oració al Crist
de la tramuntana
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Fages
i Dalí
Josep
Pla i Fages de Climent
Fages
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sobre Fages de
Climent
bibliografía
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Canteras del Ampurdán. Las catedrales cóncavas
(La Vanguardia, 11-12-1966)
La
cantera tuvo siempre un embrujo
especial
para los enfermizos de "mal de piedra".
Quizás,
en razón de los métodos de moderna
mecanización, ha perdido algún compás en el
ritmo
aparentemente monótono del martilleo.
Pero por
poco que uno se aplique a apurar
sus
posibilidades auditivas, el laborioso e
insistente golpear de las herramientas
sobre
los bloques desbastados adquiere
la
grandiosidad o la delicadeza
de una
sinfonía mineral.
De vez en cuando, unos operarlos,
enarbolando misteriosas banderas que
recuerdan aquellos inefables telégrafos
de señales, advierten a los viandantes
—artistas extraviados en este caso como
Evarist Valles, Joan Sibecas y Joan Felip
Vilá— las inminentes explosiones a
provocar por la dinamita. Suena el trueno
seco seguido de un deslizamiento de
tierras y piedras como la lava de un pequeño
volcán. Pero el trabajo y la calma
renacen y las nuevas grietas ofrecen
espléndidos dados que se irán reduciendo
y sacando de puntos a conveniencia
dei empresario, arquitecto o escultor. Al
fin y al cabo se ha dicho la escultura no
es sino el arte de quitarle a la piedra lo
que le sobra.
En Roma las catacumbas deben su
origen a la extracción de la misma piedra
que iba necesitando la ciudad, como un
Prometeo que devorase sus propias entrañas.
De ahí arranca probablemente
la raíz cúbica de su misticismo jurídico
y relativo.
Pero, por lo general, el cantero trabaja
al aire libre y muchas veces modula la
voz al compás de su escoplo y su martillo,
y puede considerarse, por lo menos
en ciernes, como un verdadero precursor
y colaborador del artista.
La morfología de las canteras es, por
su razón misma de ser, de una variedad
nostálgica y cambiante, de carácter apagado
o entraña abierta. Es el parto de
los montes mitológico y violento, como
la revelación de los secretos o la violación
del pudor de la tierra materna. Con
sus vetas resquebrajadas, incisas y profundas,
tiene
opacidades v transparencias,
estratificaciones, fallos, roturas,
cromatismos y delicuesceneias imprevisibles,
de una calidad variable y caprichosa,
como si revelasen el espectro de
un mundo subterráneo irreal o el substracto
de alguna pesadilla dantesca.
De las canteras de la Tamarilua, en
Port de
la Selva —me aseguraba un
anciano que había excavado por allí—
han salido, por via marítima, todos los
adoquines de las calles de Barcelona.
¿Qué diremos de la cantidad de trenes
diarios que, por espacio de muchos
años, procedentes de Gerona, por el lado
de Pedret, han servido para asegurar
la firmeza de la red ferroviaria del litoral?
Toda la vieja ciudad ducal ha emergido
de este incomparable paraje de «les
pedreres» gerundenses donde puede escucharse
todavía, a todas las horas, el
canto de la «boixarda» mordaz, obstinado
y contundente.
También Barcelona ostenta como una
herida en su costado las viejas e inagotables
canteras de Montjuich, que han
ahuecado el espacioso recinto de un anfiteatro
astutamente aprovechado para
cobijar el incesto lamentable de Edipo
y las maldiciones de Electra.
Porque al tiempo que de la entraña
escueta de la tierra nacían florecientes
palacios y catedrales convexas, poco a
poco, de la ausencia de volumen liberado
iba naciendo el milagro contrario, introvertido,
de hueco espectacular, de molde
vaciado de esos negativos de la forma,
esos santuarios cóncavos que son
las canteras solitarias abandonadas.
Turista curioso que por la Vía Augusta
cruzas «L'Arc de Bará» —erigido
a la gloria local de una especie de Trajano
nuestro casero— deten tu carro
letal, no lejos del lugar donde reposan
los huesos de los Escipiones —si hemos
de dar crédito a nuestra tradición romana—
y entre modernas estructuras
y centenarios algarrobos adéntrate a
pie por el paraje incomparablemente
bello de la cantera de «El Médol» que
viene a ser algo así, ni más ni menos,
como la segunda Seo «capgirada» de
los metropolitanos tarraconenses.
Una
vegetación entre ingenua y teatral
de
hiedra, mirtos cipreses y laureles
convierte aquellas rocas torturadas en
uno de
los rincones más abstraídos y
poéticos, apto para la oración y el consuelo.
Y en el
centro una aguja de mármol erecta
como
menhir, parece la piedra miliaria de
los
viejos caminos y da fe, como un notario
encantado de las estratificaciones de
nuestras
culturas pretéritas.
Si queréis medir e! grado de densidad
de esas fracturas geológicas visitad
las canteras matrices de donde han
surgido las ciudades, los puentes, los
templos, los castillos, los acueductos.
Nuestras latitudes, sin poseer calidades
marmóreas que puedan superar las
Cándidas carnaciones obtenidas en Carrara,
ofrecen
una riqueza envidiable en
verdes, sanguinas, azules, blancos,
negros y rosáceos. Así, por ejemplo, es
famosa en el Ampurdán la caliza de
Avinyonet de Puigventós que algunos
escultores prefieren a otra alguna por
su docilidad, dureza y transparencia.
De las «guixeres» de Can Noguer de
Segaró, en Beuda —lugar cercano a
Besalú— proceden los fúlgidos alabastros
de las antiguas sepulturas monárquicas
de Poblet, con sus recientes restauraciones,
y él incomparable retablo
de gótico borgoñón y la portada de los
Apóstoles de Castelló de Ampurias colocados
en posición de firmes en una
de las arquivoltas más ostensibles de
la cristiandad. Del mismo alabastro
son los pináculos piramidales cuya silueta
he parangonado con lógica irrefutada
con los conos gaudinianos de La
Sagrada Familia, respecto a los que es
fácil establecer una relación ocular
sorprendente. Dichos pináculos corresponden
a una añadidura curiosa perpetrada
durante el siglo XVIII y ofrecen
la particularidad de haber sido algo
teñidos en más obscuro mientras la
obra
primigenia, del XIV perdía mucho
de su policromado original sobre
el cándido alabastro bisuldense.
Empero y como consideración aparte
de todo cuanto pueda decirse sobre
canteras en razón de su fibra geológica,
belleza o calidad de los minerales
extraídos, existe otra posible catalogación
política de los monumentos en razón
del lugar jurisdiccional de extracción
y procedencia.
Así, esta comarca empordanesa desde
la cual escribo, estuvo, como es sabido,
repartida algo arbitrariamente en
condados y señoríos, sobre cuyas pertenencias
poseemos datos históricos y diplomáticos-
abundantes. Pero el excursionista
menos avisado podría averiguar
fácilmente a qué dominio estuvo sometido
tal lugar, a qué archiprestazgo
pertenece tal iglesia o sufragánea o ermita,
en atención al color y calidad de
sus piedras sillares.
Así, sería fácil. discernir y confeccionar
el mapa topográfico de los condados
de Ampurias y Besalú y el vizcondado
de Rocaberti guiándose por las
aristas de los ventanales de las casas
«pairals» o las piedras angulares de las
torres y masías fortificadas.
La enorme mole catedralicia de Castelló
de Ampurias, su extenso e inexplicablemente
abandonado Palacio de
los Condes, lo que resta de recinto
amurallado y El Portal de la Gallarda,
que todavía se mantiene, la antigua
Curia, la estilizada Casa Grau, el Puente
Viejo, de los siete arcos desiguales,
la antigua Lonja en trance de caprichosa
restauración, etc.. proceden de la
cantera abandonada de Vílacolum, el
pueblecito que el Dr Luis Ulloa señala
—con doctas razones— como uno de
los hipotéticos lugares de origen del linaje
de los Colom ampurdaneses...
Se trata de una piedra opaca, fuerte,
fácil de labrar de tonalidades casi rnoradas
en
ocasiones purpúreas, que se
inflaman al atardecer en un delirio de
lilas v ocres desleídos que son más para
ser descritos por el pincel mágico
de Sisley o Manet, que por mi torpe
pluma.
Pocos ampurdaneses, incluso, conocen
el emplazamiento de esta cantera —en
realidad, se trata de dos muy próximas—
que en vez de hallarse en una
ladera,
se hunden casi en la depresión
de un pastizal fangoso donde abundan
los juncos y croan las ranas ¡Con qué
facilidad el agua y la piedra, esos conceptos
elementales de la física empedocliana
pueden reunirse en una sola aspiración de piscina!.
Gusto en mis merodeos invernales
de «llevant de taula» de acompañarme
de algún aplicado fotógrafo o, con mejor
fortuna de un pintor de percepción
tan depurada como Joan Sibecas, al
cual debemos la nota que ilustra hasta
lo indecible este comentario de pequeño
descubridor, sino de lejanas américas,
de las deliciosas y próximas canteras
de Vilacolum.
Carles FAGES DE CLIMENT
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