Cantos de Castor
Ricardo Ayllón
Cuando Antonio Sarmiento (Chimbote, 1966) publicó Metamorfoseo
orgásmico en 1994, lo hizo en la posibilidad compleja pero vital de
que se podía resumir en un par de palabras la definición de poesía. Por
eso eligió para ese primer grueso de cantos el rótulo que daba forma
concreta a su experiencia íntima de sentir cómo es que mutaba (cual
resultado final) a la elevación carnal de mayor disfrute, su tarea de
repujar versos.
Pero ese libro que significó el ingreso formal del poeta en
el ámbito de la expresión escrita, no desnudaba todavía la saludable
propuesta a la que nos enfrenta ahora con Cantos de Castor (Fondo
de Fuego editores. Lima, 1999) su segundo poemario, el cual permite el
acercamiento ineludible –por una de sus vertientes más interesantes– a
la poesía peruana de esta década. El libro refleja la temprana madurez
de su autor. Antonio Sarmiento es un poeta que se muestra seguro en su
deseo de manifestar lo que ha terminado representando la poesía para él
–en contacto con los fenómenos sociales que mueven el mundo– al final
del siglo XX, tiempo estratégico por su condición de limítrofe entre
milenio y milenio.
Resulta que Cantos de Castor es por sí solo una
propuesta, un postulado, el de las micciones, teoría explicada en sendas
notas al final del libro; las cuales, de aplicarse a la lectura (lo que
pretende el autor), tejerían un organismo compacto, interpretable como
parte de una estética que rige el modo de vida en nuestros tiempos. Esta
estética (la de la posmodernidad para el poeta) es retratada a partir de
los excesos de nuestra llamada sociedad de consumo, la cual encuentra su
verdadero rostro (como ante un espejo deformado, pero espejo al fin) en
el “desparpajo e ironización” asignados por el autor a sus versos.
Acudir a manifestaciones del habla y el quehacer popular,
enmarcadas en variantes del comportamiento urbano, como lo underground,
chicha, punk, light, entre otras, es otro de los recursos de Sarmiento,
tal como lo evidencian los graffiti que incluye como epígrafes en el
libro.
De otro lado, entra a tallar (suscribiéndonos siempre a las
notas finales) ese elemento singular para la motrocidad de la expresión
poética –que nos recuerda mucho la articulación rítmica convocada por
Allen Ginsberg– como es el “biorritmo o tiempo biológico marcado por el
propio corazón del hombre”, en el objetivo de intensificar lo que quiera
hallarse y plasmarse de lo real. El autor propone, a su vez, jugar
(léase utilizar todas las variantes posibles) con la imagen poética,
desdoblándola en distintos planos, buscando todas las versiones posibles
de la realidad.
Esta tarea, nada fácil por cierto, que debe resumirse “a la
materia verbal”, el autor la conjuga preferentemente con la materia
corporal (humana o animal); es decir, la complementa con una suerte de
invocación al organismo vivo que él entiende también (íntegro o
fragmentado) como punto referencial por donde puede desembocar la
poesía. Esta propuesta tendría como sustento los versos de los poemas
“Rapo”, “Autorretrato”, “Maniquís”, “Manual de espejos”, “Lo que comen
nuestros héroes” y, quizás, “El hombre que no tenía espalda”.
Sin embargo, remitiéndonos nuevamente a las notas
explicativas, hallamos fuentes complementarias que buscan redondear la
intención primaria del libro, como el basamento intelectual y artístico
que contienen algunos poemas; lo cual, a consideración del autor, ayudan
en el referido cometido: en el poema “Rapo” se acude a Juegos en que
participamos, del Dr. E. Berne, para un entendimiento del análisis
transaccional, método cognoscitivo del comportamiento humano que “mejor
se aviene al espíritu de la sociedad y del arte posmodernos”; por su
parte, el poema “Autorretrato”, que “tiene como referencia las pinturas
de Frida Kahlo”, nos recuerda los autorretratos de cuerpos desmembrados
de la artista, planteamiento coincidente con el de Sarmiento, etc.
Por otra parte, asistimos a un bien intencionado objetivo de
retratar, a la vez que su entorno caótico, la situación de los entes
interactuantes de la década poética de los noventa, brindando solidez a
la finalidad principal de presentar al lector la novedad de una
propuesta que apunta al desconcierto y al espíritu o “sentimiento
desintegrador” de fin de milenio. Así lo revela concretamente el poema
“Nosotros los ceros” y la sensación que nos deja la lectura de “O”,
“Píldoras para dorar”, “Mi casa de Buenos Aires” y “Breve miccionario de
los noventa”.
Asimismo, se filtra el tributo a las influencias literarias,
en el que encontramos homenajes directos al poeta Vicente Azar (“Un
golpe de dados determina el azar”) y a los llamados poetas vanguardistas
peruanos (“Los dinosaurios”), así como a la lectura del chileno Enrique
Lihn (“Cuando el invierno se pone alas de cuervo”) y de los peruanos
Carlos Germán Belli y Carlos Oquendo de Amat, entre otros.
Un ánimo ambicioso el de este libro, puesto que lo que
intenta Sarmiento es provocar el rompimiento con anteriores estéticas y
encender una actitud de audacia en lo expresivo que, en conclusión, “sea
capaz de contener el pulso para la construcción de nuevas esperanzas (…)
ahondando en lo humano”; de lo cual se podría entender la aparición de
Cantos de Castor como la de un instructivo que nos lleve a
reinterpretar ciertos paradigmas que mueven actualmente no solo la
poesía nacional sino también la universal.
Publicado inicialmente en: Diario
La Industria
de Chimbote.
18 y 19 de septiembre de 1999