
Derecho
a la PEREZA
(Selección de Róger E. Antón Fabián)
rogerantonfabian@hotmail.com
Esta
vez Alfredo Bryce Echenique nos sorprende con
sus divagaciones
en torno a un tema harto agotador: el estresante afán que las sociedades
de hoy le imponen
al trabajo y su veintiúnico antídoto que, claro está,
todos
conocemos... la pereza.
ZAPATOS VAGABUNDOS

Por
Alfredo Bryce Echenique
Siempre recuerdo a un personaje
llamado Mouna, muy típico de la época en que el Barrio latino era aún el
corazón de la vida universitaria, en París. Mouna andaba siempre
discurseando y vendiendo un periodiquito de un par de páginas, de
redacción, ideas e ideales propios, de lo más sonriente y campante, a
veces en el boulevar Saint Michel, otras en la rué des Ecoles y otras
por el boulevar Saint Germain. Se trepaba en una banca y le sonreía
íntegra la barba abandonada a su suerte, más o menos como él mismo,
mientras soltaba sus discursos anarco-bondadosos contra esto y aquello,
ante un siempre complacido grupito de curiosos. Después vino mayo del 68
y Mouna debió evolucionar o algo así, porque se convirtió en canillita
de un único libro, que diariamente voceaba, desde la mañana hasta bien
entrada la noche, siempre en la misma esquina del Barrio latino.
El libro, que no hace mucho fue
publicado nuevamente por la editorial francesa Las Mil y una Noches, se
titula El derecho a la pereza y fue escrito por Paúl Lafargue, un
humorista francés que le tocó en suerte ser nada menos que el yerno del
serísimo Karl Marx. Por una mezcla de respeto y temor a su severo
suegro, pero también porque nunca pudo con su genio, hoy Paul Lafargue
es el único marxista humorista del que tengamos noticia y, al revés de
lo que ocurre con los libros de su suegro, el suyo generalmente ha
logrado la aceptación unánime de sus lectores, debido precisamente a que
se inspiró en la doctrina de Marx, pero sin renegar jamás de su sentido
del humor.
Cito algunas de sus ideas
fundamentales: "Una extraña locura se apodera de las clases obreras de
las naciones donde reina la civilización capitalista. Esta locura
conduce a miserias individuales y sociales que, desde hace siglos,
torturan a la triste humanidad. Esta locura es el amor desmedido al
trabajo, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del
individuo y su progenie. En vez de reaccionar contra esta aberración
mental, los curas, los economistas y los moralistas han santificado el
trabajo".
Según Paúl Lafargue, el mundo
capitalista europeo (el único que conoció), se divide en tres clases, a
cual más abyecta, "Los aristócratas, unos botarates pasados de moda,
cuyas lacras han sido heredadas por: 2) Los burgueses, unos traidores a
la humanidad que han logrado convencer de las bondades del trabajo a
destajo a: 3) Los trabajadores, bestias de carga engañadas que deberían
sublevarse y cuando antes, mejor".
fa nuestra, la humana, es la única
de entre todas las especies que no se le perdona la pereza y uno llega
al mundo sabiendo ya que ella es "la madre de todos los vicios". Y, sin
embargo, al menos según la versión del realismo mágico que nos ofrece el
libro del Génesis, fue el Edén. Pero todo parece indicar que luego,
arrepentido de su idea inicial, Dios decidió cambiar el argumento de su
estupenda novela, convirtiendo en pecado lo que sin duda no era más que
el inicio de un picnic bastante sensual y cálido, y largó del paraíso a
sus dos únicos inquilinos condenándolos con derechos de autor y libertad
de expresión a sufrir y parir y a ganarse el pan con el sudor de su
rostro y axilas, cuando menos.
Y desde entonces, las cosas han
seguido más o menos igual y desde muchos pulpitos y cátedras y escuelas
de Chicago se ha seguido persiguiendo a los amantes del dolcefar niente,
como si hasta el final de los tiempos no pudiese haber tregua en ese
castigo eterno. Y pobre de aquel a quien el juicio final lo pesque de
vacaciones!
Paradojas aparte, Dios quiera que
los argumentos de Paúl Lafargue acerca de la pereza prevalezcan sobre
los de su suegro acerca del capital y el trabajo. Y no es que yo sea un
vago de cuentas. Soy creo tan perezoso como cualquiera y, como el señor
de allá y a la señora de más allá, me encanta quedarme un ratito más en
la cama, odio que suene el despertador, una hamaca me tienta, y amo las
bondades ancestrales de la siesta, ya en vías de desaparición en los
países desarrollados y estresados, que lo uno y lo otro se van
mutuamente como anillo al dedo.
Soy, además, de los que viven en el
pleno convencimiento de que una buena administración de la pereza, tal
como la sugiere Paul Lafargue en su agudísimo tratado, es mucho más
productiva y rentable que la actividad desenfrenada de las sociedades de
consumidores pasivos y domesticados en que vivimos. Se ha hablado mucho
acerca del advenimiento de una cultura del ocio, pero lo que ha venido
más bien es una angustia del desempleo y desempleo puro y duro. Y en
todo esto veo yo una nada sabia administración de la pereza o una
incapacidad para asumirla sin sentir sobre nuestros hombros el peso de
aquella culpa ancestral que hasta nos impide soñar en un mundo
convertido en una mecedora o en una hamaca.