ACERCA DE LA DIFERENCIA
Francisco Javier
Bernal García
Psicólogo
R.P.I.: 13/12/99
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NIÑOS CIEGOS.
ACERCA DE LA DIFERENCIA
Francisco Javier
Bernal García
Psicólogo
R.P.I.: 13/12/99
Siempre hay un bello
discurso para justificar una acción esquinada.
Los hombres, en todos
los tiempos, han sido sometidos por la razón de la fuerza aunque con la falaz
cobertura de solemnes retóricas, al servicio de intereses espúreos, esencia
misma del poder desviado.
De tal suerte, el
contraderecho, la pseudorreligión, la minusfilosofía, han suplantado en profusa
impostura a sus formas más genuinas, coadyuvando, de hecho, al loco sueño de
pilotar el mundo.
Así, en el amanecer de
las ciencias, la astroteología condenó a preeminentes hombres cuyo mensaje es
hoy palabra en boca de niños, al silencio, la hoguera o la mazmorra. De otro
modo, más tarde, la pseudopsicociencia ha condenado a muchos hombres al
silencio quemante de su mazmorra interior.
Epígrafes:
Habilidades de la vida doméstica.
VI. De
los viejos colegios a la nouvelle école.
"La ceguera, por
lo general, no se presenta en un estado químicamente puro".
Se trata de un aserto,
probablemente hiperbólico, de autor incierto pero cuyo mensaje intrínseco es
sobradamente conocido y aceptado por una buena parte de las personas que, de un
modo u otro, pertenecen al mundo de los ciegos o a su entorno.
En efecto, con una
frecuencia que rebasa con creces lo que podemos llamar límites de la normalidad
y con una especificidad que cabría hablar de psicoproblemática diferencial de
la ceguera, aparecen, asociadas a ésta, diversas alteraciones de la
personalidad y por tanto del comportamiento, con muy distinto grado de
complejidad y gravedad si atendiéramos a una virtual escala psicopatológica.
Tales disfunciones, a menudo, incapacitan total o parcialmente a muchas
personas sin visión para un normal desenvolvimiento en su medio social y/o
conllevan unos excedentes de insatisfacción, criterios psicológicos, ambos, que
habrán de ser el soporte referencial de la proposición que orienta el presente
texto.
Antes, pues, de tomar
el aforismo inicial como extremo de un ovillo con el que adentrarnos en un
paisaje psicosocial escasamente transitado, al menos en lo que a esta ruta
respecta, se hace menester algunas acotaciones para un mejor encuadre de la
situación:
Comenzando por que
dicha sentencia no es, sin duda, el resultado de un aldabonazo de ingenio,
salseado con humor meridional, de donde parece tener su procedencia, sino el
fruto cuajado de una dilatada experiencia y una afilada observación,
compartida, incluso, aunque en voz queda, por algunos profesionales
responsables de la atención psicopedagógica de niños ciegos y que nos enfrenta
a una realidad, a veces pintoresca, otras acuciante y, en ocasiones,
verdaderamente descarnada, como al hallarnos ante una persona ciega, adulta,
con capacidad intelectual normal o alta y, sin embargo, provista de estructuras
de personalidad tan frágiles que la anulan absolutamente para llevar a cabo, de
forma autónoma, su proyecto personal de vida.
Para la finalidad que
aquí se sigue, es preciso tener en cuenta que los términos "ciego",
"ceguera", se emplean, con carácter general, en una significación
doblemente restringida. De un lado se alude a aquellas personas cuya pérdida de
visión es total o que conservan un resto visual insuficiente para acceder
directamente a la lectoescritura en tinta o para disponer de una movilidad sin
medios auxiliares. De otro lado, se hace hincapié en aquellas patologías
visuales de carácter hereditario, congénito o, en cualquier caso, contraídas en
los primeros años de vida, dicho de otro modo, se pone el acento en la
educación vinculada a esta severa deficiencia sensorial. No obstante lo
anterior, la utilización particular de los términos mencionados no excluye
necesariamente de la exposición la ceguera sobrevenida en años posteriores de
la infancia, del mismo modo que tampoco quedan rigurosamente fuera otras
patologías sensoriales y físicas que se enmarquen en la segunda condición, al
fin todo es una cuestión de diferencia por lo que la extrapolación no sería
totalmente infundada aunque, por delimitación del trabajo, el objetivo es el
señalado con prioridad. Se trata, pues, de hablar de un segmento de población
tomado de otros mayores.
De antemano se cuenta
con las objeciones relativas a la observación como único método seguido aquí,
tanto para la obtención como para la interpretación de los datos empíricos, sin
recabar, por el momento, el concurso de los procedimientos de objetivación
"al uso", no obstante, y aun soslayando deliberadamente cualquier
consideración de carácter epistemológico, baste tan sólo puntualizar a este
respecto que los "cartógrafos" siempre arribaron en el barco siguiente
al de los "exploradores" sin que por ello, necesariamente, hubiera
contraposición en la información suministrada.
Asimismo, se asume que
cualquiera de los temas que aquí se plantean exigiría una inmersión a más
profundidad, ahora bien, la autoexigencia de brevedad impuesta inicialmente no
debería ser obstáculo para formar una visión de conjunto, suficiente al
propósito de una primera aproximación al asunto que nos ocupa.
Ensayemos, sin más,
una primera incursión en el terreno de lo concreto; se trata en este segundo
apartado de aventurar una descripción de aquellas prominencias y hendiduras del
comportamiento y la personalidad que, por su incidencia, por su especificidad o
por su grado de patología, adquieren mayor significación en el grupo social
delimitado con anterioridad. No es, ciertamente, un catálogo pormenorizado,
exhaustivo, sino, más bien, una relación en trazo delgado a modo de fotografía
aérea que pinte una impresión inicial del asunto acometido.
Son arbitrarios los
criterios utilizados, tanto para la selección de estas psicocaracterísticas
como para su presentación: yuxtapuestas, insubordinadas, en piezas sueltas
desencajadas de lo que, en demasiadas ocasiones, es un verdadero rompecabezas.
Quede, asimismo,
explicitado, que es puro azar cualquier semejanza hallada con una ortodoxia
expositiva, una conceptualización académica y, aún más, con el modo habitual de
abordar la ceguera desde el lugar de la "psicología-norma". La tarea
aquí emprendida alberga el ineludible propósito de tomar suficiente distancia
respecto del infértil trabajo de "regar el agua" o "aplanar un
llano".
Establezcamos una
"cabeza de puente" comenzando por una cuestión que, al menos en
apariencia, entraña escasa relevancia en cuanto a su significación de carácter
psicológico, motivo por el que podría tomarse por objeto, únicamente, de una cierta
"profilaxis estética". No obstante, a pesar de que estas expresiones
corporales, por singulares que pudieran parecer, no se corresponden
necesariamente con un determinado grado de desajuste del sujeto ni con el nivel
de fracaso de su proyecto personal, sin embargo, su mención, probablemente, no
es completamente ociosa habida cuenta que tales signos parecen involucrar a
diferentes momentos del desarrollo individual:
- el reconocimiento de la propia imagen en el
espejo y, en general, la interiorización del esquema corporal;
- la percepción especular del otro, con la
importancia de la mirada en la adquisición de ciertas pautas sociales;
- la fase en la cual el juego comienza a
adquirir un mayor valor de intercambio, así, valga el ejemplo en el que el niño
realiza el gesto de cubrirse la cara con las manos para no ser visto o su
traducción al lenguaje de las fantasías infantiles: "no veo..., luego no
me ven".
Se conoce
coloquialmente como cieguismos, en el ámbito al que se circunscribe el término,
el conjunto de movimientos repetitivos (en un sentido lato, tics) y hábitos
posturales que provocan, en general, en
el observador no familiarizado, un cierto efecto de asintonía respecto de las
pautas consideradas socialmente normales.
Solamente a modo de ilustración,
citemos de entre estos clichés gestuales alguno de los más aquilatados ya que
responden a una morfología menos imprecisa:
- La posición de la
cabeza inmoderadamente erguida, rebasando ampliamente el ángulo recto con el
tronco, otorgando, a la sazón, a la persona ciega, una apariencia de hieratismo
egipcio con la "mirada planetaria". Esta actitud postural, tanto
estática como en movimiento, sostendría, en principio, su mayor importancia en
la descontextualización del propio gesto, es decir, la falta de correspondencia
con una causa interna o externa que lo justifique.
- Contrapunto de lo
anterior, es la posición de la cabeza reclinada sobre el pecho, en ocasiones
apoyada sobre éste y en otras sobre cualquier superficie próxima, evocando en
el observador ajeno a estas circunstancias, la impresión de aflicción,
abatimiento o similares. Obviamente, esta "pose" no sería objeto de
comentario alguno, adoptada en la privacidad de la vida doméstica pero,
inscrita en las relaciones sociales, laborales, etc., es, cuanto menos,
merecedora de la presente reseña ya que supone una notable distorsión en
referencia a los usos más comunes, a este nivel.
- El automatismo
compulsivo de hurgar con los dedos en la región ocular hasta producirse
lesiones o hundimiento de las cuencas, es, quizás, el "tic" por
antonomasia en el grupo que nos ocupa, el más frecuente y cargado de
simbolismo, si se tiene en cuenta la patología sensorial objeto de estas
páginas. Probablemente, en muchos casos, responde este tic a una cierta tensión
en la zona, prurito o sensación de dolor, sin embargo, en otros casos se trata
de un acto repetitivo sin causa orgánica que lo explique, y que, al igual que
los anteriores gestos, no pasa desapercibido ni se diluye fácilmente en el
conjunto de los hábitos sociales más frecuentes.
- "Eclipse
parcial". Actitudes de ensimismamiento,pequeñas
ausencias o "desconexiones", una abstracción momentánea de las cosas
y personas circundantes; naturalmente, se alude aquí a una evanescencia
completamente liviana de la que se retorna en breves instantes, de forma
espontánea o respondiendo a cualquier desencadenante externo e intrascendente.
Resulta razonable suponer que la privación de un sentido receptor de buena
parte de las estimulaciones exteriores no puede ser absolutamente ajena a esta
manifestación, ahora bien, una carencia, por importante que sea, no tiene por
qué dar completa cobertura a cuestiones de distinta naturaleza.
- Susceptibles también
de ser mencionados, son ciertos movimientos de balanceo, ademanes de percusión
u otras expresiones rítmicas, como respondiendo a un pentagrama interior o a
cierta afinidad por la cadencia, parecen dar cuenta de un más que probable así
como justificado "melotropismo", asociado, sin duda, a las especiales
circunstancias de la ceguera y, por tanto, a la prevalencia del sentido de la
audición en sus diferentes modalidades y que, no obstante, introducen cierta
discontinuidad formal en el contexto de las relaciones interpersonales más
cotidianas.
- Además de estas
conductas puntuales, pueden observarse, dicho en términos más genéricos, actitudes posturales en las que predomina la
estaticidad, la rigidez, una visible inexpresividad en aquello que entendemos
por comunicación no verbal o lenguaje del cuerpo. Resulta ostensible que la
falta de referencia especular del otro se halla en la base de esta atonía
gestual aunque no debe imputarse a tal circunstancia la absoluta causalidad de
tales comportamientos ya que en los mismos intervienen frecuentemente factores
educacionales y de personalidad.
Alarguemos el paso
hasta un segundo estrato en el que ya encontraremos cuestiones de mayor calado,
de significación psicológica más relevante y que, según el grado de disfunción
de las mismas, sí van a comprometer substancialmente el desarrollo integral de
un número reseñable de sujetos dentro del grupo definido con antelación.
Por razón de su
deficiencia, las personas privadas de visión deben realizar un sobreesfuerzo
para adaptarse al mundo circundante y para adaptar a éste a sus condiciones
especiales, así, desde las tareas más básicas de la vida cotidiana hasta las
que entrañan mayor complejidad, requerirán de este esfuerzo adicional que
supla, en lo posible, la carencia de una función primordial. Para lograr esto,
será menester contar con las condiciones tanto subjetivas (organización
afectiva), como objetivas (capacitación adecuada), que permitan atravesar por
su parte menos infranqueable lo que, sin duda, son barreras no imaginarias.
Como ya habrá podido
comprobarse, no es objeto de estas páginas la problemática real que se deriva
de una privación sensorial sino los factores subjetivos y sociales que inyectan
un plus de dificultad a lo que, incuestionablemente, son obstáculos tangibles.
En línea con lo
anterior, aún persiste un enorme desconocimiento, en el mejor de los casos
confusión, incluso para quienes se hallan estrechamente vinculados al problema
de la ceguera (padres, educadores, etc.), respecto a las verdaderas
potencialidades de las personas no videntes, en lo tocante a destrezas de toda
índole o a posibilidades auténticas para el desempeño de tareas; algo que, por
extraño que resulte, supone un tropiezo a la hora de discernir claramente,
cuándo se está ante una consecuencia lógica de la falta de visión o, por contra,
ante una cuestión relacionada con la organización de la personalidad. Una
moderada dosis de realismo, sentido común y la observación de aquellos ciegos
que han encontrado un saludable equilibrio en el terreno de lo posible, entre
el afán de superación y los límites consustanciales a su carencia, nos dará la
oportunidad para una rápida comprensión en este punto.
Siguiendo el recorrido
escalonado e inverso trazado desde el principio, o sea, comenzando por los
asuntos aparentemente triviales, citaremos alguno de los aspectos más
elocuentes y que mejor puedan contribuir al entendimiento de un asunto tan
trascendental para las personas privadas de visión, como es su propia
autonomía:
Habilidades de la vida doméstica:
- El "aliño
indumentario".- Como puede suponerse, no se pretende en este punto
enjuiciar los criterios personales ante el variopinto mosaico de estéticas que
harían decir al poeta "...mi torpe aliño indumentario...". Se trata,
por el contrario, de resaltar una cierta actitud refractaria ante todo aquello
que guarde relación con la imagen externa y el conocimiento del propio cuerpo
en lo tocante a "usos y costumbres", así como de aquellos objetos que
constituyen el entorno más próximo de la persona, dicho sea en referencia a
toda una cultura de la estética. De tal modo que puedan darse situaciones como:
asistir a una recepción habiendo tomado una prenda del atuendo deportivo por su
equivalente del traje de gala. Este equívoco y otros de similar naturaleza no
deben imputarse, al menos en su totalidad,
a la ausencia del sentido de la vista sino a la impermeabilidad
mencionada, ya que existen otras funciones sensoriales capaces de suplir, en
buena parte, la masa de información que irrumpe a través de la retina.
Se entenderá que la
casuística aportada en este y otros párrafos, no sea el trasunto gráfico de los
hechos sucedidos ad pedem litterae y que, por tanto, algunos términos estén
levemente ensombrecidos, el motivo se deduce con la misma facilidad que se hace
disculpable. No ocurre lo mismo, naturalmente, con los lugares comunes, aquellas cuestiones genéricas que implican a
varios individuos, en tal caso su mención aspira a reflejar fielmente la
realidad de los hechos sucedidos.
- "El
descubrimiento del fuego".- Es ésta, otra singularidad de la vida
doméstica, que forma parte de una amplia gama de fobias y que también incide de
manera substancial en la cuestión de la autonomía; en efecto, hay personas
ciegas que de buen grado aplicarían sus conocimientos teóricos en los diversos
quehaceres domésticos, por ejemplo, los relacionados con la alimentación, de no
ser por un terror infantil a "jugar con fuego", terror que se
transforma en fascinación cuando logran vencerlo y sobreponerse a él, acuciados
por la necesidad o el "amor propio". En cualquier caso, terror o
fascinación (si se admite la disgresión), evocan el tantas veces mencionado
paralelismo simbólico entre la ontogenia y la filogenia, así, no debió ser muy
diferente lo experimentado por nuestros ancestros ante el "mágico
descubrimiento"; sea como fuere, tales expresiones afectivas, como el
miedo al fuego del "hogar", sugieren el concepto de fijación, en la
"prehistoria" del propio individuo, dicho de otro modo, la
pervivencia en el adulto de determinados esquemas infantiles. Naturalmente, la
tecnología, en esta ocasión la vitrocerámica, ha venido a enmascarar, de alguna
manera, este, en apariencia, pequeño asunto.
Se entiende como tal,
la capacidad de los invidentes para caminar y desplazarse a distintos lugares
sin la intervención de terceras personas. En función de dicha disponibilidad,
podrán disfrutar, como el resto de los "mortales", de las
satisfacciones que proporciona este margen vital de libertad individual: elegir
en cada momento entre una grata compañía o la soledad necesaria a veces, de
otro modo, tendrán que alienarse en la ineludible dependencia de un
"brazo", que no siempre será el más deseado, tanto para las cosas de
relieve como para las más insignificantes, reduciendo, como consecuencia, el
campo de sus relaciones interpersonales, supeditando las actividades
extradomiciliarias al tiempo libre de los acompañantes, en definitiva, elevando
su deficiencia sensorial a la categoría de las minusvalías físicas más
incapacitantes sin que existan razones objetivas que lo justifiquen y, lo que puede ser más
grave, sin que se produzca una merma en la autoestima.
Como bien puede
suponerse, es éste un asunto de indudable trascendencia en la vida de la
persona ciega, posiblemente el más emblemático debido a la lógica vinculación
con el padecimiento sensorial del que se trata, no obstante, cabe añadir que,
aun teniendo en cuenta la importancia de esta cuestión, poco o nada se ha
avanzado en este área en los últimos años, es más, podría hablarse, quizás,
ateniéndonos a los hechos observables, de un cierto retroceso, y ello, a pesar
del incremento en recursos humanos, materiales y técnicos destinados a tal fin,
pero... la movilidad no es el resultado de un conjunto de aprendizajes
superpuestos, que puedan incorporarse al individuo en cualquier momento y
circunstancia, sino, más bien, la resultante de una serie de elementos que se
conjugan en un extenso proceso: la capacidad básica para una orientación
adecuada en el entorno físico o, en relación con la personalidad, un grado
suficiente de desinhibición para enfrentarse, en actitud positiva, al caos
acústico que genera la "jungla de asfalto" o, lo que es igual, al
laberinto urbano que debe transitarse en la más "ardiente oscuridad".
En efecto, al igual
que otras habilidades fundamentales del ser humano, la movilidad en personas
ciegas requiere de un entrenamiento temprano, dilatado en el tiempo, en
condiciones familiares, sociales y de maduración
psicosomática idóneas (antes de andar o hablar, es preciso gatear y
balbucear).
De forma artificiosa,
con la finalidad de ilustrar lo antedicho y con un carácter meramente
orientativo, podrían establecerse teóricamente tres
grupos dentro del colectivo al que se viene aludiendo:
- El primero incluiría
a aquellos ciegos que disponen de una movilidad suficiente para desenvolverse
en el medio urbano o rural en el cual tienen fijada su residencia, pudiendo
efectuar sin otra ayuda que la de sus propios medios, largos desplazamientos a
puntos alejados de su vivienda habitual.
- En un segundo grupo
se ubicarían quienes disponen de una movilidad restringida a trayectos muy
cortos, realizados más con necesidad que con placer y que se limitan a zonas
adyacentes al domicilio o al lugar de trabajo. Dentro de este grupo se observan
ya ciertas características en el modo de "conducirse": movimientos
rígidos, mecánicos, robóticos, que denuncian una actitud de atenazamiento,
mezcla de aprendizajes tardíos o insuficientes con miedos a duras penas
disipados.
- Por último un tercer
grupo, el que más nos interesa, integrado por aquellos ciegos absolutamente
incapaces de traspasar el umbral de su casa si no es en compañía,
estableciéndose, de facto, como ya se ha dicho, una ecuación irracional entre
ceguera y "paraplejia", semejanza que, obviamente, sólo se fundamenta
en el plano de lo imaginario. Así, las personas englobadas en este grupo,
afortunadamente el menos numeroso de los mencionados, precisarán de familiares
o amigos para ser acompañados: al café ritual, al paseo reparador, al centro de
estudio o trabajo, etc..
La madre, la mamá, de
cuya trascendencia se hablará después, se erigirá por mucho tiempo, más que en
el "lazarillo", en el "ángel de la guarda" de su hijo ciego
por quien "velará noche y día" y "guiará" a cualquier lugar
que sea menester, llegándose, en los casos más extremos y por extravagante que
parezca, al punto de acompañarle a reuniones y fiestas en las que terminará
transformándose en un miembro más a todos los efectos. Naturalmente, una
conducta tan apretada de sentido no se diluye con facilidad ni siquiera para el
observador no iniciado, y ello por las inevitables sombras que proyecta,
sombras cuyo trasfondo se correspondería con los puntos más acrisolados del
sistema freudiano.
Es extraordinariamente
limitada la gama de actividades laborales a las que pueden tener acceso, en
condiciones suficientes, las personas sin visión, aún así, aquellas profesiones
que se inscriben en el campo de lo posible, tal como se ha formulado para otras
tareas de la vida cotidiana, exigirán en todo momento un esfuerzo
complementario a fin de realizarlas con unas mínimas garantías, no obstante,
insistir una vez más, el objeto de estas líneas no será el cúmulo de
dificultades reales que aparecen como consecuencia de un handicap
sensorial, sino el "plus de
obstáculo" dimanante del propio sujeto y de su historia personal.
Como en el párrafo
precedente y para una mejor comprensión, se recurre nuevamente al artificio
clasificatorio proponiendo una división en dos grandes grupos, teniendo en
cuenta que, probablemente, el más numeroso se halle en la zona de intersección
de ambos:
- En el primero,
resulta evidente, se hallarían aquellos individuos que manifiestan un saludable
afán de superación, con el consiguiente éxito, frente a las barreras reales que
presenta cualquier actividad laboral y que, por elemental que ésta pueda
parecer, siempre entraña alguna dificultad añadida para la persona privada de
la vista.
- En segundo lugar, y
éstos son los casos que se ciñen a nuestro propósito, tendríamos a aquellos
ciegos que adoptan una actitud pasiva, de "encogimiento" o inhibición
respecto a las trabas de toda índole que continuamente les plantea su trabajo,
obturando, además, la posibilidad de encontrar los medios oportunos para
soslayarlas, en definitiva, para
maximizar sus verdaderas potencialidades y desarrollar éste en las mejores
condiciones, teniendo, pues, que apoyarse nuevamente en terceras personas para
tareas que de ningún modo precisarían de tal intervención.
Este fenómeno de
inhibición, tan frecuente como autolimitante, adopta muy diversas formas:
- Negativa a utilizar
los cada vez más numerosos recursos que la ciencia y la tecnología vienen
poniendo en manos de los no videntes para una mejor adaptación al puesto de
trabajo.
- Derivación a
terceras personas de funciones y responsabilidades propias de su actividad
laboral y acomodamiento ante cualquier prestación de ayuda por innecesaria que
ésta pudiera ser en otras circunstancias.
- Incluso, en el plano
físico, podría hablarse de la adopción de ciertas posturas corporales que,
observadas con la suficiente perspectiva, ofrecen en su conjunto una imagen que
recordaría a las "estatuas sedentes", dicha apariencia confiere, si
cabe, una mayor plasticidad al concepto de inhibición aquí manejado.
Mención muy especial
merecen aquellos casos, no demasiado infrecuentes, en los que el invidente es
"conducido", generalmente por un familiar próximo, a su lugar de trabajo,
permaneciendo a su lado durante la jornada laboral, efectuando por él todas o
la mayor parte de las tareas consubstanciales a dicha actividad profesional y,
finalmente, si cabe, administrando con "paternal providencia" las
correspondientes retribuciones. Esta "escena" en la que se concitan
diversos elementos de naturaleza dispar, desde supersticiones morales,
conceptos educativos ciertamente silvestres, "esclerotización
múltiple" del desarrollo psicosocial de un individuo, etc., hasta, en
algún caso, una forma encubierta de explotación económica, hace resucitar a los
personajes del esperpento valleinclaniano (la Mari-Gaila feriando al
baldadiño...), se descuelgan de la tramoya encarnándose en un patético drama de
la vida real.
El innegable valor de
esta suerte de comensalismo estriba en que, excepción hecha de la ceguera, no
existe patología orgánica ni déficit intelectual asociados a ésta que pudieran
justificar tal modo de proceder, teniendo, una vez más, que buscar la
explicación a tales relaciones en factores psicológicos y sociales; de no ser
así, es decir, de existir cualquier deficiencia incapacitante, esta cuestión,
lógicamente, requeriría un tratamiento completamente diferente.
El déficit en
determinados aspectos sociales (si se quiere, discapacitación social), del cual
venimos hablando y que aqueja a un buen número de personas dentro del colectivo
de referencia, no es del todo ajeno al pensamiento consciente de aquellos
sujetos que pueden verse afectados, de ahí que , en ocasiones, haya quienes
opten por el atajo de una emancipación precipitada, prematura, forzados por lo
que se manifiesta como lazos familiares extremadamente "asfixiantes",
aunque en otras sea debido a circunstancias adversas a las que nadie puede
sustraerse.
Se dice
"emancipación prematura", no desde una pespectiva cronológica ni
mucho menos cultural, sino desde la constatación de una evidente falta de
condiciones objetivas además de una insuficiente maduración psicosocial, para
afrontar el reto de sacudirse una situación de sobredependencia, pero eso sí,
en la íntima convicción, tan plausible como ingenua, de que la liberación de
estas "ataduras" traerá consigo un mayor grado de autonomía personal.
Sin embargo, estos vínculos, al atravesar la historia del individuo, han ido
dejando profundas marcas en las distintas estructuras de su desarrollo
psicológico, de manera que la emancipación apresurada sin una conveniente
revisión de aquellos esquemas más obstaculizantes, conllevará, tanto para las
cuestiones de orden práctico como para las relaciones interpersonales de
cualquier naturaleza, un alto grado de entropía, término que no entraña
connotaciones ideológicas sino los criterios de sufrimiento o inadaptación, ¡y
no es para menos!: a partir de ese momento habrán de enfrentarse solos, sin
madre, a un mundo que, de repente, habrá dejado de estar algodonado.
Avancemos un poco más,
ahora en un terreno de menor densidad por lo que deberá transitarse de
puntillas y buscando los puntos más firmes. Dentro de los aspectos de la
personalidad que se mencionan a lo largo de este segundo apartado, es, quizás,
éste el concepto nodal del cual se derivan y en torno al que pivotan todas las
psicocaracterísticas enunciadas y que, por consiguiente, en todo momento habrá
de tomarse como referencia obligada. Asimismo, es el aspecto más inasible para
la obsevación ya que se trata de una inferencia efectuada a partir del resto de
expresiones y peculiaridades aquí descritas.
Piterpanismo,
inmadurez, infantilismo, etc., son términos que aluden a una misma idea, a un
desarrollo fragmentario, incompleto, de la personalidad, con elementos
regresivos que buscan su anclaje en estadíos afectivos anteriores y otros
elementos de fijación que se trasladan por las diferentes etapas de la
evolución del sujeto o, dicho de otro modo, numerosas esquirlas del pasado
incrustadas en el "cuerpo psíquico" del individuo y que dificultan el
crecimiento global, la constitución adulta de la personalidad. En definitiva,
piterpanismo o infantilismo aluden a un posicionamiento filial respecto del
mundo que se entrevé en numerosos comportamientos del sujeto a través de los
cuales se traslucirá ese poso de inmadurez al mismo tiempo que constituirá un
testimonio de su presencia y su insistencia.
Así pues, la
confirmación de lo dicho habría que encontrarla en una amplia gama de tales
manifestaciones comportamentales que se extenderá desde la esfera de lo
personal a la de lo social y desde cuestiones menos sobresalientes hasta
aquéllas de mayor envergadura en las que puede, incluso, naufragar el proyecto
de vida del sujeto. Así tendríamos los cieguismos, como ya se ha expuesto, que
son una avanzadilla de aspectos más relevantes;
- expresiones de
candidez salpimentadas con diversos gestos "aniñados"
(extemporaneidades verbales, risa descontextualizada, etc.), que irrumpen en el
discurso más o menos lineal del adulto produciendo cierta disarmonía con la
situación en la que se presentan, denotando, sin duda, la pervivencia a flor de
piel de "principios activos" correspondientes a otra cronología y que
reafirman esa ubicación un peldaño por debajo de la vida adulta;
- terrores urbanos y
domésticos adheridos a la propia deficiencia sensorial, que simulan ser
consustanciales a ella y en la que encuentran un perfecto refugio;
- querencia por el
pensamiento concreto más que por el razonamiento abstracto con la lógica
repercusión en el aprendizaje escolar;
- pérdida total o
parcial de la autonomía personal y consiguiente sobredimensionamiento de su
carencia, redundando en una lesiva dependencia real e imaginaria respecto de
terceras personas y un empobrecimiento del individuo en el plano de lo social.
Y, en fin, otras
prominencias de la personalidad mucho más esquivas a la simple observación,
tales como el inmovilismo, los retrasos en la adquisición de conceptos
vinculados a bloqueos afectivos, la intolerancia a la frustración, el plus de
narcisismo, etc., de las cuales, a continuación, se citan aquellas que resultan
menos intangibles y que mejor contribuyen a los propósitos descriptivos y al
esclarecimiento de este apartado.
Una idea ya expresada
al hacer referencia a aquellos aspectos más relevantes de la autonomía personal
y que se manifiesta por una ostensible paralización del "deseo" y,
como consecuencia, una reducción al mínimo del campo de los intereses; los
objetos del mundo carecen del suficiente aliciente para galvanizar la motivación
del individuo y se produce un "enrocamiento" en el núcleo familiar
primario donde se circunscribe el único y verdadero universo de sus demandas.
Asimismo, la deficiencia sensorial se transformará en la coartada perfecta, en
un escudo detrás del cual se parapetará el sujeto para explicar y justificar
aquellas inhibiciones de las que llegue a ser consciente.
Inmovilismo, quietismo
o inhibición, repercutirán de forma generalizada en todas las áreas de la vida
cotidiana, pudiendo, no obstante, quedar a salvo alguna zona donde el individuo
desvíe y vuelque toda su potencialidad psíquica convirtiendo esta parcela en el
"auténtico objeto del deseo" y, por tanto, en su "paraíso"
particular y excluyente.
Inmunodeficiencia para el "no":
El sentido de esta
psicocaracterística ya va implícito en el propio enunciado; la baja tolerancia
a la frustración o al fracaso es un rasgo comportamental que con frecuencia se
atribuye a aquellos niños que tienen la condición de unigénitos y reciben,
además, un tratamiento muy particular durante su infancia. Debido a las
circunstancias especiales de su educación, tal condición se verifica en un
altísimo porcentaje en los niños ciegos, al menos en la práctica familiar ya
que éstos gozan habitualmente de un
estatus de privilegio respecto al resto de hermanos, independientemente del
lugar que ocupen en relación a ellos; esta situación de protagonismo continuado
tendrá un valor de equivalencia, será la unigenitura "in pectore", en
otras palabras, reforzará la probabilidad
de construir esquemas muy frágiles para un mundo que, tarde o temprano, dejará
de otorgarle un "papel estelar".
La segunda razón por
la que se resalta este rasgo, es el plus de frustración inherente al hecho
objetivo de la ceguera, así, a lo largo de su vida, la persona privada de
visión lo estará, además, de todas aquellas cosas que requieren del concurso de
una función tan vital, ésta será la porción objetiva y extra de
"adversidad" respecto a las demás personas, de ahí que cobre,
también, una muy especial significación la capacidad que el niño vaya
adquiriendo para responder con unas saneadas estructuras afectivas a
circunstancias que le llegarán con unos excedentes de dificultad o,
simplemente, etiquetados con la marca de la imposibilidad.
En buena parte este
concepto se deriva de lo anterior; se trata de la ubicación imaginaria en un
centro de gravedad hacia el que las cosas del mundo "debieran" tender
a aproximarse (curvatura einsteiniana), atraídas por la fuerza de un yo
superlativo, alrededor del cual habrían de girar las relaciones con los otros,
sobretodo, las del entorno familiar más cercano. Este centripetismo se verá
fortalecido, no sólo por la inmediatez en satisfacer los requerimientos del
niño por parte de los padres, sino, además de otras cuestiones, por el
"engaño compensatorio" del que será "víctima", por ejemplo,
la exaltación épica de habilidades y atributos que no sobrepasan la normalidad
o están muy lejos de alcanzarla, incluso, a veces, la bienintencionada
invención de los mismos, dando como resultado una inflación del ego y una
percepción torcida de la realidad , en resumen, un problema añadido..., ¡como
si no fuera suficiente...!
Ombliguismo,
centripetismo, narcisismo exacerbado o como quiera que se designe, puede
expresarse de muy diferentes formas: afectando a la concepción del mundo, a las
relaciones sociales o a la propia salud psíquica del sujeto, dependiendo de la
magnitud del síntoma y de su grado de implicación en los diversos aspectos de
la personalidad.
Concepto que no debe
confundirse con el de "cratopatía", tan frecuente en la sociedad,
aunque muy a menudo puedan aparecer estrechamente vinculados. Tiranía, aquí
referida al universo reducido de las relaciones afectivas con las personas más
próximas y que va ligada a la satisfacción inmediata de las demandas de la vida
cotidiana, así como de las eventuales veleidades, presentándose, por lo común,
en forma de ademanes pueriles mechados de imperatividad, acompañándose de
frustración y rictus iracundo si los deseos (órdenes a todos los efectos) no se
ven atendidos con la oportuna diligencia.
Se trata de una
cuestión ciertamente jabonosa en la que no puede hablarse de
"normalidad" ya que, indudablemente, no resulta especialmente fácil
dejar a un lado los estereotipos sociales y culturales, así que, atendiendo
exclusivamente a los criterios psicológicos que se vienen sustentando, tan sólo
enunciaremos los tres caminos que, por su especificidad y carga de sentido,
mejor sirven al propósito que nos atañe:
- Permanencia en el
núcleo familiar: "al calor del primer hogar", sin mostrar interés
alguno en constituir pareja o familia o, simplemente, manteniendo férreamente
reprimido dicho interés, y ello a cambio, nada más y nada menos, que del
"paraíso maternal"... ("madre sólo hay una").
- Una segunda vía es
la indiscriminación: cualquier partener, a poco que reúna los requisitos
estrictamente objetivos sine qua non, devendrá el mejor exponente del modelo
imaginario, sin que se efectúen otras consideraciones pese a las evidencias que
puedan darse... (cualquier sombra puede serlo todo
para la imaginación).
- Una tercera opción,
la búsqueda afanosa de la encarnación del modelo in pectore, búsqueda
inacabable que no rendirá jamás el fruto anhelado ya que el objeto real siempre
parecerá una burda imitación del "verdadero", trabando, como
consecuencia, numerosas relaciones "entrópicas" y con un considerable
monto de frustración... (persiguiendo incansablemente
un espejismo).
Es sabido que buena
parte de la información del mundo que recibimos a lo largo de nuestra vida,
penetra a través de la retina y ésta será una de las razones por las que, con
carácter general, los niños ciegos pueden acusar un cierto enlentecimiento en
el conocimiento de las cosas y, ciñéndonos al ámbito escolar, en la adquisición
de conceptos básicos, presentando, por ello, pequeñas lagunas en su bagaje
cultural; ahora bien, la palabra, con su ritmo más pausado pero implacable,
paulatinamente irá rellenando los espacios en blanco que la imagen no haya podido
grabar, hasta corregir en una medida suficiente el
diferencial con los niños videntes.
No obstante esta
evidencia, no puede pasarse por alto la contumacia, si no en la teoría sí en la
práctica, y por descontado no a sabiendas, por parte del entorno educativo de
esos niños, en camuflar bajo esta causa cualquier retraso del aprendizaje:
"una buena capa todo lo tapa"; de tal forma que puedan no ser
reconocidos numerosos fracasos escolares debidos fundamentalmente a problemas
de carácter psicológico o, incluso, a las trabas que en demasiadas ocasiones
plantea la educación integrada a estos niños.
En el primer caso,
resulta indiscutible que las técnicas habituales de apoyo a la enseñanza irán
paliando el déficit en el aprendizaje producido por un menoscabo en la
recepción sensorial. En el segundo, habrá que acudir a otros procedimientos
encaminados a disolver la problemática afectiva subyacente ya que no es posible
que "la luz atraviese nítidamente un cristal empañado". Por último,
en el tercer caso, al que volveremos posteriormente al referirnos a la
integración, cabe decir otro tanto: mientras que no se modifique alguna de las
circunstancias causantes de un cierto retraso escolar, continuarán, de una u
otra forma, apareciendo, obviamente, los mismos efectos.
Más adelante se
aludirá de nuevo a este asunto cuya relevancia radica, no tanto en la
frecuencia que, afortunadamente, es escasa, como en la singularidad de la
sintomatología que en su conjunto adopta una morfología, si no asimilable, sí,
al menos, cercana a la órbita del autismo, así lo sugiere, aparentemente, una
afectividad vuelta hacia el propio sujeto, la presencia de dilatados monólogos,
el ensimismamiento recalcitrante, en definitiva, un escaso intercambio con el
mundo exterior o un contacto de baja calidad, etc.. Todo ello sin que exista
indicio alguno de trastorno orgánico que responda de la causalidad del cuadro
por lo que, una vez más, hay que recurrir para explicaciones etiopatogénicas a
factores que se enmarcan en el entorno familiar, algo que no sorprende
demasiado si observamos con mirada hipermetrópica el contexto en el que se han
amasado las primeras experiencias del niño y del que, cabe sospechar, emerge el
síndrome enunciado.
Hasta aquí se ha
pretendido describir un conjunto de peculiaridades psicológicas en relación a
un grupo más o menos numeroso de individuos, perteneciente a un segmento
acotado previamente a partir del colectivo que nos ocupa. Estas peculiaridades
lo son, bien por su especificidad respecto a dicho grupo, bien por la
incidencia dentro del mismo, o bien por el grado de "quiebra"
personal que comporten para determinados sujetos.
Las características
psicológicas expuestas pueden presentarse aisladas o conjugarse de múltiples
formas así como alcanzar distintos niveles de neuroticismo en función de los
criterios que venimos manejando, es decir, sufrimiento o alto grado de
insatisfacción personal e incapacidad para desplegar un proyecto de vida. De
igual modo, estas prominencias de la personalidad y del comportamiento pueden
hallarse inscritas dentro del cuadro típico de las neurosis clásicas, aquéllas
que habitualmente encontramos en las nosografías ad hoc, razón por la que
cualquier comentario a este respecto resultaría ocioso si exceptuamos lo
relativo a la proporción en que pueden hallarse tales afecciones neuróticas y
psicóticas dentro del grupo social objeto de nuestro análisis, pero esto sería
tarea para un trabajo complementario, al mismo tiempo que una invitación a los
"topógrafos", en la convicción de que pueden aportarse datos
empíricos muy sustanciosos que propicien una mayor profundización en el tema,
datos que, por otra parte, son necesarios para sostener o refutar cualquiera de
las hipótesis aquí planteadas.
Si se acepta, al menos
de forma dialéctica, lo expuesto hasta este momento, irrumpiría, como no puede
ser de otro modo, la pregunta acerca de las causas que han dado lugar al conjunto
de peculiaridades psicológicas, específicas a un determinado número de personas
dentro del grupo sobre el que venimos versando, surgiría, pues, la interrogante
acerca del otro extremo del ovillo en donde obtener explicaciones coherentes
que contribuyan, a su vez, a la búsqueda de soluciones que favorezcan la
prevención y erradicación de aquellos aspectos más perturbables para los
individuos afectados.
Es bien sabido que en
el ámbito del psiquismo humano no es fácil establecer relaciones simples de
causa-efecto sin caer en un reduccionismo inoperante, en una retórica
cientifista o, sencillamente, en un distanciamiento de la realidad que se
pretende analizar, dicho de otra forma, no puede haber explicaciones ni
fórmulas abracadabrantes para abordar problemas que entrañan un alto grado de
complejidad. Sea como fuere y teniendo en cuenta lo genérico de la presente
exposición, ya resultaría suficientemente gratificante la sola posibilidad de
insinuar el especial contexto en el cual, cabe deducir, se encuentran las
claves, los elementos psicológicos que, tras recorrer la "cámara
oscura" de los procesos internos del sujeto, se transforman en la
sintomatología descrita anteriormente.
En su libro
"Historia de los Ciegos", Jesús Montoro relata cómo la ceguera, en
determinadas culturas y en sus mitos, ha sido envuelta en un velo de misterio,
entre lo real y lo enigmático, de tal suerte que en algunas sociedades el ciego
ha gozado de un estatus de privilegio, por ejemplo vinculado a la adivinación
del futuro, o, por el contrario, en virtud de otros criterios de carácter
esotérico, ha sido víctima de la segregación del grupo; en cualquiera de los
casos, brujo o apestado, se le reconocía como depositario de un mensaje de la
divinidad el cual podía descifrarse según diferentes hermenéuticas.
Sin duda, no debe
sorprender en demasía esta creencia mágica y, como consecuencia, una
determinada ubicación de la persona ciega respecto del grupo, si se tiene en
cuenta el innegable valor de la "mirada" en las relaciones interpersonales; la mirada
se sitúa en el inicio de la comunicación y del lenguaje universal; la palabra,
sin embargo, implica un mayor grado de evolución y esto tiene su importancia,
no sólo al referirnos a sociedades más o menos primarias, sino en el caso de
los niños, en sus juegos, en el aprendizaje, etc.. Así pues, el enigma que
puede rodear a la ceguera, a la ausencia de mirada, simplificando en extremo,
podría substanciarse en la pregunta: ¿qué se oculta detrás de unos ojos mudos
que no responden a la llamada de los míos...?.
A lo dicho, cabría
añadir que la carencia de visión también ha venido culturalmente asociada a
elementos del psiquismo profundo como lo son: el pecado, la culpa y el castigo.
Así, la "tragedia de Edipo Rey" es el mejor exponente de estos
elementos constitutivos de la conciencia moral: a los dos pecados más horribles
para la humanidad, el incesto y el parricidio, les correspondería un
sentimiento de culpa y un castigo en proporción al "delito" cometido,
que en el caso de Edipo es producirse la ceguera extrayéndose los ojos, castigo
elegido en lugar del suicidio, la castración, etc., o, probablemente, en una
equivalencia simbólica con ellos, estribando ahí su enorme importancia.
Estos y otros elementos
fantasmáticos, incorporados a la tradición literaria y al acervo cultural,
además de las vicisitudes reales de los ciegos a lo largo de la historia, han
debido suponer un buen aporte de material del que todavía se nutre una cierta
conciencia social, sobre todo, a la hora de tomar contacto directo con la
cuestión de la ceguera, asimismo, constituyen un buen "caldo" en el
que cultivarse las fantasías individuales de las que cobran mayor utilidad, a
nuestro propósito, aquéllas con las que padres de niños ciegos abordan tanto el
hecho en sí como la problemática circundante.
En tal sentido, habría
que otorgar el calificativo de "joya psicológica" a la declaración
del padre de un niño ciego, refiriendo tres de las fantasías que le
persiguieron a lo largo de su vida: "fracturarse un hueso, ser intervenido
de fimosis y tener un hijo ciego" (téngase en cuenta lo dicho más arriba
en relación con la casuística). Sin duda, es extraordinariamente sugerente el
simbolismo que encierra esta confesión, en franca sintonía con lo mencionado
acerca de las equivalencias y la ceguera como una metáfora más allá de las
circunstancias reales.
La presencia en la
práctica de estos contenidos psíquicos de naturaleza cultural, aprioris o
pre-juicios, disparando los fantasmas
individuales, parecerían disponer, sobre todo a padres aunque también a
educadores, a afrontar la carencia de la visión como algo más que la privación
de una importante potencialidad sensorial. De ahí que no resulte demasiado
sorprendente, que muchos padres desconozcan, en buena medida y durante largo
tiempo, la verdadera dimensión de la ceguera, sus limitaciones en el plano de
la vida real, así como la posibilidad de ser sustituida en parte esta función
del ser humano por otras de menor rango pero que, actuando sinérgicamente,
permiten que una persona no vidente restablezca una saludable capacidad de
desenvolvimiento en su medio social. Este desconocimiento inicial por parte de
los padres y que, paulatinamente, debe ir subsanándose, obedece claramente al
binomio cuyo primer término sería lo dicho anteriormente en referencia a los
aprioris inscritos en la cultura y, sobre todo, a los fantasmas individuales,
siendo el segundo término la falta de una información idónea al respecto, tanto
de los aspectos psicológicos como de aquellas cuestiones de orden más
pragmático, información que , lógicamente, tendría que llegar del lado de los
profesionales y responsables con competencias en el tema y cuyo conocimiento en
la materia se les supone.
Consideremos una
familia tipo a partir de que la trayectoria de sus expectativas respecto del
hijo esperado, es bruscamente interrumpida por la "noticia" de la
ceguera. Parece innegable que este hecho, formalidades aparte, irrumpirá con el
sello de la distorsión, trastocando proyectos, removiendo esquemas, modificando
sustancialmente estrategias de "crianza", etc..
Estos cambios se producirán mucho tiempo antes de que el niño haya podido ser
consciente de sus circunstancias especiales, de ahí que los efectos que
pudieran derivarse de su deficiencia, comenzarán a producirse desde el instante
mismo en que los padres son informados del evento.
Haremos, a
continuación, una disección gruesa con el fin de extraer aquellos momentos más
significativos en el proceso de asimilación del "impacto";
posiblemente, se trate de una serie de vicisitudes psicológicas por las que
atraviesa un considerable número de padres, antes de asumir adecuadamente el
nuevo escenario y se restablezca el equilibrio familiar. Las expresiones
verbales con que se ilustra la descripción, bastarían por sí solas para
ofrecernos una correcta aproximación a este tema puntual.
Es el momento
consecutivo a la toma de conciencia de la nueva realidad; se caracterizará por
un conjunto de intensas reacciones emocionales: A la conmoción inicial le
seguirán periodos de angustia, sentimientos de fracaso, crisis depresivas, en
resumen, un estado general marcado por la negatividad, ante una situación no
esperada ni mucho menos deseada. Estas primeras reacciones por parte de los
padres, tan humanas como comprensibles, podrían sintetizarse en las
verbalizaciones que se realizan en forma de soliloquio desconsolado o a modo de
comunicación íntima, preguntas al aire sin destino y sin pretensión de
respuesta pero que, en cualquier caso, cumplen una función catártica,
imprescindible para avanzar hacia posiciones menos emotivas:
- "¿Por qué a nosotros
esto...?".
- "¿Qué hemos hecho para
merecerlo...?".
- "Cualquier otra cosa bien,
pero ciego...".
- "¡Por qué Alguien ha
permitido que...!".
- "¿Es un castigo, una
prueba...?".
Y así un sinfín de
interrogantes en las que se refleja con claridad la coyuntura anímica inmediata
al "duro golpe"; por fortuna, los efectos más agudos de la nueva
situación se irán modulando paulatinamente y sobre la negatividad inicial se
instalarán actitudes mucho más matizadas hasta recalar, finalmente, en otras de
signo completamente positivo: "después de la tormenta siempre
escampa", aunque esto vendrá precedido de un recorrido salpicado de
altibajos.
En su doble sentido de
error y veredicto. Es una segunda fase o continuación de la anterior que
comenzaría por la primera acepción: el error; en ella se pretende, de alguna
manera, negar o se opone fuerte resistencia a admitir una evidencia
incontrovertible en la confianza de que algo así tiene forzosamente que ser
reversible, por demás, se pondrán en marcha los recursos precisos encaminados a
este logro:
- "Tal vez no sea
cierto...".
- "Se han podido
equivocar...".
- "Visitaremos a los mejores
especialistas...".
- "Si ello es posible le daré
uno de mis ojos...".
Concluirán estas
disquisiciones con la pérdida de toda esperanza desde el punto de vista médico,
tomándose, entonces, fallo en su segunda acepción: veredicto. En efecto, tras
descartar cualquier milagro de la ciencia y con el ánimo aún no restablecido,
el diagnóstico definitivo será vivenciado como una "sentencia
condenatoria":
- "No hay otro remedio, lo
tomaremos con resignación...".
- "Cada cual tiene que llevar
su cruz...".
- "¡Qué vamos a hacer si así
nos ha venido...!".
- "Nosotros no estamos
preparados para esto pero...".
Simultáneamente a las
anteriores, transcurre una fase que, como muy bien puede comprenderse, no se
manifiesta de forma explícita; los propios padres la vivirán de manera apenas
consciente y sin que exista entre ambos progenitores ningún tipo de
comunicación al respecto. Sin embargo, es este corto aunque intenso proceso uno
de los mayores obstáculos a salvar, de su adecuada transformación dependerán
las posteriores relaciones afectivas con el niño, las estrategias educativas
que se sigan, la atención de sus necesidades básicas y aquéllas de carácter más
específico que contribuyan a una óptima maduración. Ahora bien, a requerimiento
de la conciencia moral o instancia superyoica, muy pronto los sentimientos de
rechazo ante la situación indeseada, serán convenientemente reconvertidos, al
activarse los mecanismos de defensa que toda persona pone en marcha frente a
cualquier adversidad; así, la represión, la sublimación, las formaciones
reactivas, etc., se unirán a las lógicas consideraciones éticas y,
naturalmente, al amor parental, quedando, eso sí, como poso de esta etapa
transitoria, un fuerte sentimiento de culpa y la necesidad de expiar el
"pecado" cometido, algo que se verificará con el despliegue de todos
los resortes compensatorios al alcance de los padres: prodigándose en cuidados
y atenciones, "dedicación exclusiva" en detrimento del resto de
hermanos y de su vida personal, hacia el hijo que, por unos instantes, pudo ser
no deseado.
Expuesto de otro modo,
del rechazo inicial férreamente reprimido, sentimientos de culpa consecutivos y
un poderoso "instinto" de protección sustentado en sólidas bases
éticas, surgirá un producto de "alta peligrosidad": el sobreamor.
Con la paulatina
disolución del conflicto se habrá alcanzado un punto de inflexión desde el que
ya no se retornará, salvo de forma esporádica, a las coyunturas más negativas.
Una vez sojuzgadas todas las zozobras de los primeros momentos, comenzará una
labor abiertamente constructiva; la angustia, la frustración, los sentimientos
hostiles, las ideas de fracaso, etc., se irán vaporizando a la vez que
sustituyendo por otras en clave positiva y, en definitiva, por una sincera
conformidad con la situación de presente, la cual ya no es percibida como
irreparable sino en calidad de un reto a afrontar con firmeza. A tal fin habrán
contribuido, no sólo los mecanismos de defensa mencionados, factores éticos y culturales,
el amor "instintivo", etc., sino, también, el progresivo
conocimiento, y por tanto dominio, de las nuevas circunstancias, favoreciendo
todo ello que los padres se instalen en la realidad, asimismo, los sentimientos
de culpa surgidos de las ideas de repulsa se mantendrán suficientemente
alejados de la conciencia, aunque, a modo de principios activos, coadyuvarán al
reforzamiento de un amor que desde el punto de vista humano es absolutamente
plausible pero que, probablemente, desde el estrictamente psicopedagógico, cabe
suponerlo sobredimensionado más allá de unos límites razonables, a juzgar por
la repercusión en el posterior desarrollo de la personalidad del niño.
Así pues, alcanzado un
cierto sosiego y reordenamiento de esquemas, se diseñará un plan general de
actuación que orientará, a partir de este momento, las actitudes de los padres
respecto del hijo, y del cual se desprenderán las estrategias más concretas a
seguir en cada circunstancia; este diseño no hay que suponerlo deliberado o
consciente, más bien, cabe pensar que se ejecutará de una forma completamente
intuitiva, obedeciendo, amén de lo dicho, al impulso natural de amor y
protección al hijo desfavorecido. De las líneas principales se podrían subrayar
aquellas más frecuentes y que, a su vez, van a repercutir más directamente en
el crecimiento psicológico del niño ciego:
- "Seremos sus
ojos...".
Es ésta una
proposición que, con toda probabilidad, nunca haya sido escuchada de labios de
los padres afectados, sin embargo, puede inferirse fácilmente observando el
modo habitual en el que éstos se conducen y no sólo durante la infancia del
hijo sino prolongando este "modus operandi" a su vida adulta. Esta
fórmula, junto a otras muchas, es subsidiaria de un singular concepto de amor,
concepto que, como ya se ha expresado, será la resultante de la pugna entre
ideas y afectos de distinto signo o, lo que es igual, de un arduo conflicto.
"Seremos sus
ojos": la privación sensorial del niño es un "gran agujero"
abierto en las expectativas de los padres, en sus proyectos y fantasías, el
niño es ciego para los padres mucho tiempo antes de serlo para sí mismo,
resulta obvio pensar, como se ha venido repitiendo, que es, a partir del mismo
momento en que aquéllos son conocedores del problema, cuando comienza
verdaderamente la educación de éste en su condición de diferente, ya que en ese
preciso instante se producen las primeras modificaciones esenciales en los
esquemas paternos, constituyendo el principio de una "pedagogía
singular".
"Seremos sus
ojos", es una proposición típica cargada de voluntarismo y buenas
intenciones, ¡cómo no apreciar la belleza lírica y el fondo moral que la
inspiran!, de no ser por las repercusiones en la construcción psicológica del
niño, tanto en lo que denominamos autonomía personal como en lo que
improvisadamente llamaríamos autonomía afectiva, además de la evidente
imposibilidad material: (utilizando una fórmula lacaniana) "no puedo ser
lo que tú no tienes", es decir, nunca los padres podrán ocupar, por
razones ostensibles, el espacio en blanco dejado por la ausencia de una función
sensorial, de ahí que sea mucho más fructífero buscar alternativas de solución,
pero en el terreno de lo posible.
- "Mientras
nosotros vivamos no le faltará de nada...".
Aquí vemos,
nuevamente, cómo la carencia real del niño se traslada imaginariamente a los
padres a modo de una gran falta, ausencia o vacío, ya que la pérdida de la
visión irá más allá de este hecho tangible: "la ceguera es mucho más que
la imposibilidad de ver", al menos en lo que se refiere al pensamiento no
consciente de los padres, de tal suerte que pondrán en marcha mecanismos para
compensar esta privación que en sus fantasías debe considerarse "algo
irreparable", así, los padres y el entorno familiar más cercano se lanzarán
a tapar un agujero, que no por ser cierto es menos fantaseado; y nada mejor
para hacerlo que con grandes dosis de amor, si se permiten las expresiones:
"sobredosis de amor", "amor inyectado en vena", sin tener
en cuenta que "el amor es ciego" y que "hay amores que
matan".
- "Bastante tiene
con lo suyo...".
La familia
transformada en "falimia" (anagrama alusivo al concepto
psicoanalítico de falo), suponiendo en la ceguera una "terrible
desgracia", tanto padres como hermanos dispensarán al niño toda suerte de cuidados
"maternales"; le algodonarán el mundo con el encomiable fin de
proporcionarle, para siempre, una vida en la que no quepa sombra de
infelicidad; le sumergirán en una "burbuja de amor" situada en el
centro del núcleo familiar que, a estas alturas de la vida, es tanto como decir
el centro mismo del universo; en fin, le evitarán, en lo posible, cualquier
contacto con todo aquello que suponga frustración, amurallándole contra el
"principio de contradicción", dicho sea, previa licencia para ensanchar
el concepto, únicamente en términos psicológicos.
Con estas y otras
claves análogas se irán apilando las primeras piedras de la personalidad del
niño ciego, el cual, más pronto que tarde, habrá de asomarse al mundo, no sólo
con un déficit real, objetivable, del que se deriva un conjunto de trabas para
un adecuado desenvolvimiento, sino, además, y esto es tan importante como
ignorado, contará para acometer los desafíos de la vida cotidiana con falsas
herramientas: un concepto erróneo de su posición respecto del mundo o, lo que
es igual, en relación con los otros; una inflación del yo o hiperego que le
hará muy vulnerable ante el fracaso y las contrariedades comunes; por
añadidura, se verá atrapado, sin fácil salida, en una red de afectos familiares
atenazantes que suplantarán su propia
maduración personal, etc., constituyendo todo esto el excedente de dificultad,
las trabas adicionales, los obstáculos que tantas veces se confunden y se
solapan con el que debiera ser el único problema.
De este modo se irá
tejiendo el relato de quien pudo llegar como "patito feo",
transformándose después en un "hermoso cisne" para, finalmente, tener
que, "implume", afrontar su particular reto de vivir.
Lo mencionado en el
apartado anterior, no es más que alguna de las líneas maestras que, de forma
implícita, dirigen la actuación de muchos padres en cuanto a la atención y
educación del hijo con severa minusvalía visual, tales principios básicos, como
ya se ha dicho, se llevarán a cabo de un modo más intuitivo que reflexivo,
prolongándose a lo largo del tiempo con escasas variaciones. Estos
planteamientos generales se materializarán a través de las estrategias
concretas aplicadas en función de las diferentes etapas del desarrollo del niño
y en las diversas vicisitudes de su evolución. Dichas estrategias tendrán de
singular, fundamentalmente, no sólo los pensamientos y motivos subyacentes a
las mismas sino los criterios de su puesta en práctica que serán muy distintos
si comparamos con el resto de hermanos no deficientes:
- Así, por citar
esquemáticamente alguno de los hitos más importantes en el desarrollo infantil,
no resultará demasiado sorprendente que la madre prolongue la lactancia, en
contra de su propio deseo, posponiendo, al mismo tiempo, el inicio de la
alimentación sólida, todo ello con el "intachable" propósito de
postergar el "presunto trauma" que pueda derivarse de este tipo de
cambios esenciales.
- De igual modo se
podrán conducir los padres en lo tocante a la adquisición, por parte del niño,
de habilidades y hábitos necesarios para la autonomía personal: - se retrasará
el entrenamiento en todos los ritos de inicio a la autoalimentación
(utilización de las manos, manejo de cubiertos, etc.): ¿cómo puede comer solo
si no ve la cuchara ni la boca...?;, se trata de una inocente pregunta que a
menudo formulan los niños a las personas ciegas y que, sin ser conscientes de
ello los padres, se sumará a los factores que contribuyen al aplazamiento de
esta instrucción.
- Otro tanto y por
idénticos motivos, cabe decir respecto a otros hábitos personales: podrá
dilatarse al límite la retirada del pañal, con el consiguiente retraso en el
control de esfínteres así como en el aprendizaje de todas las cuestiones
relativas al aseo, vestido, etc., tareas que serán efectuadas por los padres
mucho más lejos en el tiempo de lo socialmente consensuado. En otras palabras,
se agotará, más allá de lo razonable, cada momento y cada etapa en la evolución
del niño, alargando su infancia y, por tanto, su dependencia extrema de la
providencia familiar.
Otros ejemplos
concretos correspondientes a distintas áreas del desarrollo ilustran,
igualmente, el modo de abordar los progenitores estos primeros años del niño: -
coartarán las pequeñas iniciativas que éste pueda plantear a la hora de
explorar y descubrir el mundo circundante, siempre pensarán que entrañan algún
riesgo añadido por mínimo que resulte: en sus primeros pasos, caminarán a su
lado desplazando diligentemente todo obstáculo que se interponga en su
trayecto; cualquier objeto que pretenda alcanzar para tocarlo y formarse una
imagen del mismo, será puesto en sus manos solícitamente para ahorrarle el
"titánico esfuerzo" de buscarlo a tientas.
- En cuanto a la
interiorización de pautas y normas sociales, los padres evitarán, por todos los
medios, imponerlas al pequeño ya que "bastante tiene con lo que
tiene" y, en todo caso, las introducirán a modo de sugerencia por si el
niño se aviene a aceptarlas. En este orden de cosas, los hermanos, tal y como
ocurriera con los principitos de alguna vieja corte, serán reprendidos en su
lugar, aun a sabiendas de que la infracción fue cometida por el niño ciego,
pero... "hay que evitarle traumas adicionales a su handicap", al
menos, así se manifiesta en la práctica habitual de numerosas familias en
similares circunstancias aunque verbalicen lo contrario y admitan teóricamente
que estas estrategias educativas puedan ser inconvenientes para su maduración
psicológica.
- Continuando en esta
línea, los deseos del niño serán escuchados como "imperativos
categóricos" que deberán satissfacerse de forma perentoria, con la
inmediatez tiránica de una exigencia instintiva, de tal forma que, tanto
demandas naturales como toda suerte de veleidades, adquirirán el mismo rango de
necesidad, portando, además, el sellado de urgencia. todo
ello, respondiendo, los padres, a un inconsciente mecanismo compensatorio en
virtud del cual se pondrían en el otro lado de la balanza, excedentes de amor
como contrapeso al infortunio.
- En fin, siguiendo el
camino de las compensaciones, la familia, como se dijo, glosará épicamente las
pequeñas "gestas" del niño, sus logros más cotidianos, magnificando,
simultáneamente, alguna de sus habilidades y atributos por anodinos que éstos
puedan resultar, pero coadyuvando, sin duda, con estas actitudes de exaltación,
a la construcción de un falso yo y un sentido desfigurado de la propia
realidad.
En los primeros años
escolares (hablamos de educación integrada), se reproducirán, en gran medida,
los esquemas pedagógicos mencionados en los párrafos anteriores, suponiendo una
continuidad del entorno familiar en lo que se refiere a las actitudes de los
educadores, en quienes, como prolongación de los padres, se instalará también
el sentimiento compasivo y esa humana, aunque no siempre constructiva,
inclinación a proteger desmesuradamente al más débil frente a las mayores
dificultades con que indefectiblemente ha de tropezar, desarrollándose así lo
que se ha dado en llamar para otros casos, una "discriminación
positiva" o, afinando un poco más, una "marginación positiva", a
todas luces comprensible por el humanismo que encierra pero que, además de
alejarse de los objetivos prioritarios de la enseñanza integrada, no
comportará demasiadas ventajas para el
desarrollo psicológico del niño ciego.
Ahora bien, a pesar de
la cooperación tácita entre padres y educadores para mantener al pequeño
flotando en su "burbuja", será, precisamente, a partir de su
incorporación a la escuela ordinaria o, lo que es igual, su primer contacto
serio, su primera fricción con el mundo sin el escudo protector del
"hogar", cuando, de forma simultánea, aparezcan o comiencen a
incubarse los primeros conflictos, las primeras grietas en alguna de las
estructuras de la incipiente personalidad, y ello, como consecuencia de la
confrontación entre la fragilidad de sus esquemas psicológicos y una realidad
que ya no es posible maquillar y contra la que no puede blindarse a pesar del
encomiable voluntarismo de los responsables de su educación, realidad que, no
hay por qué engañarse, se presenta con un punto de aspereza y hostilidad; en
efecto, las tareas escolares tendrán para él, en el mejor de los casos, un plus
de dificultad, el resto serán insalvables: así, las aulas vendrán a ser un
espeso "bosque" de imágenes y colores que sobrevuelan las pizarras,
los pupitres, etc., sin que el niño sea capaz de atraparlas con los receptores
sensoriales de que dispone, con la consiguiente pérdida de información o escaso
intercambio de la misma con otros niños; asimismo, quedará
"sutilmente" relegado en la mayoría de actividades de tiempo libre,
juegos, deportes, etc., por exigir éstos, en general, de un gran dinamismo y,
por tanto, del concurso de todos los sentidos, o, en todo caso, participará,
"de oficio", quebrando el "endiablado" ritmo inherente a la
edad; algo que difícilmente pasará desapercibido para un niño de una enorme
sensibilidad, etc., etc..
Así pues, quien fue
inicialmente ubicado en el centro del universo del "amor" familiar,
alejado de contrariedades e insatisfacciones, un ego inflado artificialmente,
en fin, para ser "primus inter pares", deberá recomponerse a toda
prisa ante estas primeras experiencias penosas, poniendo en funcionamiento todos
los mecanismos de defensa a su corto alcance para asimilar una situación que le
desborda más allá de donde él es capaz de "achicar agua": de un lado
su deficiencia sensorial, de otro su déficit de maduración; en resumen, el niño
se verá en medio de una realidad a la que debe hacer frente, no sólo con menos
herramientas que los demás, sino con alguna de ellas ciertamente frágil, en
otras palabras y aludiendo al juego infantil, se verá abocado a la ardua tarea
de "clavar puntas de acero con martillos de plástico".
Flagrante
contradicción ésta: un niño educado en unos bajos niveles de tolerancia a la
frustración, para dejarle "caer", de golpe, en una situación
multiplicada de obstáculos; "un barquito de papel botado a mar
abierto".
En las páginas
anteriores hemos recorrido, valga la expresión, el camino "regio" o,
lo que es igual y a falta de su corroboración empírica, el más transitado, la
opción educativa más habitual dentro del colectivo de familias en las que uno
de sus miembros se halla privado de la visión, pero, siendo quizás la más
común, existen otras opciones cualitativamente diferentes de las que sería
inexcusable, no referirse brevemente a una de ellas cuya importancia estriba,
más que en su frecuencia que afortunadamente es escasa, en su singularidad y
posibles consecuencias psicológicas:
Se podría sintetizar
diciendo que los padres, al menos uno de ellos, han quedado enredados en alguno
de los momentos que preceden a la completa aceptación de la deficiencia del
hijo; es fácil suponer que se trate de la fase del rechazo en la cual, por
motivos exclusivamente personales, quedan atrapados, actuando, a partir de ahí,
de forma más o menos ostensible, siendo o no conscientes de ello, en consonancia
con unos sentimientos de repulsa hacia una situación no asumida aunque acatada
por "imperativo social o moral".
Podemos encontrarnos
con estos casos en familias pertenecientes a grupos sociales de carácter
marginal, con un niño ciego que no recibe los cuidados propios no sólo de su
corta edad sino, también, de sus circunstancias especiales, con la lógica
repercusión en el desarrollo integral del niño, incluidos los aspectos
psicológicos. Pero, con ser grave esta situación, es lo suficientemente visible
como para ser detectada y reconducida mediante los resortes que la sociedad, a
través de las distintas Administraciones, tiene a su alcance para intervenir en
tales ocasiones.
Ahora bien, aquí lo
que verdaderamente puede interesarnos, a nivel de nuestro trabajo, es el
trasfondo del rechazo pero expresado de forma mucho más sutil, tanto que se
desliza entre los dedos resultando apenas perceptible; y es el caso en el que
los padres, efectivamente, han quedado estancados en esta fase de máxima
negatividad, por supuesto sin ser conscientes de ello, pero, a diferencia con
lo anterior, prodigarán a su hijo toda
clase de cuidados materiales, incluso, desde un punto de vista cuantitativo,
más que al resto de hermanos; con esto sentirán perfectamente cubiertas sus
obligaciones como progenitores, sin embargo, desatenderán parcial o totalmente
aquellos aspectos relacionados con lo que podríamos nombrar como
"humanización", o, si se quiere, la socialización: el lenguaje, la
marcha, la interiorización de normas, la autonomía personal, el juego, el
afecto necesario y un largo etcétera, englobado todo ello en el concepto de
educación.
Por si no fuese
suficiente, es fácil deducir que estos "humanos cuidados" se
polarizarán en alguno de los otros hijos, por lógica natural en el más pequeño,
buscando con ello la compensación a su "gran fracaso". El trabajo, la
lectura y múltiples aficiones constituirán, igualmente, un maravilloso refugio
en donde "descansar" de lo que, innegablemente, representa un problema
del cual es preciso huir.
Sobra decir que estas
actitudes menos frecuentes, no se correlacionan con ningún estrato social
determinado, en todo caso y por razones de tipo práctico, resultan más viables
en familias con mayores recursos materiales pues disponen de los medios
necesarios para delegar en terceras personas, todas las responsabilidades que
les son propias, garantizándose con ello, además, la coartada perfecta para
encubrir una situación anómala.
Tal vez, lo dicho en
este apartado constituya un argumento suficiente para llevar a cabo un trabajo
monográfico, buceando en las más que probables conexiones entre el
estancamiento de los padres en la fase del rechazo y alguno de los síntomas
enunciados en el epígrafe: "niños-lobo", que no es sino una alusión a
la vieja leyenda romana o a las modernas historias, ciertas o no, de niños
hallados en la jungla y criados por lobos, es decir, habiendo recibido los
cuidados precisos para su crecimiento biológico, como seres vivos, pero no
dándose las condiciones imprescindibles para la "humanización".
VI. DE LOS VIEJOS COLEGIOS A LA NOUVELLE
ÉCOLE
De lo dicho hasta el
momento se desprende sin dificultad que son aceptados en estas páginas, en
sintonía con algunos modelos psicológicos, los postulados en relación a la
etiología de la psicoproblemática aquí descrita, así se entiende que la misma
hunde sus raíces causales más profundas en las primeras experiencias
infantiles, es decir, aquellas vivencias que se ubican en el ámbito familiar
remoto, mucho antes de que el niño sea consciente de su carencia y ésta sólo
haya adquirido sentido para los padres. Sin embargo, y a pesar de que las
líneas básicas de la personalidad del niño se irán trazando a partir ya de
estas primeras experiencias en el núcleo familiar, no puede obviarse, como se
ha apuntado en el "pequeño emperador", la importancia de la escuela,
sobre todo los años iniciales, en el moldeado y concreción de los diversos
perfiles psicológicos, (al fin y al cabo la personalidad no es una estructura
estática y cerrada); asimismo, otros aspectos imprescindibles para el
desarrollo global de un individuo: la adquisición de conocimientos, la
sociabilidad, la autonomía personal, etc., cobran doble significación para los
niños ciegos ya que se hallan mucho más expuestos que los demás a padecer algún
déficit en cualquiera de estas áreas. Por todo ello, no resulta fácil
sustraerse a dedicar un breve comentario a la cuestión de la educación, más
concretamente al modelo actual dominante, la enseñanza integrada, haciendo
referencia simultáneamente a la casi extinta educación especial, también
denominada enseñanza segregada con un matiz intencionadamente peyorativo; en
todo caso, ambos modelos son emblemáticos y representativos de diferentes
épocas y modos de pensar y que, más allá de sus aparentemente irreconciliables
divergencias, son complementarios, en tanto que aportan soluciones a problemas
diferentes y, en definitiva, comparten el mismo fin que no es otro que la
auténtica integración de las personas ciegas en la sociedad, estribando buena
parte de sus viejas controversias en alguno de los pasos intermedios, por
ejemplo: cuál sea el momento idóneo para incorporar al niño a la escuela
ordinaria.
Aún así y dicho lo
anterior, puede resultar anacrónico, heterodoxo o susceptible de
"anatema", pretender hurgar en una de las esencias de la pedagogía
moderna, bandera de progresía, como es la educación integrada para cualquier
niño independientemente de la minusvalía que padezca, tendencia masivamente
aceptada de la que, probablemente, sólo quedan excluidos aquellos casos de
minusvalías muy graves o plurideficiencias. Ahora bien, si resultan
teóricamente inapelables los principios psicopedagógicos que inspiran el
paradigma de la educación integrada, no lo son menos los hechos observables, o
sea, la obstinación con que nos salpican los resultados concretos, los cuales,
al día de hoy y en referencia a niños ciegos, parecen revelar una cierta falta
de correspondencia entre la "filosofía" y unas moderadas expectativas
de éxito; y si esto fuese así, naturalmente, tales hechos reclamarían algún
reajuste, bien en las líneas teóricas, bien en su aplicación práctica, dicho en
otras palabras, exigirían el abandono de posturas dogmáticas, "fe
ciega" o complacencia en "verdades" que, por no ser revisadas,
estarían propiciando que determinados errores se hicieran perseverantes y
recurrentes.
En tal sentido,
quiérase ver o no, quiérase o no realizar un análisis exhaustivo de los datos
fácilmente conseguibles, la educación integrada o los actuales parámetros en
los que se lleva a cabo, tampoco está suponiendo, precisamente, un camino
"alfombrado" para los niños con una severa deficiencia visual. En
efecto, después de varios años de experiencia continuada y generalizada, existe
ya, aparte de los casos individuales que siempre los hubo, un colectivo muy
numeroso de niños y adolescentes que se incorporaron a las escuelas normales en
una edad temprana y que hoy prosiguen sus estudios en régimen de integración.
Pese a no existir estudios comparativos con el sistema educativo anterior, sin
embargo, y teniendo en cuenta las limitaciones de una observación parcial, no
parece haber grandes razones para abandonarse al optimismo, podría afirmarse,
sin demasiadas vacilaciones, que persiste la psicoproblemática descrita en
apartados precedentes, es más, caben algunas matizaciones, así, se observaría
un ligero empeoramiento en áreas tan importantes como la orientación y
movilidad, igualmente, en lo que se refiere al bagaje cultural, sin olvidar
aquellas cuestiones relacionadas con la sociabilidad, es decir, el
objetivo-estrella de este modelo educativo y cuyo cumplimiento tal vez aún se
halle lejos de lo que sería de esperar.
Algo similar puede
decirse acerca del concepto de inserción social, inspirado en los mismos
principios humanistas y que adolece, también, de un punto de romanticismo,
tanto en el caso de enfermos mentales crónicos como para aquellos individuos
con conductas antisociales y tendencia compulsiva a la comisión de actos
ominosos, dicho sea por las consecuencias así como por el "barroquismo
desplegado". En el primer caso, siguiendo la estela de un sueño, se
derribaron las tapias de los viejos hospitales psiquiátricos de reclusión con
el loable propósito de no separar al enfermo de la sociedad; pero la realidad
es tozuda y ante la problemática de toda índole que genera esta situación, ha
sido preciso retroceder sobre los propios pasos, eso sí, de forma subrepticia y
torticera, sustituyendo los muros físicos por otros, tan impenetrables o más,
de naturaleza química, el ladrillo y el cemento por el psicótropo suministrado
a fin de conseguir: una inserción formal / un aislamiento real. En el segundo
caso, siguiendo los mismos principios admirables de un humanismo pueril a la
vez que unilateral, haciendo alarde de un profundo desconocimiento del psiquismo
humano, se devuelve a la sociedad sin haber adoptado las medidas terapéuticas
necesarias, a personas igualmente enfermas y en franca disposición de realizar
acciones irreparables: es suficientemente conocida la existencia de ciertas
configuraciones psicológicas que entrañan esa condición reiterativa
("reincidente") para la destructividad.
Esta innecesaria
disgresión viene al caso por el innegable paralelismo entre ambos conceptos,
integración e inserción, los cuales comparten en origen un mismo trasfondo
filosófico y, aunque sin cuantificar, un grado de fracaso en los resultados, y
ello, por atenderse más a cuestiones ideológicas que a análisis rigurosos
apoyados en datos empíricos, importando más la estética intelectual o el
esnobismo "progresistoide" que otras consideraciones de mayor calado
y repercusión, negando, soslayando, disfrazando o envolviendo en "papel de
regalo" unos hechos que se desvían notablemente de los objetivos marcados
y que requieren la reconversión de algunos axiomas inamovibles en hipótesis de
trabajo contrastables y revisables.
Reparemos por un
instante en tres de las principales argumentaciones psicopedagógicas, no en
otras de naturaleza mucho menos teórica, que inspiran a pedagogos, psicólogos,
maestros y a la sociedad en general, para determinar la conveniencia, si no la
necesidad, de que los niños ciegos se incorporen a la enseñanza integrada desde
el principio, es decir desde las escuelas infantiles hasta la finalización de
la enseñanza. Insistir una vez más, que los presentes comentarios, de ningún
modo pretenden contraponer los dos modelos pedagógicos sino, más bien, apuestan
por su complementariedad e intercambio, asimismo, lo que en algún momento
pudiera parecer una toma de posición del lado de los denostados colegios de
educación diferenciada no sería más que una formalidad dialéctica, un cierto
eclecticismo eventualmente alineado con el contrapeso a unas posiciones
axiomáticas que se decantan "ciegamente" en favor de la
"inserción" educativa sin que se tengan en cuenta los únicos
argumentos que merece la pena considerar, o sea, los datos concretos, los
resultados palpables, en este caso, las grietas abiertas en el edificio
pedagógico de un modelo tan aceptable como en su día lo fue el anterior pero
que, como cualquier sistema de ideas vivo, debe mantenerse en permanente
autocrítica.
Mundo real.-
Tal vez se trate del
argumento que con mayor fuerza dialéctica ha sido esgrimido en favor de la
integración y que podría resumirse: "los niños ciegos deben enfrentarse
cuanto antes a la realidad y, por tanto, incorporarse desde el principio al
mundo en el que tarde o temprano habrán de vivir".
Dicho así resulta
prácticamente incuestionable, de no ser por que esa misma realidad se muestra
remisa en corresponder a las esperanzas de este "principio
fundamental" ya que, insistiendo una vez más, queda fuera de la
consideración del postulado, un asunto tan prioritario como es el proceso de
maduración psicológica del niño que, en nuestro caso, supondría dotarse de una
serie de herramientas (esquemas intelectuales y afectivos, habilidades o
destrezas específicas), con los que abordar esa realidad que, de lo contrario,
deviene especialmente hostil.
En efecto, el primer
impacto, que no será el único, lo habrá de experimentar el niño ciego en el
momento de incorporarse al aula de trabajo, un mundo de pizarras, imágenes,
colores, dibujos..., en definitiva, la cultura que, a esta edad, penetra en
buena medida por los ojos y que dificultará en extremo, a pesar de las teorías
ad hoc o los apoyos siempre escasos, que el niño "tome la rueda del
pelotón" de compañeros videntes. Podemos hallarnos en el punto de partida
de un futuro fracaso escolar y, por qué no, ante las primeras experiencias íntimas
de marginación, de aislamiento aun estando rodeado de
niños, de los que le separa ese muro invisible aunque no por ello inexistente,
la barrera de los sentidos.
Un segundo impacto,
tan importante como el anterior, lo constituirán las actividades de tiempo
libre, es decir, EL JUEGO, que, como corresponde a esta etapa de la vida,
requerirá de un extraordinario dinamismo; tanto el deporte, los juegos
organizados y las actividades lúdicas no regladas, tendrán en estos primeros
años de vida, como característica inherente, que los niños se comportarán,
respondiendo a su naturaleza, como las partículas de un gas calentado en un
recipiente a gran temperatura. Los educadores no podrán, si no es forzando la
situación, conseguir una participación natural del niño ciego en unas
actividades que exigen el concurso de todas las facultades, encontrándonos de
nuevo con situaciones sutiles pero no imperceptibles de marginación y que éste
vivenciará calladamente, algo que, al parecer, desorienta en demasía a los
teóricos de las "respuestas mensurables". El niño, pues, ante estas
experiencias no satisfactorias, activará a toda prisa todos los resortes a su
alcance, pondrá en marcha sus mecanismos defensivos con el fin de
"achicar" frustración o "reducir la fractura" en alguno de
sus esquemas.
Por último, un tercer
impacto, no de menores consecuencias, lo constituirá la relación extraescolar
con otros niños pertenecientes a su grupo de estudio, dicha relación supondrá
una continuidad de lo mencionado para las actividades de tiempo libre en la
escuela, es decir, escasa y fragmentaria, con lo que el niño ciego verá
mermadas sus posibilidades de contacto e intercambio limitándose al entorno
familiar y, con demasiada frecuencia, a los padres y personas mayores, asunto
éste también de gran trascendencia a sumar a los anteriores.
Rápidamente se
comprende que este tipo de contingencias no se producían en los colegios
especializados, en éstos, los niños ciegos han podido cubrir plenamente su
necesidad afectiva a través de una completa sociabilidad, compartiendo con los
compañeros, sin ninguna restricción, toda clase de actividades al mismo tiempo
que preparándose para una integración sin turbulencias, o sea, a una edad en la
que se ha adquirido conciencia clara de la deficiencia que se padece y de las
circunstancias concomitantes, de las limitaciones, las potencialidades y, cómo
no, una vez provistos de los medios suficientes para desenvolverse
correctamente en su entorno; esto, no parece hallarse al alcance, precisamente,
de un niño de muy corta edad. Ahora bien, si la finalidad de la educación
especial era la preparación del niño y adolescente para una adecuada
integración, en la práctica de muchos años, estribando ahí uno de sus grandes
fracasos, la enseñanza diferenciada se convirtió en un fin en sí misma,
generando y encerrándose en una realidad educativa distinta y alejada de la
educación normal, olvidando su cometido básico, de transición o perífrasis
pedagógica para llegar, en un plazo determinado, a su objetivo último.
En fin, si se permite
realizar un ejercicio de cierta "crueldad dialéctica" respecto del
presente argumento esgrimido para justificar la conveniencia de incorporar
cuanto antes al niño ciego al "mundo real", cabría preguntar a sus
paladines si verdaderamente aplican este mismo principio en todos los casos,
incluidos los propios hijos: ¿permiten, bajo el razonamiento de "así es la
vida", que sus pequeños tengan la oportunidad de conocer todo lo
concerniente a la violencia humana o, por el contrario, les administran este
tipo de aprendizaje en pequeñísimas dosis?; ¿permiten a sus hijos de corta edad
conocer el "mundo real" en lo tocante a la sexualidad o recurren al
zaping cuando en la pequeña pantalla aparecen determinadas secuencias?; ¿les
responden con "realismo" a todas sus inquietudes acerca de la muerte,
el nacimiento, etc. o les cuentan la historia del "abuelito y el
cielo" o aquello de la "semillita" y la "cigüeña con su
cestita"?.
Una réplica fácil a
estas interrogantes, iría en el sentido de que se comparan cuestiones de muy
distinta índole y magnitud. Tal vez sea cierto. Ahora bien, nos quedaría,
entonces, el reto de calibrar con rigor y hasta donde sea posible, la verdadera
dimensión del impacto, lo que representa para el psiquismo aún muy frágil de un
niño, el fuerte choque con ese "mundo real" al que los teóricos del
"capuzón" pretenden sumergirlo sin que sepa dónde están sus
"anclajes", sus "puntos de amarre".
Gueto.-
Los colegios
especiales son guetos, reductos de marginación".
Es ésta una segunda argumentación enarbolada en contra de la enseñanza
especializada y que, igual que la anterior, resulta aparentemente incontestable
por mencionarse sólo la mitad de la "verdad", pues, si bien es cierto
que estos colegios se erigían como recintos cerrados, con unos límites físicos
bien definidos albergando en su interior, en régimen de internado, un colectivo
de niños deficientes visuales, de diferentes edades y circunstancias, no es
menos cierto (la inteligencia es grosera sin la sutileza), que hay en esta apreciación
un punto de engaño producido por una ilusión óptica ya que el ladrillo no es la
única pared que puede interponerse entre dos realidades diferentes; hemos visto
más arriba que hay muros no tangibles pero que pueden cumplir perfectamente el
papel de gran barrera; integración formal / marginación real es un hecho que se
repite de forma muy extendida en la sociedad y del que no están exentos los
niños ciegos; quiere esto decir que el gueto, el apartamiento social, no hay
por qué verlo únicamente en la arcilla o en otras materialidades convertidas en
símbolos, del mismo modo que no hay por qué dar como válida la integración en
base a las buenas intenciones y los principios impecables. Es preciso, pues, en
este campo, observar un poco más lejos de la apariencia que siempre es
"formalmente correcta" y profundizar con un constructivo
eclecticismo, en los desajustes que también se producen en la educación
integrada.
Así, es ciertamente
una ironía el calificativo de gueto con el que se reprueba a los antiguos
centros ya que, de hecho, sin ser menester grandes abstracciones, nos
hallaríamos en una parecida situación: el niño ciego puede estar y sentirse
absolutamente marginado aunque se halle completamente rodeado de cientos de
niños que juegan, aprenden, etc. pero constituyendo para él un sistema
semiimpermeable. Imaginemos un jardín repleto de pájaros y uno de ellos
envuelto en una finísima malla a través de la cual puede ver, oír, tocar, oler,
a todos sus compañeros pero no le permite volar junto a ellos. La pregunta
sería si puede un niño de cinco años salir completamente ileso tras una
continuada experiencia de estas características o, por el contrario, decirse
con gran cinismo que: "si sobrevive a la misma, se hará mucho más
fuerte".
Desarraigo.-
Una tercera
argumentación esgrimida en contraposición
a la enseñanza diferenciada sería: "los colegios especiales, por su
régimen de internado y por su alejamiento, ocasionan en el niño un desarraigo
de su entorno familiar y social".
Es, sin duda, el
razonamiento más sólido que puede formularse en contra de los colegios
especiales los cuales, por razones económicas y de operatividad, no podían
ubicarse en función del criterio de proximidad. En efecto, la permanencia
durante años en estos centros, con la sola excepción de los periodos
vacacionales, tuvo una repercusión muy negativa, sobre todo, a la hora del
retorno al lugar de procedencia en el que no se habían cultivado vínculos
afectivos, teniéndose, con lo que ello supone de esfuerzo añadido, que iniciar desde
cero una adaptación extremadamente compleja. Ahora bien, puede esgrimirse que:
"en la condena también va la salvación", y ello, si atendemos a lo
manifestado aquí acerca de los férreos lazos que la familia establece con el
niño, una vez conocida la minusvalía que éste padece. Así pues, el
distanciamiento temporal puede ser considerado desde otra perspectiva más
positiva: en relación al desarrollo global del niño, a su maduración, a su
autonomía personal en todos los órdenes, etc., sin la mirada providente e
inmovilizante de quienes, indudablemente, muy bien le quieren aunque le
entiendan muy mal. Naturalmente, aun admitiendo la virtualidad de este
distanciamiento temporal, en ningún caso justificaría los dilatados
"extrañamientos" que exceden en mucho de los objetivos últimos de una educación
preparatoria.
Por último, una
anotación a pie de página o a modo de réquiem por los viejos colegios, no tanto
en referencia a cuestiones psicológicas o vicisitudes afectivas como a otros
aspectos del desarrollo de un niño ciego (la autonomía, la movilidad, las
actividades libres, la inclinación profesional, etc.), y que, sin lugar a duda,
inciden notablemente en su proyecto vital o en su futuro desenvolvimiento en el
mundo, en su integración (real, no formal) en la sociedad, y por ello, en una
saludable conformidad consigo mismo y con todas sus circunstancias:
Una palabra, mil
imágenes.-
"Imaginad una
pelota grande flotando en medio del aula y siete pelotas más pequeñas girando
en círculo alrededor de aquélla...". Así comenzaba una clase en un viejo
colegio de enseñanza especial para ciegos, en la que se impartían unas nociones
del sistema solar. A simple vista puede parecer irrelevante pero, mirando un
poco más lejos, nos encontraríamos con que esta sencilla explicación es
sustituida en la escuela normal por una representación gráfica, al igual que
sucede con toda la información, independientemente de su complejidad, con el
fin de hacerla más asimilable a los niños, dicho de otro modo, la pizarra, el
libro ilustrado, en definitiva, el aprendizaje visual es una gran barrera que,
a determinada edad, resulta más difícil salvar y, en todo caso, muy a tener en
cuenta, un agujero por donde se escapa mucha de la información que un niño
precisa para su bagaje cultural.
El
"trivium".-
Resulta inevitable un
comentario acerca de tres materias complementarias impartidas en las escuelas
especializadas y que, tradicionalmente, han tenido una enorme significación
para los ciegos y a muchos niveles:
- La música, el arte por antonomasia en el que las
personas no videntes pueden desplegar su inclinación por la estética, en el
que, además, pueden encontrar un camino profesional, y, por si fuera poco, una
indiscutible puerta a la integración. Esta disciplina ha sido largamente
"mimada" en los colegios para ciegos, poniendo en todo momento al
alcance de éstos, los medios materiales necesarios, medios que causarían
asombro y harían las delicias de cualquier melómano exigente.
- El ajedrez, el
juego-ciencia; por sus características
especiales de alto nivel de concentración, fácil adaptabilidad y, a la par que
la música, una "puerta con dos hojas" a la integración; por ser,
prácticamente, el único "deporte" en el que los invidentes pueden
participar, incluso en alta competición, en una cierta igualdad con el resto de
la sociedad, algo que desde muy pronto fue captado por los responsables de
estos colegios, introduciéndolo y potenciándolo hasta convertirlo en una de las
actividades recreativas más generalizada, su masiva práctica, probablemente, no
habrá distado mucho de la seguida en cualquier antigua escuela del Este.
- El deporte físico en
grupo: el fútbol adaptado, patinaje, gimnasia deportiva, atletismo, deportes de
libre creación..., eran practicados a diario y de continuo en los centros
especializados. Si para todo niño es saludable la práctica deportiva, en el
caso de los niños no videntes cobra un doble valor, contribuyendo a desarrollar
al máximo la discriminación auditiva y, consiguientemente, el sentido de la
orientación, además de proporcionar una mayor elasticidad muscular y
potenciación de los movimientos finos, condiciones necesarias para una
movilidad adecuada, cumpliendo, asimismo, una función preventiva contra los,
frecuentes, pequeños accidentes urbanos o amortiguando sus consecuencias.
Estas materias complementarias,
como es fácil comprender, encuentran demasiadas trabas para ser cultivadas en
la educación integrada: la música, por razones de tipo práctico: en el mejor de
los casos, largos desplazamientos a los conservatorios y la casi absoluta falta
de material adaptado, problemática que se acrecienta en razón directa a la
lejanía del niño respecto de los núcleos urbanos importantes. El ajedrez, por
la tendencia natural, en ciertas edades, a los juegos dinámicos además de la
inexistencia, hasta hoy, de cultura ajedrecística en nuestras escuelas. El
deporte físico en grupo, por las razones que ya han sido suficientemente
comentadas y que, por otro lado, son francamente evidentes.
"Juegos
prohibidos".-
Por último, en lo
tocante a actividades de tiempo libre, en los viejos internados para niños
ciegos, éstas se desarrollaban en situación de total igualdad, de ahí que la
creatividad en las mismas se hallase necesariamente vinculada a una
circunstancia común al grupo, así, el juego libre, espontáneamente reglado y
adaptado, participado sin ninguna desventaja ni obstáculo, supusiera un factor
clave en la consolidación de esquemas imprescindibles para la sociabilidad;
otro tanto cabe decir de lo que podemos denominar como "juegos
prohibidos", inocentes travesuras, pequeñas trasgresiones de las normas,
algo que también precisa del compañerismo, la asociación y que permite la
adquisición de destrezas complementarias además de fortalecer el sentido grupal
y de la amistad: burlar la vigilancia para aprender a trepar por los árboles,
saltar las tapias aprovechando, curiosamente, la situación ventajosa que
proporcionan unas condiciones de absoluta oscuridad y silencio, etc., en
definitiva, la posibilidad de realizar las mismas cosas que el resto de los
niños, algo que no es excesivamente fácil en la educación ordinaria pues, sobra
decir, los juegos que pertenecen a este género se llevan a cabo buscando la
lógica "impunidad": ¿quién admitiría a un niño ciego como cómplice de
travesuras, a sabiendas que, por su deficiencia, más bien podría convertirse en
delator sin quererlo?, o ¿qué padre permite que su hijo ciego aprenda, en su
presencia, a escalar por un árbol de unos cuantos metros de altura?.
Llegados a este punto
y si lo expuesto hasta aquí se corresponde, en alguna medida, con los hechos
reales, cabe decir que no ha sido preciso escarbar a determinada profundidad ni
acudir a la hermenéutica de los arcanos, para tropezarnos con unos datos que se
hallan francamente en la superficie, a cielo abierto y aplena luz del día, tan
sólo es menester enfocar el problema con una "lente" no empañada por
la ilusión de unos conceptos estéticamente "correctos"; sin embargo y
apelando a la sabiduría popular: "no hay peor ciego que quien no quiere
ver" o, si se permite, "...que quien no quiere querer ver".
Ahora bien, a pesar de
la cuantía en recursos materiales y humanos que institucionalmente se destinan
a la atención de niños deficientes visuales, cabe preguntarse, no sin cierta
extrañeza: ¿por qué, a este nivel, no son detectados, descritos y abordados, el
conjunto de hechos que aquí se esbozan sucintamente?.
A esta pregunta vertebral se le articularían otras no de menor importancia y
que se desgranan en torno a una cuestión puramente metodológica: ¿son ciertos y
verificables tales hechos o se trata sólo de una realidad forzada
dialécticamente con el entretenido propósito de versar en la materia?; y en el
supuesto de serlo... ¿por qué pasan graciosamente desapercibidos ante los
procedimientos habitualmente empleados para la medición de los diferentes
aspectos del comportamiento y la personalidad o, incluso, a la observación
directa?: ¿inercia?, ¿impericia?, ¿inadecuación de los métodos?.
Asimismo, resulta
difícil obviar estas otras interrogantes: ¿por qué a muchos niños ciegos con
dificultades en el aprendizaje como consecuencia de un severo bloqueo afectivo,
se les aplica exclusivamente técnicas de estimulación como si pretendiéramos
sofocar un incendio con el sólo arte de aventar el humo?, ¿subyace en tales
casos la creencia, mejor superstición, de que la ceguera evoluciona
simultáneamente y de forma natural con determinadas "adherencias",
entendiendo por éstas cualquier desajuste emocional?. Continuando en esta
línea: ¿por qué dentro de este colectivo se puede llegar a confundir una
patología psíquica, más o menos grave y de carácter funcional, con cualquier
trastorno mental de origen estrictamente orgánico?, ¿se trata igualmente de una
teoría supersticiosa por la cual se entiende como absolutamente lógico que la
ceguera aparezca asociada a este tipo de disfunciones?. ¿Cabe suponer que la
frecuencia con que ciertas alteraciones de la personalidad aparecen en conexión
con esta minusvalía sensorial, impide que los profesionales sopesen
convenientemente las claves etiopatogénicas de estos desórdenes?. En fin, ¿por qué no se adoptan medidas preventivas ante
este tipo de problemática, acudiendo al origen de la misma, o sea, la familia,
prestando a los padres la atención necesaria antes de que se perpetúen en unas
líneas educativas de muy dudosos resultados?.
Sin ninguna duda,
merece ser reconocido el esfuerzo económico dedicado en nuestro país a recursos
educativos para la atención de niños ciegos, desde el momento en que se detecta
su deficiencia, recursos, probablemente únicos en el mundo y que persiguen la
integración de estos niños en la sociedad a partir de la primera escuela así
como su desarrollo global, ahora bien, a juzgar por los relativos éxitos que se
vienen obteniendo en los últimos años, en todas las áreas susceptibles de ser
analizadas y con todas las salvedades que se estimen convenientes, no es fácil
sustraerse a esta reflexión: ¿por qué no existe una razonable correspondencia
entre los medios disponibles y los resultados alcanzados?, ¿se trata de una
incorrecta aplicación de los principios o, por contra, se está construyendo un
edificio psicopedagógico sustentado en teorías desiderativas más verosímiles
que veraces?, ¿un gigante con los pies de algodón?.
No es necesario decir,
que se halla muy lejos del alcance de estas páginas la discusión sobre las
posibles respuestas a muchas de estas interrogantes las cuales han ido
surgiendo a lo largo del texto, constituyendo, sin duda, un buen ejercicio
personal, "los deberes para casa", y, en cualquier caso, la
"creciente" y el punto de partida para otros análisis dentro de este
campo concreto, tan huérfano como necesitado de los mismos, de tal modo que
vaya haciéndose cada vez más comprensible un conjunto de hechos que, por no
resueltos, son obstinadamente recurrentes.
Finalmente y aun sin
pretender ir mucho más lejos, ciertamente supondría una absoluta falta de
lealtad (arrojar la piedra y esconder la mano), dar por concluida la tarea en
este punto sin emitir un último juicio personal a modo de síntesis, una
valoración que, por otra parte, no puede ya eludirse pues se encuentra de forma
más o menos explícita a lo largo de todo el texto, una opinión acerca de los
posibles modos de intervención a fin de prevenir o subsanar alguno de los
problemas que aquí se apuntan. Así pues, a modo de cierre, cabría entresacar
alguna de las sugerencias más significativas que se hallan dispersas en los
distintos epígrafes y cuya preocupación se dirige, más bien, al plano de lo
psicológico pero sin olvidar la trascendencia de la escuela, pues, si la
psicoproblemática específica aquí mencionada, según entendemos, se cimenta a
partir de las primeras vivencias infantiles en un contexto familiar singular, no
hay que olvidar que los primeros años escolares tendrán un efecto amplificador
o reductor dependiendo de cómo éstos transcurran:
Desechada por absurda
cualquier "fantasía" por científica que pudiera etiquetarse, acerca
de conexiones biológicas o evolutivas entre la pérdida de una función sensorial
y ciertos desajustes emocionales, no queda más alternativa que acudir al origen
conocido del problema, es decir, las primeras vivencias del niño ciego en el seno
de una familia, la cual ha tenido que resolver el conflicto de su padecimiento
mucho antes de que el mismo se haga consciente para el propio niño, de ahí que
se pueda entender como "primera ceguera" lo experimentado por los
padres cuando éstos son informados de la enfermedad del hijo. Esta
"primera ceguera", el conflicto concomitante y el modo de resolverlo,
darán como resultado una serie de estrategias que los padres adoptarán en el
futuro, en el cuidado y educación de su hijo, tal y como quedó dicho. Sería
éste, pues, el momento más aconsejable para el inicio de una intervención
técnica, una atención particularizada a los padres que debiera prolongarse
durante un cierto periodo de tiempo, de tal manera que puedan ser elaborados
convenientemente aquellos procesos afectivos ya citados en "el patito
ciego" y que constituyen el "núcleo duro" del conflicto:
sentimientos de fracaso por unas expectativas truncadas de repente; ideas de
rechazo ante una situación no deseada y que, como consecuencia de la actuación
de determinados mecanismos de defensa, se transformarán en ideas de culpa que,
a su vez, coadyuvarán en la génesis de un "amor exacerbado" y, en el
peor de los casos, en un sutil alejamiento del problema.
En un segundo paso y
circunscribiéndonos exclusivamente a la deficiencia visual que padece el niño,
habría que diseñar un programa de información que reubique para los padres la
ceguera en un lugar lo más aproximado posible a la realidad de las cosas, de modo
que determinadas actuaciones en este terreno, tan voluntariosas como
irracionales, vayan sustituyéndose por otras con mayor sentido para el
desarrollo posterior del niño, así, la fórmula: "seremos sus
ojos...", se transforme paulatinamente en una más razonable e inscrita en
el plano de lo real: "ayudaremos a que su oído y sus manos sean sus
ojos", o aquella otra "mientras nosotros vivamos no le faltará
nada...", convirtiéndola en: "mientras nosotros vivamos le ayudaremos
a no necesitarnos después..."; asimismo, la formulación: "bastante
tiene con lo suyo...", por ésta: "bastante tiene con lo suyo para que
le creemos otros problemas adicionales...". Naturalmente, esta información
ceñida a la cuestión de la ceguera, ya no precisará ser impartida de forma individualizada,
de la misma forma que cabe hacerla extensiva a los educadores más próximos al
niño, sobre todo, a aquellos no especializados que, desafortunadamente, cada
vez son más numerosos.
Por último, es preciso
detectar con la suficiente anticipación aquellos desajustes de la personalidad
que puedan, posteriormente, constituir un verdadero freno en la evolución
normal del niño, discernir claramente entre la problemática que se deriva de la
ceguera y la que es exclusivamente psicológica de manera que aquélla no
enmascare a ésta, asimismo y para que lo dicho pueda resultar eficaz, sería
oportuno efectuar un seguimiento adecuado tanto en los padres como en el propio
niño, preferiblemente, en los primeros años de éste con el fin de, si fuera
preciso, realizar una intervención psicoterapéutica o de cualquier índole según
las necesidades de cada caso.
Finalmente y como
venimos diciendo, la educación integrada, a lo que se tiende de manera
generalizada, en el caso de los niños ciegos, ha subsanado los problemas
derivados de una doble realidad educativa así como del desarraigo, que
ocasionaban los viejos internados, sin embargo, ha podido generar otros que se
hallan justamente en las antípodas, en el reverso de la moneda, y como
consecuencia, precisamente, de una integración prematura, forzada, no sólo por
el cumplimiento de los grandes principios, más atentos a sí mismos que a los
resultados finales, sino por cuestiones meramente organizativas y materiales.
Así y todo, cada
época, cada momento del desarrollo social conllevan ineludiblemente un
determinado modelo pedagógico, por lo cual no es factible ni saludable la
mirada retrospectiva en busca de "tiempos pasados", de situaciones
ampliamente rebasadas por la propia evolución de la sociedad; de manera que
cualquier tentativa de retroceso tropezaría con numerosos obstáculos tanto ideológicos
como de orden práctico, siendo, quizás,
el más concluyente de los argumentos, que ninguno de los dos modelos
señalados cuenta con la "piedra filosofal" para resolver,
fundamentalmente, las cuestiones de mayor envergadura aquí planteadas. Ni siquiera
resultaría viable, desde cualquier punto
de vista, la opción que se halla a mitad de camino entre ambos sistemas, es
decir, una integración llevada a cabo de forma escalonada, tomando en
consideración las ventajas de cada una de las dos propuestas pedagógicas, dando
tiempo al niño ciego para dotarse de las estructuras precisas con las que
afrontar un mundo que se le presenta con más aristas que a los demás niños y,
sin que por ello, tenga que permanecer indefinidamente en una realidad
educativa y vital distinta de la común.
Ahora bien, dejando de
lado cualquier solución hipotética que no pase por el modelo actual,
ciñéndonos, pues, estrictamente a éste y a su modo de aplicación hasta la
fecha, si la pasión no ciega el conocimiento y se hace un ejercicio de
flexibilidad intelectual, no podemos por menos que admitir las deficiencias que
también genera el sistema pedagógico vigente y, por tanto, la necesidad de
introducir alguna corrección que ayude a paliar las consecuencias que origina
un lanzamiento sin "paracaídas" al mundo de la integración.
Sólo a modo de
especulación, quizás no fuese demasiado desatinado considerar la posibilidad de
reutilizar o reconvertir los actuales servicios educativos, existentes en las
principales ciudades de nuestro país, dedicados casi exclusivamente al apoyo
material de los niños ciegos integrados, servicios que están aquejados de
"elefantiasis", "extraburocracia" y, lo que es peor, de un
inexpugnable no cuestionamiento, y transformarlos en centros funcionales
verdaderamente especializados, con una mayor amplitud de miras en cuanto a los
objetivos fundamentales, es decir, desde la profilaxis de una problemática de
naturaleza psicológica, hasta aquellas otras cuestiones que se refieren
estrictamente al aprendizaje, eso sí, pasando por un conjunto de medidas
reductoras de los efectos más perniciosos que puedan derivarse de una educación en condiciones tan
desiguales.
- Estas unidades
psicopedagógicas, además de asumir la atención a padres y educadores, como se
ha mencionado más arriba, podrían contar con aulas de apoyo al estudio,
principalmente, en aquellas materias en las que los niños ciegos tienen una
mayor dificultad de acceso en razón de su deficiencia, sin perjuicio,
obviamente, del apoyo in situ que actualmente se viene prestando y que, dicho
sea al paso, es más testimonial que efectivo, comentario que no cuestiona la
profesionalidad sino, más bien, la viabilidad y operatividad del procedimiento;
estas aulas tendrían, naturalmente, otra virtualidad, el contacto e intercambio
entre niños en similares circunstancias y, por tanto, con una problemática
semejante que resulta siempre muy saludable poner en común.
- Asimismo, desde
estas áreas pueden fomentarse todas aquellas materias complementarias a la
enseñanza general y que son de tanta utilidad práctica para las personas
ciegas: por su posible proyección profesional, la práctica de actividades que
son verdaderos "portales" a la integración, el desarrollo de
aficiones altamente gratificantes en lo personal, etc..
- En fin, desde estos
nudos educativos pueden elaborarse programas para la ocupación del tiempo libre
diario, semanal y vacacional con tareas de carácter lúdico: el deporte en
grupo, necesario no sólo por estar en la base de la orientación y movilidad,
siendo una de sus condiciones inexcusables, sino por rellenar los muchos
agujeros que la educación integrada deja en materia de sociabilidad, evitando,
con ello, los largos "arrestos domiciliarios" que, muy a menudo,
padecen los niños ciegos como consecuencia de una integración sobre el papel
pero no real. Las actividades recreativas realizadas en un grupo que se halla
en circunstancias parecidas, amortiguan el efecto que para un niño tienen unas
relaciones permanentemente asimétricas y que sus frágiles estructuras de
personalidad han de soportar continuamente en la escuela normal, constituyendo,
por esto, tales actividades, una
verdadera válvula de escape de situaciones que pueden estar ejerciendo una
enorme presión aunque el niño lo viva de una forma silente y resignada, motivo
éste por el que pasa absolutamente desapercibido, tanto para los padres como
para los profesionales que, día a día, se hallan en contacto con ellos.
Los avances
científicos están propiciando la erradicación de alguna de las causas más importantes
de ceguera infantil, de ahí que, por fortuna, las ideas expresadas en el
presente texto, en muy poco tiempo, no tengan razón de ser, por la completa
desaparición de esta patología sensorial en los primeros años de vida, al menos
esa es la esperanza. Ahora bien, como se decía al comienzo, la extrapolación,
mutatis mutandis, a otras discapacidades sensoriales y físicas, a otras
deficiencias objetivas o, incluso, culturales, tal vez no sea absolutamente
desmesurada, al fin y al cabo se trata de niños diferentes, la diferencia puede
ser cualquier cosa en la imaginación de los padres, siempre habrá "patitos
feos" para quienes sus progenitores y el entorno, elaboren un conjunto de
estrategias educativas especiales y de consecuencias, a veces, más incapacitantes
que el handicap que se pretende aliviar. En todo caso, la cuestión de la
ceguera, habrá sido una excelente excusa, el pretexto idóneo para unas cuantas
líneas acerca de la diferencia.