LA OTRA FILOSOFÍA
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No hay más filósofo
que Él. La sabiduría del hombre es la luz de la galería del
topo. |
En el sobrecogedor marco de un templo de
sillares de piedra y altas bóvedas, convertido en aula del saber (Iglesia de
San Francisco, Ávila, 2003), Francisco Mora Teruel, catedrático de neurología,
daba una conferencia sobre las eminencias del cerebro. Y comenzó su brillante
charla más o menos en estos términos: “No
existen dualismos, no existe cerebro-mente, existe una única realidad, el
cerebro, hecho de materia, formado de neuronas, y en él radica todo el secreto
de la condición superior del hombre”.
Cuando acabó y nos regaló un pretendido
coloquio (que realmente no lo era, sólo esperaba del auditorio que elevase un
colectivo amén, como todos los conferenciantes), intervine para recordarle que
su fantástico y amado cerebro, hecho de materia, estaba en entredicho desde que
la relatividad había subvertido los valores absolutos del universo, y más aún,
estaba en precario desde que la moderna física cuántica había puesto en
cuarentena la existencia real de la materia. Y esto, claro, le sentó fatal, más
que nada porque no tenía ni la más remota idea de lo que estaba advirtiéndole.
Encerrado en su estrecho mundo de las neuronas, no había tenido tiempo de levantar
la vista y otear el vasto horizonte del saber; no había tenido tiempo, pero,
¡faltaría más!, lo que el estrecho mundo de su ciencia neurológica sabía en
este momento era ya definitivo y él estaba, por supuesto, en condiciones de
explicar la inexplicable realidad hombre.
Cuando el homo sapiens
se percata de que es sapiens, comienza precisamente a
dejar de serlo. La verdad ha pretendido poseerla siempre, y siempre ha acabado
por averiguar que antes estaba equivocado. Pero es lección baldía, porque sigue
estimando en cada momento que los últimos descubrimientos científicos, por
supuesto, sí que son ya los definitivos. Todo menos abdicar de esa torre de
babel levantada por el conocimiento. La capacidad de tontez
y pedantería del hombre no tiene límites. Cree saberlo todo porque domina el
planeta, a pesar de que sigue sin saber por qué está en el planeta.
Como el lector puede ver por el
encabezamiento, mi tesis a desarrollar es la extrema semejanza entre el humilde
topo y el pretencioso hombre, no sólo en su organización celular y fisiológica,
sino también en su extrema ceguera. Este singular problema de ser el hombre tan
inteligente, pero equivocarse tanto, se debe a que todo, incluso el mayor de
los disparates, es defendible dialécticamente, de manera que la razón del
hombre será muy notable, pero tiene el molesto problema de no acertar o de no
querer emplearla en la dirección correcta. Es hábil argumentando, pero ¿al
servicio de qué?, ¿dónde está la verdad? La imagen exacta de esto la tenéis en
nuestros abogados en los juicios, o en aquellos antiguos sofistas de la
historia. Ni a unos ni a otros les interesa ni les interesaba para nada la
verdad, les interesaba y les interesa únicamente el arte de refutar, exponer y convencer al contrario. ¡Para qué perder
el tiempo! ¡Qué es eso de la verdad!
Ciñéndonos
a la filosofía, hago desde ya dos denuncias: por un lado, que el simple hecho
del devenir filosófico, la pérdida del pensamiento humano en tantas y tan
contrarias direcciones a lo largo del tiempo, evidencia la falta de verdad en
ninguna de ellas; y por otro lado, que no hay sistema filosófico que no
contenga o arranque de errores llamativos, a veces increíblemente gordos,
siempre encubiertos por el ropaje hueco de la razón. Si la sabiduría del hombre
fuera sincera y coherente consigo misma, debería haber clausurado ya los libros
de metafísica y el culto a la razón por estériles y contradictorios. Si en
tantos siglos los pensadores no se han puesto de acuerdo en qué hay debajo de
la apariencia de las cosas, es prueba más que suficiente de que lo que hay
debajo de las cosas nos supera. En la luz de la galería del topo pocas cosas
son visibles y, desde luego, nunca el firmamento.