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6.- EL IMPERIO |
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Cuando se lee la vida de las grandes personas que han existido a lo largo de los siglos y que han influido decisivamente en la marcha de la sociedad, se encuentra uno siempre con uno o varios capítulos chocantes. Los grandes hombres han tenido grandes virtudes, pero también pequeños o grandes defectos, para que no olviden su condición humana, y que realzan, si cabe, sus cualidades. Augusto, primer Emperador de los Romanos, el instaurador en todo el imperio de la paz, de las costumbres romanas; el instigador y protector de grandes obras del arte y de la literatura; el diseñador del modelo del imperio y el ejemplo para los emperadores que vinieron después de él, era supersticioso. Tenía un miedo incontrolable a lo desconocido, a lo que no comprendía, al azar y a las situaciones que producían ciertos encuentros casuales. Para remediar todo lo que él creía malo y fatal tomaba unas precauciones que a nosotros nos parecen totalmente pueriles. No podía soportar los truenos ni los relámpagos. Era un miedo totalmente insensato. Pero sabía cómo conjurarlo, según él decía. Para ello, por si le pillaba en descampado, llevaba siempre en su equipaje la piel de una vaca marina. ¿De verdad creía que eso le iba a proteger? Tenía sus consejeros meteorólogos que le advertían de la proximidad de las tormentas. No podía evitarlo: se escondía en un pasadizo subterráneo, una galería abovedada que había mandado construir para ello bajo su palacio. ¿De dónde le venían tan absurdos temores? Porque era un miedo irracional. Parece ser que había influido en su subconsciente una experiencia que le había ocurrido en su juventud durante una tormenta. En unas correrías nocturnas un rayo había caído muy cerca de él. No le hizo ningún daño, pero le dejó totalmente traspuesto. En adelante no podía controlar sus emociones y sentimiento en presencia de una tormenta. Tenía una confianza ciega en los sueños, tanto en los que él tenía como en los que tenían los otros, siempre que apareciera él en ellos. Los sueños que tenía por la primavera eran espantosos y muy frecuentes, pero no tenían efectos ni favorables ni perniciosos. Pero si se referían a él, les hacía caso. En cierta ocasión, durante la batalla de Filippos, durante la guerra civil que enfrentó Marco Antonio y Augusto contra los asesinos de César, Augusto se encontraba indispuesto y decidió quedarse en su tienda descansando. Fue a visitarlo un amigo suyo, y le contó un sueño que había tenido referente a él. Cuando escuchó aquel sueño del amigo, cambió la decisión que había tomado y salió de la tienda para unirse al ejército. ¡Menos mal que lo hizo! Porque los enemigos hicieron una incursión en su campamento, arrasaron su tienda y acribillaron su lecho creyendo que estaba acostado en él. También tenía muy en cuenta diferentes hechos, que, según él, indicaban buena o mala suerte. Por ejemplo, era presagio seguro de mala suerte, si por la mañana, al levantarse, se equivocaba y se ponía el zapato derecho en el pie izquierdo o viceversa. Al hacer viajes largos y salir de mañana, tenía muy en cuenta si había caído rocío, porque eso quería decir que el viaje iba a ser próspero, y el regreso, pronto y feliz. Delante de su casa, en los instersticios de las piedras del patio, creció una palmera. Lo tomó como buen presagio y se apresuró a trasplantarla al patio de los dioses Penates de Roma. Nosotros tenemos un refrán: "En martes, ni te cases ni te embarques". Pues Augusto nunca salía de camino ni de viaje el día siguiente al que había habido mercado en Roma. Tampoco comenzaba ningún negocio importante o tomaba decisiones el día de las Nonas. No están tan lejos de nosotros los romanos y los grandes personajes de la antigüedad.
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Después del asesinato del dictador Julio César el día de los Idus de marzo (15 de marzo) del año 44 a. C. (709 a.V.c.) hubo en Roma un período de inestabilidad política y social que se saldó con dos guerras civiles (la primera entre los asesinos de César y Marco Antonio, con la victoria de éste en la batalla de Filipos el año 42 a. C. La segunda, entre Octavio Augusto por un lado y Marco Antonio y Cleopatra por otro el año 26 a. C., en la que el vencedor fue Octavio en la batalla naval de Actium). Además asistimos a la desaparición definitiva de la República Romana, sustituida por un gobierno personal, iniciado por César, pero establecido de una manera institucional por Octavio Augusto, con el que comenzó un período llamado el Principado, y que podríamos considerar como monarquía absoluta. No era monarquía sucesoria, pero, en la práctica, cada príncipe nombraba un heredero, bien fuera su hijo legítimo o adoptado, que para el caso era lo mismo. La vida de la familia de Augusto y sus sucesores está llena de intrigas, asesinatos, destierros, etc. Hubo matrimonios, adulterios, divorcios, nuevos matrimonios, incestos, traiciones; de tal forma que es muy difícil seguir el árbol genealógico de cada uno de ellos. Todos los emperadores de la familia Julio-Claudia murieron de muerte violenta: Augusto, envenenado por Livia, su esposa; Tiberio, asfixiado por su sobrino Calígula; Calígula, decapitado por los soldados; Claudio, envenenado por su esposa Agripina; Nerón, decapitado. A la muerte de Calígula, el pariente más cercano era Claudio, su tío, que estaba casado con Mesalina. Con ella, a poco de comenzar su mandato, tuvo un hijo, Británico. Los rumores que corrieron y corren sobre la reputación y la falta de honestidad de Mesalina son muy tenues con respecto a la realidad, porque la buena señora debió de ser algo excepcional, incluso para aquella época en que la moralidad pública y privada andaba por los suelos. Por esto no es extraño que su marido, el emperador Claudio, la mandara ejecutar. Aunque Claudio era mayor, no pudo aguantar los encantos y seducciones de su sobrina Agripina (otros la llaman Agripinila para diferenciarla de su madre, cuñada de Claudio, que también se llamaba Agripina). Esta Agripina o Agripinila, tenía un hijo de su anterior matrimonio con Gneo Domicio, que se llamaba Lucio Domicio, pero que se le conoce más con su sobrenombre de Nerón. Todo el interés de Agripina era el que su hijo sucediera a Claudio en el trono imperial de Roma. Por eso trató por todos los medios de atraer la voluntad de Claudio para casarse con él, cosa que consiguió. También logró que el emperador adoptase a Nerón como hijo propio. La salud de Claudio no había sido nunca robusta, pero al final de su vida, debido a su glotonería y, sobre todo a su desmedida afición al vino, estaba muy debilitada. Cuando Claudio quiso que su hijo, Británico, tomase la toga viril, es decir, que fuera declarado mayor de edad aunque apenas tenía 14 años, Agripina vio cómo las ilusiones de ver a su hijo Nerón emperador de Roma se difuminaban como el humo. Por eso, antes de que ocurriera, resolvió acabar de una vez con la vida de Claudio. Decidió que la mejor manera era utilizar el veneno, ya que podía aprovechar la afición de Claudio a la comida y a la bebida. Sin embargo, precisamente por esto, no estaba muy decidida sobre el veneno que podría emplear, ya que si actuaba demasiado rápidamente se podría sospechar de ella, mientras que si era lento, podría dar tiempo a Claudio a llevar a efecto los planes que tenía para Británico. Por eso pidió ayuda a Locusta, una especie de profesional del envenenamiento, que ya había tenido problemas con la justicia, precisamente por el desempeño de su profesión. Pensaron que lo mejor era envenenar un plato de setas, que a Claudio le gustaban mucho, y, sobre todo, poner más veneno en la seta más hermosa. Agripina comería también de aquel plato, pero no la parte envenenada, lo mismo que el catador oficial, Haloto. Dice Tácito que todas estas maniobras fueron conocidas en su tiempo y se divulgaron con pelos y señales. Parece ser que el veneno no producía en Claudio el efecto deseado con la rapidez prevista, tal vez debido a la abundancia de la comida, y, sobre todo, de la bebida. Además tuvo una como diarrea, que lo alivió un tanto. Agripina se preocupó mucho, pero no podía dejar a medias el trabajo comenzado, y por eso pidió ayuda a un tal Jenofonte, el médico de la casa. Éste trató de hacerle vomitar la comida como medio para curar la indigestión por el procedimiento habitual, que era tocar la úvula (la campanilla del fondo de la garganta) con una pluma. Pero la pluma estaba también impregnada de veneno, y, esta vez sí, muy activo, de forma que, a poco que tragó, Claudio murió. Se mantuvo en secreto la muerte del Emperador hasta tanto Agripina no arreglase el asunto de la sucesión al trono para su hijo. Incluso se llevaron a la habitación de Claudio mimos y comediantes como para animarle en lo que decían que era su enfermedad. Agripina actuó con rapidez y quitó de en medio a todos sus oponentes, hermanos de Claudio, y convocó al Senado para que nombrara Príncipe a su hijo Nerón. Dice Séneca, que no le tenía simpatía, que las últimas palabras que se oyó pronunciar a Claudio inmediatamente después de un tremendo ruido en la parte de su cuerpo por la que siempre habló con más facilidad, fueron:
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En la película "Quo vadis?" que trata del primitivo cristianismo y sus relaciones con el poder político de la Roma del siglo I de nuestra era, cuyo representante era el emperador Nerón, se narra el incendio de Roma, ocurrido el día decimocuarto de las Kalendas de Agosto del año 777 a.V.c. (19 de julio del año 64 d. C.) Nerón tenía aires de grandeza, y quería hacer de Roma una ciudad maravillosa, llena de construcciones nobles, con mármoles y metales preciosos. Incluso ya había encargado la maqueta de cómo iba a ser. Para ello le estorbaban muchos de los edificios romanos construidos sin ningún plan de urbanismo y con materiales poco nobles, que daban a la ciudad un aspecto miserable, sucio e insalubre. La solución fue incendiar la ciudad y dio la orden para que así se hiciera mientras él estaba en Ancio pasando el verano. Esta es la versión de la película. Otros dicen que mandó incendiar la ciudad para recibir emociones fuertes y poder componer unos versos y una música maravillosos, ya que se creía un gran actor y un gran poeta. Esta versión se hizo popular: hasta un romance español del siglo XVI trata de este tema:
Sin embargo, la versión más verosímil es la que dice que el incendio comenzó por un desgraciado azar. Ya había habido otros muchos incendios en Roma y no vamos a pensar que todos habían sido intencionados. Las casas de vecindad eran de madera y estaban muy amontonadas, de manera que apenas dejaban pasar el sol a las calles. La gente humilde vivía amontonada en unos pocos metros cuadrados donde tenían que apañárselas para caber todos los de la familia. Necesitaban hacer fuego para la comida y para tener luz. Un descuido sería suficiente, y el viento fuerte que soplaba por aquellos días hizo el resto. El echar la culpa a los cristianos es puramente episódico. Había que buscar culpables y pareció oportuno señalar a los cristianos, hombres que practicaban una religión que ponía en evidencia la gran podredumbre moral que existía en Roma, tanto a nivel público como privado. No se metían con nadie, pero tanto con su doctrina como con su vida estaban denunciando la vida y las costumbres romanas. Comenzó, como hemos dicho el 19 de julio del año 64 d. C. en las tiendas y almacenes que había en el ala sur del Circo Máximo. En aquella zona se encontraban almacenadas mercancías muy inflamables, y unido al fuerte viento, consiguió una propagación muy rápida. Además la disposición urbana de Roma no era la más adecuada para la no propagación de las llamas, ya que el viento se encajonaba, se enfilaba y cambiaba de dirección, de manera que muchos se encontraron rodeados en un momento. Incluso quienes se creían a salvo vieron cómo el fuego se les acercaba peligrosamente. Podemos imaginar el caos que presentarían aquellas callejuelas estrechas, llenas de gente asustada, mujeres y niños que chillaban, viejos que no se podían mover y que entorpecían las labores de extinción; las casas desplomándose sobre la multitud que no tenía salida; los traficantes con las desgracias ajenas; los que se dedicaban al pillaje; los que vengaban injurias personales, tomando la justicia por su mano; y los que no dejaban apagar el fuego, porque, según decían, tenían instrucciones de que se consumiera la mayor parte de Roma e, incluso, lanzaban teas encendidas donde parecía que no había llamas. El incendio comenzó en la parte baja de la ciudad, luego subió por las colinas del Celio y del Palatino, y volvió de nuevo a adueñarse de los lugares bajos, hasta del populoso barrio de la Suburra. Al mismo tiempo que los barrios de Roma, desaparecieron monumentos importantes de la historia y de la religión romana. Muchos templos y palacios hermosos y muy antiguos que se habían construido en tiempos de los reyes fueron pasto de las llamas. No digamos nada de la multitud de estatuas, cuadros, obras de arte griego y romano que pudieron desaparecer por obra del fuego. Hubo quienes hicieron notar que este incendio ocurrió el mismo día en que cinco siglos antes, Roma había sido incendiada por los Galos Senones. A los seis días, cuando el fuego había consumido todo lo que había y llegó a los cortafuegos practicados, se fue apagando poco a poco, favorecido por la calma del viento, que ya no reavivaba las llamas. Nerón, en cuanto se enteró, volvió corriendo a Roma para tomar decisiones de emergencia. Dos tercios de la ciudad estaban derruidos y había mucha gente que no tenía adónde acudir porque lo había perdido todo. Nerón abrió para la plebe el Campo de Marte, los monumentos de Agripa e incluso sus propios jardines, e instaló unos cobertizos donde pudieran acomodarse todos los que no tuvieran casa. Redujo el precio del trigo todo lo que pudo y visitó todas las instalaciones, preocupándose por el estado de las personas y los barrios de Roma. Sin embargo, la gente no le miraba bien, debido, sin duda, al rumor del supuesto espectáculo que había dado cantando al son de la lira. Después del incendio Nerón pudo reconstruir Roma teniendo en cuenta normas urbanísticas y de prevención de incendios, ya que éstos habían sido muy frecuentes en Roma. Con los escombros rellenó los pantanos que rodeaban la ciudad, y así ganó en salubridad. Prohibió las construcciones demasiado altas exclusivamente de madera y ensanchó las calles. Esta última medida no fue muy popular, ya que ahora, decían, en verano, apenas había sombra. Confiscó toda el agua de que las personas privadas se habían apoderado, de manera que pudiera correr más abundante y por más lugares, y puso guardianes para protegerla. También aprovechó para construirse un palacio en el lugar llamado "Horti Salustiani". El palacio, de mármoles y dorados, brillaba como el oro, y por eso la denominaron la "Domus Aurea", o sea, la "Casa de oro". Como se había divulgado que los causantes del incendio habían sido los cristianos, hubo que hacer un escarmiento a su costa. Se difundieron noticias de ritos asombrosos y atroces, se dijo que era una secta que conspiraba contra los dioses de Roma y el poder legítimamente establecido. Se hicieron múltiples redadas con el fin de que ninguno de los cristianos se pudiera escapar. Ya no se les acusaba tanto de haber provocado el incendio cuanto de crímenes políticos y religiosos, todavía más graves a ojos de cualquier romano. Parecía normal que se les diera tormento y que se los crucificara como a criminales. Pero además se añadieron burlas y crueldades inauditas. Para celebrar la inauguración de la "Domus aurea" y de sus jardines usaron como antorchas a los cristianos, a los que habían crucificado y colocado en filas a lo largo de los paseos y avenidas. Cuando oscureció se les cubrió con pez y se les prendió fuego. Tampoco fue vista esta crueldad gratuita con buenos ojos. Bien estaba que se les castigase, incluso con la muerte; pero añadir burla y crueldad parecía demasiado.
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Durante el primer siglo de nuestra era, la manera más fácil de vengar agravios públicos o personales, era quitar de en medio al que había cometido la ofensa. En todas las épocas han surgido personas, seres de mente estrecha que se han creído superiores a los demás, o a los que por adulación de otros más inteligentes, se lo han hecho creer. Son los salvadores de la patria, porque el que está al frente de sus destinos no es ni la mitad de bueno que ellos. No es extraño que durante el gobierno de los primeros emperadores de Roma hayan abundado las conspiraciones contra ellos. Muchas, las más, eran descubiertas a tiempo y sus instigadores castigados: si eran nobles, se les invitaba al suicidio; si eran libertos o esclavos se les ajusticiaba después de haberlos sometido a tormento para que declarasen hasta los cómplices más alejados. Algunas conspiraciones tuvieron éxito, como se ve en el hecho de que todos los emperadores de la familia Julio-Claudia murieron de muerte violenta. Se da la circunstancia de que en algunos casos los conspiradores eran miembros de la misma familia, como en el caso de Augusto o de Claudio, que eran sus esposas las que pretendieron asesinarlos y lo consiguieron. Después del incendio de Roma, la gente estaba muy descontenta con Nerón, porque no les había gustado el rumor que se había corrido por toda la ciudad, de que mientras las llamas devoraban Roma, él había estado recitando versos. A otros les disgustaba que hiciera de actor en los juegos públicos, porque, decían, rebajaba la categoría del emperador. Séneca, cordobés de nacimiento, había sido el preceptor de Nerón durante los primeros años de su vida, y, luego, ministro de su gobierno. Cuando vio que las cosas se ponían feas para Nerón, Séneca le pidió que le permitiera retirarse de la vida pública para vivir como una persona privada. Tenía una considerable fortuna personal y podría vivir cómodamente el tiempo que le quedara de vida. Nerón se lo negó una y otra vez. Séneca llegó a estar a disgusto en compañía del príncipe al que veía cometer unas acciones que no aprobaba en absoluto. Por eso no miró con malos ojos la conspiración que se fraguaba para matar a Nerón, cuyo cabecilla era Pisón, de familia noble, y que aspiraba a ser el sustituto del príncipe. Esta conspiración fue mantenida en secreto durante más de un año, porque los conjurados no se atrevían contra la majestad del emperador. Tenían, como todos los romanos, un gran respeto por el César. ¿Estaba Séneca metido en esta conspiración? Hay quien dice que Pisón no era otra cosa que un hombre de paja y, que, una vez que se hubiera dado muerte al príncipe, se quitaría a Pisón para poner a Séneca. Pero esto no se ha podido probar. Precisamente, por ese respeto de los Romanos hacia su emperador, la conspiración fue descubierta y delatada por un liberto de Escevino, que había sido el designado para dar el primer golpe. Aunque Tigelino, el jefe de la guardia pretoriana, había puesto junto a Escevino a su hombre de confianza, Natalis, para conocer todo el proceso, Escevino, al ser amenazado con el tormento, cantó de plano, nombró a Pisón como cabecilla de la conspiración e incriminó a Séneca además de a otros cómplices. Escevino dio más nombres, de forma que se descubrió toda la trama. Nerón, entonces, mandó a Pisón la orden de suicidarse, cosa que hizo cortándose las venas. Los demás conspiradores fueron muriendo, unos por suicidio, otros por ejecución. Nerón creyó completamente que Séneca estaba metido en el asunto, y por eso le dio la orden de que se suicidase. Séneca había practicado una filosofía procedente de Grecia, llamada estoicismo, por la que se pretendía llegar a vencer todas las pasiones y someterlas al mandato de la inteligencia y voluntad. Así que sin manifestar ninguna emoción, pidió que se le dejase modificar su testamento. No se le permitieron, y, entonces, dijo a los que estaban con él:
A continuación se dirigió a su joven y bella esposa, Paulina, para consolarla, pero ella no estaba dispuesta a abandonarle y quería morir con él. Séneca accedió, porque lo consideraba un acto lleno de gloria y amor para con él. Los dos se abrieron las venas de las muñecas. Séneca era ya una persona mayor y la sangre no fluía con la rapidez necesaria; por eso se hizo abrir también las de las piernas. El dolor era insoportable y para no flaquear al ver el dolor de su esposa, y que ella a su vez no lo hiciera, la pidió que se fuera a otra habitación. Allí le restañaron las heridas y la curaron. Nerón no tenía nada contra Paulina, y hubiera parecido una crueldad innecesaria. Séneca, a pesar de todo, no acababa de morir, y mandó a Estacio Anneo, su amigo íntimo, que le suministrara un veneno para terminar de una vez. Le dio cicuta, pero no le hizo efecto, por causa de su debilidad. Mandó entonces que se le metiera en un baño tibio. En seguida se llenó de sangre. Roció a los presentes con esta agua sanguinolenta mientras invocaba a Júpiter. Los vapores del agua terminaron por asfixiarle. No se le hizo ningún funeral ni ninguna honra fúnebre. Según su propia voluntad, se le incineró y sus cenizas fueron esparcidas.
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