ACERCA DE LA DIFERENCIA
Francisco Javier
Bernal García
Psicólogo
R.P.I.: 13/12/99
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NIÑOS CIEGOS.
ACERCA DE LA DIFERENCIA
Francisco Javier
Bernal García
Psicólogo
R.P.I.: 13/12/99
Siempre hay un bello
discurso para justificar una acción esquinada.
Los hombres, en todos
los tiempos, han sido sometidos por la razón de la fuerza aunque con la falaz
cobertura de solemnes retóricas, al servicio de intereses espúreos, esencia
misma del poder desviado.
De tal suerte, el
contraderecho, la pseudorreligión, la minusfilosofía, han suplantado en profusa
impostura a sus formas más genuinas, coadyuvando, de hecho, al loco sueño de
pilotar el mundo.
Así, en el amanecer de
las ciencias, la astroteología condenó a preeminentes hombres cuyo mensaje es
hoy palabra en boca de niños, al silencio, la hoguera o la mazmorra. De otro
modo, más tarde, la pseudopsicociencia ha condenado a muchos hombres al
silencio quemante de su mazmorra interior.
Epígrafes:
Habilidades de la vida doméstica.
VI. De
los viejos colegios a la nouvelle école.
"La ceguera, por
lo general, no se presenta en un estado químicamente puro".
Se trata de un aserto,
probablemente hiperbólico, de autor incierto pero cuyo mensaje intrínseco es
sobradamente conocido y aceptado por una buena parte de las personas que, de un
modo u otro, pertenecen al mundo de los ciegos o a su entorno.
En efecto, con una
frecuencia que rebasa con creces lo que podemos llamar límites de la normalidad
y con una especificidad que cabría hablar de psicoproblemática diferencial de
la ceguera, aparecen, asociadas a ésta, diversas alteraciones de la
personalidad y por tanto del comportamiento, con muy distinto grado de
complejidad y gravedad si atendiéramos a una virtual escala psicopatológica.
Tales disfunciones, a menudo, incapacitan total o parcialmente a muchas
personas sin visión para un normal desenvolvimiento en su medio social y/o
conllevan unos excedentes de insatisfacción, criterios psicológicos, ambos, que
habrán de ser el soporte referencial de la proposición que orienta el presente
texto.
Antes, pues, de tomar
el aforismo inicial como extremo de un ovillo con el que adentrarnos en un
paisaje psicosocial escasamente transitado, al menos en lo que a esta ruta
respecta, se hace menester algunas acotaciones para un mejor encuadre de la
situación:
Comenzando por que
dicha sentencia no es, sin duda, el resultado de un aldabonazo de ingenio,
salseado con humor meridional, de donde parece tener su procedencia, sino el
fruto cuajado de una dilatada experiencia y una afilada observación,
compartida, incluso, aunque en voz queda, por algunos profesionales
responsables de la atención psicopedagógica de niños ciegos y que nos enfrenta
a una realidad, a veces pintoresca, otras acuciante y, en ocasiones,
verdaderamente descarnada, como al hallarnos ante una persona ciega, adulta,
con capacidad intelectual normal o alta y, sin embargo, provista de estructuras
de personalidad tan frágiles que la anulan absolutamente para llevar a cabo, de
forma autónoma, su proyecto personal de vida.
Para la finalidad que
aquí se sigue, es preciso tener en cuenta que los términos "ciego",
"ceguera", se emplean, con carácter general, en una significación
doblemente restringida. De un lado se alude a aquellas personas cuya pérdida de
visión es total o que conservan un resto visual insuficiente para acceder
directamente a la lectoescritura en tinta o para disponer de una movilidad sin
medios auxiliares. De otro lado, se hace hincapié en aquellas patologías
visuales de carácter hereditario, congénito o, en cualquier caso, contraídas en
los primeros años de vida, dicho de otro modo, se pone el acento en la
educación vinculada a esta severa deficiencia sensorial. No obstante lo
anterior, la utilización particular de los términos mencionados no excluye
necesariamente de la exposición la ceguera sobrevenida en años posteriores de
la infancia, del mismo modo que tampoco quedan rigurosamente fuera otras
patologías sensoriales y físicas que se enmarquen en la segunda condición, al
fin todo es una cuestión de diferencia por lo que la extrapolación no sería
totalmente infundada aunque, por delimitación del trabajo, el objetivo es el
señalado con prioridad. Se trata, pues, de hablar de un segmento de población
tomado de otros mayores.
De antemano se cuenta
con las objeciones relativas a la observación como único método seguido aquí,
tanto para la obtención como para la interpretación de los datos empíricos, sin
recabar, por el momento, el concurso de los procedimientos de objetivación
"al uso", no obstante, y aun soslayando deliberadamente cualquier
consideración de carácter epistemológico, baste tan sólo puntualizar a este
respecto que los "cartógrafos" siempre arribaron en el barco siguiente
al de los "exploradores" sin que por ello, necesariamente, hubiera
contraposición en la información suministrada.
Asimismo, se asume que
cualquiera de los temas que aquí se plantean exigiría una inmersión a más
profundidad, ahora bien, la autoexigencia de brevedad impuesta inicialmente no
debería ser obstáculo para formar una visión de conjunto, suficiente al
propósito de una primera aproximación al asunto que nos ocupa.
Ensayemos, sin más,
una primera incursión en el terreno de lo concreto; se trata en este segundo
apartado de aventurar una descripción de aquellas prominencias y hendiduras del
comportamiento y la personalidad que, por su incidencia, por su especificidad o
por su grado de patología, adquieren mayor significación en el grupo social
delimitado con anterioridad. No es, ciertamente, un catálogo pormenorizado,
exhaustivo, sino, más bien, una relación en trazo delgado a modo de fotografía
aérea que pinte una impresión inicial del asunto acometido.
Son arbitrarios los
criterios utilizados, tanto para la selección de estas psicocaracterísticas
como para su presentación: yuxtapuestas, insubordinadas, en piezas sueltas
desencajadas de lo que, en demasiadas ocasiones, es un verdadero rompecabezas.
Quede, asimismo,
explicitado, que es puro azar cualquier semejanza hallada con una ortodoxia
expositiva, una conceptualización académica y, aún más, con el modo habitual de
abordar la ceguera desde el lugar de la "psicología-norma". La tarea
aquí emprendida alberga el ineludible propósito de tomar suficiente distancia
respecto del infértil trabajo de "regar el agua" o "aplanar un
llano".
Establezcamos una
"cabeza de puente" comenzando por una cuestión que, al menos en
apariencia, entraña escasa relevancia en cuanto a su significación de carácter
psicológico, motivo por el que podría tomarse por objeto, únicamente, de una cierta
"profilaxis estética". No obstante, a pesar de que estas expresiones
corporales, por singulares que pudieran parecer, no se corresponden
necesariamente con un determinado grado de desajuste del sujeto ni con el nivel
de fracaso de su proyecto personal, sin embargo, su mención, probablemente, no
es completamente ociosa habida cuenta que tales signos parecen involucrar a
diferentes momentos del desarrollo individual:
- el reconocimiento de la propia imagen en el
espejo y, en general, la interiorización del esquema corporal;
- la percepción especular del otro, con la
importancia de la mirada en la adquisición de ciertas pautas sociales;
- la fase en la cual el juego comienza a
adquirir un mayor valor de intercambio, así, valga el ejemplo en el que el niño
realiza el gesto de cubrirse la cara con las manos para no ser visto o su
traducción al lenguaje de las fantasías infantiles: "no veo..., luego no
me ven".
Se conoce
coloquialmente como cieguismos, en el ámbito al que se circunscribe el término,
el conjunto de movimientos repetitivos (en un sentido lato, tics) y hábitos
posturales que provocan, en general, en
el observador no familiarizado, un cierto efecto de asintonía respecto de las
pautas consideradas socialmente normales.
Solamente a modo de ilustración,
citemos de entre estos clichés gestuales alguno de los más aquilatados ya que
responden a una morfología menos imprecisa:
- La posición de la
cabeza inmoderadamente erguida, rebasando ampliamente el ángulo recto con el
tronco, otorgando, a la sazón, a la persona ciega, una apariencia de hieratismo
egipcio con la "mirada planetaria". Esta actitud postural, tanto
estática como en movimiento, sostendría, en principio, su mayor importancia en
la descontextualización del propio gesto, es decir, la falta de correspondencia
con una causa interna o externa que lo justifique.
- Contrapunto de lo
anterior, es la posición de la cabeza reclinada sobre el pecho, en ocasiones
apoyada sobre éste y en otras sobre cualquier superficie próxima, evocando en
el observador ajeno a estas circunstancias, la impresión de aflicción,
abatimiento o similares. Obviamente, esta "pose" no sería objeto de
comentario alguno, adoptada en la privacidad de la vida doméstica pero,
inscrita en las relaciones sociales, laborales, etc., es, cuanto menos,
merecedora de la presente reseña ya que supone una notable distorsión en
referencia a los usos más comunes, a este nivel.
- El automatismo
compulsivo de hurgar con los dedos en la región ocular hasta producirse
lesiones o hundimiento de las cuencas, es, quizás, el "tic" por
antonomasia en el grupo que nos ocupa, el más frecuente y cargado de
simbolismo, si se tiene en cuenta la patología sensorial objeto de estas
páginas. Probablemente, en muchos casos, responde este tic a una cierta tensión
en la zona, prurito o sensación de dolor, sin embargo, en otros casos se trata
de un acto repetitivo sin causa orgánica que lo explique, y que, al igual que
los anteriores gestos, no pasa desapercibido ni se diluye fácilmente en el
conjunto de los hábitos sociales más frecuentes.
- "Eclipse
parcial". Actitudes de ensimismamiento,pequeñas
ausencias o "desconexiones", una abstracción momentánea de las cosas
y personas circundantes; naturalmente, se alude aquí a una evanescencia
completamente liviana de la que se retorna en breves instantes, de forma
espontánea o respondiendo a cualquier desencadenante externo e intrascendente.
Resulta razonable suponer que la privación de un sentido receptor de buena
parte de las estimulaciones exteriores no puede ser absolutamente ajena a esta
manifestación, ahora bien, una carencia, por importante que sea, no tiene por
qué dar completa cobertura a cuestiones de distinta naturaleza.
- Susceptibles también
de ser mencionados, son ciertos movimientos de balanceo, ademanes de percusión
u otras expresiones rítmicas, como respondiendo a un pentagrama interior o a
cierta afinidad por la cadencia, parecen dar cuenta de un más que probable así
como justificado "melotropismo", asociado, sin duda, a las especiales
circunstancias de la ceguera y, por tanto, a la prevalencia del sentido de la
audición en sus diferentes modalidades y que, no obstante, introducen cierta
discontinuidad formal en el contexto de las relaciones interpersonales más
cotidianas.
- Además de estas
conductas puntuales, pueden observarse, dicho en términos más genéricos, actitudes posturales en las que predomina la
estaticidad, la rigidez, una visible inexpresividad en aquello que entendemos
por comunicación no verbal o lenguaje del cuerpo. Resulta ostensible que la
falta de referencia especular del otro se halla en la base de esta atonía
gestual aunque no debe imputarse a tal circunstancia la absoluta causalidad de
tales comportamientos ya que en los mismos intervienen frecuentemente factores
educacionales y de personalidad.
Alarguemos el paso
hasta un segundo estrato en el que ya encontraremos cuestiones de mayor calado,
de significación psicológica más relevante y que, según el grado de disfunción
de las mismas, sí van a comprometer substancialmente el desarrollo integral de
un número reseñable de sujetos dentro del grupo definido con antelación.
Por razón de su
deficiencia, las personas privadas de visión deben realizar un sobreesfuerzo
para adaptarse al mundo circundante y para adaptar a éste a sus condiciones
especiales, así, desde las tareas más básicas de la vida cotidiana hasta las
que entrañan mayor complejidad, requerirán de este esfuerzo adicional que
supla, en lo posible, la carencia de una función primordial. Para lograr esto,
será menester contar con las condiciones tanto subjetivas (organización
afectiva), como objetivas (capacitación adecuada), que permitan atravesar por
su parte menos infranqueable lo que, sin duda, son barreras no imaginarias.
Como ya habrá podido
comprobarse, no es objeto de estas páginas la problemática real que se deriva
de una privación sensorial sino los factores subjetivos y sociales que inyectan
un plus de dificultad a lo que, incuestionablemente, son obstáculos tangibles.
En línea con lo
anterior, aún persiste un enorme desconocimiento, en el mejor de los casos
confusión, incluso para quienes se hallan estrechamente vinculados al problema
de la ceguera (padres, educadores, etc.), respecto a las verdaderas
potencialidades de las personas no videntes, en lo tocante a destrezas de toda
índole o a posibilidades auténticas para el desempeño de tareas; algo que, por
extraño que resulte, supone un tropiezo a la hora de discernir claramente,
cuándo se está ante una consecuencia lógica de la falta de visión o, por contra,
ante una cuestión relacionada con la organización de la personalidad. Una
moderada dosis de realismo, sentido común y la observación de aquellos ciegos
que han encontrado un saludable equilibrio en el terreno de lo posible, entre
el afán de superación y los límites consustanciales a su carencia, nos dará la
oportunidad para una rápida comprensión en este punto.
Siguiendo el recorrido
escalonado e inverso trazado desde el principio, o sea, comenzando por los
asuntos aparentemente triviales, citaremos alguno de los aspectos más
elocuentes y que mejor puedan contribuir al entendimiento de un asunto tan
trascendental para las personas privadas de visión, como es su propia
autonomía:
Habilidades de la vida doméstica:
- El "aliño
indumentario".- Como puede suponerse, no se pretende en este punto
enjuiciar los criterios personales ante el variopinto mosaico de estéticas que
harían decir al poeta "...mi torpe aliño indumentario...". Se trata,
por el contrario, de resaltar una cierta actitud refractaria ante todo aquello
que guarde relación con la imagen externa y el conocimiento del propio cuerpo
en lo tocante a "usos y costumbres", así como de aquellos objetos que
constituyen el entorno más próximo de la persona, dicho sea en referencia a
toda una cultura de la estética. De tal modo que puedan darse situaciones como:
asistir a una recepción habiendo tomado una prenda del atuendo deportivo por su
equivalente del traje de gala. Este equívoco y otros de similar naturaleza no
deben imputarse, al menos en su totalidad,
a la ausencia del sentido de la vista sino a la impermeabilidad
mencionada, ya que existen otras funciones sensoriales capaces de suplir, en
buena parte, la masa de información que irrumpe a través de la retina.
Se entenderá que la
casuística aportada en este y otros párrafos, no sea el trasunto gráfico de los
hechos sucedidos ad pedem litterae y que, por tanto, algunos términos estén
levemente ensombrecidos, el motivo se deduce con la misma facilidad que se hace
disculpable. No ocurre lo mismo, naturalmente, con los lugares comunes, aquellas cuestiones genéricas que implican a
varios individuos, en tal caso su mención aspira a reflejar fielmente la
realidad de los hechos sucedidos.
- "El
descubrimiento del fuego".- Es ésta, otra singularidad de la vida
doméstica, que forma parte de una amplia gama de fobias y que también incide de
manera substancial en la cuestión de la autonomía; en efecto, hay personas
ciegas que de buen grado aplicarían sus conocimientos teóricos en los diversos
quehaceres domésticos, por ejemplo, los relacionados con la alimentación, de no
ser por un terror infantil a "jugar con fuego", terror que se
transforma en fascinación cuando logran vencerlo y sobreponerse a él, acuciados
por la necesidad o el "amor propio". En cualquier caso, terror o
fascinación (si se admite la disgresión), evocan el tantas veces mencionado
paralelismo simbólico entre la ontogenia y la filogenia, así, no debió ser muy
diferente lo experimentado por nuestros ancestros ante el "mágico
descubrimiento"; sea como fuere, tales expresiones afectivas, como el
miedo al fuego del "hogar", sugieren el concepto de fijación, en la
"prehistoria" del propio individuo, dicho de otro modo, la
pervivencia en el adulto de determinados esquemas infantiles. Naturalmente, la
tecnología, en esta ocasión la vitrocerámica, ha venido a enmascarar, de alguna
manera, este, en apariencia, pequeño asunto.
Se entiende como tal,
la capacidad de los invidentes para caminar y desplazarse a distintos lugares
sin la intervención de terceras personas. En función de dicha disponibilidad,
podrán disfrutar, como el resto de los "mortales", de las
satisfacciones que proporciona este margen vital de libertad individual: elegir
en cada momento entre una grata compañía o la soledad necesaria a veces, de
otro modo, tendrán que alienarse en la ineludible dependencia de un
"brazo", que no siempre será el más deseado, tanto para las cosas de
relieve como para las más insignificantes, reduciendo, como consecuencia, el
campo de sus relaciones interpersonales, supeditando las actividades
extradomiciliarias al tiempo libre de los acompañantes, en definitiva, elevando
su deficiencia sensorial a la categoría de las minusvalías físicas más
incapacitantes sin que existan razones objetivas que lo justifiquen y, lo que puede ser más
grave, sin que se produzca una merma en la autoestima.
Como bien puede
suponerse, es éste un asunto de indudable trascendencia en la vida de la
persona ciega, posiblemente el más emblemático debido a la lógica vinculación
con el padecimiento sensorial del que se trata, no obstante, cabe añadir que,
aun teniendo en cuenta la importancia de esta cuestión, poco o nada se ha
avanzado en este área en los últimos años, es más, podría hablarse, quizás,
ateniéndonos a los hechos observables, de un cierto retroceso, y ello, a pesar
del incremento en recursos humanos, materiales y técnicos destinados a tal fin,
pero... la movilidad no es el resultado de un conjunto de aprendizajes
superpuestos, que puedan incorporarse al individuo en cualquier momento y
circunstancia, sino, más bien, la resultante de una serie de elementos que se
conjugan en un extenso proceso: la capacidad básica para una orientación
adecuada en el entorno físico o, en relación con la personalidad, un grado
suficiente de desinhibición para enfrentarse, en actitud positiva, al caos
acústico que genera la "jungla de asfalto" o, lo que es igual, al
laberinto urbano que debe transitarse en la más "ardiente oscuridad".
En efecto, al igual
que otras habilidades fundamentales del ser humano, la movilidad en personas
ciegas requiere de un entrenamiento temprano, dilatado en el tiempo, en
condiciones familiares, sociales y de maduración
psicosomática idóneas (antes de andar o hablar, es preciso gatear y
balbucear).
De forma artificiosa,
con la finalidad de ilustrar lo antedicho y con un carácter meramente
orientativo, podrían establecerse teóricamente tres
grupos dentro del colectivo al que se viene aludiendo:
- El primero incluiría
a aquellos ciegos que disponen de una movilidad suficiente para desenvolverse
en el medio urbano o rural en el cual tienen fijada su residencia, pudiendo
efectuar sin otra ayuda que la de sus propios medios, largos desplazamientos a
puntos alejados de su vivienda habitual.
- En un segundo grupo
se ubicarían quienes disponen de una movilidad restringida a trayectos muy
cortos, realizados más con necesidad que con placer y que se limitan a zonas
adyacentes al domicilio o al lugar de trabajo. Dentro de este grupo se observan
ya ciertas características en el modo de "conducirse": movimientos
rígidos, mecánicos, robóticos, que denuncian una actitud de atenazamiento,
mezcla de aprendizajes tardíos o insuficientes con miedos a duras penas
disipados.
- Por último un tercer
grupo, el que más nos interesa, integrado por aquellos ciegos absolutamente
incapaces de traspasar el umbral de su casa si no es en compañía,
estableciéndose, de facto, como ya se ha dicho, una ecuación irracional entre
ceguera y "paraplejia", semejanza que, obviamente, sólo se fundamenta
en el plano de lo imaginario. Así, las personas englobadas en este grupo,
afortunadamente el menos numeroso de los mencionados, precisarán de familiares
o amigos para ser acompañados: al café ritual, al paseo reparador, al centro de
estudio o trabajo, etc..
La madre, la mamá, de
cuya trascendencia se hablará después, se erigirá por mucho tiempo, más que en
el "lazarillo", en el "ángel de la guarda" de su hijo ciego
por quien "velará noche y día" y "guiará" a cualquier lugar
que sea menester, llegándose, en los casos más extremos y por extravagante que
parezca, al punto de acompañarle a reuniones y fiestas en las que terminará
transformándose en un miembro más a todos los efectos. Naturalmente, una
conducta tan apretada de sentido no se diluye con facilidad ni siquiera para el
observador no iniciado, y ello por las inevitables sombras que proyecta,
sombras cuyo trasfondo se correspondería con los puntos más acrisolados del
sistema freudiano.
Es extraordinariamente
limitada la gama de actividades laborales a las que pueden tener acceso, en
condiciones suficientes, las personas sin visión, aún así, aquellas profesiones
que se inscriben en el campo de lo posible, tal como se ha formulado para otras
tareas de la vida cotidiana, exigirán en todo momento un esfuerzo
complementario a fin de realizarlas con unas mínimas garantías, no obstante,
insistir una vez más, el objeto de estas líneas no será el cúmulo de
dificultades reales que aparecen como consecuencia de un handicap
sensorial, sino el "plus de
obstáculo" dimanante del propio sujeto y de su historia personal.
Como en el párrafo
precedente y para una mejor comprensión, se recurre nuevamente al artificio
clasificatorio proponiendo una división en dos grandes grupos, teniendo en
cuenta que, probablemente, el más numeroso se halle en la zona de intersección
de ambos:
- En el primero,
resulta evidente, se hallarían aquellos individuos que manifiestan un saludable
afán de superación, con el consiguiente éxito, frente a las barreras reales que
presenta cualquier actividad laboral y que, por elemental que ésta pueda
parecer, siempre entraña alguna dificultad añadida para la persona privada de
la vista.
- En segundo lugar, y
éstos son los casos que se ciñen a nuestro propósito, tendríamos a aquellos
ciegos que adoptan una actitud pasiva, de "encogimiento" o inhibición
respecto a las trabas de toda índole que continuamente les plantea su trabajo,
obturando, además, la posibilidad de encontrar los medios oportunos para
soslayarlas, en definitiva, para
maximizar sus verdaderas potencialidades y desarrollar éste en las mejores
condiciones, teniendo, pues, que apoyarse nuevamente en terceras personas para
tareas que de ningún modo precisarían de tal intervención.
Este fenómeno de
inhibición, tan frecuente como autolimitante, adopta muy diversas formas:
- Negativa a utilizar
los cada vez más numerosos recursos que la ciencia y la tecnología vienen
poniendo en manos de los no videntes para una mejor adaptación al puesto de
trabajo.
- Derivación a
terceras personas de funciones y responsabilidades propias de su actividad
laboral y acomodamiento ante cualquier prestación de ayuda por innecesaria que
ésta pudiera ser en otras circunstancias.
- Incluso, en el plano
físico, podría hablarse de la adopción de ciertas posturas corporales que,
observadas con la suficiente perspectiva, ofrecen en su conjunto una imagen que
recordaría a las "estatuas sedentes", dicha apariencia confiere, si
cabe, una mayor plasticidad al concepto de inhibición aquí manejado.
Mención muy especial
merecen aquellos casos, no demasiado infrecuentes, en los que el invidente es
"conducido", generalmente por un familiar próximo, a su lugar de trabajo,
permaneciendo a su lado durante la jornada laboral, efectuando por él todas o
la mayor parte de las tareas consubstanciales a dicha actividad profesional y,
finalmente, si cabe, administrando con "paternal providencia" las
correspondientes retribuciones. Esta "escena" en la que se concitan
diversos elementos de naturaleza dispar, desde supersticiones morales,
conceptos educativos ciertamente silvestres, "esclerotización
múltiple" del desarrollo psicosocial de un individuo, etc., hasta, en
algún caso, una forma encubierta de explotación económica, hace resucitar a los
personajes del esperpento valleinclaniano (la Mari-Gaila feriando al
baldadiño...), se descuelgan de la tramoya encarnándose en un patético drama de
la vida real.
El innegable valor de
esta suerte de comensalismo estriba en que, excepción hecha de la ceguera, no
existe patología orgánica ni déficit intelectual asociados a ésta que pudieran
justificar tal modo de proceder, teniendo, una vez más, que buscar la
explicación a tales relaciones en factores psicológicos y sociales; de no ser
así, es decir, de existir cualquier deficiencia incapacitante, esta cuestión,
lógicamente, requeriría un tratamiento completamente diferente.
El déficit en
determinados aspectos sociales (si se quiere, discapacitación social), del cual
venimos hablando y que aqueja a un buen número de personas dentro del colectivo
de referencia, no es del todo ajeno al pensamiento consciente de aquellos
sujetos que pueden verse afectados, de ahí que , en ocasiones, haya quienes
opten por el atajo de una emancipación precipitada, prematura, forzados por lo
que se manifiesta como lazos familiares extremadamente "asfixiantes",
aunque en otras sea debido a circunstancias adversas a las que nadie puede
sustraerse.
Se dice
"emancipación prematura", no desde una pespectiva cronológica ni
mucho menos cultural, sino desde la constatación de una evidente falta de
condiciones objetivas además de una insuficiente maduración psicosocial, para
afrontar el reto de sacudirse una situación de sobredependencia, pero eso sí,
en la íntima convicción, tan plausible como ingenua, de que la liberación de
estas "ataduras" traerá consigo un mayor grado de autonomía personal.
Sin embargo, estos vínculos, al atravesar la historia del individuo, han ido
dejando profundas marcas en las distintas estructuras de su desarrollo
psicológico, de manera que la emancipación apresurada sin una conveniente
revisión de aquellos esquemas más obstaculizantes, conllevará, tanto para las
cuestiones de orden práctico como para las relaciones interpersonales de
cualquier naturaleza, un alto grado de entropía, término que no entraña
connotaciones ideológicas sino los criterios de sufrimiento o inadaptación, ¡y
no es para menos!: a partir de ese momento habrán de enfrentarse solos, sin
madre, a un mundo que, de repente, habrá dejado de estar algodonado.
Avancemos un poco más,
ahora en un terreno de menor densidad por lo que deberá transitarse de
puntillas y buscando los puntos más firmes. Dentro de los aspectos de la
personalidad que se mencionan a lo largo de este segundo apartado, es, quizás,
éste el concepto nodal del cual se derivan y en torno al que pivotan todas las
psicocaracterísticas enunciadas y que, por consiguiente, en todo momento habrá
de tomarse como referencia obligada. Asimismo, es el aspecto más inasible para
la obsevación ya que se trata de una inferencia efectuada a partir del resto de
expresiones y peculiaridades aquí descritas.
Piterpanismo,
inmadurez, infantilismo, etc., son términos que aluden a una misma idea, a un
desarrollo fragmentario, incompleto, de la personalidad, con elementos
regresivos que buscan su anclaje en estadíos afectivos anteriores y otros
elementos de fijación que se trasladan por las diferentes etapas de la
evolución del sujeto o, dicho de otro modo, numerosas esquirlas del pasado
incrustadas en el "cuerpo psíquico" del individuo y que dificultan el
crecimiento global, la constitución adulta de la personalidad. En definitiva,
piterpanismo o infantilismo aluden a un posicionamiento filial respecto del
mundo que se entrevé en numerosos comportamientos del sujeto a través de los
cuales se traslucirá ese poso de inmadurez al mismo tiempo que constituirá un
testimonio de su presencia y su insistencia.
Así pues, la
confirmación de lo dicho habría que encontrarla en una amplia gama de tales
manifestaciones comportamentales que se extenderá desde la esfera de lo
personal a la de lo social y desde cuestiones menos sobresalientes hasta
aquéllas de mayor envergadura en las que puede, incluso, naufragar el proyecto
de vida del sujeto. Así tendríamos los cieguismos, como ya se ha expuesto, que
son una avanzadilla de aspectos más relevantes;
- expresiones de
candidez salpimentadas con diversos gestos "aniñados"
(extemporaneidades verbales, risa descontextualizada, etc.), que irrumpen en el
discurso más o menos lineal del adulto produciendo cierta disarmonía con la
situación en la que se presentan, denotando, sin duda, la pervivencia a flor de
piel de "principios activos" correspondientes a otra cronología y que
reafirman esa ubicación un peldaño por debajo de la vida adulta;
- terrores urbanos y
domésticos adheridos a la propia deficiencia sensorial, que simulan ser
consustanciales a ella y en la que encuentran un perfecto refugio;
- querencia por el
pensamiento concreto más que por el razonamiento abstracto con la lógica
repercusión en el aprendizaje escolar;
- pérdida total o
parcial de la autonomía personal y consiguiente sobredimensionamiento de su
carencia, redundando en una lesiva dependencia real e imaginaria respecto de
terceras personas y un empobrecimiento del individuo en el plano de lo social.
Y, en fin, otras
prominencias de la personalidad mucho más esquivas a la simple observación,
tales como el inmovilismo, los retrasos en la adquisición de conceptos
vinculados a bloqueos afectivos, la intolerancia a la frustración, el plus de
narcisismo, etc., de las cuales, a continuación, se citan aquellas que resultan
menos intangibles y que mejor contribuyen a los propósitos descriptivos y al
esclarecimiento de este apartado.
Una idea ya expresada
al hacer referencia a aquellos aspectos más relevantes de la autonomía personal
y que se manifiesta por una ostensible paralización del "deseo" y,
como consecuencia, una reducción al mínimo del campo de los intereses; los
objetos del mundo carecen del suficiente aliciente para galvanizar la motivación
del individuo y se produce un "enrocamiento" en el núcleo familiar
primario donde se circunscribe el único y verdadero universo de sus demandas.
Asimismo, la deficiencia sensorial se transformará en la coartada perfecta, en
un escudo detrás del cual se parapetará el sujeto para explicar y justificar
aquellas inhibiciones de las que llegue a ser consciente.
Inmovilismo, quietismo
o inhibición, repercutirán de forma generalizada en todas las áreas de la vida
cotidiana, pudiendo, no obstante, quedar a salvo alguna zona donde el individuo
desvíe y vuelque toda su potencialidad psíquica convirtiendo esta parcela en el
"auténtico objeto del deseo" y, por tanto, en su "paraíso"
particular y excluyente.
Inmunodeficiencia para el "no":
El sentido de esta
psicocaracterística ya va implícito en el propio enunciado; la baja tolerancia
a la frustración o al fracaso es un rasgo comportamental que con frecuencia se
atribuye a aquellos niños que tienen la condición de unigénitos y reciben,
además, un tratamiento muy particular durante su infancia. Debido a las
circunstancias especiales de su educación, tal condición se verifica en un
altísimo porcentaje en los niños ciegos, al menos en la práctica familiar ya
que éstos gozan habitualmente de un
estatus de privilegio respecto al resto de hermanos, independientemente del
lugar que ocupen en relación a ellos; esta situación de protagonismo continuado
tendrá un valor de equivalencia, será la unigenitura "in pectore", en
otras palabras, reforzará la probabilidad
de construir esquemas muy frágiles para un mundo que, tarde o temprano, dejará
de otorgarle un "papel estelar".
La segunda razón por
la que se resalta este rasgo, es el plus de frustración inherente al hecho
objetivo de la ceguera, así, a lo largo de su vida, la persona privada de
visión lo estará, además, de todas aquellas cosas que requieren del concurso de
una función tan vital, ésta será la porción objetiva y extra de
"adversidad" respecto a las demás personas, de ahí que cobre,
también, una muy especial significación la capacidad que el niño vaya
adquiriendo para responder con unas saneadas estructuras afectivas a
circunstancias que le llegarán con unos excedentes de dificultad o,
simplemente, etiquetados con la marca de la imposibilidad.
En buena parte este
concepto se deriva de lo anterior; se trata de la ubicación imaginaria en un
centro de gravedad hacia el que las cosas del mundo "debieran" tender
a aproximarse (curvatura einsteiniana), atraídas por la fuerza de un yo
superlativo, alrededor del cual habrían de girar las relaciones con los otros,
sobretodo, las del entorno familiar más cercano. Este centripetismo se verá
fortalecido, no sólo por la inmediatez en satisfacer los requerimientos del
niño por parte de los padres, sino, además de otras cuestiones, por el
"engaño compensatorio" del que será "víctima", por ejemplo,
la exaltación épica de habilidades y atributos que no sobrepasan la normalidad
o están muy lejos de alcanzarla, incluso, a veces, la bienintencionada
invención de los mismos, dando como resultado una inflación del ego y una
percepción torcida de la realidad , en resumen, un problema añadido..., ¡como
si no fuera suficiente...!
Ombliguismo,
centripetismo, narcisismo exacerbado o como quiera que se designe, puede
expresarse de muy diferentes formas: afectando a la concepción del mundo, a las
relaciones sociales o a la propia salud psíquica del sujeto, dependiendo de la
magnitud del síntoma y de su grado de implicación en los diversos aspectos de
la personalidad.
Concepto que no debe
confundirse con el de "cratopatía", tan frecuente en la sociedad,
aunque muy a menudo puedan aparecer estrechamente vinculados. Tiranía, aquí
referida al universo reducido de las relaciones afectivas con las personas más
próximas y que va ligada a la satisfacción inmediata de las demandas de la vida
cotidiana, así como de las eventuales veleidades, presentándose, por lo común,
en forma de ademanes pueriles mechados de imperatividad, acompañándose de
frustración y rictus iracundo si los deseos (órdenes a todos los efectos) no se
ven atendidos con la oportuna diligencia.
Se trata de una
cuestión ciertamente jabonosa en la que no puede hablarse de
"normalidad" ya que, indudablemente, no resulta especialmente fácil
dejar a un lado los estereotipos sociales y culturales, así que, atendiendo
exclusivamente a los criterios psicológicos que se vienen sustentando, tan sólo
enunciaremos los tres caminos que, por su especificidad y carga de sentido,
mejor sirven al propósito que nos atañe:
- Permanencia en el
núcleo familiar: "al calor del primer hogar", sin mostrar interés
alguno en constituir pareja o familia o, simplemente, manteniendo férreamente
reprimido dicho interés, y ello a cambio, nada más y nada menos, que del
"paraíso maternal"... ("madre sólo hay una").
- Una segunda vía es
la indiscriminación: cualquier partener, a poco que reúna los requisitos
estrictamente objetivos sine qua non, devendrá el mejor exponente del modelo
imaginario, sin que se efectúen otras consideraciones pese a las evidencias que
puedan darse... (cualquier sombra puede serlo todo
para la imaginación).
- Una tercera opción,
la búsqueda afanosa de la encarnación del modelo in pectore, búsqueda
inacabable que no rendirá jamás el fruto anhelado ya que el objeto real siempre
parecerá una burda imitación del "verdadero", trabando, como
consecuencia, numerosas relaciones "entrópicas" y con un considerable
monto de frustración... (persiguiendo incansablemente
un espejismo).
Es sabido que buena
parte de la información del mundo que recibimos a lo largo de nuestra vida,
penetra a través de la retina y ésta será una de las razones por las que, con
carácter general, los niños ciegos pueden acusar un cierto enlentecimiento en
el conocimiento de las cosas y, ciñéndonos al ámbito escolar, en la adquisición
de conceptos básicos, presentando, por ello, pequeñas lagunas en su bagaje
cultural; ahora bien, la palabra, con su ritmo más pausado pero implacable,
paulatinamente irá rellenando los espacios en blanco que la imagen no haya podido
grabar, hasta corregir en una medida suficiente el
diferencial con los niños videntes.
No obstante esta
evidencia, no puede pasarse por alto la contumacia, si no en la teoría sí en la
práctica, y por descontado no a sabiendas, por parte del entorno educativo de
esos niños, en camuflar bajo esta causa cualquier retraso del aprendizaje:
"una buena capa todo lo tapa"; de tal forma que puedan no ser
reconocidos numerosos fracasos escolares debidos fundamentalmente a problemas
de carácter psicológico o, incluso, a las trabas que en demasiadas ocasiones
plantea la educación integrada a estos niños.
En el primer caso,
resulta indiscutible que las técnicas habituales de apoyo a la enseñanza irán
paliando el déficit en el aprendizaje producido por un menoscabo en la
recepción sensorial. En el segundo, habrá que acudir a otros procedimientos
encaminados a disolver la problemática afectiva subyacente ya que no es posible
que "la luz atraviese nítidamente un cristal empañado". Por último,
en el tercer caso, al que volveremos posteriormente al referirnos a la
integración, cabe decir otro tanto: mientras que no se modifique alguna de las
circunstancias causantes de un cierto retraso escolar, continuarán, de una u
otra forma, apareciendo, obviamente, los mismos efectos.
Más adelante se
aludirá de nuevo a este asunto cuya relevancia radica, no tanto en la
frecuencia que, afortunadamente, es escasa, como en la singularidad de la
sintomatología que en su conjunto adopta una morfología, si no asimilable, sí,
al menos, cercana a la órbita del autismo, así lo sugiere, aparentemente, una
afectividad vuelta hacia el propio sujeto, la presencia de dilatados monólogos,
el ensimismamiento recalcitrante, en definitiva, un escaso intercambio con el
mundo exterior o un contacto de baja calidad, etc.. Todo ello sin que exista
indicio alguno de trastorno orgánico que responda de la causalidad del cuadro
por lo que, una vez más, hay que recurrir para explicaciones etiopatogénicas a
factores que se enmarcan en el entorno familiar, algo que no sorprende
demasiado si observamos con mirada hipermetrópica el contexto en el que se han
amasado las primeras experiencias del niño y del que, cabe sospechar, emerge el
síndrome enunciado.