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7.- LOS LITERATOS |
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En la época de Augusto, vivió en Roma un esclavo tracio que se había formado en Grecia y que había conocido muy de cerca las fábulas o apólogos del griego Esopo. Este esclavo se llamaba C. Julio Fedro, fue liberto del emperador Augusto, y, aunque no sabemos cuánto tiempo vivió, nos lo encontramos al principio del gobierno de Nerón. Su género literario fue la fábula, un género propio de esclavos que no tenían la libertad suficiente para decir lo que querían por temor al castigo. Pero por este procedimiento se podía expresar la sátira, la crítica social, incluso criticar a personas concretas, casi con total impunidad. La característica principal de la fábula es su intención moral, su moraleja. Por medio de ejemplos, en los que la mayoría de las veces los protagonistas son animales, ofrece una meditación moral, aplicable siempre a alguna de las actitudes poco recomendables de los hombres. Los animales que son protagonistas de las fábulas son de todo tipo, pero si tuviéramos que decir el que más abunda, diríamos que es el zorro o la zorra. De siempre se ha tenido al zorro como un animal muy astuto. Sus respuestas son acertadas, y esa astucia con que los hombres hemos adornado a este animal le sirven a Fedro para darnos sus lecciones morales. Contra las apariencias nos cuenta lo que le pasó a una zorra cuando un día se encontró con una máscara de las que se usaban para el teatro. No pudo mantener una conversación coherente con ella, y al final se marchó diciendo entre dientes: “Muy bonito es tu aspecto, eres muy guapa, pero no tienes seso, y no se puede hablar contigo”. Como siempre, al final nos aplica el cuento. Además de las apariencias es necesario tener buen sentido, porque sólo con el aspecto exterior no se va a ninguna parte, enseguida se desenmascara al que por fuera es aparente pero vacío de contenido. También una zorra es la protagonista de este otro ejemplo. Aquí engaña a un cuervo, alabándole sus cualidades externas. Un cuervo había robado un queso que se estaba oreando en una ventana y se lo había llevado a lo alto de un árbol para comérselo tranquilo. Un zorro que lo vio, se dijo: “Ese queso ha de ser mío”. Se acercó al árbol y comenzó, muy zalamero a saludar al cuervo, a la vez que le alababa su aspecto: “Oh, cuervo, qué galanura tienes, que brillo en tus plumas. No he visto un ave con mejor presencia que tú. ¡Qué rostro, que porte, qué belleza!”. Esto no fue más que el principio, porque lo que él quería era el queso. Por eso siguió: “Sólo falta que tengas un canto armonioso. Si esto ocurriera no habría pájaro capaz de superarte en nada”. El cuervo cayó en la trampa. Convencido por el adulador zorro, quiso demostrar que su voz era tan fina y delicada como le había hecho creer el zorro. Todos sabemos que el graznido de un cuervo es un sonido muy desagradable, pero en aquel momento el cuervo creyó a su adulador. Así que al intentar cantar abrió su negro pico y dejó caer el queso que cayó a los pies del zorro. Éste, después de tener el queso en su poder, se burló del cuervo de este modo:
El cuervo, mientras tanto, estaba avergonzado, porque había visto que el ingenio vale más que cualquier otra cualidad para salir adelante en la vida. También puso en solfa a los que no están contentos con lo que tienen y quieren parecerse a otros que, en su opinión, tienen mejores cualidades, llegando, incluso a despreciar a sus propios compañeros y renegar de ellos. Resulta que, cuando las aguas vuelven a su cauce estos se encuentran rechazados por unos y por otros. Como le pasó a aquel grajo que se creyó más listo que los demás. No le gustaba su aspecto, y un día se encontró por casualidad unas plumas preciosas que se le habían caído de su cola a un pavo real, esa cola que abre y que parece un estallido de color. Ni corto ni perezoso las cogió y se adornó con ellas, pensando que de esa manera sería distinto. Podemos imaginar la facha que tendría, con su plumaje negro brillante y con unas cuantas plumas largas de colores en la cola. Él se sentía disfrazado de aquella manera, y pensaba que los demás no se iban a dar cuenta. Todo decidido se unió al grupo de los pavos. Éstos no estaban dispuestos a permitir tal atrevimiento, y a picotazos le echaron de allí. El grajo, cabizbajo, volvió a donde estaban los suyos, a los que antes había despreciado, y ahora no tenía más remedio que considerar como propios. Allí tampoco le quisieron y le expulsaron. Uno, más sensato que los demás o que fue más compasivo con el desliz que había tenido su conciudadano le hizo pensar con estas palabras.
Algo parecido le pasó a una rana que tenía su nido en la orilla de un gran prado. A ese prado solía ir a pacer un buey de un buen tamaño. La rana se pasaba mucho tiempo como fuera de sí admirando el tamaño de ese buey, que visto desde su pequeñez parecía todavía más grande, enorme. Se obsesionó con el tamaño del buey, hasta tal punto que quiso ser como él. Empezó a comer y a comer, de forma que se fue hinchando. Cuando creyó que ya era lo bastante grande preguntó a sus hijos: “¿Quién creéis que es más grande, el buey o yo? Ellos respondieron que, naturalmente, el buey era más grande que su madre. Todavía siguió comiendo y comiendo, hinchando cada vez más su piel, y volvió a preguntar a sus hijos. Lógicamente, la respuesta fue la misma: “Todavía es más grande el buey”. Se llenó de indignación, al ver que todavía no había conseguido su objetivo, y se dedicó a ello con más empeño. Tanto comió, y tanto se hinchó que reventó, y quedó en el prado con todo su cuerpo destrozado. Eso les pasa a los que quieren imitar a los poderosos sin contar con sus propias fuerzas y sus limitaciones. Porque no es la apariencia lo importante, ya que la belleza es algo pasajero, mientras que la bondad, que dura siempre, es la auténtica belleza. Un padre tenía un hijo muy guapo, mientras que su hermana era de una fealdad extrema. Un día, mientras jugaban, los dos hermanos se miraron en un espejo que tenía su madre en el tocador. La reacción de cada uno fue diferente. Mientras el chico no cesaba de alabar su hermosura, la chica se enfadó muchísimo porque se dio cuenta de lo fea que era. Su hermano se burlaba de ella, pero cuanto más el otro se reía, ella se enfadaba más y se veía ofendida y agraviada. La pobre muchacha acude corriendo a su padre para decirle que se sentía herida en su vanidad por su hermano, y que tenía mucha envidia de su hermosura. Ella pensaba que tenía que haber sido al revés, que la guapa debía haber sido ella, que en los hombres no tiene tanta importancia la belleza. El padre los recibió con todo su cariño, porque vio el problema que tenía su hija. Los abrazó a los dos, y los consoló con unas palabras, que tuvieron que sonar a la chica como música celestial: “A partir de ahora quiero que los dos utilicéis cada día el espejo” Se volvió al hijo:
A continuación se dirigió a su hija:
En muchas ocasiones no sabemos que lo que nosotros tenemos por menos valioso puede ser tan importante hasta el punto de salvarnos la vida, y que lo que creemos importante, va a ser nuestra perdición. Como le pasó a aquel ciervo que estaba bebiendo agua en un manantial. Su imagen se reflejó en el agua y se quedó prendado de la belleza de su cornamenta, que, con sus múltiples ramificaciones, adornaba su cabeza. Al mismo tiempo vio también sus patas, delgadas, huesudas, y, a su parecer, feas. Descuidado estaba en estas reflexiones, cuando le despertó de ellas un ruido que se acercaba y que cada vez se parecía más al ladrido de los perros de una partida de caza. Se asustó y salió huyendo. Los ciervos corren mucho y dan la impresión de que corren saltando como que vuelan. De esa manera se escapó de los perros, que no pudieron alcanzarle. Eso le pasó mientras corría por campo abierto. En seguida entró en una zona con bosque y matorral. Allí sus cuernos empezaron a enredarse con la maleza. No pudo avanzar y los perros le alcanzaron. Todos se abalanzaron sobre el pobre ciervo, y, a mordiscos, lo mataron. Mientras exhalaba el último suspiro, tuvo tiempo de hacerse estas reflexiones.
La superioridad de la fuerza es también muy criticada por Fedro. Se conoce que él se caracterizaba más por la astucia, y la imaginación que por la fuerza. Advierte contra los que utilizan la fuerza con malas artes para conseguir su objetivo y oprimen a lo más débiles. En el ejemplo que vamos a contar a continuación, los protagonistas son un lobo y un cordero. Sabido es que los lobos tienen en los corderos, desde siempre, sobre todo en la literatura popular, su bocado más exquisito. Pues bien: Un lobo y un cordero tenían sed y habían los dos bajado a beber al mismo río. El lobo estaba aguas arriba y el cordero bastante más abajo. El lobo no sabía cómo tener un motivo para comerse al cordero, y empezó a pensar. - “¡Oye, cordero! ¿Por qué me estás enturbiando el agua? ¿No ves que de esa forma no puedo beber y me sentará mal? El cordero, temeroso, le respondió con palabras entrecortadas: - “¿Cómo puedo yo hacer eso? Te quejas sin motivo. El agua no va de mí hacia ti, sino al revés”. Efectivamente, era verdad, y por eso el lobo quedó de momento sin saber qué decir. Pero la presa era demasiado apetitosa para dejarla escapar. - ¡Oye, cordero! ¿Tú fuiste el que hace seis meses ibas diciendo toda clase de mentiras y maldiciones contra mí? Pues, prepárate ahora, porque me la vas a pagar. - “Pero, si yo no había nacido hace seis meses. No pude ser yo”. - “Entonces sería tu padre, ¡por Hércules!”. Ya había encontrado un motivo para comerse al cordero, se abalanzó sobre él y se lo comió. Y termina diciendo Fedro:
Parece que no han pasado los años por este tipo de cuestiones. El hombre será siempre igual. Ya lo dice el aforismo latino: “Nihil novum sub sole”: Que no hay nada nuevo bajo el sol. Vuelve a la carga con otro ejemplo. En éste previene contra lo que le puede pasar a una persona cuando está en tratos con otra que es más poderosa que él. Hubo en cierta ocasión una extraña sociedad de caza. Los socios eran, nada menos, un león, una vaca, una cabra y una oveja. Ya sabemos que las ovejas aguantan lo que les echen, aunque sea injusto. Este grupo de cazadores había cobrado pieza: un ciervo de gran tamaño. Como buenos socios hicieron cuatro partes iguales. En este momento, tomó la palabra el león y dijo:
Añade Fedro:
. Por eso, huye de una sociedad tan desigual en que uno sea muy poderoso y los demás no. Por desgracia, los hombres no nos damos cuenta de cómo somos, de nuestros defectos, mientras que de los demás vemos todo con una rapidez pasmosa. Es aquello del Evangelio, que somos capaces de ver y criticar la paja en el ojo ajeno, pero no vemos la viga que tenemos en el propio. Esto lo dijo Fedro con una fábula sobre los vicios de los hombres, indicando que el amor propio es ciego para sus propios defectos, pero no para los de los demás. Júpiter, al distribuir los defectos y virtudes los colocó en dos alforjas que entregó a todos los hombres. Estas alforjas la colocó de manera que delante de los ojos estuviera la que tenía los vicios de los demás, mientras que la que tenía los vicios propios la colocó a la espalda. Dice Fedro que de esta manera nosotros no podemos ver nuestros propios defectos, pero si los demás meten la pata, como lo tenemos delante de los ojos, en seguida se lo reprochamos y se lo echamos en cara. Porque para nuestros defectos y limitaciones tenemos siempre una excusa. ¿Quién no ha oído o incluso dicho alguna vez eso de que “no están maduras”? Otra vez una zorra. Esta tenía hambre, y se encontró con una parra de la que pendían unos hermosos racimos. Estaban altos y por más que hacía, saltando con todas sus fuerzas, no llegaba a alcanzarlos. Entonces se marchó con el rabo entre piernas, pero se dijo una excusa poco convincente, aunque suficiente para ella:
. Así hacen los que no pueden conseguir lo que se proponen, que dicen que no les interesa, que no está suficientemente preparado para cogerlo. Estos no son sino unos pocos ejemplos de los temas y críticas que hacía Fedro, con un género literario original, que nadie en Roma había utilizado antes que él. A veces cogía una frase de otro autor, y de ello hacía un comentario en forma de fábula. En esta ocasión la frase era del gran poeta Horacio. Es uno de los tópicos horacianos. Bien es sabido que Horacio es el autor de muchos pensamientos que luego se han convertido en tópicos que han tenido fortuna en la literatura y la filosofía posterior. la frase es "Parturient montes, nascetur ridiculus mus". Es decir: "Los montes se ha puesto de parto, y ha parido un ratoncillo". Se refiere a las personas que prometen el oro y el moro, ya sea con sus prólogos, los escritores, o con sus preparativos. Cuando llega la realidad no es más que una ridiculez. Eso es lo que quiso expresar Fedro con esta fábula
En el siglo XVIII tuvo muchos imitadores. Era el momento de moralizar a la sociedad, y por eso Lafontaine en Francia, y Samaniego e Iriarte en España escribieron a imitación de Fedro muchas fábulas, con su moraleja. Algunas tenían el mismo argumento, los mismos protagonistas y la misma moraleja.
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M. Anneus Lucanus, sobrino de Séneca, nació en Corduba, en la provincia de la Bética, al sur de la Hispania romana. Vivió pocos años, 26, pero tuvo una vida llena de avatares literarios, novelescos, y, sobre todo, políticos. Tenía una gran facilidad para hacer versos, y al principio, con ellos, se dedicó a adular al príncipe, que en aquella época era Nerón; pronto contó con su favor, sobre todo en el certamen poético quinquenal. A los 21 años ya había compuesto tres poemas. Era muy joven, y por eso tenía demasiada ligereza y poca moderación en el lenguaje. En una comida comparó su edad y sus comienzos poéticos con los del gran poeta Virgilio, autor de la epopeya nacional por excelencia, "La Eneida". Lucano, en la inconsciencia de sus pocos años llegó a decir en esa comida: "Et quantum mihi restat ad `Culicem´? "que quiere decir: "¿Y cuánto me falta para llegar a `El Mosquito´?"
Desde muy joven fue llamado por Nerón y entró en su círculo de amistades, e incluso fue nombrado cuestor. Pero no permaneció durante mucho tiempo en el favor del Príncipe. Tal vez Nerón se sentía celoso del talento de un tan joven poeta, ya que él mismo presumía de serlo. En cierta ocasión, mientras recitaba sus poemas delante de Nerón, como a éste no le gustaba el cariz que estaba tomando la poesía, convocó al senado y se marchó. Se trató de una convocatoria irregular, porque lo que quería Nerón era dejar de escuchar a Lucano. A partir de ese momento a Lucano se le desató la lengua y no dejaba de hablar mal del Príncipe, con ocasión o sin ella. En el poema que estaba escribiendo sobre la guerra civil entre César y Pompeyo, llamado "Bellum Pharsalicum" ("La guerra de Farsalia") o simplemente "Bellum civile" ("Guerra civil"), al principio alababa a César, antepasado de Nerón. Pero cuando perdió su favor, se pasó al bando enemigo y comenzó a ensalzar a Pompeyo, clamando por el restablecimiento de la República. Un día estaba en las letrinas públicas, y, ya fuera por necesidad o por gusto, dejó salir del vientre un estruendoso ruido. En voz alta, para que todos lo oyeran recitó un versículo de Nerón, que decía:
Esta cita formaba parte de un poema de Nerón que se cantaba por la ciudad. Todos los presentes huyeron rápidamente para no ser sorprendidos mientras alguien se metía con Nerón. Cuando se dio a conocer "La Farsalia" no es extraño que perdiera el favor del Príncipe, pero también el de sus amigos más poderosos. Por despecho se enroló en la conspiración de Pisón para derrocar a Nerón, y llegó a ser como el abanderado de ella. Se le oía alabar públicamente a quienes tuvieran la valentía de matar al tirano (Nerón). Amenazaba a todo el mundo, hasta tal punto que iba a arrojar la cabeza del César a todo el que pasaba. Sin embargo, cuando la conspiración fue descubierta y abortada, Lucano no mantuvo la misma fortaleza de que había hecho gala de palabra. Confesó con suma facilidad y suplicó, rebajándose hasta el máximo, incluso llegó a implicar a su propia madre entre los cómplices y secuaces de Pisón. Tal vez pensaba que esta manera de actuar surtiría algún efecto delante de un príncipe que había matado a la suya. Lucano recibió la orden de suicidarse. Entonces envió a su padre un escrito para que se hiciera cargo de su poema y corrigiera alguno de sus versos. Antes de que el médico le cortara las venas se dio un espléndido banquete. Después ofreció sus muñecas y se desangró lentamente. Murió muy joven, a los 26 años y dejó su poema "La Farsalia" sin terminar.
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No se conocen bien las fechas de su vida, pero C. Valerius Martialis nació y murió en Bilbilis (un cerro al lado de lo que hoy es Calatayud, provincia de Zaragoza), y vivió entre el 40 y el 104 d. C. Acudió pronto a Roma, donde adquirió el espíritu romano, y, aunque de una provincia, se le puede considerar completamente romano. Es el más genuino representante de la poesía satírica. El "epigrama", al salir de su pluma, cambió de sentido. Si antes se refería a todo poema breve, Marcial lo convirtió en sinónimo de broma mordaz. En los epigramas aparece la sociedad romana en toda su crudeza. Son pocos versos, pero dichos con una gran maestría. Claro que en muchas ocasiones no conocemos el destinatario, pero esos versos nos hacen sentir de la misma manera como se sentiría el aludido por ellos. Esos pobres maestros de escuela, se deberían de sentir muy molestos con Marcial, lo mismo que otros gremios, los abogados, los médicos, los libreros a los que también satiriza. O los presuntuosos y presumidas. Por otra parte tiene también versos de una gran belleza, como aquellos con los que recuerda su pueblo, o los que describen la su Hispania natal. Es consciente de que cultiva una poesía de tono menor, que no es grandilocuente ni retórica. Es natural y directo, vivo y desenvuelto. Su obra palpita, vive. Sabe encontrar las palabras justas para presentar una sensación, ya sea visual, auditiva u olfativa. Sus trazos, al tratar de describir a los personajes, son firmes y sencillos: son caricaturas. Retrata a sus personajes con unos pocos rasgos, pero suficientes y perfectos. El final del epigrama cierra todo él, como en un círculo, perfecto y chocante a la vez. Utiliza muchos y variados procedimientos métricos. Cuando se trata de epigramas de dos versos, los más difíciles porque dice mucho en poco espacio, utiliza el dístico elegíaco, es decir, un hexámetro y un verso elegíaco (mal llamado pentámetro) seguidos, que tienen la siguiente medida.
No podía aguantar a los presuntuosos o a las presumidas. Contra ellos y ellas arremete con sus epigramas. Suelen ser breves, de pocos versos, a lo sumo cuatro, como este que dirige a una muchacha que se llamaba Fabulla, y se creía muy guapa. Lo malo es que, encima, lo decía. En Latín, dice así:
Que quiere decir.
O aquél otro que dirige a un galán presuntuoso:
Que traducido dice:
Un tal Filón, un pobre hombre, pero que quería aparentar, se las daba de importante, porque decía y juraba que nunca había cenado en su casa. Marcial dice.
Aquella muchacha, llamada Paula que se quería casar con Prisco. Por lo visto el tal Prisco era un buen partido; por eso, Marcial alaba el gusto y la sabiduría de la chica al haber elegido al muchacho:
Sin embargo, Prisco no estaba por la labor: no quería de ninguna manera casarse con ella. Marcial también alaba el gusto y la inteligencia del chico:
Los médicos no se quedan libres de las críticas, a veces muy mordaces de Marcial. Seguro que había tenido alguna experiencia desagradable con ellos. Este Símaco era de los peores. Aquel día Marcial nos cuenta que estaba un poco pachucho. En seguida llegó el médico Símaco, pero no vino solo, sino acompañado de toda la caterva de estudiantes que querían aprender del maestro. Le tocaron todas las manos de todos los discípulos, que estaban tan frías como el viento racheado del norte.
Los abogados tampoco se libraban. Aquel ciudadano que contrata a un abogado para que le represente en una denuncia que ha presentado ante los pretores. Su vecino le había robado tres cabras, y por eso le había denunciado. En la vista oral, el juez demanda las pruebas. En ese momento entra en acción el abogado, llamado Póstumo. Con una voz engolada, con unos gestos y aspavientos ridículos, comienza a recordar, ensalzándolas, las hazañas de los antiguos romanos: la batalla de Cannas, la guerra contra Mitridates, los perjurios de los cartagineses, los grandes hombres como Sila, o Mario, o Mucio Escévola. El cliente se queja, y con razón:
Tenía un especial furor por los maestros de escuela. En los bajos de su casa había uno que había instalado allí su escuela. Por lo visto daba muchas voces para que los alumnos estuvieran atentos y aprendieran las enseñanzas. Debía de molestar mucho, por los epítetos con que le honra: criminal, odioso, charlatán. Pero veamos cómo lo dice:
De otra manera más tranquila aboga por las vacaciones escolares. Hay que dejar a los chicos y chicas que descansen. Sobre todo cuando los calores del verano incitan a todos a pasar el tiempo al aire libre. Las vacaciones deben comenzar con el signo de Leo, es decir, al comienzo del mes de julio, y durar hasta octubre También pide a los maestros que dejen descansar a las varas de avellano con que golpeaban en más de una ocasión a los alumnos menos aventajados, haciendo bueno aquello de que la letra con sangre entra:
Termina con un verso antológico:
que quiere decir:
Nos ha quedado constancia de que Marcial era muy aficionado a la buena mesa. No en balde tiene dos libros completos de epigramas breves, donde aparecen una especie de frases, dedicatorias, refranes o definiciones sobre las distintas especialidades romanas, como son la dorada (aurata), la morena (murena), que dicen que se alimentaba de los esclavos que se tiraban a su vivero, el mulsum, que era vino mezclado con agua y miel, y que necesitaba de todo un arte para hacerlo bien, y, sobre todo, del garum, salsa nacional, y objeto de predilección de todos los romanos, que hasta la utilizaban como moneda de cambio. Tenían viveros de doradas, ya que era un pescado muy apreciado. Dice Marcial:
Hacer y mezclar bien el mulsum era complicado, no servía cualquiera ni la miel de cualquier sitio. Por ejemplo, la miel de la zona de Ática, donde está Atenas, no es buena, porque estropea el vino de Falerno. Este vino sólo lo puede mezclar el copero de los dioses, Ganimedes:
Al “garum” dedica más de un verso:
Y en otro lugar dice:
No puede dejar de pensar en su tierra natal, y, cuando está excesivamente cansado de la urbe, se convierte en campesino. En el epigrama 18 de su libro XII nos hace una descripción de la vida campestre, por contraposición de la que ha llevado en Roma durante muchos años. Se lo escribe a Juvenal, otro poeta satírico. Se supone que le daría envidia. La diferencia de vida en uno y otro lugar es clara: en Roma se va de un lugar a otro sudando y cansándose para poder encontrar el sustento cotidiano, hay que llamar a muchas puertas y recorrer prácticamente toda la ciudad. Hay que ir bien vestido para presentarse a los que tienen dinero y te pueden ayudar. Sin embargo, aquí no se conoce la toga, sino que bastan unas ropas pobres, porque todos van igual. En el campo, todo está al alcance de la mano, todo se puede coger, no se cansa uno, y con la tranquilidad del lugar se puede dormir hasta tarde: de esa manera se resarce uno de todas las noches que se ha quedado sin dormir en Roma.
La visión de España que tiene Marcial es un panorama idílico. ¡Cómo disfruta Marcial cuando viene a su tierra! Es lo mejor del mundo. En uno de los primeros epigramas, del libro I, escribe a un tal Liciniano cómo es su Hispania y los goces que se pueden tener si se sabe disfrutar con ello. Los de la ciudad no lo saben y por eso se pelean por tener fama. No saben lo que es bueno. No hace falta todo eso para gozar. Hay placeres de los que se puede disfrutar en Hispania. Parece una especie de guía turística de las de nuestros días, alabando los placeres de la tranquilidad, del campo, de la vida en contacto con la naturaleza y con la gente sencilla.
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La novela latina es una crónica de la vida diaria, de sus gentes más o menos importantes, con sus gustos, sus trabajos, sus diversiones, sus preocupaciones, su manera de hablar. Antes ya había habido novelas. Me estoy refiriendo a la novela histórica o patriótica. En este género se podría incluir el poema de Virgilio "La Eneida". Al fin y al cabo una epopeya no es otra cosa que una novela, una narración, en prosa o en verso, de las aventuras de los personajes más o menos mitológicos o sobrenaturales que han dado lugar a la sociedad que vive en ese momento. Otra novela, esta vez de hazañas bélicas es la escrita por Lucano sobre la guerra civil entre César y Pompeyo: "La Farsalia". Pero los dos máximos representantes de este género literario, tal y como lo entendemos hoy día son Petronio, con su "Satiricón", y Apuleyo, con sus "Metamorfosis"o "El asno de oro".
Se sabe poco de este Petronio, autor del "Satiricón", y se le suele identificar con un tal "Petronius Arbiter", favorito de Nerón, pero que fue obligado a suicidarse por estar implicado en la conspiración de Pisón, de la misma manera que Séneca. Era un hombre rico y de gustos refinados. Se sentía por encima de la sociedad objeto de sus críticas, y ridiculiza las actividades humanas, las que proceden de un mal uso de la situación personal, sobre todo de la riqueza conseguida de repente, y de las personas que quieren aparentar lo que no son. El retrato de la sociedad que nos descubre es completo: realista, y con un análisis sicológico profundo. La caricatura y la exageración indica un conocimiento exhaustivo de los personajes y de sus ambientes. Hasta en el lenguaje pasa de lo académico a lo vulgar según las necesidades narrativas. Tácito dice de él (`Ann.',XVI, 18):
Su obra, el "Satiricón" se pudo escribir durante la época de Nerón, aunque no hay argumentos decisivos para identificar a este Petronio con el autor del "Satiricón", ni para decidir sin miedo a equivocarse que esta obra sea de esta época. Describe las costumbres disolutas de las calles de Roma, los personajes callejeros, comerciantes, nuevos ricos, libertos, etc. Hace unos años fue llevada a la pantalla por Federico Fellini. En su momento fue una película excesivamente llamativa por sus fuertes escenas y por lo crudo de la narración. El fragmento más extenso que se conserva de la obra de Petronio es la "Coena Trimalchionis" (`La cena del liberto Trimalción'), un liberto muy rico, que ofende con su riqueza. Describe magistralmente la casa y su decoración excesiva; los invitados; los criados y las actividades de cada uno; los distintos platos de que consta la cena, por supuesto carísimos, exóticos y muy elaborados que hacen gala de una gran ostentación. Es una narración en prosa y verso, en la que los personajes hablan según su clase social, y aparece desde el latín académico hasta el latín vulgar ("Tu qui potes loquere, non loquis", en lugar de "tu qui potes loqui non loqueris" (`loquor' es un verbo deponente, que sólo tiene voz pasiva, aunque se traduce por voz activa), pasando por el más familiar. En los fragmentos vistos se puede apreciar lo que decimos.
Era natural del norte de Africa; aunque viajó mucho, tanto por Grecia como por Roma, la mayor parte del tiempo la pasó en Cartago. Consiguió hacerse una reputación de buen orador. No tenía problemas económicos, ya que se casó con una viuda rica, mayor que él. Además de "Metamorfosis" (`El asno de oro') escribió otras obras de tipo filosófico, como "Apología", "Florida", "De Platone et eius dogmate", etc. Como buen novelista, era un gran viajero y muy observador. Era de los que se hacían preguntas sobre las distintas artes que se llevaban durante el siglo II d. C.: ritos orientales, filosofías neoplatónicas, religiones mágicas. De todo esto y de muchas más cosas habla en sus libros filosóficos y con tinte religioso. Su auténtica vocación era la de filósofo y descubridor de los misterios de la vida. Tenía curiosidad, y, sobre todo, un ansia muy natural de encontrar el reposo físico y moral que ofrecían las religiones orientales, y, entre ellas el cristianismo. Era un gran narrador, y cultivó todos los géneros, tanto en prosa como en verso. "El asno de oro" o "Las metamorfosis" es su obra más conocida. Es una novela de aventuras, salpicada por doquier de todas las ideas filosóficas neoplatónicas y místicas corrientes en su época. Escribe con, tal vez, excesivo realismo las situaciones por donde va pasando el protagonista. Un joven, por medio de un ungüento mágico, se ha convertido en asno por equivocación, pues quería convertirse en pájaro. Es de apariencia un asno, pero sus sentimientos y pensamientos siguen siendo humanos. De ahí todos los equívocos, porque puede pensar como humano con todo su sentido crítico, pero no tiene más remdio que soportar a duras penas los trabajos preparados para las bestias de carga. Corre las más variadas aventuras, juntamente con sus respectivos dueños, situaciones llenas de anécdotas y fábulas de las que estaba llena la tradición oral y escrita anterior. Por fin, en una fiesta de Isis, gracias a unos conjuros mágicos y a la superación de unas pruebas, vuelve a ser persona humana. Al final de la novela cuenta su iniciación en los misterios de Isis y Osiris, a cuyo servicio se dedica a partir de ese moemnto, con grandes reflexiones místicas. Tuvo talento de composición y narración, porque parte de la novela lo ha sacado de textos griegos anteriores. Su estilo es propio, demasiado complicado. Está lleno de arcaísmos, antítesis, juegos de palabras. Elige palabras y expresiones poco usuales. Es uno de los representantes de la literatura latina en el norte de África
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