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APÉNDICE

 

Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?

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Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra? Quam diu etiam furor iste nos eludet, quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?

¿Hasta cuándo, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia? Por cuánto tiempo se burlará de nosotros este furor tuyo? ¿Dónde estará el final adonde se lanzará tu audacia desenfrenada?

COMENTARIO

El año 62 a. c. (691 a. V. c.) fue importante y trascendental para Roma. Se estaba tramando una conspiración, un golpe de estado, cuyo jefe o cabeza visible era un patricio de nombre L. Sergius Catilina.

Parece ser que estaba apoyado por otras personas importantes, tanto del orden senatorial como del de los caballeros. Sobre todo eran los jóvenes nobles los principales implicados, ya que llevaban una vida más libertina, y necesitaban libertad y dinero para poder seguir viviendo de la misma forma.

A éstos dirigió su atención Catilina, y los convenció de que tenían que participar en la conspiración.

Quería hacer la revolución desde dentro. Para ello, se presentaría a las elecciones al consulado, y, cuando fuera elegido cónsul, transformaría la República cambiando de mano las riquezas, quitándoselas a los ricos y dándoselas a sus partidarios.

Llegó el día de las elecciones, y no resultó como había esperado, pues salió elegido Cicerón. Hubo de modificar los planes, ya que no podía llevar a cabo el cambio prometido.

La primera medida fue matar al cónsul. Irían a su casa como para hacerle una visita, y, cuando estuviera descuidado, le matarían.

Esta segunda estratagema también resultó fallida. Un tal Curión se había enterado y se lo contó a Cicerón, que no abrió la puerta cuando llegaron los asesinos y se ocultó en lo más privado de su casa.

Cicerón siguió investigando y encontró las pruebas que necesitaba para llevar el asunto al senado. De esta forma, a primeros de diciembre del año 63 a. C., como cónsul designado, convocó al senado en el edificio de la curia y se propuso revelar a los senadores todas sus investigaciones.

Pero, cuál sería su sorpresa al encontrarse frente a frente en el senado al mismo Catilina, que burlando todas las normas del decoro se había presentado, para ejercer su papel de senador, pero sobre todo para enterarse de lo que se iba a decidir contra él y para tomar las medidas pertinentes.

Ante esta presencia tan inesperada y tan desagradable de Catilina, cambió su actitud y pronunció un discurso que ha quedado como modelo de oratoria, y que comienza con esa famosísima frase:

"Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?"

"¿Hasta cuándo, Catilina, vas a seguir abusando de nuestra paciencia?".

Le trata de asesino, de sinvergüenza, que, a pesar de que todos saben lo que trama, tiene la desfachatez de presentarse en el senado. Esta situación es la que hace a Cicerón pronunciar estas expresiones:

"O tempora! O mores!" Senatus haec intellegit, consul videt: hic tamen vivit. Vivit? immo vero etiam in senatum venit, fit publici consilii particeps, notat et designat oculis ad caedem unumquemque nostrum: nos autem, fortes viri, satisfacere rei publicae videmur, si istius furorem ac tela vitemus. Ad mortem te, Catilina, duci iussu consulis iam pridem oportebat, in te conferri pestem quam tu in nos omnes iam diu machinaris”

"¡Oh tiempos! ¡Oh costumbres! La patria está en peligro, el cónsul amenazado de muerte, y tú, el causante de todos estos males, vives. ¿Qué digo vives? Más aún: tienes la desvergüenza de presentarte aquí entre los padres de la patria e ir diciendo con la mirada a cada uno de nosotros que vamos a morir. Nosotros, personas valientes y honradas parece que ya hacemos bastante por la república si conseguimos evitar la cólera y el furor de éste. Tú, que si los cónsules fuéramos como debiéramos ser, no saldrías libre de aquí, sino que te entregaríamos a los guardias para que te llevaran preso a la cárcel, y amontonaríamos sobre ti toda la peste y perdición, que desde hace tiempo estás pensando en lanzar contra nosotros”.

Y fue desvelando a los senadores todos los pasos que habían dado y los que pensaban dar para llevar adelante la conjuración y el golpe de estado.

Catilina, al verse descubierto, huyó hacia el norte, a Toscana, donde estaba su lugarteniente Manlio con el ejército.

Todavía pronunció Cicerón otros tres discursos contra Catilina. En el último consiguió que se condenara a muerte a los conjurados que habían apresado y a los que se apresara en adelante.

En esta sesión del senado encontramos la primera muestra del desacuerdo que iba a existir en adelante entre Cicerón y César. Mientras que Cicerón defendía la pena de muerte para unos reos de lesa república, César decía que la muerte no era el peor castigo, sino una liberación; por lo tanto, lo que se debía hacer era quitarles todo, libertad, pertenencias, compañía, etc., excepto la vida. Tal vez pensaba que como mientras hay vida hay esperanza, al cabo del tiempo, se les podría indultar y sacar de la prisión.

Por eso hay quien piensa que Julio César no veía con malos ojos la conjuración, y que, incluso, estaba a favor de ella.

Los conjurados presentaron batalla en la llanura de Pistoya, y allí murieron todos luchando, según dice Salustio, como unos valientes. Esta batalla tuvo lugar en Pistoya (Toscana) el año 61 a. C. (692 a. V. c.)

Muchos años más tarde, Marcial, el epigramista bilbilitano, refiriéndose a las quejas de un tal Ceciliano, comparaba los tormentosos días de la conjuración de Catilina con los años de paz y tranquilidad que le tocó vivir, y lo decía de la siguiente manera.

Libro IX, 70

 Dixerat 'O mores! O tempora!' Tullius olim,

sacrilegum strueret cum Catilina nefas,

cum gener atque socer diris concurreret armis

maestaque civili caede maderet humus.

cur nunc 'O mores!' cur nunc 'O tempora!' dicis?

quod tibi non placeat, Caeciliane, quid est?

nulla ducum feritas, nulla est insania ferri;

pace frui certa laetitiaque licet.

Non nostri faciunt tibi quod tua tempora sordent,

sed faciunt mores, Caeciliane, tui.

En otro tiempo Tulio había dicho: 'O mores! O tempora!, cuando Catilina preparaba el crimen sacrílego, cuando concurrían a las crueles armas el yerno contra el suegro, y la triste tierra se humedecía con la matanza civil. ¿Por qué dices ahora 'O mores!? ¿Por qué dices ahora 'O tempora!? ¿Qué hay, Ceciliano, que no te agrade? No existe ahora la fiereza de los jefes, no existe la locura de las armas, podemos gozar de paz y de una cierta alegría. No son nuestras costumbres las que hacen que estos tiempos tuyos sean despreciables, sino que son las tuyas, oh Ceciliano.