PEPINA

En el campo

Muy lejos de la gran ciudad, allá, en el campo, donde el cielo es azul, el pasto más verde, y el aire fresco y puro, crecía rodeado de flores un hermoso cerezo.

Era un árbol viejo que ofrecía protección y alimento a toda criatura que a él se acercaba.  Cientos de pajarillos anidaban en sus enormes ramas.  Por su tronco subían y bajaban las incansables hormigas.  Y en sus hojas, habitaba una familia de verdes gusanillos; sólo sabían comer, dormir y caminar lentamente por todos lados.  Eran simples orugas, que disfrutaban, satisfechas, de su monótona existencia.

 ¿Todas?  Bueno... casi todas.

La más pequeña era única, original, diferente, era... uno de esos seres que desean ser más y mejor de lo que son, y que ponen todo su empeño en lograrlo.

Al igual que sus hermanas, había salido de un diminuto huevecillo y crecido hasta convertirse en una preciosa oruga, suave como el terciopelo.

Sin embargo, ella no estaba conforme con seguir comiendo únicamente hojitas de cerezo.

-¿Por qué he de pasar toda mi vida haciendo siempre lo mismo?-  se preguntó un día. -Es necesario que empiece a cambiar desde este preciso momento-.

Fue entonces cuando, rompiendo con las costumbres familiares y las reglas establecidas, decidió incluir en su dieta... las tiernas hojas de una mata de pepino.

¡Aquello era escandaloso... inaudito... impropio de una oruga bien educada! En cualquier otra familia, semejante atrevimiento hubiera sido severamente castigado. Pero éstas eran simples orugas, comilonas e indiferentes, que no le dieron importancia a sus caprichos.

Lo único que hicieron fue mirarla de reojo y comentar burlonamente entre bocado y bocado:

-¡Está loca de remate!  No sería nada raro, si luego le diera por creer... que es un pepino-.

Y a partir de ese día, la pequeña y rebelde oruga fue llamada... Pepina.

Más que a nada, Pepina, amaba la vida. Era amiga del viento, del sol y de la lluvia, de los árboles, de las flores y del mundo entero.

Mientras las otras orugas vivían sólo para comer, ella exploraba los alrededores, saboreando la alegría de vivir.

Pepina despertaba al primer beso de la mañana y recorría los dorados trigales salpicados de alhelí. ¡Qué agradable era sentir el cosquilleo de la hierba sobre su tersa piel, el roce de la arena del camino, el embriagante olor a tierra mojada! ¡Cuánta frescura había en las gotas de rocío que brillaban temblorosas sobre las hojas y las flores!

Por las tardes, la oruguita platicaba con sus vecinos favoritos, o dormitaba sobre los pétalos de una rosa, acariciada por el tibio sol del ocaso.

Cuando la noche teñía el campo de un negro intenso, Pepina se enrollaba en una hoja del cerezo, y desde allí escuchaba el canto de los grillos, el murmullo del arroyo y los mágicos sonidos nocturnos.

¡Qué maravilloso era el mundo! ¡Qué bella era la vida!

Pepina, disfrutaba cada momento del día, y sin embargo... no era completamente feliz.  Sentía dentro de ella una cierta inquietud, un aburrimiento molesto, una inexplicable nostalgia.  Presentía que había nacido para ser algo más que una simple oruga.

Pero... en vez de oruga... ¿qué le hubiera gustado ser?

-¡Vaya problema el mío!- exclamó. -¡Es terrible no saber qué es lo que uno quiere!  Si tan solo alguien me ayudara a decidir...-

Y la Naturaleza, que siempre está pendiente de todas las criaturas de la Tierra, acudió en su ayuda.

-¿Qué te pasa, Pepina?- le preguntó con dulzura. -Te noto triste y confusa-.

La oruguita la contempló maravillada. ¡Qué hermosa era!  Su larga cabellera caía ondulante, como la cascada del bosque... Su vestido, estaba formado por las más preciosas plantas y flores, y en sus ojos se reflejaba el esplendor del cielo y las estrellas.

-Oh, Madre Naturaleza... no sé qué me ocurre!  Todo lo tengo para ser feliz, pero... no lo soy.  Mis hermanas viven contentas de ser orugas, pero yo no.

¿Por qué no puedo correr, o saltar, o caminar más aprisa? ¿Para qué comer hojas y más hojas habiendo otras cosas que hacer y que saborear? ¿Por qué he de ser una simple oruga?-

La Madre Naturaleza comprensiva, le dijo: -Lo que tú deseas... es ser libre-.

-¿Libre? ¡Oh, no!  Yo soy muy libre.  Hago todo lo que se me antoja: camino sola por el campo y regreso a casa cuando quiero; si tengo sueño, duermo, si no, me la paso charlando con los búhos. ¡Hasta he aprendido a comer hojas de pepino y de muchas otras plantas!-

-A eso le llamaría yo capricho, más no libertad, le reprochó la Naturaleza. Ser libre no significa hacer lo que te plazca, sino... llegar a ser lo que tú realmente deberías ser-.

-¿Y qué debería yo ser? ¿Una oruga grandota y dormilona?-

-Mucho más que eso, Pepina.  En realidad... ¡tú no eres una oruga!  Un día vas a transformarte en algo muy hermoso-.

-¡Pero... eso no es posible! Soy tan lenta... tan pequeñita...-

-No importa lo que ahora seas, sino lo que puedes llegar a ser. Así como el árbol ya está en la semilla, también tu "yo" verdadero, se encuentra dentro de ti. Debes permitirle crecer, si quieres ser libre y feliz.

-¡Si no soy simplemente una oruga... ¿Qué seré?-

-Ah, Pepina... a esa pregunta, sólo tú podrás darle respuesta.  Mientras tanto, recorre el mundo, observa todo y aprende lo máximo que puedas.  Cuando sepas qué es lo que te gustaría ser o hacer, cuando hayas descubierto tu verdadera vocación, vuelve a casa... aquí te estaré esperando-.

-De acuerdo- respondió Pepina. -Quizá llegue a conocer a alguien que sea libre y feliz-.

No teniendo necesidad de empacar nada, ni de hacer arreglos para el viaje, Pepina partió de inmediato, llevando consigo sus anhelos e inquietudes de oruga de cerezo. Al caer la tarde, se encontró cerca de una granja.  Lo primero que vio fue un animal enorme que movía constantemente las mandíbulas y su larga cola.  Su imponente figura inspiraba temor y respeto.  Sin embargo, había en su mirada tanta bondad y paciencia, que Pepina se animó a dirigirle la palabra.

-Ho... hola. ¿Quién eres tú?-

El extraño animal dejó de masticar y miró sorprendido en torno suyo.  Cuando sus ojos descubrieron a la pequeña oruga, sonrió tolerante y respondió con gentileza:

-Muuuuuy buenas tardes.  Soy una vaca. No te asustes-.

-Ohhh... una vaca... ¿Y te gusta ser lo que eres?-

-Creo que sí.  Me gusta muuuuucho rumiar el pasto y producir sabrosa leche.  Sí, sí me gusta ser vaca-.

-¿Y eres realmente feliz? ¿Te sientes libre?-

-No lo sé... ni me interesa-, replicó la vaca.

Y como hasta la más santa paciencia tiene su límite, agregó: 

-¡Ahora vete! ¡Déjame comer en paz!-

-Hmmmmm- pensó Pepina, alejándose, -supongo que ella sí nació para ser vaca.  A mí no me gustaría serlo... ¡Es tan tedioso como ser oruga!-

Y prosiguió su camino. Pronto llegó a un corral donde gallinas, patos, gansos y pavos, se disponían a dormir con el día que terminaba.

-Preguntaré a una de esas cosas emplumadas si me dan albergue por esta noche- se dijo Pepina.

Con cautela se acercó a un nido.

-Oye, pájaro grande, ¿podría pasar aquí la noche?-

La gallina brincó sobresaltada y parpadeó repetidas veces. -Claro que puedes quedarte, pequeño gusano verde-.

-No soy gusano. Soy oruga de cerezo y me llamo Pepina-.

-Y yo, una gallina, no un "pájaro grande"- aclaró ésta, con una fuerte sacudida de cresta y plumaje.

-¡Encantada de conocerte! ¿Y qué hace una gallina todo el día?-

 -Pero... ¿es que no lo sabes?-

-Pues... no.  Es la primera vez que veo un ave tan grande como tú... Supongo que has de ser muy importante-.

-¡Claro que sí! He puesto miles de huevos y cuidado a cientos de pollitos. ¡Soy muy importante!-

-¿Y jamás sales de esta horrible jaula?-

A la gallina se le erizaron las plumas del coraje. -¿Cuál horrible jaula?... ¿Cuál?... ¿Cuál?... ¿Cuál? cacareó indignada. Esta no es una horrible jaula.  Es mi precioso hogar, mi lindo gallinero. ¡Nunca he salido, ni tengo intenciones de hacerlo!  Aquí encuentro lo que necesito. ¡Buenas noches!-

-¡Qué enojona es! murmuró Pepina, acomodándose en un rinconcito del corral. Ha de ser muy aburrido pasarse la vida encerrada, poniendo huevos y cuidando pollos.  Prefiero ser oruga mascahojas y no gallina ponedora-.

Habiendo tomado esta decisión, Pepina se cobijó con una pluma, cerró sus cansados ojitos y se deslizó por el mundo de los sueños.

Amanecía ya.  El Sol bostezó perezoso, asomando sus cálidos rayos detrás de las altas montañas.

El gallo despegó un ojo y alisó sus plumas, luego, abrió el otro, y con un estruendoso "Ki-Ki-Ri-Ki" saludó galante al astro de oro.

-Es hora de levantarse y de seguir adelante-, dijo Pepina, y salió en busca del desayuno.

El campo resplandecía con las primeras luces del alba.  El fresco viento mañanero despeinaba, ocioso, las copas de los árboles, meciendo las telarañas goteadas de rocío, que parecían hechas con hilos de plata.

La oruguita las contempló embelesada, mientras saboreaba una hoja de trébol.

-¿Y si fuese yo araña? ¿Sería entonces libre y feliz?-

Después de meditarlo, llegó a la conclusión de que no lo sería. ¡Ella tampoco habla nacido para atrapar moscas, ni para tejer telas de araña!

Con andar lento y cadencioso, Pepina cruzó los prados, deteniéndose de cuando en cuando para aspirar el aroma de las flores.

Al pasar por el estanque, un sapo grande y verde le cerró el paso. -¿En qué puedo servirte, preciosa?- preguntó con voz ronca y gutural.

- Soy dueño de la tienda mejor surtida de la región-.

-Bueno... pues yo...

- Habla sin titubeos, linda.  Cualquier cosa que desees, yo la tengo.¿Quizás andes en busca de algo especial?-

- Oh, sí-, confesó la ingenua oruga.  -Ando en busca de mi vocación-.

-¿Vocación... vocación?  Lo siento, pero... de eso no tengo.  Vendo sombreros, collares, floreros, lámparas de luciérnaga y plumas de colibrí. ¿No quisieras comprar algo?-

-No, gracias. ¿Para qué me serviría todo eso?-

-¡Vaya pregunta más tonta!- croó el sapo, indignado. -¿Que para qué te serviría?  Para ser feliz, por supuesto.  Mientras más cosas tengas, más feliz serás-.

-Oh, no- respondió Pepina. Yo seré feliz cuando sea libre... cuando deje de ser oruga para convertirme en algo muy, muy hermoso-.

-¿Y quién te ha dicho semejante insensatez?-

-La Madre Naturaleza.-

- Me lo suponía.  Siempre anda interfiriendo en mis asuntos.  Pero... oye... si te consigo una vocación... ¿cuánto me darías por ella?-

-No es mucho lo que poseo.  Sólo una hojita de cerezo en donde me enrollo para dormir.-

- ¡Ahh!... Vives en un árbol de cerezas. ¿Me darías veinticinco hojas tiernas y diez pétalos de flor?-

Pepina negó con la cabeza. ¡Aquello no le agradaría a su viejo y querido cerezo!

-¿No?  Entonces... ¡adiós!  No me hagas perder más tiempo hablando de vocaciones y tonterías.-

     El sapo se alejó furioso, saltando entre los matorrales.

     Pepina continuó su camino, cabizbaja y pensativa... -¡Pobre señor sapo!... poseía tantas cosas y no era feliz... ni siquiera sabía que una vocación no se compra... que uno mismo debe descubrirla y...   iCHAS!... la oruguita chocó de pronto contra algo duro y muy áspero...

Aturdida por el golpe, Pepina entreabrió los ojos. ¡Todo era gris y café! Frente a ella, ya no había árboles, ni pasto, ni flores... solamente una enorme barda de piedra.

-¿Será aquí donde termina el mundo? pensó... ¡Tengo que averiguarlo!-

A punto de trepar estaba, cuando oyó una voz que le decía:

-Hola, gordita. ¿Quién eres?-

Pepina se volvió sorprendida.  A sus espaldas, una esbelta lagartija la contemplaba sonriendo con coquetería

- Me llamo Pepina; soy oruga de cerezo.-

 -Una oruga... ¡qué fascinante!- exclamó la lagartija, entornando los ojos.

- ¡No es fascinante! es muy aburrido. Ojalá no lo fuese.-

-¿Y qué te gustaría ser?-

- Aún no lo sé.-

-¿Por qué no te unes a nosotras, gordita?  No hay nada mejor que ser lagartija.  Ven, te presentaré a las otras chicas.-

La lagartija trepó ágilmente por las piedras.  Pepina la siguió con dificultad, sintiéndose más torpe y rechoncha que nunca.

En lo alto de la barda, dos lagartijas tomaban el sol de mediodía, a la vez que parloteaban sin cesar.

- Chicas, les presento a Pepina Oruga.  Quizá podamos hacer de ella una hermosa y elegante lagartija.-

- ummm... no será fácil.  Es simpática y graciosa, pero un poco gordinflona- opinó una de ellas. -Tendrás que ponerte a dieta y hacer ejercicio, querida- le aconsejó la otra, -o nunca llegarás a lagartija.-

-A decir verdad, no estoy segura de querer serlo. ¿A qué se dedican ustedes?-

-¡A divertirnos! ¡A gozar de la vida, gordita!-

-Entre bocado y bocado, disfrutamos de los rayos del sol, del bello panorama, y comentamos los más recientes chismes del día. ¿Por qué no lo intentas? ¡Es fabuloso!-

Pepina alzó la vista y contempló el maravilloso paisaje que se extendía detrás de aquella barda. ¡El mundo no terminaba allí... aún le quedaba mucho por conocer!

-Puede que lo sea, pero... no me haría feliz.  Lo siento, amigas.  Debo continuar mi recorrido.-

- Entonces... adiós, gordita. Si cambias de opinión, regresa, aquí habrás de encontrarnos.-

Y las tres lagartijas se tendieron, cuan largas eran, a seguir disfrutando de los rayos del sol.

Pepina se deslizó por el otro lado de la barda y... no tardó en llegar a un inmenso patio empedrado.

De pronto, una sombra se interpuso en su camino; el fresco airecillo se tornó en el aliento tibio y húmedo de una negra nariz. ¡Algo...alguien... la estaba olfateando!  La oruguita se encogió aterrada y se tapó los ojos.  El dueño de la nariz retrocedió sorprendido, soltando un ronco y sonoro "Wuff-Wuff".

Después... quietud y silencio.

Pepina echó una miradita. ¡Allí estaba todavía "eso", y la observaba de cerca, moviendo las orejas y los bigotes!

Cualquier oruga se hubiese desmayado del susto. ¡Ah!... pero no Pepina. Ella era muy valiente.

 Tragándose el miedo que sentía, se irguió desafiante:

-¿Por qué no asustas a alguien de tu tamaño, orejón? ¿No ves que soy una indefensa oruga?-

-¡Oh, perdón!  No quise asustarte, pequeña.  Sabes, soy un perro, y nosotros percibimos el mundo a través de la nariz.  Por eso lo husmeo todo y... para conocerte, tuve que olfatearte.-

-¿Y sólo eso sabes hacer?-

-¡Oh, no!  Mi principal tarea es cuidar la casa del amo. Aviso cuando alguien se acerca y ahuyento a los malhechores. ¡Soy el mejor amigo del hombre y el más fiel compañero de los niños!- ladró el perro con orgullo, meneando su cola como si ésta fuese plumero.

-¿Hombres? ¿Niños?  No sé quiénes sean, pero... ¿te hacen feliz?-

-A veces, cuando juegan conmigo y me ofrecen deliciosos bocadillos.  Pero, ¡qué triste me siento si me encadenan a mi perrera, o me encierran en ella!-

- Este tampoco es feliz- pensó Pepina. -Además, no es libre... no puede salir de su encierro... ni romper las cadenas que lo atan.-

Y despidiéndose de su amigo, continuó su recorrido, caminando tan rápido como se lo permitían sus diminutas patitas.

Pepina se detuvo bruscamente.  Misteriosos ruidos envueltos en sonoros chapoteos llegaban desde más allá de los altivos girasoles.

-¡Qué extraño!  Se oye como si todas las ranas de la comarca estuviesen de fiesta en el estanque.-

Arrastrada por la curiosidad y picada por la duda, Pepina se dirigió al lugar de donde provenía el formidable alboroto y, escondiéndose entre las flores, atisbó con cautela.

¡Aquello era el caos!  Media docena de gordas criaturas, de trompa color de rosa y colita enrollada, se revolcaban alegres en un gran charco!

-¡Qué dichosos parecen! -suspiró contemplando el lodoso espectáculo.

-Pero... ¡Vaya manera más tonta de perder el tiempo!  Con tanto fango encima, no creo que puedan apreciar todo lo bueno y lo hermoso que hay en la vida.-

Su interés se esfumó enseguida. Ni siquiera se molestó en averiguar quiénes eran o qué sabían hacer.

- ¡Bah! ¡Tan sólo son unos puercos!- exclamó la oruguita, moviéndose en dirección opuesta.

Y, justamente, eso es lo que eran...

Pepina llegó al arroyuelo que rápido y travieso serpenteaba a través del bosque y de las praderas.

El agua era fresca y diáfana; desde la orilla podía observarse el retozar de los peces.

También a ellos les hubiese deseado preguntar si eran libres y felices, pero no tuvo oportunidad de hacerlo, ya que las orugas de cerezo ignoraban la técnica del buceo acuático.

Entonces, una hoja de encino llegó flotando hasta ella y se quedó parada, como invitándola a dar un paseo.

¡Era una oferta tentadora!

Pepina vaciló unos instantes y luego... abordó la improvisada barquilla.

Pocos minutos después, hoja y oruga flotaban sobre el agua, y, arrastradas por la rápida corriente, llegaron a un fabuloso valle.

Pepina desembarcó en la primera oportunidad que tuvo.  Su cabeza le daba vueltas y vueltas; por más que trataba de caminar en línea recta, sus patitas se empeñaban en hacerlo en zigzag.

-¡Fue una experiencia emocionante!  Sin embargo, no creo haber nacido para vivir en el agua... o para navegar en ella.

Y con pasitos cortos y tambaleantes, prosiguió su lenta marcha.

El viento del norte empezó a soplar, levantando ariscos remolinos de polvo.  Esponjosos nubarrones comenzaron a juntarse hasta cubrir el claro azul de la tarde.

De pronto, un latigazo eléctrico, rasgó los cielos y se oyó el retumbar del trueno. ¡Eran las primeras lluvias de abril!

Pepina se estremeció de contento al sentir los fríos goterones, y aprovechó para darse un baño de primavera.

Momentos más tarde la lluvia se había convertido en tremendo aguacero.  Las veredas se transformaron en riachuelos; los árboles, sedientos y agradecidos, elevaron sus ramas al cielo, mientras las flores de los prados inclinaban sus corolas en humilde reverencia.

Pepina apresuró el paso y se refugió bajo un robusto hongo.  Antes de que pudiera decir: "¡Píquiti-paf!", algo zumbó junto a ella y aterrizó al abrigo de la misma sombrilla. ¡Era una abeja!  Uno de aquellos insectos que volaban por todos lados, libando el néctar de las flores.

Ella únicamente las había visto de lejos, pero ahora... ¡por fin tenía la oportunidad de ver una de cerca y de poder hablarle!

- Ho-ho-hola -tartamudeó cómo adolescente ante su ídolo favorito.

- Hola a ti también, respondió la abeja, y, sacudiéndose el agua como si fuese perro recién bañado, exclamó:

 -¡Qué diluvio! ¡Quién fuera rana para regresar nadando a casa!

-¿No te gusta ser abeja? -preguntó la oruguita, creyendo haberse topado con otra inconformista como ella.

-¡Oh, sí!  Por nada del mundo desearía ser otra cosa.

- Entonces... ¡tú has de ser libre y muy feliz! -exclamó Pepina.  Y, sin poder contener su curiosidad, disparó una ráfaga de preguntas-: ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Qué sabes hacer?

- Soy la obrera número 5.344; trabajo fabricando miel en el tercer panal de la colina.  No tengo nombre propio, ya que a ninguna nos es permitido tenerlo, pero si gustas, puedes llamarme "abejita".

-Yo soy oruga de cerezo, me llamo Pepina y tengo cinco hermanas.  Y tú, ¿cuántas tienes?

-¡Uf!  Supongo que miles y miles.  Yo misma no lo sé; ni siquiera las conozco.  Pero eso es lo de menos... ¡lo único que importa es trabajar sin descanso para que haya mucha miel!

-¿Miel?... ¿Qué es miel?

La abejita agitó sus alas, y recitó de memoria su bien aprendido sonsonete:

- Miel es el néctar cristalino que las flores pródigas ofrecen en copas de colores.  Miel es sueño de ámbar convertido en manjar, rica golosina que deleita al paladar.  Si alguna vez la pruebas, quedas fascinada: ¡sabe a sol de otoño, a plenitud dorada!  Y ya nunca desearás comer otra cosa, que no sea dulce miel, buena y sabrosa. ¡Anda... ¡pruébala! y ofreció a la boquiabierta Pepina una gotita color ámbar.

-¡Píquiti-paf! ¡Es deliciosa!  Esto me gusta mucho más que comer hojas.  También me encantaría volar de flor en flor; ser ágil y ligera como tú.

- Entonces... te gustaría ser abeja, ¿no?

Pepina guardó silencio; luego respondió midiendo sus palabras.

- Creo que no.  Me gusta la miel y envidio tus alas, pero no quisiera ser un "algo" numerado.  Los números son fríos, indiferentes.  En cambio, un nombre hace que te sientas bien; es cálido como el verano y suavecito como el verde musgo.  Prefiero ser una oruga llamada Pepina y no una abeja sin nombre.

- Es cuestión de gustos...y de costumbre -opinó la abejita, y, volviendo la cabeza, exclamó: ¡Mira! ¡Ya no llueve!

En efecto, el sol exprimía el agua de las últimas nubecillas y un bello arco iris empezaba a dibujarse sobre la línea del horizonte.

-Debo regresar a la colmena para entregar la miel. ¡Adiós, Pepina, pequeña oruga de cerezo!  Espero que llegues a ser muy feliz.

Sus alas vibraron un instante y enseguida levantó el vuelo, rápida como el viento.

Pepina la siguió con la mirada, hasta que desapareció entre las flores.

-¡Adiós, abejita 5.344!  Presiento que un día volveremos a encontrarnos.

El crepúsculo anunció con fanfarrias de rosa y oro que un día más llegaba a su fin.

Fatigado de su viaje a través del firmamento, el sol se acostó temprano en su lecho de nubes y apagó la tenue luz de la tarde. La hora de dormir había sonado. Los animalillos buscaron  sus nidos, mientras los nocturnos se preparaban para disfrutar de la noche.

La penumbra envolvió a Pepina, haciéndola sentirse aún más pequeña.

- Y yo, ¿dónde voy a dormir? -se preguntó en voz alta.

- Si gustas, puedes hacerlo en mi casa -propuso una vocecilla tomándola por sorpresa. -Porque yo solamente la ocupo durante el día.

Pepina giró bruscamente, descubriendo entre las sombras otra silueta casi tan pequeñita como la suya.

Ya que uno nunca sabe a qué atenerse con extraños, la oruguita contestó muy seria:

 -Agradezco tu invitación, pero primero, quisiera saber quién eres.

- Soy un ratón de campo; vivo en el tronco de aquel pino.  Y tú, ¿qué eres? ¿Un gusano gordo o una super-lombriz?

- Ni lo uno, ni lo otro.  Me llamo Pepina y soy oruga de cerezo... pero sólo provisionalmente, ya que pronto voy a transformarme en algo muy hermoso.

-¿En serio? ¿Y en qué piensas convertirte?

- Aún no lo he decidido.  Por eso recorro el mundo en busca de la respuesta.

-¡Dichosa tú!  Ojalá yo también pudiera transformarme.  Así me libraría para siempre de ese gato tan latoso.

-¿Gato?  Jamás he visto uno de ésos. ¿Cómo son?

-El gato que yo conozco es feo y malcriado.  Tiene bigotes grandes y tiesos, uñas muy largas y ojos verdes que brillan en la oscuridad de la noche.  Me persigue a toda hora y por todos lados.  No me deja comer, ni dormir, ni vivir en paz.  En cuanto me ve, hace así:

-"¡Miauuuuuuuuuu!" -concluyó el ratón, arqueando su lomo y mostrando los dientes igual que el gato.

-¡Huy! -gritó Pepina-.  Debe ser horripilante.  No me gustaría ser gato... y mucho menos, ratón.

-No te culpo.  Nuestra vida está llena de peligros. Pero ven, vamos a casa, allí podrás quedarte y mañana continuarás tu camino. ¿A dónde piensas ir?

-No estoy segura- dijo Pepina, mientras caminaba a la par del ratón. -Me gustaría conocer a los buenos amigos del señor perro, pero no sé dónde encontrarlos.

-¡Ah! ¿Te refieres a los hombres? ¿Unos gigantes muy inteligentes que caminan en dos patas, que tienen poco pelo y se cubren con ropas? ¡Uf! ¡Esos abundan por doquier! 

Aquí en el campo viven muchos pero, según he oído decir, los más estrafalarios ejemplares habitan en las grandes ciudades.  Es allí a donde deberías ir para conocer los adelantos de la ciencia y los maravillosos inventos.

-De acuerdo, pero... ¿cómo hago para llegar a la ciudad?-

Entonces el ratoncito, que pretendía ser de mucho mundo, le explicó que todas las mañanas partía de la granja un camioncito que llevaba fruta y verdura.  Que un camión era un artefacto rojo y blanco, hecho de madera y de metal; tenía cuatro ruedas y corría veloz en cualquier dirección; y que era precisamente en él donde Pepina debía esconderse para llegar más rápido a la ciudad.

-Espero que no decidas quedarte allá, como lo han hecho tantos de mis amigos- suspiró el ratón.

-Muchos son los que han partido, y hasta la fecha, ninguno ha regresado. ¡Cuánto ha de haberles gustado la gran ciudad!-

Pepina prometió que pronto volvería; que sólo iría para conocer a los hombres y averiguar si eran libres y felices.

Luciendo la mejor de sus sonrisas, dio las gracias al ratón por los informes, y, sobre todo, por haberla invitado a pasar la noche en un rincón de su nido.

Contenta, calentita y confortable, Pepina durmió como lirón y soñó con las maravillas que esperaba ver en la gran ciudad.

El día amaneció con traje de gala, más bello y radiante que nunca.

-¡Despierta, Pepina, despierta!- gritó el ratón, sacudiéndola impaciente.

La oruguita parpadeó adormilada y bostezó largamente, dispuesta a desperezarse, pero el ratón no se lo permitió: asiéndola con fuerza, tiró dé ella en dirección de la granja.

-¡Corre... debemos darnos prisa!  El camión está a punto de partir-.

Entonces, Pepina abrió los ojos; su corazoncito latió acelerado. ¡Lo había visto!  Allí estaba el artefacto rojo y blanco que iba a llevarla a la gran ciudad. ¡Allí estaba el camión!

Llegaron justo a tiempo.  Con ayuda del ratón, Pepina trepó por la parte de atrás, hasta llegar a las cajas que contenían fruta y verdura.

-Ninguna oruga ha viajado en tan deliciosa compañía- pensó mientras saludaba a espinacas, zanahorias, manzanas y limones.

Antes de ocultarse entre las hojas de un apio, Pepina echó una larga mirada en torno suyo, despidiéndose de los montes, de los bosques y del río, de las flores, de los valles y de su nuevo amigo.

Momentos más tarde, el camión se dirigía a la ciudad, llevando fruta, verdura, y a una pequeña oruga llamada Pepina.

¿Qué pasó en la ciudad?

CONTINÚA CON LA HISTORIA