El
Nacional
Domingo 26 de Noviembre de
2006
Hace tres años, en un viaje por tierra de Lima a Ayacucho, paramos
en medio de una pampa, en lo alto de la cordillera, en una aldea
donde había un pequeño puesto de policía. Le pedí al oficial que me
permitiera usar su baño. "Desde luego, doctor", me dijo, muy amable.
"¿Quiere usted miccionar o defecar?". Le repuse que lo primero. Su
curiosidad era académica porque el "baño" del puesto era un corralón
a la intemperie donde micciones y defecaciones se confundían entre
nubes de moscas y una pestilencia de vértigo.
Este recuerdo me
ha acompañado sin tregua mientras, tapándome a ratos las narices,
hojeaba las 422 páginas de un reciente informe publicado por las
Naciones Unidas titulado "Más allá de la escasez: poder, pobreza y
la crisis mundial del agua". El prudente título y la fría y neutral
prosa burocrática en que está redactado no impide que este
extraordinario estudio, inspirado sin duda en la sabia concepción de
la economía y el progreso de Amartya Sen –un economista que no cree
que el progreso consista en estadísticas–, estremezca al lector
enfrentándolo con tanto rigor como crudeza con la realidad de la
pobreza y sus horrores en el mundo en que vivimos. La investigación
que han llevado a cabo Kevin Watkins y su equipo debería ser de
consulta obligatoria para todos quienes quieren saber lo que son el
subdesarrollo económico y la marginación social en términos
prácticos y los abismos que separan a estas
sociedades de las que
han alcanzado ya medios y altos niveles de vida.
De esta lectura,
la primera conclusión a la que llego es que el objeto emblemático de
la civilización y el progreso no son el libro, el teléfono, el
Internet ni la bomba atómica, sino el excusado. Dónde vacían su
vejiga y sus intestinos los seres humanos es el factor determinante
para saber si están todavía en la barbarie del subdesarrollo o han
comenzado a progresar. Las consecuencias que tiene en la vida de las
personas este hecho simple y trascendental son vertiginosas. La
tercera parte de la población del planeta — 2,6 millardos de
personas–, cuando menos, no sabe lo que es un excusado, una letrina,
un pozo séptico, y hace sus necesidades, como los animales, al pie
de los árboles, junto a arroyos y manantiales, o en bolsas y latas
que arroja en medio de la calle. Y 1 millardo utiliza para beber,
cocinar, lavar la ropa y su higiene personal, aguas contaminadas por
heces humanas y animales. A ello se debe que por lo menos 2 millones
de niños mueran cada año de diarrea y que enfermedades infecciosas,
como cólera, tifoidea y parasitosis, causadas por lo que el informe
llama eufemísticamente "carecer de acceso al saneamiento", devasten
enormes sectores de África, Asia y América Latina y sean la segunda
causa de la mortalidad infantil en el mundo.
En un importante
barrio de Nairobi (Kenya) llamado Kibera está generalizado el
sistema de los llamados "inodoros volantes", bolsas de plástico que
la gente utiliza para hacer sus necesidades y que luego arroja por
los aires a la calle (de ahí el apodo). Esta práctica motiva que el
nivel de enfermedades infecciosas en el barrio sea altísimo.
Aquellas golpean sobre todo a los niños y a las mujeres. ¿Por qué a
éstas? Porque como son ellas las que se ocupan sobre todo de la
limpieza hogareña y del acarreo del agua están más expuestas que los
hombres al contagio.
En Dharavi, un
sector populoso de la ciudad de Mumbai, en la India, hay un solo
water por cada 1.440 personas, y en la estación de las lluvias el
agua que inunda las calles convierte a éstas en ríos de excrementos.
La abundancia del líquido elemento es, en este caso como en el de
muchas ciudades del tercer mundo, una tragedia, porque, dadas las
condiciones de existencia, el agua, en lugar de ser la vida, es
muchas veces el instrumento de la enfermedad y la muerte.
Y, sin embargo,
paradójicamente, el problema del agua, inseparable del saneamiento,
es acaso el principal que mantiene a los hombres y mujeres
prisioneros del subdesarrollo. Los datos del informe son
concluyentes. Cuando tienen agua, se trata por lo general de aguas
servidas, que acarrean toda clase de bacterias y males que los
enferman y matan, pero, en la mayoría de los casos, la pobreza
condena a los pobres a una sequía que es todavía más catastrófica
para su salud y sus posibilidades de mejorar sus condiciones de
vida. Una de las demostraciones más chocantes de la investigación es
que los pobres pagan mucho más cara el agua que los ricos,
precisamente porque los pueblos y barrios donde viven carecen de
instalaciones de agua y desagüe y tienen que comprarla a aguateros o
servicios comerciales pagando precios exorbitantes. Así, por
ejemplo, los habitantes de los barrios pobres de Yakarta
(Indonesia), Manila (Filipinas) y Nairobi (Kenya) "pagan entre 5 y
10 veces más por unidad de agua que aquellos de las áreas de
ingresos altos de sus propias ciudades y más de lo que pagan los
consumidores de Londres o Nueva York". Ese precio desigual del agua
hace que 20% de los hogares más pobres de El Salvador, Jamaica y
Nicaragua inviertan la quinta parte de sus ingresos en agua. En
tanto que en el Reino Unido el gasto promedio por agua de los
ciudadanos es apenas 3% del ingreso.
No me resisto a
citar esta estadística del informe: "Cuando un europeo utiliza la
cisterna de un inodoro o un estadounidense se ducha, consumen más
agua que la que tienen cientos de millones de personas que viven en
los barrios urbanos pobres o las áreas urbanas de los países en
desarrollo". Y otra es que con el agua que se ahorraría si los
"civilizados" cerráramos los caños del lavador mientras nos
cepillamos los dientes un continente entero de "bárbaros" podría
bañarse.
A primera vista,
se diría que no hay mucha relación posible entre la falta de agua y
la educación de las niñas. Y, sin embargo, la hay y muy estrecha. El
informe calcula que se pierden 443 millones de días escolares al año
a causa de enfermedades relacionadas con el agua y que millones de
niñas faltan a la escuela y reciben una educación deficiente o nula,
y en todo caso inferior a la de los varones, porque diariamente
deben ir a buscar agua a acequias, ríos y pozos que están a menudo a
varias horas de camino de sus hogares.
En Los
Miserables, Víctor Hugo escribió que "las cloacas son la conciencia
de la ciudad", y, en una de esas interpolaciones del narrador que
recorren la novela, mientras Jean Valjean pataleaba entre la mierda
con el desmayado Marius a cuestas, intentó una curiosa
interpretación de la historia a partir del excremento humano. Algo
así hace este formidable estudio, sin la poesía y la elocuencia del
gran romántico francés, pero con mucho mejor conocimiento
científico. Proponiéndose nada más que describir las circunstancias
y reverberaciones de un problema concreto que afecta a la tercera
parte de la humanidad, este informe radiografía con dramática
precisión el extraordinario privilegio de que gozamos las dos
terceras partes restantes, cada vez que, casi sin darnos cuenta de
ello, abrimos la canilla de un lavamanos o la regadera de la ducha
para recibir esa lluvia de agua fresca que nos limpia y rejuvenece,
o cuando, aguijoneados por un retortijón, nos encerramos en la
intimidad de un excusado, aligeramos las entrañas y, solazados,
limpiamos con un pedazo de papel higiénico todos los rastros de
aquella ceremonia, jalamos una cadena y sentimos, en el torbellino
del surtidor, que nuestras suciedades recónditas desaparecen en las
entrañas de los desagües, lejos, lejos de nuestras vidas y olfatos,
para bien de nuestra salud y buen gusto.
Qué
infinitamente distinta a la nuestra es la experiencia de esos miles
de millones de seres humanos que nacen, viven y mueren literalmente
asfixiados por su propia inmundicia, a la que no consiguen arrancar
de sus vidas, pues, visible o invisible, la mugre fecal que expulsan
regresa a ellos como una maldición divina, en la comida que comen,
el agua en que se lavan y hasta en el aire que respiran,
enfermándolos y manteniéndolos en la mera subsistencia, sin
posibilidades de salir del confinamiento en que malviven.
Uno de los
aspectos más sombríos de este asunto es que, en gran parte debido al
asco y la repelencia que todo lo relacionado con la mierda despierta
en los seres humanos, los gobiernos y los organismos internacionales
que promueven el desarrollo no suelen darle la prioridad que debería
tener; lo frecuente es que lo subestimen y dediquen presupuestos
insignificantes a planes de saneamiento. Y la verdad es que vivir en
la suciedad no sólo enferma el cuerpo sino también el espíritu, la
autoestima más elemental, el ánimo para rebelarse contra el
infortunio y mantener viva la ilusión, motor de todo progreso.
"Nacemos entre heces y orina", escribió San Agustín. Un
estremecimiento como una viborilla de hielo en la espalda debería
recorrernos al pensar que un tercio de nuestros contemporáneos nunca
sale de la porquería en que vino a este valle de lágrimas.
© Mario Vargas
Llosa 2006.