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3.- LOS CARTAGINESES |
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El año 550 a. C. los Cartagineses pusieron guarniciones en el litoral español para ayudar a los Fenicios contra los Tartesios. No se contentaron con esto, y sometieron a los Iberos, apoderándose de la costa Mediterránea. Llegaron hasta Cádiz y expulsaron a los Fenicios (501 a. C.) Los Iberos eran habituales mercenarios en los ejércitos cartagineses, y así lucharon en Sicilia (480 a. C.), en la guerra contra Selinonte (410 a. C.), y en otras guerras contra los territorios más meridionales de Italia y Sicilia. Los honderos baleares se distinguieron en la guerra contra Agatocles y en la batalla de Himera (350? a. C.) en la que salvaron con su valor al ejército Cartaginés. El año 248 a. C., los Cartagineses hicieron el primer tratado con los Romanos, en el que se ponía un cierto freno a la ocupación cartaginesa en la Península Ibérica. Durante la primera guerra Púnica que enfrentó a Romanos y Cartagineses (264 - 241 a. C.), los Iberos participaron en el ejército cartaginés. Al perder la guerra, los Cartagineses perdieron también sus posesiones en Iberia como indemnización por la pérdida de Sicilia en favor de Roma. Más tarde, Amílcar Barca tuvo que conquistarlas de nuevo. Amílcar sometió a muchos pueblos del sur y del este peninsular, y se encontró con la resistencia de los Iberos, que, con sus jefes Istolacio e Indortes, le plantaron cara. Los Iberos fueron castigados con dureza y sus jefes, crucificados. Sin embargo Amílcar se atrajo a los Iberos y logró su alianza. Los Romanos sospecharon que esta alianza iba a servir para rearmar a los Cartagineses contra Roma, y el año 231 a. C., enviaron una embajada para enterarse de las maniobras de Amílcar, y para recordarle sus obligaciones resultantes de haber perdido la guerra. El año 229 a. C., Amílcar pereció en la lucha que mantuvo contra los Orisos, cuyo jefe, Orisón, con la estratagema de los toros con haces ardiendo en sus cuernos, hizo huir a los Cartagineses. A Amílcar le sucedió Asdrúbal, y, después de vengarle, siguió una política de acercamiento y de expansión territorial. Sus dominios por el interior de la Península llegaban cerca del río Ebro. Los Romanos, preocupados por esta expansión, enviaron otra embajada el año 226 a. C., en la que aceptaban que los Cartagineses ocuparan los territorios al sur de dicho río, con tal que no lo atravesaran con intenciones guerreras. El dominio cartaginés se extendió por todo el litoral mediterráneo hasta la desembocadura del Ebro, y, entre las fundaciones más importantes se cuenta Carthago Nova (Cartagena). Asdrúbal fue asesinado el año 221 a. C., y el ejército proclamó a Aníbal, que sólo tenía 25 años, general en jefe. Aníbal sometió a todos los pueblos de la Península, incluso a los Helmánticos de Salamanca, con lo que al sur del Ebro, sólo quedaba por someter Sagunto. En esta ciudad había un partido pro-romano y otro pro-cartaginés. Aníbal había pensado apoderarse de la ciudad, ya que estaba dentro de su zona de influencia. La ciudad, por otra parte, había pedido ayuda a los Romanos. Los Cartagineses querían apoderarse de la ciudad aprovechando las disensiones entre los Saguntinos y los Turboletas, alentadas por Aníbal. Los Saguntinos eligieron a los Romanos como árbitros, que advirtieron a Aníbal que no se metiera en los asuntos de Sagunto. Esta injerencia de Roma hizo que Aníbal solicitase permiso a Cartago para atacar la ciudad, lo que hizo en el año 219 a. C. Roma no envió auxilio, y los Saguntinos solicitaron la paz. Las condiciones eran tan duras que los Saguntinos no las aceptaron. Los sitiadores atacaron y lograron, después de ocho meses de asedio, apoderarse de la ciudad. Los Saguntinos se defendieron con gran valentía.
Tras este incidente (la guerra de Sagunto), estalló la 2ª Guerra Púnica entre los Romanos y los Cartagineses. Aníbal quiso llevar la guerra a Italia (218 a.C.). En las filas cartaginesas había soldados Iberos y honderos Baleares. Mientras Aníbal estaba en Italia, Asdrúbal, su hermano, quedó en Hispania, y aquí enviaron los Romanos a Publio Escipión (218 a.C.), pero fue dispersado por Asdrúbal en un primer encuentro. El año 217 a.C. los Romanos lograron vencer a Asdrúbal, y Escipión acampó cerca de Sagunto. En los años siguientes continuaron las hostilidades entre Romanos y Cartagineses, que no fueron ajenas a los acontecimientos que se estaban desarrollando en Iatlia. Escipión aprovechó la enemistad entre Cartagineses e Iberos para atraerse a éstos a su órbita de influencia, y atacó Cartagena (209 a.C.) y se apoderó de ella. derrotó a los restos de los Cartagineses y siguió avanzando por el interior, anexionando territorios. En esta época fue fundada Itálica, cerca de Sevilla, colonia romana de veteranos. Según Apiano,
Escipión, una vez vencidos los Cartagineses, tuvo que enfrentarse a las rebeliones de los Iberos, que, acaudillados por Indíbil y Mandonio, se enfrentaban a unos libertadores, que, en su afán de conquistar, habían sustituido a los cartagineses. También en la batalla de Zama que puso fin a la 2ª Guerra Púnica, lucharon soldados Iberos y honderos Baleares, pereciendo casi todos (201 a.C.) Con estos episodios da comienzo la influencia militar, política, cultural y lingüística de Roma en la Península Ibérica.
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Aníbal fue enviado a Hispania para que aprendiera el arte militar junto a su cuñado Asdrúbal. Éste había sucedido al padre de Aníbal, Amílcar Barca, que había restablecido el dominio militar de los Cartagineses en Hispania después de que los Romanos les hubieran derrotado en la Primera Guerra Púnica. Amílcar había hecho un tratado con los Romanos: el río Ebro iba a ser la frontera del dominio de los dos pueblos en Hispania. El norte del Ebro quedaría bajo influencia romana y el sur, cartaginesa. Aníbal es la figura de los Cartagineses en la Segunda Guerra Púnica, que los enfrentó a los Romanos. Según Cornelio Nepote, historiador romano, no ha habido otro general como Aníbal. Siempre que se enfrentó a los Romanos salió vencedor. Fue necesario que le traicionaran sus compatriotas para poder acabar con él. Siempre se distinguió por su odio a los Romanos: era como si lo hubiera mamado. Estaba dispuesto a morir antes que dejar de odiar a los Romanos. Tito Livio hace un espléndido retrato de Aníbal. En cuanto llegó a Hispania se metió a todo el ejército en un puño, tanto a los generales como a los soldados. Todos creían que había vuelto Amílcar, su padre, pues era su vivo retrato, tanto en lo físico como en lo moral: tenía la misma viveza en el rostro y la misma energía en los ojos. Pero en muy poco tiempo consiguió que se olvidaran de que se parecía a su padre y que le estimaran por él mismo. Tuvo una habilidad especial en conciliar dos actividades muy diferentes, como son obedecer y mandar. Por eso no se sabría decir si tenía mejor prensa entre los mandos o entre los soldados: Asdrúbal no quería poner a otro al frente de los destacamentos o patrullas cuando había que llevar a cabo una acción particularmente difícil o arriesgada; ni los soldados querían otro jefe diferente: con él iban más confiados y tenían más valentía. Pues en el momento de arrostrar un peligro, allí iba el primero; pero no lo hacía sin prudencia ni serenidad. Tenía una resistencia fuera de lo común: parecía sobrehumano, porque no se cansaba nunca y su espíritu tenía el ánimo del vencedor. Soportaba de la misma forma el calor que l frío. Sólo comía y bebía cuando tenía necesidad, no por gula o placer. Para dormir, le daba lo mismo el día que la noche: sólo dedicaba al descanso el tiempo que le sobraba después de llevar a cabo las misiones que le habían encomendado. Y cuando se echaba a descansar no le molestaban ni los ruidos ni la dureza del suelo. En muchas ocasiones le vieron tumbado en el suelo cubierto sólo con su capa en medio de los puestos de guardia, en las avanzadillas. No destacaba sobre los demás en cuanto a su atuendo: sólo en sus armas y en su caballo, que los cuidaba con esmero, y por eso parecían mejores. Era con mucho el primero y el mejor, tanto de los soldados de infantería como de los de caballería. Iba el primero al combate y era el último en dejarlo cuando había terminado. Sin embargo entre tantas virtudes aparecían también enormes vicios: tenía una crueldad inhumana, una doblez y una perfidia por encima de lo que es propio a los Cartagineses. (Hay que tener en cuenta que Tito Livio era romano y tenían a los Cartagineses como el modelo de la traición y del desprecio a la palabra dada. Pues Aníbal cumplía todo esto, pero en demasía). No tenía ningún respeto por la verdad ni por lo sagrado, ni ningún miedo a los dioses; no se sentía ligado por ningún juramento ni a ninguna religión. Con todo este bagaje de virtudes y vicios hizo méritos durante tres años bajo el mando de Asdrúbal y no pasó por alto cualquier cosa que le capacitase para ser un gran general en el futuro.
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Los Cartagineses pusieron sitio a Sagunto. Aunque era una ciudad que estaba al sur del río Ebro, y, por tanto, bajo la influencia cartaginesa, los Romanos habían hecho un tratado preferencial con ella. Por eso, los Cartagineses la sitiaron. Entonces los Saguntinos pidieron ayuda a Roma. Allí deliberaron sobre ello y no llegaron a ninguna conclusión. Mientras tanto en Sagunto se luchaba con extremada violencia. Era una ciudad estratégica al sur del río Ebro, cerca del mar. Tenía muchos habitantes y mucha riqueza, porque los Saguntinos vivían con arreglo a unos principios sociales que mantuvieron aun a costa de su destrucción. Aníbal primero arrasó los campos de alrededor, y después atacó la ciudad por tres sitios a la vez. Sagunto tenía las defensas organizadas de forma que por la parte por la que se preveía el ataque, estaba más protegida y allí habían construido una torre. Además en esa zona la juventud se oponía con más fuerza al ataque de los Cartagineses. Incluso hacía salidas de vez en cuando sin orden ni concierto que desorientaban a los Cartagineses. En una de estas salidas el mismo Aníbal fue herido en un muslo por un venablo, y los Cartagineses, al ver herido a su jefe, casi se retiraron del todo, abandonando las obras de asedio. Al principio la pelea estuvo indecisa. Los Saguntinos mantenían su esperanza, mientras que los Cartagineses ya se consideraban vencidos porque no vencían con la facilidad con la que habían pensado hacerlo. Los sitiados hacían salidas inesperadas que obligaban a los sitiadores a emprender la huida. La guerra continuaba con distintas alternativas, pero pronto se vio que los defensores tenían las de perder por muy valientemente que se portaran. La maquinaria de guerra cartaginesa, además de la gran cantidad de sitiadores fue poco a poco acabando con las fuerzas y los soldados de los defensores. La guerra se reinició con más violencia, ya que Aníbal puso en acción toda la maquinaria al mismo tiempo: el ejército de infantería, las galerías y minas, los arietes. Se dice que había 150.000 hombres. Los defensores se multiplicaban pero no daban abasto para detener a los asaltantes. Ya la ciudad estaba casi en ruinas y los Cartagineses creían que ya estaba conquistada; pero en ese momento los Saguntinos lanzaron un ataque a la desesperada, como el que se suele tener cuando alguien defiende sus últimos reductos: casa por casa y calle por calle. No había espacio para un ejército organizado. De esta forma los Saguntinos aguantaban y echaban de la ciudad a los Cartagineses, lo que producía desesperación en ellos, mientras que los defensores cobraban nuevas esperanzas. Los Cartagineses estaban convencidos de que si se esforzaban un poco conseguirían apoderarse de la ciudad, pero los Saguntinos oponían una resistencia desusada: no podían retirarse, y reponían las murallas con los cuerpos de los caídos. Luchaban cuerpo a cuerpo, tan cerca unos de otros que apenas podían usar las armas. Los Saguntinos todavía usaron un procedimiento que les dio cierto respiro. Usaban una especie de lanza, la "falarica", que era de madera, con la punta de hierro. A ésta la cubrían con estopa mezclada con pez, lo que la hacía inflamable, y la prendían fuego. El hierro de esta lanza tenía tres pies de largo, para que pudiera atravesar fácilmente el cuerpo del enemigo, pero, aun cuando se quedaba clavada en el escudo, producía el espanto de los Cartagineses, porque, como estaba encendida la estopa, el fuego se propagaba por la madera. El cartaginés, para no quemarse, no tenía otro remedio que despojarse de sus armas y huir desnudo, lo que le hacía más vulnerable a los golpes de los perseguidores. Dos personas se decidieron a tratar las condiciones de paz con Aníbal. Uno era saguntino y se llamaba Alcón. El otro era Alorco, un hispano que tenía cierta amistad con los Cartagineses. Alcón fue a tratar con Aníbal las condiciones de paz sin que lo supieran los Saguntinos. Las condiciones eran draconianas: Los Saguntinos tenían que abandonar la ciudad sólo con lo puesto, dejando tras de sí todo lo que tenían, si es que querían conservar la vida. Alcón pensó que si volvía con esta misiva a los Saguntinos éstos le darían muerte, y por eso se convirtió en desertor y se quedó con Aníbal. Entonces Alorco se ofreció a ser el mensajero de las condiciones de paz. Llegó a Sagunto, y, rodeado por la población, dijo - Vuestro mensajero se ha quedado con Aníbal, y por eso vengo yo a deciros que hay posibilidades de paz y salvación para vosotros. Mientras teníais esperanzas de la ayuda romana yo no quise intervenir; pero ahora no os queda otra solución que poneros en manos de Aníbal. Si no aceptáis va a ser peor, porque el Cartaginés entrará por la fuerza y no dejará títere con cabeza. Si sacáis algo, eso que tenéis; si no, lo perderéis todo. Dice Aníbal que salgáis de la ciudad, que, por otra parte, está casi toda destruida, y que él ya os dirá dónde podéis edificar una nueva. Tenéis que entregarle todo el oro y la plata, tanto lo público como lo particular. No os matará, ni a vosotros ni a vuestras mujeres ni a vuestros hijos, pero tenéis que salir de la ciudad sin armas y, como máximo, con un vestido de recambio. Estas condiciones son duras, pero no os queda otra alternativa. Pienso que esto es mejor que ver cómo vosotros mismos con vuestras mujeres e hijos sois apresados, sometidos a tormento, violados y, por último, matados. La multitud quedó estupefacta. De repente los gobernantes de la ciudad y el senado en pleno trajeron a la plaza todas las riquezas, hicieron un montón y lo prendieron fuego. Luego se echaron ellos mismos a la pira. Ésta fue la respuesta que dieron. En ese momento entró Aníbal con los suyos y cogió desprevenida a la población. Dio la orden de que todos los jóvenes en edad militar fueran pasados a cuchillo. Sin embargo quedaban pocos, porque la mayoría prefirió meterse en sus casas con sus mujeres e hijos y prenderlas fuego; otros se lanzaron contra las tropas enemigas de tal forma que la orden apenas si se pudo cumplir. A pesar de todo los Cartagineses lograron un gran botín, ya que de la venta de lo que pudieron salvar sacaron bastante dinero.
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La familia de los Escipiones es una de las más famosas de Roma. Durante los tres últimos siglos antes de Cristo aparecieron como personas importantes, e, incluso, decisivas, en las circunstancias más graves que atravesó Roma. Un Escipión derrotó a Aníbal en la batalla de Zama, (202 a. C.) batalla con la que puso fin a la Segunda Guerra Púnica, después de haber vencido a los Cartagineses en Hispania, dando así comienzo a la dominación romana en la Península Ibérica. Otro Escipión destruyó Cartago, (146 a. C.) fin de la Tercera Guerra Púnica y fin del imperio cartaginés; el mismo destruyó Numancia, (133 a. C.) símbolo de la resistencia celtíbera en Hispania. Vamos a conocer, pues, un poco mejor al primero de los dos Escipiones citados. Estamos en plena Segunda Guerra Púnica, que enfrentaba a los Romanos contra los Púnicos o Cartagineses, y que se desarrolló entre los años 218 al 202 a. C. Aníbal había atravesado los Alpes por caminos intransitables, y, al llegar a la península Itálica, había vencido a los ejércitos romanos en cuatro ocasiones: Tesino, Trebia, el lago Trasimeno, y Cannas. Esta última batalla supuso la desaparición casi total del ejército romano. Pero Aníbal, en lugar de atacar Roma que estaba indefensa y desguarnecida, prefirió darse un descanso, a sí mismo y a sus tropas. De esta forma dio tiempo a los Romanos a rehacerse. Las cosas estaban mal para Roma. Habían perecido prácticamente todos los generales, y, sobre todo, necesitaban un procónsul que se ocupase de los asuntos de Hispania, donde, en un mes habían sido derrotados y muertos dos importantes generales. Había que elegir con sumo cuidado, porque era una misión peligrosa y trascendental. Contra lo que todos esperaban, no se presentaron candidatos para el cargo. A pesar de todo, el pueblo romano se dirigió al Campo de Marte para votar. Ya habían perdido la esperanza de que se presentase alguien para que pudieran elegirlo, cuando Publio Cornelio, hijo de Publio Cornelio, uno de los generales muertos en Hispania, salió al estrado y dijo que quería presentarse como candidato al puesto. Era muy joven, pues apenas tenía veinticuatro años. Todo el mundo lo vitoreó y aclamó, y creyeron que era un feliz acontecimiento. Por eso, cuando se hizo el recuento de los votos, se vio que había sido elegido por unanimidad. Después de que hubo pasado el primer momento de entusiasmo se hizo un silencio repentino, y en el aire flotaba una pregunta sin que nadie se atreviera a formularla: - ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué hemos actuado con tanta precipitación, dejándonos llevar por la simpatía e inocencia del muchacho, sin pensar en las consecuencias? Lo que más disgustaba a la gente era la poca edad que tenía Publio Cornelio. Algunos, además, se quejaban de la mala suerte que tenía la familia de los Escipiones, pues ya habían muerto dos en Hispania. Cuando los cónsules advirtieron la inquietud que llenaba los corazones, convocaron una reunión del Senado. Allí se presentó el joven Publio Cornelio Escipión. Habló de su edad, del cargo para el que había sido elegido, y lo hizo con tal espíritu, que devolvió a todos la esperanza, una esperanza que ya habían perdido después de las derrotas que habían sufrido contra los Cartagineses. Escipión, en efecto, tenía muchas virtudes, pero tenía algo más: un cierto estilo, ejercitado desde joven, que hacía que esas virtudes tuvieran más valor. Cuando proponía algo al pueblo, daba a entender que los dioses, en visiones nocturnas, se lo habían propuesto a él. Como los Romanos tenían tanto respeto por los oráculos de los dioses, aceptaban las propuestas sin protestar. Eso es lo que él pretendía. Desde que recibió la toga viril, no tomaba ninguna decisión, ni pública ni privada, sin haber ido antes al Capitolio, al templo de Júpiter. Entraba en el templo, se sentaba en medio, y pasaba mucho tiempo en esa postura sin que nadie le molestara. Esta costumbre la conservó durante toda su vida, y por esto se extendió el rumor, que él no se preocupó de desmentir, de que era de estirpe divina. Las habladurías sobre él, unas ciertas, otras exageradas y otras inventadas, hicieron que la admiración por Publio Cornelio Escipión subiese como la espuma. En todo esto se basó la confianza que Roma depositó en él a pesar de sus pocos años y de su inexperiencia. Sin embargo no defraudó las esperanzas de los Romanos: Venció a Asdrúbal cerca de Sagunto (217 a. C.); atacó Cartago Nova (Cartagena) y se apoderó de ella (209 a. C); fundó Itálica, cerca de Hispalis (Sevilla); se enfrentó a los Iberos, cuyos jefes Indíbil y Mandonio, acaudillaban las rebeliones contra los nuevos conquistadores que habían sustituido a los Cartagineses; puso fin a la Segunda Guerra púnica al vencer a Aníbal en su propio país, en la batalla de Zama (202 a. C.).
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