DÍAS DE
RADIO
Por
Gustavo Tapia
Reyes
En ese entonces
éramos unos completos desconocidos y considero que a nuestro modo éramos
felices. Nadie nos ganaba en ese maravilloso arte de vivir, sin
preocuparse. Nadie nos igualaba en ese deseo indomable de no vendernos
al sistema. Y así vivíamos, al garete y al compás de los días que
transcurrían venideros, por cuanto estábamos inmersos en ese mundo al
cual todos podían admirar, pero pocos, muy pocos en verdad conocer,
donde quienes entraban lo hacían más por pasar el tiempo (empleando
nombres inventados como Carlos Arturo, Ángelo Ruiz, Michael Santana) que
por aguardar otro destino al que habitualmente acaso tenían.
Por mi parte, había
terminado mis estudios superiores de Pedagogía y estaba deambulando en
torno a lo que pudiera pasar. Hasta ahora no comprendo qué estaba
soñando, si que empiece a llover Maná del cielo, como si yo me
encontrase de pronto en medio del Sahara o que tal vez me gane algo en
el Baúl de la Felicidad, juego de moda en aquellos años, que consistía
en hacerse ricos con la plata de los incautos. No sé qué estaba
esperando realmente, para ver si yo conseguía emerger del ostracismo:
sin un centavo en los bolsillos, con la misma ropa de siempre, el mismo
calzado, mientras habíame vencido mi vocación impertérrita hacia los
micrófonos. Para nada importaba engrosar la nómina de los explotados
tercermundistas, porque en el fondo estaba contento, sin tener tampoco
la certeza de que los demás me estuvieran sintonizando.
Y en esto, no me
encontraba solo. Por el contrario, se convirtió en un indudable cómplice
de aventuras sin fin mi amigo Marcos Luna Ramírez. Qué trabas ni nada
por el estilo, por encima de la falta de pasajes echábamos a caminar con
tal de llegar a ese edificio descolorido en el centro de Chimbote, por
la avenida Gálvez, donde antes quedaba una clínica cuyo nombre prefiero
no acordarme, ascender penosamente por las escaleras, peldaño a peldaño,
sin rendirnos, sudorosos, bastante cansados, con la lengua afuera,
dirigiéndonos por la derecha, empujando esa puerta marrón que adentro se
hallaba ese anhelado como fascinante mundo que esperábamos alcanzar. Ahí
me quedaba yo, a un costado, mientras mi amigo se instalaba cómodamente,
se ponía chic, afinaba la garganta y de una vez a presentarse, haciendo
a partir de ese minuto, todo el espectáculo de Momo que sus radioyentes
estuvieron aguardando.
Ahí también se
inoculaba la felicidad en nuestras venas. Qué interesaba si al salir no
tendríamos un céntimo, igual éramos dos y a caminar entonces para el
retorno a casa, avanzando cuadra a cuadra por el centro de la ciudad,
luego la prolongación Buenos Aires o por el campo de la urbanización El
Carmen, debido a que en esa época -qué lejana parece- no habían
pandilleros que temer y era más seguro trasladarse a pie que ir en los
carros donde habían -y hay todavía- muchas bestias al volante. Qué
tiempos aquellos, ni él ni yo nos hartábamos de esa rutina, siendo lo
primordial estar enfrente de ese micrófono, que llevaría al aire nuestra
voz, que después se reproduciría en los miles de aparatos transmisores,
a través del dial de una radio instalada clandestinamente en la
frecuencia modulada.
Luego de tanta
presencia en el dinámico “Espumas de mar” y con una que otra salida por
medio de algunas palabras que Marcos me permitía decir (para ir entrando
en confianza), obtuve mi espacio propio, me gané a pulso mi trío de
horas para envidia de los demás que se rompían la cremallera al no
entender cómo había resultado que un tipo, llegado en silencio,
inesperadamente se haya destapado al hablar y hacer que todo pareciera
distinto, sin darle preeminencia al hecho que la radio se trasladó
pronto de sede, por lo que debió cerrar unos cuantos días -que se
convirtieron en largos meses de espera- en tanto el dueño nos decía que
tuviéramos paciencia, que lo más sensato consistía en foguearnos y que,
de paso, aprovechando el receso debíamos recursearnos con los “chivos”,
o sea las animaciones de eventos sociales que empezaban a la medianoche
y que generalmente culminaban por la madrugada, en medio de peleas
descomunales con sujetos cortados, donde sin embargo nos caía recién
unos cuantos nuevos soles que disputábamos con los dientes, cuando se
trataba de competir con otros individuos, mientras si todo el contrato
correspondía a Marcos y yo, ni hablar, hacíamos como el abogado y su
defendido: mitad para ti, mitad para mí y a divertirnos, porque la noche
era lo único virgen que quedaba, habiendo ya puesto los ojos en otra
parte.
Ah, los nuevos soles
duraban lo que restaba para el amanecer. Picados por las cervezas que
nos invitaban nuestros fanáticos, poníamos a un lado los micrófonos y a
beber que la vida es corta carajo y hay que gozarla al máximo, a bailar
según se pueda y hasta donde el cuerpo aguante. Marcos y yo al rato nos
volvíamos en los dueños del mundo, sintiendo que esa constituía nuestra
pertenencia y nadie podía ganarnos en ser un Aristóteles Onassis y un
John Pierpont Morgan hablando de hiperbólicos negocios, de edificaciones
fabulosas, de viajar algún día a playas exóticas donde tuviésemos
aventuras con bellísimas y carnudas mujeres, quienes por sólo hacerles
el amor, nos devolviesen todo con un trato de emperadores consagrados en
el pináculo de la gloria. De eso hablábamos y de muchas cosas más que ya
casi no recuerdo ¿o será porque la memoria es tan selectiva que opta por
disipar mucho de aquello al estar entre Pisco y Nazca, bajo la etiqueta
de ricos?.
Por eso, los días de
radio se han quedado en la remembranza permanente. Reinstalada la
emisora con otro nombre, en los altos de un edificio (donde queda hoy
una antigua pollería) y que más sonaba a que los de ahí éramos unos
maníacos sin necesidades, debido a que en dicho ambiente no hay sueldo,
ni mínimo ni extraordinario -excepto los cobros que pueden hacerse por
haber conseguido publicidad- volvimos también a la fanfarria en el aire,
con la diferencia de que mi amigo y yo la convertimos en una auténtica
escuela práctica de ciencias de la comunicación (que aún no existía en
la Universidad Nacional del Santa), donde solamente funcionaban dos
programas: por la mañana de 9 a 12 y por la tarde de 4 a 7, turnos
estelares que impusimos por nuestra cuenta y riesgo y sin que el dueño
nos haya autorizado ni nada, porque a nosotros eso qué nos importaba.
Hacíamos y deshacíamos según nuestro parecer, de tal forma que yo
llegaba en la mañana y, al no encontrar a nadie, encendía el trasmisor y
de lo más campante me ponía a locutar como si cientos de personas por
arte de magia estuvieran aguardando que aparezca ese fulanito que dice
cosas y nos entretiene, saludando a muchos que sacaba de mi imaginación
y regalando cosas que sólo en mi cerebro existían. Después, al arribar
Marcos por la tarde, hallando la cabina cerrada, cogía una vara y por
una ventana, que tenía la particularidad de siempre estar abierta,
presionaba el picaporte hasta que se abriera y pueda entrar a encender
los equipos, teniendo en cuenta que igual se pasaría hablando como loco,
seguro de que alguien por ahí lo estaba escuchando.
Por medio de dos
situaciones, la irresponsabilidad era nuestra bandera. Al salir de la
radio, cada quien en su turno, viendo que a la hora nunca llegaban
nuestros reemplazantes, sin hacernos más problemas apagábamos el
trasmisor y enrumbábamos por las calles que ya conocíamos como las
palmas de nuestras manos y, al terminar una animación, gastábamos
durante dos horas todo lo poco que podíamos obtener en cinco
consecutivas, o él o yo o en paralelo, cuando estábamos a dúo, porque
siendo buenos yuntas andábamos por acá y por allá cuidándonos las
espaldas de los puñaleros, haciéndonos inseparables (dándose el caso que
si me veían a mí me preguntaban por él, si lo veían a él le preguntaban
por mí), casi gemelos que no pensábamos lo mismo, aunque estábamos
bastante próximos de llegar a ello. Lo cierto es que corrían las
cervezas a raudales o los rones para ser más económicos. Por igual
disfrutábamos aquel compartir de bohemios aprendices en plena calle que,
habiendo tragado la noche nos había alcanzado la mañana, pese a que más
tarde no tuviéramos siquiera para tomarnos un té.