Carles Fages de Climent (1901-1968)


 

 

 

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bibliografía

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Exégesis y Epifanía. Magos, patriarcas y pastores (La Vanguardia, 9-1-1964)


SIEMPRE me ha parecido especialmente sugestivo el epíteto de magos
aplicado a los tres personajes bíblicos adoradores en Belén. La manía
de rehuir las terminaciones catalanas en o, os, u, us, habrá influido para
que no se incluya en el diccionario normativo de Fabra. Mago es el que,
sabio en arte de magia, produce lo mágico considerado como efecto. Mí
teoría, interesada, respecto a la rima es que cada una debería ofrecer, por
lo menos, cuatro posibilidades acrósticas para las estrofas superiores o, por
lo menos, dos, aptas para las inferiores del soneto. Al dictador de la lengua
vernácula mal llamada por Aribau llemosina no le gusta siquiera "enagus"
y lo deja en "enagos". Disponemos también de "trago", "llumbago", Chicago
y alguna que otra primera persona del singular del presente de indicativo,
como "divago".


Etimológicamente, el vocablo parece proceder de alguna remota casta
sacerdotal, adicta a las doctrinas de Zoroastro, y se explica como "partícipe
del don", algo muy parecido, pues, a profeta. En lo histórico-evangélico no
precisa San Mateo el número de estos raros príncipes que se presentaron a
Herodes inquiriendo noticias del Mesías. En lo profético, su epifanía o demostración se halla referida en las escrituras según la predicción de Miqueas. Una balada alemana cuenta hasta cuatro estos simpáticos turistas:
parece que un cuarto seguidor de la estrella se extravió en el desierto y se
encontró con sus compañeros, ya de vuelta, quienes le indicaron el camino,
¿Qué don llevaba? ¿Cuál era su nombre, su raza o color, su país? Pero
la Sagrada Familia había ya emprendido el éxodo hacia tierras de Egipto
donde el Niño Dios había de ponerse en contacto con aquella vieja civilización y aprender sabidurías humanas que dejarían atónitos a los doctores. Es de suponer que este cuarto adorador frustrado —alusivo quizá a San Pablo, el último apóstol que no llegó a adorar ni conocer a Jesús— era
de estirpe pálida, seguramente algún mandarín representante de la raza
amarilla, en esta integración racial que siempre hallará su mejor cobijo bajo la ecuménica cúpula romana.


El iluminado doctor que en pleno concilio aconseja en rimas insulares a
Clemente V que se traslade a Tierra Santa, participa también del don profético:
 

"Un concili vull comentar
en mon coratge, e xantar
per ço que faga enamorar
per Deus servir
e lo Sepulcre conquerir:
molt ho desir."
 

Diríase que tal preocupación informa toda la segunda Edad Media. El
mismo Ramón Llull instituye:


"Lo monestir de Miramar
entre la vinya i el fonollar."
 

y se traslada a las tierras santificadas por el pie del Redentor y hasta hubiera perecido en una persecución o un naufragio, a no ser salvado por otro
mallorquín, un navegante apellidado Colom, que no falta quien considere
predecesor del profeta de Occidente que tanto parece, a su vez, haberse inspirado, para su asombroso descubrimiento, en los conceptos cosmográficos lulianos.


Pero es quizás en el más explícito "Llibre de Gentil e los tres savis" donde aparece una revelación providencial del designio de los magos, que
ignoramos si fueron reyes, porque más bien parecen astrólogos atentos a la
aparición del insólito astro anunciador.


En el imprescindible prado ameno se encuentran, según la fantasía luliana,
un cristiano, un judío y un musulmán con un cuarto sabio, simplemente
pagano o gentil.


Los tres primeros, monoteístas, tratan de convencer al último, que acá»
ba aceptando con lógico rigor la idea de la omnipotente unidad de Dios. Se
separan amigablemente.


"Cascú dels dos savis tene per bo ço que l'altre savi déla e ordenaren
lo loc e l'hora on se despertassen; e quan se serien concordats e avingunts
en una fe, que anassen per lo mon donant gloria e lausor del nom de nostre
Senyer Déus."


Han cambiado los procedimientos, no los ideales.
 

Ramón Llull aconsejaba renunciar a la violencia y acudir al poder adquisitivo
del oro, para lo cual convenía hallar antes la piedra filosofal consabida, y recuperar los lugares santos que habían sido liberados por mano del caudillo que ensalza el Ariosto:


"Canto l'armi pietose, el capitano
che'l gran sepolcro leberó de Cristo."


Una vez más poetas y profetas parecen fundirse en la magia divina del
espíritu hacia la posesión definitiva, para toda la humanidad, de estos recintos sagrados de Jerusalén, cuyo dominio y corona "in partibus infidelium" ostentaron en sus heráldicas nuestros reyes. Esta heroica y sufrida ciudad atravesada, como la antigua Ampurias, como el moderno Berlín, por una muralla de piedras y de ideas.
 

Fue en una tarde luminosa de Epifanía, de aquellas en que la gente suele decir "fa un dia de Reis", que abandonamos entre los cipreses de mí
pueblo los despojos mortales de Manuel Brunet. "Cada dia és festa" es el
título de uno de los libros del gran escritor que no pudo corregir su "Vida
de Jesús". Me había hablado tan sensualmente de Tierra Santa en nuestros
paseos ampurdaneses, que casi me parece haber estado allí, y me imagino
también, estar leyendo la crónica que hubiera escrito mi amigo "Romano"
narrando o comentando estas jornadas triunfales para la idea ecuménica y
el logro de la paz.
 

Los presidentes de Italia e Israel, un rey descendiente de Mahoma y el
Papa y estos patriarcas ortodoxos, ¿no parecen acaso personajes bíblicos
de un moderno pesebre televisado?
 

Como nuestro gran poeta Verdaguér, todos nos hemos sentido estos días
algo penitentes y romeros a los Santos Lugares. "Deixem —escribe en su
"Dietari d'un Pelegrí"—• la Cova dels pastors per visitar el país dels patríarques.


C. FAGES DE CLIMENT

 

 
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