logotipo

img_google

1.- CICLO TROYANO

Pagina principal Roma antigua Los Cartagineses En Hispania La República El imperio Los literatos La religión La vida diaria

Final

EL CABALLO DE TROYA

DIDO Y ENEAS

EL CABALLO DE TROYA

 

Entonces fue cuando a Ulises se le ocurrió la estratagema del caballo: construirían uno enorme, de madera, y se lo presentarían a los Troyanos como si fuera una ofrenda a la diosa Minerva para que los protegiera durante el viaje de vuelta. El enorme caballo ocultaría en su interior los mejores guerreros griegos, que saldrían una vez que el caballo estuviera dentro de la ciudad.

 

Estaban en guerra los Griegos contra los Troyanos. Llevaban diez años de guerra y había que terminar de una vez. Los Griegos estaban lejos de su patria y parecía que no iban a conseguir vencer a Troya nunca.

Entonces fue cuando a Ulises se le ocurrió la estratagema del caballo: construirían uno enorme, de madera, y se lo presentarían a los Troyanos como si fuera una ofrenda a la diosa Minerva para que los protegiera durante el viaje de vuelta. El enorme caballo ocultaría en su interior los mejores guerreros griegos, que saldrían una vez que el caballo estuviera dentro de la ciudad.

Para que los Troyanos hicieran lo que querían, tenían la colaboración de un actor, llamado Sinón, que les convencería para que metieran el caballo dentro de la ciudad.

Así pues lo dejaron delante de los muros de Troya y se hicieron a la mar. No se fueron del  todo, sino que se quedaron escondidos al otro lado de una isla próxima, la isla de Ténedos.

Podemos imaginar la alegría de los Troyanos, que por primera vez en diez años no veían ni el campamento de los griegos en la explanada ni las naves fondeadas en la bahía.

Sin embargo se llenaron de admiración al descubrir el caballo:

- ¿Qué podrá ser? ¿Qué significa?

- Seguro que es una ofrenda de los Griegos a Minerva para que les dé buena suerte en su viaje de vuelta.

- Es posible que haya Griegos escondidos dentro.

- Muy bien puede ser una máquina de guerra, construida para inspeccionar la ciudad desde arriba.

El caso es que las opiniones estaban divididas. Unos querían meterlo dentro de la ciudad. Otros, por el contrario, temían que fuera una estratagema de los Griegos, y proponían quemarlo y echar sus cenizas al mar.

Estaban en estas discusiones cuando el sacerdote de Neptuno, Laocoonte, bajó dando voces desde la ciudadela donde estaba celebrando un sacrificio.

- ¿Es que os habéis vuelto locos? ¿No conocéis a los Griegos después de haber luchado contra ellos durante tantos años? O mucho me engaño o esto no es sino un truco. Temo a los Griegos hasta cuando hacen regalos.

Y para que sus palabras tuvieran más fuerza, cogió una jabalina y la lanzó con todas sus fuerzas contra el caballo.

Las oquedades resonaron, y pareció que tenía razón. Pero ¡ojalá no lo hubiera hecho!.

En ese momento entró en escena Sinón, el actor, que había sido capturado por unos pastores troyanos cuando se hacía pasar por un desertor del ejército griego. Todos lo rodearon, y él comenzó su interpretación:

- Ya sé que me vais a matar, pero aun así, os tengo que contar qué es lo que hago aquí. Me he escapado del ejército griego porque Ulises me odiaba y quería sacrificarme en honor de Minerva, a ver si les daba suerte en la guerra. Se conoce que como no me encontraron, pensaron que tenían todas las de perder, y se marcharon ofreciendo a la diosa este tributo. Ahora, si queréis, matadme. Estáis en vuestro derecho, y yo lo tengo merecido.

No sólo no lo mataron, sino que los convenció.

Por si alguno de los Troyanos dudaba todavía, ocurrió un prodigio inaudito. Vinieron desde la isla de Ténedos dos serpientes enormes, que al llegar a la playa se dirigieron hacia Laocoonte y sus hijos y los devoraron. Todos pensaron que era el justo castigo por el sacrilegio que había cometido al alancear el caballo.

Por fin se decidieron, y organizaron una gran fiesta.

Llenaron todo de guirnaldas; los jóvenes bailaban alrededor; pusieron rodillos debajo del caballo y lo arrastraron por medio de sogas que todos se sentían orgullosos de llevar.

Así lo introdujeron en la ciudad, y se dedicaron a divertirse.

Después de un día de fiesta sin el temor de que los griegos atacaran, se durmieron tranquilos, tanto por el cansancio, como por haberlo celebrado bebiendo más de la cuenta.

Ese es el momento que aprovechó Sinón para hacer salir a los guerreros que estaban encerrados en el caballo. Éstos se deslizaron silenciosos por una cuerda. Al mismo tiempo, las naves se dirigían al litoral troyano, porque habían recibido la señal de que todo había salido bien.

Apoderarse de la ciudad y destruirla fue coser y cantar.

Unos pocos, a cuyo mando estaba Eneas, les hicieron frente, pero, como vieron que no podían salvar la ciudad, decidieron marcharse y fundar una nueva Troya en otro lugar. Pero esto ya es otra historia.

Virgilio, poeta romano (70 - 19 a. C.) nos cuenta este episodio en su poema épico La Eneida”, cuyo protagonista principal es Eneas.

CUESTIONES

1.- ¿Conoces la escultura "El Laocoonte"? Descríbela. ¿Hay algún artista que haya utilizado este episodio como tema para alguna obra? En una reproducción del "Laocoonte" de El Greco busca los elementos de esta lectura.

2.- Busca Troya en un mapa y sitúala.

3.- ¿Cómo se llamaban los principales jefes de los griegos y de los troyanos durante esta guerra?

4.- ¿Sabes cuál fue el origen de la guerra de Troya? ¿Has oído hablar de Helena de Troya?

Volver

 

A aquel lugar llegó Eneas con sus compañeros. La diosa Venus, madre de Eneas, quiso sacar partido de la situación y de la pelea que existía entre Júpiter y su esposa Juno. Trató de que su hijo consiguiera ser el rey de aquellos lugares. Para ello trabajó a conciencia. Primero hizo que Eneas se presentara ante Dido con un aspecto casi divino, para que la reina lo mirara con buenos ojos.

 

Troya estaba en llamas. Los griegos acababan de entrar por medio del CABALLO DE TROYA. Habían cogido por sorpresa a los Troyanos, los habían vencido y habían incendiado la ciudad. Ya no tenía salvación. Sus principales héroes, Héctor, Paris, etc., habían muerto. Sólo quedaba Eneas, que tomó sobre sí el encargo divino de fundar otra Troya en el lugar donde los dioses le indicaran. Por eso tomó los dioses Penates de la ciudad y con su hijo Ascanio o Iulo y la compañía de unos cuantos troyanos se hizo a la mar para buscar ese nuevo país.

Los dioses Penates eran los protectores del lugar. Cada ciudad tenía los suyos propios, que generalmente se enterraban al poner la primera piedra de la ciudad. Es simbólico que Eneas se llevara de Troya los dioses Penates. Quiere decir que Troya dejaría de existir en el lugar donde se encontraba, pero que, donde enterrara los Penates, renacería con una nueva fuerza.

La tradición indicaba que Roma era esa heredera de los Penates troyanos. Se explica así que los romanos tuvieran tanta ilusión por los sucesos de Troya, y que “La Eneida fuera considerada el poema nacional por excelencia.

Decíamos que Eneas y sus compañeros había salido de Troya en unas pocas naves para buscar ese nuevo lugar. Pero los dioses no se ponían de acuerdo entre ellos. Juno no quería que los hados se cumpliesen, y por eso, en cuanto tuvo la oportunidad logró que Eolo, dios de los vientos, y Neptuno, dios del mar, trabajaran para ella. Entre los dos desencadenaron una gran tempestad que apartó a los troyanos de su ruta y los hizo recalar en las costas del norte de África.

El lugar al que llegaron fue el que actualmente ocupa Túnez. Allí reinaba Dido, procedente de Fenicia, que se había escapado de la matanza de su hermano y había fundado un nuevo reino. Se dice que su hermano había matado al marido de Dido, Siqueo, y la había expulsado de su país. Ésta había llegado al norte de África y había pedido asilo al rey Yarbas, que le regaló el terreno que ocupase una piel de toro extendida. En ese poco terreno no podría hacer nada, y, mucho menos, establecerse con sus leales. Sin embargo, la reina Dido tenía mucha perspicacia e inteligencia, y obró como no se esperaba menos: cortó cuidadosamente la piel de toro en tiras muy estrechas y con la tira resultante rodeó un terreno, que, si bien seguía siendo pequeño, era mucho más grande de lo que su dueño había pensado en un principio.

A aquel lugar llegó Eneas con sus compañeros. La diosa Venus, madre de Eneas, quiso sacar partido de la situación y de la pelea que existía entre Júpiter y su esposa Juno. Trató de que su hijo consiguiera ser el rey de aquellos lugares. Para ello trabajó a conciencia. Primero hizo que Eneas se presentara ante Dido con un aspecto casi divino, para que la reina lo mirara con buenos ojos. Así fue.

Cuando Eneas fue encontrado por los centinelas de la ciudad y presentado a la reina, ésta se quedó sin habla: la espléndida presencia del héroe troyano dejó al punto rendida a Dido.

A continuación pensó que sería bueno que la reina se enamorase de Eneas. Para ello urdió un plan que le iba a proporcionar buenos resultados.

Dido organizó un banquete y se interesó por todo lo que le había ocurrido a Eneas desde que Troya fue asediada por los Griegos; sobre todo estaba ansiosa de conocer su final. Eneas, triste al recordarlo, refirió todas sus vicisitudes: cómo los griegos habían rendido Troya por medio del engaño del caballo; cómo él había luchado por su patria; cómo había muerto la causante de todos los males de Troya, la bella Helena; cómo había perdido a su esposa Creusa; cómo, protegido por su madre, Venus, se había librado de los atacantes y había conseguido salir de Troya; cómo había muerto su padre; cómo había sido el viaje hasta la tempestad; y cómo se había presentado ante la reina.

Durante el relato de Eneas, Venus había mandado a su otro hijo, Cupido, dios del amor, que tomase las facciones de Ascanio, el pequeño hijo de Eneas. Así, mientras Dido estaba absorta escuchándole, el pequeño, en el regazo de la reina, la hirió con las flechas del amor, de forma que, al terminar, Dido estaba perdidamente enamorada de Eneas.

Sin embargo Dido había querido mucho a su marido Siqueo, y no se sentía con fuerzas para volver a enamorarse. Todos estos pensamientos se los contó a su hermana Anna, con quien tenía mucha confianza. Le presentó su corazón: ella seguía enamorada de su marido muerto, y no le parecía correcto enamorarse de un recién llegado; pero por otra parte, las flechas de Cupido estaban haciendo su efecto y la arrogancia, la hermosura, la dignidad y las desgracias de Eneas eran suficientes armas para doblegar el corazón más frío.

Anna trató de que su hermana viviera el presente: su marido había sido estupendo, pero estaba muerto. Ahora se le presentaba la ocasión de renovar aquellos momentos, y, además, Eneas y sus hombres defenderían el reino de sus enemigos, sobre todo del rey Yarbas, su vecino, que también quería casarse con ella.

A las diosas tampoco les pareció mal la situación: a Juno, porque de esa forma apartaba a Eneas de su destino de fundar una nueva Troya; a Venus, porque quería a su hijo, y no le importaba dónde estuviera, si era feliz y triunfante.

Así entre las dos prepararon el escenario: Se organizaría una cacería, y en un momento determinado se desatarían las furias de los cielos con una gran tormenta. Dido y Eneas estarían separados del resto de los compañeros, y encontrarían una cueva a propósito. Lo demás que iba a pasar lo dejaban en las manos de la naturaleza, y por si no ocurría nada, Juno, la diosa del matrimonio, estaría presente para conseguirlo. Además ella sancionaría aquel matrimonio.

Así fue, tal como lo habían planeado. Virgilio añade que este fue el comienzo de grandes males. Se refiere sobre todo a lo que le aconteció a Dido, y a la enemistad que surgió entre los Romanos y los Cartagineses que fue el motivo de tres grandes guerras. Porque las cosas no quedaron así. Júpiter, el padre y señor de los dioses, no estaba dispuesto a que los destinos de Troya no se cumplieran. Mandó al mensajero de los dioses, a Mercurio, a que recordase a Eneas la misión que le estaba reservada.

Eneas, con todo lo que había vivido y lo a gusto que se sentía al lado de Dido, se había olvidado por completo de que había salido de Troya con el cometido determinado de resucitarla de nuevo.

A pesar de que le costaba mucho, acató la orden de Júpiter, y preparó en secreto su marcha. Pero Dido se dio cuenta: quis potest fallere amantem?” ¿Quién puede engañar a quien ama?  

Todo fueron lamentos, recuerdos de su marido muerto, remordimientos por lo que había hecho. Su hermana trataba de consolarla, pero en vano.

Reunió en un gran montón todo lo que le podía recordar a Eneas, con el fin de prenderlo fuego y así, creían todos, poder desembarazarse de ese amor que todavía sentía por él. Pero los pensamientos de Dido eran otros. Ella misma estaría en la cúspide de aquella pira, ella misma se inmolaría en sacrificio por lo que había hecho, y en despecho por haber sido abandonada por su amante.

Una de las cosas que había amontonado era la espada de Eneas. Ese fue el instrumento que empleó para quitarse la vida, al mismo tiempo que se quemaba todo lo que le había pertenecido, ella misma entre todas las demás cosas. Sin embargo, no estaba demasiado entrenada en las armas y el golpe que se dio no fue todo lo certero que hubiera sido necesario. Tardaba en exhalar el último suspiro. Júpiter se compadeció de ella y envió a la mensajera de los dioses, Iris, a que aliviara el último momento de la reina Dido.

Iris, mientras volaba para llegar hasta donde estaba la reina Dido sufriendo, iba dejando la estela de los siete colores por todo el aire.

Eneas, entre tanto, navegaba a toda vela para alejarse lo más rápidamente posible de aquellas tierras; miró hacia la costa y vio las llamas y el humo que se levantaba hacia el cielo. Entonces supo que, a pesar del sacrificio que le imponían los dioses, estaba llamado a más altas empresas.

Unos siglos más tarde, los Cartagineses y los Romanos se enfrentaron con una rivalidad guerrera que llenó generaciones. Se trataba de saber cuál de los dos pueblos iba a ser el que mandase en el Mediterráneo occidental, si el del norte, Roma, o el del sur, Cartago.

Después de tres sangrientas guerras entre los dos pueblos, los Romanos, mandados por un general de la familia de los Escipiones, en el año 176 a. C. destruyó Cartago, y romanizó toda la zona. Por esa victoria, definitiva, sobre los cartagineses, le dieron el apelativo de Africano, y así, su nombre completo fue: Publio Cornelio Escipión Africano.

¿No sería la enemistad entre Dido y Eneas la chispa que motivó las guerras entre los Cartagineses y los Romanos? ¿No quedaría en el pueblo Cartaginés un sentimiento contra los Romanos por haber abandonado así a su reina? Aníbal tenía en su corazón un odio para con los Romanos superior a todo otro sentimiento. Se decía que lo había recibido en herencia de su padre Asdrúbal.

Comienzo

Pagina principal Roma antigua Los Cartagineses En Hispania La República El imperio Los literatos La religión La vida diaria