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Retórica del mar y del futuro
Ángel Lavalle Dios
Oh cabeza clava de Chavín (MHST Ediciones. Chimbote, 2007), de reciente edición, es el poemario número ocho de Dante Lecca. Diríamos que su estructura es libre y fluye, tanto en la geográfica disposición de sus 30 poemas, cuánto en los variados matices de sus temas. En esa distribución física del libro, nos llaman la atención los siguientes detalles: El texto de Pedro Cieza de León, que inaugura el libro; los títulos del primer y último poema: “Abro los ojos y el cielo” y “No es ajeno para el ojo de la calavera”, respectivamente. 1er bloque, poemas primero al sexto, chapuzón introspectivo del poeta y reencuentro con su infancia y con su identidad marina y costera. 2do bloque, eje del poemario, poemas del sétimo al décimo noveno, ubicua extrospección , en tono de nostalgias y reproches, sobre el estado presente y pasado de la ciudad, el territorio, sus bienes culturales, las virtudes y omisiones de la querencia, en suma, de las cuales el habitante de hoy, y el poeta, constatan e inquieren por las causas que impiden su vigencia, con el mismo vigor y colorido de tiempos pasados. 3er. bloque, poemas del vigésimo al trigésimo, reencuentro del poeta con su lar querido, con su entorno, al centro del cual gira su “Mi cuerpo” (penúltimo poema), en pos de una atalaya desde la que vislumbrar la dirección de la ruta por donde irá la apasionada nave de nuestros pasos. ¿Cuál es el tono, el ánimo del poeta, en este poemario? No es único, menos invariable. No tiene por qué serlo. Al contrario. En primer lugar, Su preocupación primera es instalarse e instalarnos, en la época prehispánica, preinca y que tengamos de ella un recuerdo fresco e inmediato de primera vista; y allí encontramos una explicación a su decisión de haber insertado la versión de Pedro Cieza de León en el epígrafe, y no el registro de un historiador de nuestro tiempo, sobre el mismo hecho. Empero, ya el mismo Cieza de León (presumiblemente entre 1540, 50) canta las grandezas pasadas del valle del Santa y se conduele de la situación presente, en esa época, luego del avance Inca a estas tierras, y del paso de las primeras huestes españolas, luego de 1527. En segundo lugar, la confesión del poeta sobre dos certezas ya logradas, a estas alturas de su vida y de su producción: a) Dos metas a las que todos debemos aspirar: “aprende a escuchar la canción dentro de ti/ aprende a ser feliz”, nos las sugiere dirigiéndose a su hijo amado; y b) “Que sea hábil con la espada y la retórica es lo único/ que deseo/ porque ahora que lo entiendo mejor/ todo es amor o buen decir o lucha a muerte/ en este mundo”. En tercer lugar, la propia percepción de su pequeñez y su situación desventajosa frente a la grandeza de la naturaleza, expresada en forma reiterada por el poeta; y, de otro lado, la impotencia del hombre, y del poeta, frente a lo inevitable de las coyunturas sociales y políticas y de las desventuras por las que transitó nuestro devenir, que obligan al poeta a inquirir no sólo a los ancestros (“y las cabezas clavas de los chavines/ que no asustaron a los conquistadores”), sino igual a nosotros sus contemporáneos, y también “Parado frente al mar por una respuesta”. En cuarto lugar, la visible paradoja del estado feliz del poeta por su propio reencuentro consigo mismo, su constatación de la belleza natural del entorno y la armoniosa refundición de ambos, hombre – poeta y entorno, como “unidad de mi cuerpo/ y sus alrededores”; unidad que siendo individual ahora, se prefigura en el texto como realidad futura general; todo lo cual no se condice con lo duro de las condiciones sociales vigentes que angustian al poeta.
II. Reinos del futuro
La postura del poeta, como pudiera colegirse, no es pesimista. Una atmósfera de esperanza exhala y se respira en el poemario. Desde los inicios el poeta nos invita a instalarnos en el futuro, en “Habitante de la costa”, nos describe así su utopía “Ciudad remota: luz y clave de mi vida: las casas adecuadas al paisaje, la gente viviendo en forma amigable en franco diálogo con la naturaleza”. Y la clave que hará posible esa utopía, no viene importada de allende los mares, no obstante la invasión los pasados y actuales modelos transnacionalizadores, sino que brota y emana, cual espumosa agua, de nuestros gigantescos, bellos y absolutos pétreos potros. Así lo leemos en el poema “Canto a Ancash”, pues, para ella y para nosotros, en tanto gobierno el Cóndor, “príncipe de los abismos”, “No habrá muerte tamaño de tu vida/ ni vida tamaño de tu imposible y eterna muerte”. Emparienta, así, Dante Lecca, con la “Arenga al peruano” de nuestro querido Mario Florián; aunque en su estrategia sobre el pasado peruano, se distancia de los tonos de Neruda y de Alberto Hidalgo y se acerca más bien al íntimo y dolorido tono indagador de Martín Adán, pero mucho más ríspido que éste, como cuando Lecca no indaga, sino increpa: “Oh cabeza clava de Chavín dinos/ tú que has participado en los sacrificios más horrendos/ ¿Por qué dejamos que los más ineptos y ladrones/ nos gobiernen y después de fugar al extranjero/ vuelvan nuevamente a ser ungidos”. De otro lado, sobre el mensaje central de esperanza y de futuro, que nos transmite Dante Lecca, su referencia al pasado toma distancia del planteamiento de Lipovetsky respecto el propósito de la hipermodernidad o neomodernidaddel rescate del pasado con fines más comerciales que humanísticos de cultivo de la identidad, solaz y entretenimiento. El interés por la actualización del pasado, vía museos, tiene en estos tiempos, tiende más y expresa una estrategia del capitalismo cultural que busca la “inflación” de la memoria antes que a una valoración del pasado. Y se liga, más bien, a la percepción del pasado y del “héroe” o de los “héroes”, a la que nos acerca, hoy por hoy, la novísima estrategia semiótica textual, respecto a los valores históricos, frente a los cuales es posible una doble postura: a) o frente a la historia conocida hasta hoy, que destacó sólo lo positivo del pasado, oponemos un contravalor por los excesos contenidos y cometidos, como cuando Lecca dice: “Oh cabeza clava de Chavín dinos/ tú que has participado de los sacrificios más horrendos”; en este caso, estamos induciendo a una reinterpretación positiva del pasado, qué es lo predominante en Lecca; y b) o frente a la historia conocida, desoímos el registro de acontecimientos negativos y ensalzamos los positivos, que es la actitud de Lecca en el poema “Diálogo de señores”; nada de lo negativo que ocurrió contará, si la meta es la unidad. Constatamos que conciente o inconcientemente, Danta Lecca, juega adecuadamente esa dialéctica de la inversión de valores para darnos una imagen positiva de interacción hombre tiempo, entiéndase pasado, presente y futuro; y para otorgarnos y transmitirnos la confianza y la fe respecto a que aún cuando el cielo, es decir, el futuro está negro está tupido de estrellas.
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