En el interior del camión todo crujía y saltaba al compás de un rítmico bamboleo.
Pepina cerró los ojos y se aferró a las hojas del apio, añorando la tranquila y rutinaria vida de sus hermanas.
De pronto, el ruido y el movimiento se hicieron menos intensos; el camioncito aminoró la marcha y se detuvo ante un mercado.
¡Habían llegado a la gran ciudad!
Pepina se desprendió del apio, se deslizó fuera de la caja, y bajó por la parte posterior del camión.
Lo primero que hizo fue anotar en su memoria el lugar donde se encontraba. En seguida decidió mordisquear un suculento desayuno que le diera ánimo para enfrentarse a lo desconocido.
Las aventuras y peripecias no se hicieron esperar...
Antes de que terminase de saborear la última hoja, cientos de enormes zapatos pasaron como avalancha junto a ella, aplastando todo a su paso.
Pepina se arrinconó contra la pared al verse entre los pies de aquellos gigantes que iban y venían presurosos, sin advertir que una pequeña oruga los contemplaba por vez primera.
-¡Son los hombres! ¡Los fuertes y poderosos amigos del señor perro!
-Debo encontrar un sitio más seguro desde donde pueda observarlos-.
Su mirada voló de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, en busca de un árbol... un arbusto... una planta... ¡cualquier cosa verde que la ocultara y protegiera! Lo único que veía era grandes construcciones grises y sombrías... postes de alumbrado eléctrico... carteles con anuncios comerciales y... ¡Su angustia se convirtió en esperanza al descubrir, en una esquina, algo muy alto, verde, y brillante!
La oruguita se puso en marcha, con más cautela que de costumbre; y como todo aquél que persevera, alcanza, aunque camine despacio como tortuga, también Pepina logró llegar a su meta y trepar por aquella cosa alta, verde y brillante.
Cuando el viejo reloj del campanario juntó sus manecillas anunciando el mediodía, Pepina Oruga se encontraba cómodamente instalada sobre el semáforo de la esquina, estudiando la vida y costumbres de aquellos extraordinarios seres: los hombres.
Durante los tres meses que vivió en la ciudad, Pepina tuvo oportunidad de ver y aprender muchas cosas.
Descubrió que las bicicletas eran un excelente medio de transporte... siempre y cuando viajara oculta debajo del asiento, para observarlo todo sin ser vista.
Aprendió a caminar muy cerca de las paredes para no ser lastimada... a cruzar las calles donde había menos tráfico... a no ser excesivamente curiosa, imprudente o atrevida, a quedarse inmóvil cuando el peligro acechaba.
Su amigo predilecto era el semáforo de la esquina.
Sus personas favoritas: los niños. Esos pequeñuelos que gritaban de gusto cuando la descubrían, alargando sus manos para acariciarla. ¡Qué tiernos eran! ¡Cuánta inocencia y espontánea alegría había en su mirar! Y cuán diferentes de los adultos, que fruncían la nariz al ver una oruga y chillaban histéricos: -¡Niño, no toques ese repugnante gusano!-
A Pepina le gustaban los niños, porque veían en ella algo más que un gusano verde... sabían maravillarse ante las cosas más sencillas... podían descubrir todo un mundo en una piedra... toda la belleza en una sola flor... y quizá, porque en cierto modo, los niños se parecían a ella: también podían llegar a convertirse en algo muy hermoso. En cambio, las personas mayores se comportaban en forma muy extraña... ¡Eran tan variables y difíciles de comprender!
Protestaban por el ruido, pero cada vez hacían más escándalo. Decían amar la vida, y sin embargo, no la respetaban. Arrasaban bosques, aniquilaban animalitos, envenenaban las aguas y contaminaban el aire que respiraban. Siempre hablaban de paz, pero no dejaban de hacer la guerra. Todos anhelaban ser libres y felices, pero muy pocos lo eran. Buscaban felicidad donde no la había, deseaban libertad sin saber lo que significaba. Eran esclavos de sus vicios y temores, de su odio, su ignorancia...
Mas no todo era sombra, también tenían su lado de gloria. Mientras unos destruían, otros se afanaban en construir. Habían logrado atravesar las montañas... navegar por los mares... conquistar el espacio... habían creado e inventado tantas cosas!
Pepina comprendió entonces que era absurdo clasificar a los humanos dividiéndolos en buenos y en malos. Tan sólo eran personas, con defectos y cualidades, que unas veces se portaban bien, y otras, muy mal. Para algunos era fácil ser buenos: sabían lo que debían hacer y, además, podían hacerlo. Para otros, era más difícil, porque ignoraban muchas cosas y no tenían oportunidad de practicar lo suficiente.
En lo alto del semáforo, Pepina meditó largo rato, mientras observaba el ir y venir de la gente, el rodar de los autos y el constante parpadeo de las luces.
¡Qué arriesgado era ser hombre! ¡Qué tremenda responsabilidad la de ser dueño y señor del mundo!
¡No! Definitivamente, NO. Ella tampoco había nacido para ser uno de esos gigantes que caminaban en dos pies.
Las cálidas lluvias del mes de julio cayeron sobre la ciudad, lavando las polvorientas calles y las plazas. El viento fresco y húmedo esparció un agradable olor a tierra nueva, que alborotó en el alma de Pepina Oruga sus más íntimos recuerdos y añoranzas.
Era tiempo de regresar a casa... al viejo y frondoso cerezo... al campo que olía a jazmines y a trigo recién cortado.
Al día siguiente, muy temprano, cuando la ciudad aún dormía entre sábanas de niebla y humo, la oruguita se despidió del semáforo y se encaminó al mercado.
Horas después, Pepina viajaba de regreso a casa, a bordo del camioncito rojo y blanco que la había llevado a la gran ciudad.
