Cadastro
vs. la tradición literaria
Ricardo Ayllón
Sin
duda, no es difícil incursionar en el espíritu de Cadastro (Arteidea
editores. Lima, 2002)
si
empezamos haciéndolo desde la sensibilidad y el ánimo de su autor.
Quienes conocen personalmente a Miguel Rodríguez Liñán (Trujillo, 1961)
coincidirán con el autor de estas líneas en que su carácter es la
exteriorización de una festividad a todo dar, y que nunca deja de
ofrecernos al hombre cuya impostura es tan natural como un rotundo día
de sol en verano. Aquel sujeto festivo, ese “muchacho” desentendido de
las formalidades y que se nos muestra sincero desde el día en que lo
conocemos, no puede ser otro que el indiscutible autor de Cadastro.
Y Cadastro no puede negar ser el hijo legítimo y plenamente
reconocido de Rodríguez Liñán. Tiene su risa permanente, su visión
traviesa de quinceañero consentido, sus ademanes intrínsecos al libre
albedrío, y sus gestos despabilados nacidos en la permanente tomadura de
pelo a esa aguafiestas de rostro constreñido que es la realidad. Por
ello, intentar desentrañar la intencionalidad estética de este libro es
quizá una completa pérdida de tiempo, pues Cadastro se lee mejor
de un tirón, solo de esta forma el libro nos mostrará la autenticidad de
un pellejo lacerado por una rabiosa aunque exquisita antipoesía.
Porque Cadastro es eso, no otra cosa que la
espontánea y directa ruptura con todo lo que es considerado bello por
los portaestandartes de las buenas costumbres. Revitalizado por un
espíritu que se regodea principalmente en lo sardónico, sus expectativas
líricas se reducen a la mínima expresión. Pero el libro, pese a su
irreverencia y la libertad en el manejo estético, posee una unidad
referencial que podría ser considerado opcionalmente como guía temática.
Está concebido a partir de premisas ligadas al mundo de las finanzas, de
los negocios, a esos términos que encabezan el resbaladizo ámbito de lo
empresarial. Vocablos como Dividendos, Gerente, Empresa,
Fraude, Cotización, Impuesto, Banco,
Seguro, nos brindan la pauta trazada por este agitador del
establishment que es Rodríguez Liñán. Y su posición, en este
sentido, no es precisamente social, sino que postula más bien una
denuncia personal, personalísima, casi íntima; para lo cual ha hecho uso
del único dispositivo que la vida le ha sabido brindar: la palabra.
Convertido en un carroñero luminoso, nuestro escritor
convoca a sus demonios subjetivos para proponernos este libro a la
manera de ese serio divertimento que es la impostura. Valiéndose de la
polisemia buscada en el permanente baile lexicográfico y lexicológico
del que es capaz, la forma que elige es principalmente la prosa, pues
para el caso de este libro será el mejor medio de alcanzar sus objetivos
antipoéticos. La atmósfera se levanta con los poderes de la evocación, o
de pasajes autobiográficos que se someten más de las veces a la astuta
invención, develando la eficacia de lo narrativo. Así, la expresión se
dinamiza y crece cuando nos encontramos, además, con oportunas
exclamaciones, con parangones exuberantes, insospechables etimologías,
anécdotas al paso, frases hechas, saludos al compadrito, palabras feas,
o referentes mítico-literarios liberados con la repentina perspicacia de
lo punzante.
Libro
en verdad auténtico no solo por ser gemelo del alma de su autor, sino
también por la audacia en su concepción, Cadastro puede tener muy
bien el apoyo de esa antipoesía fundada alguna vez en nuestra región
continental por Nicanor Parra. Pero no somos mezquinos ni tan atrevidos
para lanzarnos a conjeturar solo este referente literario. ¿Quién nos
dice si no es también deudor de la vieja parodia desarrollada por la
picaresca española, la más alta poesía autodidacta de Whitman o,
viniéndonos más acá, de aquel humor negro desplegado por Michaux, o el
surrealismo coloquial de Prevert? Verdadero hijo de aquel gran proyecto
que es la destrucción de las tradiciones literarias, el coloquialismo de
Cadastro se presenta como la mejor manera de mostrar lo absurdo
de la actual vida del hombre en este mundo dislocado o, conociendo bien
el espíritu turbulento de su autor, una de las pocas respuestas que se
puede dar en un mundo donde la poesía se vuelve cada vez más minoritaria
y elitista.
Publicado inicialmente en: Revista peruana de literatura. N° 1. Lima,
mayo – junio 2004