Carles Fages de Climent (1901-1968)
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oració al Crist de la tramuntana * * * * * *
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Frente a las pantallas de la televisión. Amor y desamor hacia las monarquías (La Vanguardia, 18-12-1960)
Un amigo, agudo observador, de la sutileza psicológica de la multitud, me aconsejó que asistiera a la proyección de los films dinásticos protagonizados por la noble y simpática figura de Alfonso XII, en algún cine de mala muerte en los barrios ínfimos, si quería ver lágrimas de simpatía.
Recientemente he repetido la experiencia frente a las pantallas de la televisión que retransmitían la boda de los reyes de los belgas. Incluso entre los "badocs" más ensimismados reconocí a algún conspicuo enemigo de la monarquía coronada y no pude por menos de gastarle alguna ironía amable. Soy republicano - me dijo -, pero reconozco que la monarquía es la menos humillante y la más leve de las opresiones.
Me parece oportuno recordar esta frase de Manuel Brunet: el pais que tingui una monarquieta, per mes tronada que sigui, que no se la jugui.
Lo que pasa simplemente es que la monarquía actual, como las antiguas, si quiere conservar su poder de símbolo sacro, es preciso que se apoye directamente sobre el corazón del pueblo.
Una pequeña monarquía tuvimos los catalanes, que llegó a ser grande. Y obtuvo esta correspondencia afectiva, y esa fue la razón de sus éxitos. Nunca país alguno amó más a sus reyes. Es verdad que en la historia de las dinastías ninguna corona ofrece un ejemplo más completo y edificante de una teoría de príncipes que ininterrumpidamente se suceden en el palacio de Barcelona, desde Wifredo a Martín. Pero se rompe la cadena, y aparece el divorcio. Los príncipes de la segunda dinastía son también hombres excepcionales en la astucia, la dignidad y el ejercicio del gobierno. Pero el pueblo no les ama. Alfonso el Magnánimo se aleja del país y su gloria es más bien de índole personal. Y el milagro de la simpatía no vuelve a producirse.
La gloria de la primera dinastía es, en cambio, inseparable de nuestra más íntima fibra sentimental. Historiadores de actuación diametralmente opuesta a la idea de realeza como Rovira i Virgili, lloran lágrimas de oro, y no pueden separar de sus relatos la emoción, el cariño y el respeto ante aquella larga serie de insignes guerreros, diplomáticos y legisladores, Jaimes, Alfonsos y Pedros. Pero el encanto se quiebra cuando la sucesión entra por vía indirecta y femenina. Cataluña, condado grande, como ahora Bélgica, dejó de amar a sus reyes. Eso casi fue todo.
Otras consideraciones solicitan un comentario, motivado por la anhelante expectación de un público atento, que llenaba hasta rebosar los grandes y pequeños bares. Conmueve la emoción y el júbilo de los belgas ante una reina extranjera, con mucha sangre catalana, que no es siquiera, por nacimiento, hija o sobrina de rey. En Inglaterra la boda se hubiera considerado poco menos que morganática. Pero los belgas aman, como su joven rey, a esta egregia dama que parece recordar en su porte, y garantizar con sus virtudes y talentos a aquella majestuosa aplicada y austera señora que fue María Cristina de Austria. Y la aclamaban olvidando un momento el dolor nacional ante el espectáculo de un país recién desgajado que no sabe encontrarse a si mismo.
El código sálico no hubiera admitido siquiera, en nuestra pequeña corona perdida, una reina no perteneciente a otra familia reinante, o con derechos a un trono. Elisenda de Montcada llevaba sangre real. Sibila de Fortiá, la reina ampurdanesa, era la amante legitimada del ceremonioso, cuya sucesión prematrimonial ni siquiera fue admitida en la conferencia de Caspe. Pero ambas fueron, además, cuartas esposas.
Se nos ocurría mientras contemplábamos el real cortejo, cuan interesante y fácil va a ser en adelante la evolución plástica de la historia, y sugerimos la conveniencia de crear cátedras de historia cinematográfica televisada en doble dimensión de espacio y de tiempo para la escolaridad media. Imaginemos la contemplación del desconcertante episodio de Gandesa. Empezaba a discurrir el siglo XIV. El príncipe heredero, de la confederación catalano-aragonesá penetra en el templo por una preciosa puerta románica. En reclinatorio tapizado con torres y leones se ha arrodillado ante el altar mayor la hermana del rey Alfonso XI de Castilla, la infanta doña Leonor.
El suave y taimado Jaime II, nuestro gran diplomático, está rodeado de todos los magnates y asistentes de su bien ordenada corte. El novio es el primogénito y heredero, que deberá reinar con el nombre de Jaime III. Pero se produce de súbito la temida catástrofe. A la pregunta ritual del prelado, el príncipe contesta con un rotundo "no". Y sale precipitadamente del recinto y se recoge, seguido de unos caballeros adscritos a su servicio, en el lugar de Lledó. Profundamente consternado, el rey dio "la paz" a la desairada e Iracunda princesa de Castilla, a la que retiene. Pero fallece oportunamente doña Teresa de Entenza, la esposa del segundogénito, Alfonso, y doña -Leonor se casa con él.
El arrebatado novio ha renunciado a sus derechos ante las Cortes y solicita las órdenes sagradas, muda los hábitos, y, tras algunas escapadas a Valencia, donde vivió en pecado, acaba prisionero y olvidado entre los muros de Poblet, después de haber dado el espectáculo más escandaloso en la historia de todas las bodas reales.
La locura de un príncipe puede comprometer una dinastía.
La dulce y severa expresión del rostro mayestático de doña -Fabiola de Mora, descendiente quizá de aquel nuestro hedonista "hereu Riera" de romance, parece augurar a los belgas un periodo de serenidad y equilibrio nacional, ante cuya ejemplaridad se han derretido muchos ojos.
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