
Mujeres, pavos y brujas
(Selección de
Róger E. Antón Fabián)
rogerantonfabian@hotmail.com
Por
Antonio Gálvez
Ronceros
En países de occidente la brujería
ha sido concebida desde antiguo como un ejercicio casi exclusivo de la
mujer. Dentro de esta concepción hay la idea de que la bruja se
transforma en algún animal con el propósito de pasar inadvertida en la
correría nocturna que emprende y vencer las dificultades que pueda
encontrar en su negra faena de hacerle daño a alguien en particular. En
las zonas campesinas del departamento de lea se cree que este animal es
la pava, la tradicional pava doméstica, cuyo plumaje es negro. La
creencia incluye al pavo.
Asociar la voz de esta ave con una
carcajada estrepitosa no es ninguna novedad. Precisamente, para nombrar
esa voz, los manuales de zoología dicen que el pavo carcajea. Y como en
el campo saben que cuando empieza a caer la tarde se recoge a su corral
como cualquier otra ave doméstica, darse en un camino y en avanzadas
horas de la noche con un pavo o una pava es para algunos campesinos algo
aterrador. “La bruja, es la bruja”, piensan. O ser despertada una
familia entera en la madrugada por sus pesados pasos que estremecen el
techo y tener entonces el padre que endurecer los nervios para gritar:
“¡Sé que andas arriba, dañera! ¡Aquí no vas a venir a hacer tus
cochinadas porque sé quién eres!”, por lo que de inmediato se sentirá el
trus-trus de sus estirados saltos al emprender la huida o de las alas al
remontar el vuelo. O, sobre todo, oír su incesante carcajada saliendo de
los oscurecidos árboles de enfrente o de algún lugar lejano cuya
ubicación exacta nadie querrá a conocer. “La bruja, es la bruja”. Y
quien así lo cree tiene la seguridad de que esa carcajada es de una
mujer, de una mujer desconocida y transfigurada que celebra con gozoso
delirio alguna maldad que acaba de hacer. Y oyéndola repetirse sin
término, cree descubrir que brota con un tono de amargura como si
aquella mujer sufriera recordando algún agravio que hubiera tenido que
soportar, pero también cree advertir que la amargura es sutil, que el
tono de satisfacción y de burla que domina en la carcajada la atenúa. Y
piensa entonces que la maldad que esta mujer está celebrando no es otra
que la venganza que acaba de tomarse contra el causante del agravio, y
que el gozoso delirio con que la celebra obedece a la seguridad de que
la venganza habrá de dar los horribles frutos apetecidos, como si para
llevarla a cabo hubieran acudido en tropel las bestezuelas más
ponzoñosas que
pueblan el mal. Y al cortarse al fin
la carcajada, piensa que sus oídos no lo engañan, que está oyendo a la
mujer decir con voz jadeante: “ ¡Ay, carijo! ¡Ay, carijo!” Y que tampoco
es una ilusión el que la voz ha cambiado de modo repentino, de la
indiscutible voz femenina a otra enronquecida, desgarrada,
asombrosamente grave como de bajo profundo para ser de mujer, y en la
que el rencor parece haber concentrado sus más ardientes venenos para
decir: “¡Ya te jodiste! ¡Ya te jodiste! ¡Ya te jodiste!...”. Y que no
cabe duda de que la voz empieza a alejarse llevada por un pesado batir
de alas, hasta que se disuelve en la lejanía del campo ennegrecido por
la noche.
Mujeres sospechosas de ser brujas en
Chincha fueron hace muchos años la Colorína y la Comecuí, que tales eran
sus apodos. (El traslado de la carga acentual de la u de cuy a la
en cuí y que tiene el efecto de acortar el tiempo de emisión de esta
palabra, es una peculiaridad del habla del negro campesino de la zona).
¿De qué elementos de juicio se disponía para creerlo? Curiosamente,
quienes así lo afirmaban se limitaban a decir: “Parecen pavas”. El hecho
es que la Colorína y la Comecuí eran mujeres demasiado altas, que tenían
espalda muy alargada y ligeramente encorvada, piel oscura, cuello largo
y estirado hacia adelante y coronado por una cabeza escasísima de pelos.
La gente añadía que había que verles los ojos para darse cuenta que
estaban llenos de crueldad. “Vuelan, pues, en las noches —sostenía—.
Cualquier día amanecerán con plumas y ya no podrán ocultar la verdad”.
Pero murieron —una algunos años después que la otra—, sin que nadie
pudiese verlas a la luz del día convertidas en pavas.
Alrededor de estas dos mujeres no
todos han asumido la superchería. En 1980, en las afueras de la ciudad
de Chincha Alta, en un sector que colinda con la campiña, un hombre nos
decía: “¿La Colorína y la Comecuí? Sí, yo las conocí. Hace tiempo que
murieron. Vivieron por este lado, pero no eran de acá. Deben de haber
venido de algún lugar lejano del campo. Cuando vinieron a vivir, ya eran
un poco viejas. Sí, eso decían algunos: que eran brujas. Pero eso no es
verdad; son puras habladurías. Hay gente que se inventa sustos porque le
¡gusta andarse loqueando. Yo sé que a ellas les faltaba el centavo para
parar la olla. A veces cocinaban sólo caldo de agua, como le decimos acá
al caldo de puro aderezo, sin fideos ni carne ni nada. Comida de gente
muy pobre. Y si eran brujas como decían algunos, si tenían la maña del
enemigo para convertirse en pavas, ¿por qué no convertían las piedras en
comida? Digamos: en malaya frita, en pescau sudau, en seco de pato, en
buenos pallares, en buenos fríjoles... No, señor. No fueron ningunas
brujas. Algunos decían que parecían pavas, como si eso tuviese algo que
ver. ¿Acaso no hay gente que se parece a algún animal? Hay gente que se
parece al mono, algunos a algún pájaro, otros al burro, en fin... La
Colorína era una mujer sola y vivió a la vuelta de esta calle. Decían
que era hermana de la mujer de un bodeguero adinerado, de esos que
elaboran vino. Como era muy pobre, tal vez no era cierto que era hermana
de un hombre rico o tal vez era cierto y ellas andaban distanciadas. La
Colorína vino a vivir con sus hijos en esta calle y del marido nunca se
supo nada. Ella trataba de ganarse la vida con un aguardiente que vendía
por copitas a los borrachínes que caían por su casa, esa gente que
empieza a sentirse mal y a templarle el cuerpo cuando lleva media hora
sin haber probado una gota del trago que sea. Cada semana compraba tres
botellas del aguardiente más ordinario, del que quema como candela y que
puede voltear a cualquiera si lo agarra con la garganta desprevenida.
Con un poco de agua tenía cuatro botellas en vez de tres, pero el
aguardiente seguía con la candela encendida. Como no faltaban
borrachínes, la casa parecía andar de jarana todos los días. A veces
llegaba por ahí esa buena primera guitarra que se llamó Cheto, un zambo
aceitunado y de raro pelo lacio, siempre sonriente, siempre de maneras
muy delicadas, que aprendió a tocar de su padrino, el famoso Renteros,
allá en El Carmen. Con Cheto andaba Danielito, zambo de pelo apretado
que bordoneaba la segunda. Entonces sí que se armaba una jarana de
verdad. ¿Pero qué clase de negocio era ese con cuatro botellas a la
semana del licor más ordinario y con unos clientes que jamás trabajaban
porque tenían el ánimo dispuesto sólo a buscar que tomar todos los días
y que andaban reuniendo de centavo en centavo el precio de un trago?
Seguramente la Comecuí solo ganaba para un aderezo diario y cocinar
siquiera un caldo de agua. No, Señor, no era bruja. Ni ella ni la otra.
Nunca fueron”.