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Sigfrido y su esposa Crimilda partieron para el reino de Niederland, en donde ocuparía el trono que le transmitía su padre el rey Sigmund y también aquel otro ganado por su mano, el de los nibelungos. Sigfrido reinaría con rectitud y prudencia, y su esposa, la reina Crimilda le daba un hijo, al que se le impuso el nombre de Gunther, en recuerdo del noble rey de los burgondos, al tiempo que allí, Brunilda tenía también un varón, al que le fuera dado el nombre de Sigfrido, en homenaje a este héroe. Pero, a pesar de las apariencias no había quedado zanjado el asunto de la boda entre vasallo y princesa. Fue por esta razón por la que Brunilda volvió a insistir en que Sigfrido rindiera vasallaje a su señor y la mejor manera sería hacerle venir a la corte de Worms, con la excusa de un torneo entre caballeros. En mala hora aceptó
el matrimonio la invitación de Gunther, pues la insistente Brunilda,
tan pronto tuvo a su cuñada frente a sí, la hizo saber que
Sigfrido no era más que el vasallo de su marido, pues así
lo había oído ella de boca de Gunther al ser vencida en
Islandia. Crimilda negó el vasallaje y se jactó de que en
la ceremonia religiosa del día siguiente estaría situada
por delante de su cuñada. Y fue cierto, Crimilda entró por
delante de Brunilda en la catedral de Worms, humillándola delante
de toda la corte. A la salida de los oficios, Brunilda exigió pública
rectificación, pero Crimilda se limitó a mostrar aquella
sortija y aquel ceñidor que Sigfrido hubiera arrebatado en la lucha
con la airada dama, indicándola que ella, Brunilda, era la derrotada
por su marido. Más encolerizada que nunca, Brunilda mandó
llamar al rey Gunther para pedir explicación, pues ella creía
firmemente que él era su doble vencedor. Gunther, al conocer la
razón del alboroto, pidió la presencia de Sigfrido, para
cuestionarle si era cierto que se hubiera jactado de su victoria. Sigfrido
estaba ya listo para jurar ante su señor y amigo que nunca él
había presumido de tales actos y aquello bastó para que
Gunther interrumpiera el juramento, recuperada la confianza en quien siempre
había demostrado su fidelidad, siendo culpable de todo lo sucedido
su hermana Crimilda y su vana arrogancia. |
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