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Manuel Antonio Bonilla
Manuel Antonio Bonilla, nació en La Victoria, Valle del Cauca, el 21 de
junio de 1872. En los archivos parroquiales se lee la partida de bautismo. El
siempre se consideró hijo de Cartago, tal vez por aquello de Cervantes que el
buey no es de donde nace sino de donde pace. En efecto, siendo muy joven se
trasladó a Cartago, ciudad donde recibió las primeras enseñanzas, se inició
en la vida literaria, formó su hogar con la señora Sara Ramírez y nacieron
sus primeros hijos.
En 1906, recién pasada la Guerra de los Mil Días, en la
que el joven Bonilla tomó parte como secretario del General José Antonio
Pinto, "Experto en leyes y armas", llegó por primera vez a Ibagué,
ciudad que luego lo adoptaría como hijo, donde residió la mayor parte de su
vida y donde comenzó su larga misión como maestro de juventudes en el
histórico colegio San Simón.
Vivió también varios años en Bogotá, donde
ocupó puestos importantes como los de representante a la Cámara por el Valle,
Magistrado de la Corte de Cuentas, Jefe de impuestos sobre la Renta,
Superintendente de Obras Públicas Nacionales; cargos que alternó con una
intensa actividad periodística en los principales diarios de la capital y con
sus cátedras de Castellano y Literatura en la Escuela Militar de Cadetes, en el
Gimnasio Moderno, el Colegio Aragón; y de Castellano Superior en la Universidad
Javeriana, por algún tiempo. Fue asimismo Director de educación del Tolima y
Diputado a la Asamblea por el mismo departamento.
Cultivó la filología, la
gramática, la poesía, la crítica literaria y el periodismo. Triunfó en
varios certámenes literarios en prosa y verso. En Cali (1905) fue premiada su
composición "En la Rivera" con una flor Lis de plata; en Ibagué
(1910) ganó el primer premio con su "Oda a España"; en Bogotá
(1912) la academia colombiana premió su trabajo "Caro y su obra", que
Bonilla publicó completamente reformado y ampliado en 1943. Ya a los 75 años
de edad (1947) obtuvo el primer premio con su "Ensayo sobre la gramática
de Bello", en concurso abierto por la Academia Venezolana de la lengua.
Sus poesías, épicas y líricas, están dispersas en antologías y en las numerosas
revistas nacionales y extranjeras en las que colaboró. Algunos títulos son:
Oda a España - Canto a la raza - Nocturno épico - Eco de la Epopeya - Balada
del Recuerdo - Balada del Céfiro - Por los cielos del arte - Del camino -
Tierra Sacra - Turris Ebumea - Charitas (Caritas), Aras etc.
Pero quizá Bonilla vale más como escritor. Su estilo es clásico y armonioso.
Sus estudios críticos tienen alto precio por la elevación del pensamiento y el
recto criterio que los informa. Su extenso dominio en los campos de la literatura
y la filología le permite juzgar con juicio acertado obras y autores. Tal se ve
por ejemplo en sus trabajos sobre Caro y Cuervo, Diego Fallan, José Eustasio
Rivera, Carlos Arturo Torres, Marco Fidel Suárez, Ricardo Nieto, Antonio Gómez
Restrepo, Cervantes y su obra, Víctor María Londoño, Caldas,
"Brochazos", "Críticos y Crítica", "La palabra
viva"... y en numerosos estudios suyos dispersos en varias publicaciones,
especialmente en las dos excelentes revistas dirigidas por él en Ibagué
"Tropical" (1907- 1911) y "Arte" (1934-1946).
Los estudios gramaticales y literarios fueron sus predilectos y les dedicó largos
años de su vida. Publicó las siguientes obras, hoy todas agotadas: "Orientaciones
Literarias", "Apuntaciones sobre el lenguaje", "La palabra
triunfante", "La Lengua patria", "Caro y su obra",
"Estudio sobre el señor Suárez y su obra", "La palabra
viva", "Ensayo sobre la gramática de don Andrés Bello". Dejó
en preparación: "Semblanzas", "Cuervo y su obra",
"Discursos y estudios críticos", "Notas de Lenguaje",
"Obra poética".
Pero su obra más perdurable quizá sea la de maestro
de juventudes, ya que 50 años dedicados a la enseñanza así lo demuestran.
Siendo muy joven desempeñó varios puestos, todos en el tema de la educación.
Fue inspector escolar de las provincias de Quindío y Arboleda en el Valle;
profesor en el Académico de Cartago, del cual fue alumno; vicerrector por dos
años del Colegio de San Simón de Ibagué, y luego su rector durante diez
años, además del largo tiempo en que fue profesor de este famoso plantel y de
otros de la capital tolimense, como la Normal de Señoritas, el Conservatorio de
Música, el Instituto Jorge Isaacs, el Gimnasio Femenino. En El Guamo fundó y
regentó por algún tiempo el Colegio Santo Tomás de Aquino. "De todas
partes lo solicitaban para ocupar cátedras de honor, su labor creadora de
personalidades fue dilatada y fecunda", dice el historiador Víctor A.
Bedoya. Sobre la labor intelectual de Bonilla en el Tolima y en Ibagué dice el
doctor Max Olaya Restrepo: "El maestro Bonilla viene al Tolima, se
establece definitiva y radicalmente en la tierra y se entrega y se consagra a
servirla con tanto afán, con tanto ardor, con tanto amor y con abnegación
tanta, como quizá sólo le haya servido su similar en el arte y en la belleza:
Alberto Castilla... ¿Cómo veía el Tolima de los años 30 a Manuel Antonio
Bonilla?...Como un severo y adusto profesor de castellano que dirigía por
derecho propio y por derecho de conquista las cátedras de lengua española, de
literatura y de historia de las literaturas castellana, española y universal en
todos los colegios de Ibagué. Bonilla no tuvo durante 30 años epígonos ni
pariguales, ni nadie en el Tolima intentó disputarle el cetro y la jerarquía
del idioma castellano, de su interpretación y la gloria de su
mantenimiento".
Uno de sus biógrafos, don Víctor A. Bedoya, ya citado
antes, dice: "Con su voluntad severa, con su afán por nuestra cultura,
mantuvo la más espléndida relación con la comunidad de San Simón, a lo largo
de dos años de vicerrectorado y diez de rectorado efectivo, fuera de los muchos
años en los cuales el maestro Bonilla ocupó cátedras en este instituto de sus
amores que se llevó gran parte de su vida meritoria." En Bogotá
desempeñó cátedras en varios planteles de renombre nacional, y no se sabe
cómo tuvo tiempo para su extendida obra literaria y para tratar asuntos
difíciles como filología y critica. Ello es que gozó hasta una edad muy
avanzada de una salud a toda prueba, y sobre todo de una enorme constancia y
disciplina en el estudio.
Cuando sentado en la cátedra impartía sus lecciones
de castellano guiándose por la obra inmortal de Bello, era de admirarlo en la
técnica empleada para hacerse entender de sus alumnos y la maravillosa memoria
para reproducir literalmente los mejores escogidos ejemplos de los clásicos,
relacionados con la materia tratada; ejercía un dominio perfecto sobre los
asuntos más difíciles.
En el manejo del colegio no cedió nunca a los
caprichos de los estudiantes, y su sistema disciplinario le dio como resultado
final el que en su época los alumnos de San Simón que llegaban a las puertas
de la universidad capitalina, pasaban de largo sin más requisitos que exhibir
sus cartones de bachilleres. Jamás buscó congraciarse con sus alumnos. Severo,
serio, se impulsó por su propia personalidad y esto no solo como rector sino
como profesor en numerosos colegios de Ibagué y Bogotá. Su amistad perdurable
y generosa la ofreció siempre a los alumnos que supieron distinguirse por el
aprovechamiento en sus estudios y por la formación de la personalidad humana y
social.
Bonilla fue cristiano de hondas creencias; en política perteneció al
partido Conservador, por el que libró valerosas campañas pero sin odios ni
intransigencias.
Como periodista fue redactor, director y colaborador de
numerosos periódicos y revistas, que seria imposible nombrarlas a todas. Sobre
este aspecto de la vida de Bonilla dice don Ismael Enrique Arciniegas, director
que fue de "El Nuevo Tiempo", cuyos editoriales escribió Bonilla
durante cinco años (1922-1927) -"Ha repartido su vida entre el periodismo
como colaborador o redactor permanente de semanarios o diarios y la
enseñanza". Cuando para descansar de sus faenas de profesor escribe para
la prensa, y el director encuentra muy duro algún concepto que Bonilla juzga
apropiado, deja las hojas, toma el sombrero, si es que se lo ha quitado para
escribir, y se va ordinariamente a dar clases entre nuevos discípulos. No
ablanda sus ideas ante imposiciones extrañas, como no cede en cuestiones de
lenguaje. Cuando el contrincante insiste en conservar errores, es duro en la
respuesta, como son todos los que defienden la pureza del idioma. "De esta
actividad de Bonilla cabe recordar los artículos que escribió en "El
nuevo Tiempo" con el seudónimo de Blas Miranda, para defender al señor
Suárez de los violentos ataques de "La Republica". A defensa hizo
alusión su amigo "Pulgar" en uno de sus sueños.
En 1940, propuesto por don Antonio Gómez Restrepo y don José Joaquín Casas, fue
nombrado individuo de la Academia Colombiana. Su sillón fue el mismo que ocuparon
en su orden don Rufino José Cuervo, don Enrique Álvarez Bonilla, y don Martín
Restrepo Mejía. La Real Academia Española, a propuesta de don Vicente García
de Diego, don Manuel Machado y don Eugenio D'Ors, lo designó miembro
correspondiente extranjero en Colombia. Perteneció asimismo a otras
asociaciones literarias e históricas.
El padre José J. Ortega después de
enumerar las obras de Manuel Antonio Bonilla afirma que "Estas realzan el
nombre intelectual de Colombia y son exponentes del buen gusto y de la
erudición del ilustre maestro". Y luego expresa "Si a todo esto se
añaden sus trabajos periodísticos y políticos se tendrá completa su
brillante y honrosa página de servicios a Colombia". Manuel Antonio
Bonilla había contraído matrimonio en Cartago con la señora Sara Ramírez.
Sus hijos, nacidos en esta ciudad y en Ibagué fueron: Luis Ernesto (ya
fallecido), María de Pardo García, Emelia, Leonor (fallecida), Camilo, Manuel
Antonio y Jorge.
Murió en Bogotá el 7 de abril de 1949. Su cadáver, reclamado
por la ciudad de Ibagué, fue sepultado allí mismo. Sus restos reposan junto
con los de su esposa Sara y su hija Leonor en un templo de Bogotá.
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