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Blumen, de Patricia Colchado Mejía

 

Alex Morillo Sotomayor

 

Las flores saben cómo detenernos y cómo sustraernos de la ceguedad inerte de nuestras vidas enlatadas, cuando salen a nuestro encuentro como portadoras enigmáticas del color, del aroma, de las formas, de la fertilidad. Entonces aparecemos como contempladores privilegiados, y algunas veces como cómplices, haciendo de la contemplación un testimonio poético. De esto sabe muy bien Patricia Colchado Mejía (Chimbote, 1981), que en su primera entrega poética titulada Blumen (Pájaro de fuego, Lima, 2006) nos muestra que el mundo de las flores y el de los amantes alcanzan conexiones que nos llevan a la mezcla de las materias.

En Blumen se crea una dimensión ambigua donde no se sabe si las flores son manchas en la piel o la piel es una mancha en las flores. Las particularidades formales facilitan esta convergencia intencional: desde el título en alemán (Blumen, que significa flores en alemán) que evidencia una intencionalidad referencial directa, transparente respecto del elemento principal representado en todo el poemario, hasta la ausencia de puntuación y de mayúsculas, así como la disposición estructural sugerente de los versos que intensifican la intención de la poeta de configurar un ambiente donde las formas vegetales, humanas y verbales buscan coincidir en un mismo cuerpo poético.

En los 31 poemas que conforman Blumen podríamos hablar de una inversión o de una serie de inversiones, pero para cuestiones poéticas prefiero usar el término giros. En efecto, una idea que puede aproximarnos a la intencionalidad que se teje en el jardín verbal que encontramos en este poemario es la de una sucesión de giros. El más elemental de estos giros puede percibirse en las imágenes acerca de las superficies, o, en otras palabras, entre la apariencia externa y la dimensión interior de las flores-amantes: la epidermis –tanto la piel humana como la superficie de las flores– se trastoca en el mundo interior, es decir, las sensaciones adquieren cuerpo, se materializan.

Otro de los giros que encontramos a modo de constante es el que se da entre los amantes, cuando los roles entre el sujeto contemplador y el sujeto contemplado se alternan, dando paso también a la alteración de los planos del deseo a partir del desplazamiento de las instancias enunciativas, sugiriendo en este sentido una anulación de la convergencia lineal de las pasiones. Un giro más se articula en la dualidad pureza-contaminación, donde la pureza de las flores genera la sensación de saturación del cuerpo: “sus pétalos límpidos/ aumentan mi tristeza”. El contacto complejo entre la pureza del deseo y la materia carnal contaminada genera una serie de contraposiciones pasionales claramente demarcadas en el poemario de Colchado, como por ejemplo, la celebración del amante en relación con un corazón ácido y resquebrajado que “reposa en el mar/ como un animal de aguas sucias”(“buganvilla”) o como un deseo desbordante que se configura como una sustancia plena, pero disuelta en la evocación de un color estéril: “y yo repleta de deseo/ pero opaca” (“anagallis”). Esta pureza encuentra, por otro lado, una identificación con lo religioso: “cómo saber azucena/ si tu vientre ha dejado de crecer/ si debemos seguir esperándote/ (junto al pozo)/ para que vengas/ a lavarnos los pies/ como antes” (“azucena”). En estos versos percibimos claramente el paralelismo establecido entre la figura de María y la flor azucena. La ausencia de la flor-mujer nos sitúa en una atmósfera de extravío y abandono donde los cantos, la sed de los forasteros y las cruces son las huellas sagradas ausentes. En otras ocasiones, la ausencia de las flores-amantes convierten a la naturaleza en un ente vacío cuyo asedio ya no importa, como es el caso del poema “jazmín”: “en tu ausencia jazmín/ el amarillo intenso/ ya no daña la arena.” Pero la pureza no sólo gira alrededor de lo religioso, sino que también explora la orilla opuesta, es decir, el torrente erótico, donde lo casto y lo incestuoso desnaturalizan la polarización que se producía en un amante escindido; con esto Colchado escoge la mezcla compleja en lugar de la división inerte de la experiencia pasionaria, es decir, lo sagrado sólo puede explicarse desde lo erótico: “nunca fuiste un ángel/ has sido todo este tiempo/ carnal muy carnal” (“cala”).

En otros casos, vemos que el extravío y la ausencia adquieren un sentido sagrado de salvación sólo a partir de la morada de plena sexualidad de la mujer, a saber, el clítoris, que es identificado con la intensidad pictórica y cálida de la orquídea, así lo demuestra el poema que lleva el mismo nombre: “sólo necesito extraviarme/ en la dimensión/ de tu amantísimo clítoris/ pintado de fuego”. A partir de ese momento, el erotismo resemantizado buscará complicidad con otros estadios que asedian la vulnerabilidad de los amantes, como la alucinación y la ebriedad, generando un amor que diluye los bordes a través de una musicalidad encarnada en los seres amatorios. Existen, además, momentos en los cuales la sensación de posesión, de acercamiento, nos muestra una mayor intensidad lírica, donde el amante se adueña de la atmósfera que lo rodea. De esta manera, la cercanía posibilita el roce erótico y contradictorio entre la dimensión humana y la dimensión natural: “oscurezco/ sigo oscureciendo/ en medio de la nieve/ que me recuerda a la vida” (“nardo”). Otro ejemplo de lo mencionado anteriormente es el poema “violeta” donde la infertilidad –“mariposa infecunda”– y el don de crear –“engendrando delicias”– interactúan en el diálogo fragmentado entre cuerpo deseado y el cuerpo que desea. De este modo, la complicidad entre el erotismo y la naturaleza se constituye como otra de las constantes que establece un rasgo común en el variado repertorio de flores que encarnan los versos de Blumen.

En estos poemas de Colchado percibimos también la posesión de los relatos clásicos, haciendo, por ejemplo, de la autocontemplación un juego de dos cuerpos escondiéndose y que a la vez buscan la develación (“narciso”). Sin embargo, la develación que provoca la cercanía genera también una distancia, una imposibilidad donde las superficies pierden identidad: “abro mi carne cristal salado/ tu frente carne imposible” (“alhelí”); en este sentido, se establece una pérdida voluntaria de los bordes para que predomine los bosquejos de las superficies, sea cuerpo-naturaleza o cuerpo-cuerpo. Los bordes del cuerpo adquieren una resemantización erótica a través del asedio silvestre de los sentidos. Es el caso tanto de “caléndula” y de “genciana”, en el primero el límite cromático del cuerpo deseado establece una identificación con el dolor: “bajo tu seno/ una línea naranja/ brilla adolorida”; en el segundo, la definición del amor gira en torno a la relación polarizada entre el rojo y el azul. Cuando la poeta nos dice “el amor/ un reflejo azul/ sobre nuestros torsos” sitúa a la dimensión amorosa en una atmósfera distinta, no convencional donde los cuerpos existen sólo en la mezcla, mas no en dos instancias del deseo.

En resumen, el rasgo más logrado de Blumen es la construcción de un sustrato complejo y coherente donde reposan las sucesiones de giros de sentido que van apoderándose de estas flores pasionales; giros que, además, marcan una cierta evolución en los versos, que va desde la contemplación, el extravío y la ausencia, hasta una mayor cercanía, complicidad y mezcla entre los amantes. En otras palabras, una evolución que consolida una vida propia con un aire imaginario y fantástico, cubierto con un erotismo labrado artesanalmente. De este modo, estamos ante un poemario-jardín con logros que no debemos perder de vista, dado que evidencia un buen inicio en el camino poético de Patricia Colchado.

 

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