Catálogo

Monólogo por el optimismo

 

Ángel Lavalle Dios

 

Se ha publicado recién Diálogo con un orfebre, libro de poemas del autor chimbotano Dante Lecca, que será presentado hoy. A propósito estas reflexiones:

            El mar de fondo en que se mueve y nos instala el estro del poeta es Chimbote, joven ciudad cuyo destino se engendra y liga al de la industria, demiurgo que la perfila como ahora la vemos y vivimos. Hace cuatro décadas, la ensoñadora paz natural de la caleta empezó a diluirse. Ahora el “Dios de metal” le impone su dialéctica y su ritmo, diferente al de los hombres de carne y hueso que enajenan ante él su existencia y sucumben al vértigo y, por qué no, al hastío.

            Ciudad, como sus altos hornos, que es un crisol a donde han venido –y siguen llegando– a refugiarse todas las sangres del Perú, atraídas por el trabajo e impulsadas por dorados sueños, que a veces se derrumban. Es la realidad del poeta, y no tiene más remedio que aceptar, partir, conducir y vivir en ella, en medio de una paradoja, dolorosa y expectante a la vez, “la prosperidad que nos ha arruinado”, que nubla, destiñe, contamina y por la que sucumbe todo alrededor: las calles y los peces, las playas y mujeres, las casas, y hasta de los afiches se desprende la bruma que corroe y envenena, cual saturada y asfixiante atmósfera de bar. Desde allí, el poeta nos confiesa su existencia: asimila, siente, vive y disfruta todo porque, al fin, “una raya más no le hace al tigre” que, allí mismo encuentra –sano o enfermo– la razón de existir: las palabras y nuevos motivos para brindar y cantar. Con ácido sarcasmo nos la describe pesada como es, degradada, a veces degradante, logrando herir y sublevarnos cuando nos cuenta que abrazado a un perro mira el cielo con más calor y ternura, lacerante recriminatoria contra el egoísmo y la soledad.

            Empero, sobre el fárrago, el vértigo y el hastío de la ciudad, se erige –desde la entrada– el optimismo por la vida que tiene más “sabor” y es más estimulante que “el asco de morir”. El optimismo salva al poeta y debe, también, salvar al hombre común y corriente; aunque, por ahora, las únicas islas del náufrago sean la poesía que, en legítima equivalencia, es también la mujer a las cuales debe accederse abriendo uno a uno los mil candados que guardan su elegancia y, la naturaleza, que nos señala el camino que debe elevarnos siguiendo la ruta de esa hilera de flamencos (el humo que) cruza el cielo/…(y) se alejan disolviéndose delante del sol”; remanso lírico este de los flamencos que invita a disfrutarlo y que a mi entender muestra el potencial vigente en el poeta, cuyo oficio de re-presentar (volver a presentar) la realidad, debe adiestrar las manos del orfebre, más con el polvo dormido de las imágenes que son la sombra brumosa o el evidente encabalgamiento cotidiano de la prosa, que no por limpia deja de ser tal.

 

Publicado originalmente en: Diario El Faro. Chimbote, 19 de setiembre de 1987

 

 

 

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