte./ El frío sibilante marca/
mis/ extremidades/. Acepta lo consumado pese a las coordenadas
evidenciando su inocencia, volviendo aparecer el nivel que sorprende con
más exactitud, remitiendo al polémico sudario de Turín: Mi rostro
yace/ impregnado en mi manto/, añadiendo a continuación: Siglos
sucedieron./ Desde entonces muero crucificado/ (p.31). Singular
forma de volver al tema de la crucifixión, sin caer en el lugar común,
enfocándolo “no tanto en el sentido teológico cristiano –escribe Mario
Bordón– cuando como evidencia ontológica. Y no elaborado como
interpretación meramente mística, sino como sensibilización y percepción
profundamente humanas del constante sacrificio que lo es el hombre a
causa de la estulticia y la perversión de otros hombres” (4).
En el poema 8 de la
página 37 han desaparecido las letras minúsculas reemplazadas por las
mayúsculas que se distribuyen partiendo de la cruz como símbolo de
religiosidad, la condena inevitable del hombre en la tierra. Bajo la
prosa poética se establece que: Me confundo entre la muchedumbre y la
indiferencia me mata. De a pocos crucifica mi inocencia. Nuestra
humildad no nos hace sombra. Nos aferramos a nuestros cuerpos y
aferrados a ellos perecemos (p.37). A la materia que implica el fin
o el principio de algo nuevo, Tamay lo deja como interrogante agregada
al modo de una ambigua expresión. Esta figura de la cruz antecede otro
poema visual, en la tradición de Apollinaire con sus Caligramas o
del peruano Eielson con su Poesía en forma de pájaro. Esta vez de
una mujer sinuosa, desbordante y provocativa en su dimensión física en
relación con lo indefinidamente cósmico. Hay una evidente subordinación
a las palabras, aunque no sabemos si son versos o una prosa poética:
Cuando exploro tu cuerpo celeste que gira en torno al mío. Enmudecido
por las líneas de tu firmeza. En ti descubro la atracción gravitatoria
que no embriaga y nos desnuda para fundirnos hasta el éxtasis. En
Tamay lo inmenso se alinea con la emoción. La naturaleza debe estar
presente para evidenciar la esencia fecundadora del amor: Cuando la
lluvia empapa nuestras sábanas y me filtro por cada uno de tus poros.
(p.23) (5).
Otro aspecto
saltante en Cuaderno de interrogantes es que se revitalizan
tópicos universales de la poesía, desde la antigüedad clásica hasta la
época contemporánea, haciéndolos parecer nuevos: Sin más calzado que
la distancia y la loca/ manera que el tiempo transcurre/ (p.24) o
recordar que la vida es solo un encargo, luchando sin dejarse vencer:
Y más de una vez a puño limpio/ tuve la osadía de enfrentar a la muerte/
(p.33) o despertar con la conciencia de la reencarnación: Bebo la
cólera de los siglos/ cuando ya amanece/ (p.26) o el olvido
que no existe causando soledad: Mis recuerdos. Mis solos recuerdos/
(p.17). Es la capacidad definida del poeta, que se pone de
manifiesto para inocular vitalidad a esas aristas existenciales, que
nunca dejan ni dejarán de golpearnos. Ciertamente Enrique Tamay es un
poeta insular por sus temas, su lenguaje depurado, su madura técnica
para encarar el ejercicio literario, mientras no cesa de pensar en esa
maldición de continuar haciendo poesía. Ojalá este primer libro haya
sido solo el eslabón de una larga cadena. A lo menos por nuestra parte
esperamos que de ese árbol sigan brotando tan buenos frutos.
NOTAS
(1) TAMAY, Enrique. Cuaderno de interrogantes. T Ediciones.
Bolivia, 1988, la misma que ha servido para fundamentar nuestro
ensayo.
(2) BORDÓN, Mario. “El aliento metafísico en la poesía de Enrique
Tamay”. En: Revista Alborada. Creación y análisis. No. 27.
4ta. época. Año II. p.90.
(3) En: Revista Alborada. Creación y análisis. No. 20. Año 19.
Septiembre de 1990.
(4) BORDÓN, Mario Op. Cit. p. 93.
(5) Existe una versión inicial de este poema en la revista Marea,
publicada por el propio autor durante su estancia en Santa Cruz
(Bolivia).
Publicado inicialmente en:
www.tierradepromision.blogspot.com. 6 de junio de 2006.
12.16 p.m.