El regreso

Luciendo precioso manto bordado de flores, la campiña recibió a Pepina con los brazos abiertos y anunció el retorno de la viajera.

-¡Pepina ha vuelto!-

Cantaron las pajarillas, e improvisaron en su honor un concierto de bellos gorjeos.

-¡Pepina ha vuelto!-

Murmuró el arroyo, mientras saltaba entre rocas envueltas en musgo.

-¡Ha vuelto... ha vuelto!-

Repitió el eco distante y sonoro, envidiando al Sol y al viento que la acariciaban.

Pepina sonrió conmovida.

-Viajar es maravilloso, pero... ¡qué estupendo es regresar al hogar!-

Y con esa solemne lentitud característica de las orugas, emprendió la marcha, ansiosa de ver a su querido cerezo.

El día era caluroso, húmedo, sofocante.  Pepina sintió que el cansancio se apoderaba de ella y decidió reposar junto al arroyo, bajo el encaje de los helechos.  Segundos más tarde, un gorrión pasó volando muy cerca, se posó en tierra y comenzó a dar graciosos saltitos, picoteando por aquí, por allá y por todos lados.

Pepina lo reconoció en seguida. ¡Era su vecino de rama!  Uno de los gorriones que vivían en el árbol de cerezas.

La oruguita abandonó la fresca sombra y se acercó al pajarito, que rebotaba como pelota emplumada.  Sus brincoteos cesaron al verla.

-¡Vaya! ¡Pero si es Pepina Oruga!-

-¿Cómo te va, vecino?  No sabes cuánto me alegra encontrarte-.

-A mí también.  Hacía tiempo que no te veía. ¿Dónde has estado?-

 -Me fui de viaje.  Anduve recorriendo el mundo en busca de mi vocación-.

-¡Qué bien!- aprobó el pajarillo, creyendo que "vocación" era algo que Pepina había perdido en el camino.

 -¿Y la encontraste?-

-Me parece que sí.  Ojalá Mamá Naturaleza aún me esté esperando para cuando vuelva a casa-.

-Podríamos regresar juntos.  Yo te llevaré, si no sientes temor de volar por las alturas-.

Pepina aceptó de inmediato. ¡Quería viajar por los aires, libre y veloz como el viento!... Dejar de sentirse, aunque fuese por unos instantes, tan torpe y limitada.

Sin pensarlo dos veces, se acomodó sobre la espalda del gorrión, asiéndose de sus plumas lo mejor que pudo.

-¡Sujétate bien, Pepina Oruga! ¡Allá vamos!- trinó el gorrioncito, elevándose sobre los árboles.

Pepina entrecerró los ojos y contuvo el aliento al sentir que flotaba en el aire. ¡Qué sensación tan agradable!  Esto era mucho más divertido que viajar en camión, en bicicleta, o navegar por el arroyo... aunque los oídos le zumbasen como abejorros... aunque la barriguita se le encogiera y estirase con el más leve movimiento.  Sin duda alguna, ¡volar era fantástico! ¡Volar era un sueño hecho realidad!

-¡Cuán libres y dichosas han de ser las aves!- exclamó emocionada.

-Pero no siempre, Pepina... no siempre lo somos- suspiró su buen amigo. Los hombres suelen atraparnos y encerrarnos en jaulas, arrebatándonos la libertad.

Las palabras del gorrioncillo enfriaron su entusiasmo haciéndola cambiar de opinión respecto a la eterna felicidad de los pájaros.

Durante el resto del viaje, Pepina admiró, en silencio, el bellísimo paisaje que majestuosamente desfilaba allá abajo. Con suavidad y firmeza, el gorrión depositó a Pepina sobre la hierba en flor.

La Naturaleza la tomó en su mano.

 -Bienvenida seas, pequeña. ¿Cómo te fue en tu recorrido por el mundo?-

-¡Maravillosamente bien!  Viajé por tierra, por agua y por aire, a través de los más bellos lugares. Conocí a muchos animales y también a los hombres de la gran ciudad. ¡Fue un viaje increíble!  No sólo vi y aprendí muchas cosas, sino que hice nuevos amigos: tres esbeltas lagartijas, el perro de una granja, la abejita 5,344, un pequeño ratón de campo, y algo muy alto, verde y brillante que se llama "semáforo".

La Madre Naturaleza sonrió complacida.

-¿Y ya decidiste qué te gustaría ser? ¿Encontraste a alguien a quien desearas parecerte?-

-No exactamente.  Sigo sin saber qué es lo que quiero ser, pero de lo que me gustaría hacer... ¡de eso sí estoy segura!-

-¡Estupendo!  Si sabes lo que te gustaría hacer, pronto descubrirás tu yo" verdadero.  Y recuerda, Pepina, siempre debemos ser nosotros mismos y no tratar de parecernos o de imitar a los demás.  Y ahora, dime... ¿Qué es lo que más te gustaría poder hacer?-

-Ante todo- pidió Pepina Oruga -deseo volar como las aves; ser frágil, ligera, graciosa, pero jamás estar prisionera en una jaula.  Quisiera ser bella como las flores, tener los colores del Cielo, del Sol y de la noche; ser admirada, pero no domesticada.  También me gustaría hacer algo en beneficio de todos, y alimentarme con néctar de las flores, sin ser obrera de ningún panal. ¿Crees que pido demasiado?-

La Madre Naturaleza reflexionó antes de decidir si era posible que los sueños de aquel ser tan pequeñito se hicieran realidad.

El corazón de Pepina latió gozoso cuando oyó que le decía:

-Está bien, te concederé lo que pides.  Has puesto tal empeño en conocerte a ti misma, que mereces hacer todo lo que anhelas.  Volarás libre como el viento y serás bella como las flores.  Dejarás de ser oruga para convertirte en una flor que-vuela... en una mariposa.

La emoción y la dicha dejaron a Pepina sin habla. ¡Apenas si podía creerlo!  Ella, una insignificante oruga de cerezo, iba a convertirse en mariposa.

Una pequeña duda la hizo volver a la realidad: -¿Y cómo me llamaré entonces? ¿Simple y sencillamente "Mariposa"?-

-No.  Sólo cambiarás de forma, pero seguirás siendo tú misma. ¡Siempre serás Pepina!-

-Bien- dijo entonces la oruguita -ya que todo está aclarado, decidido y aprobado, pronuncia las palabras mágicas que han de convertirme en Mariposa.

La Naturaleza dejó de sonreír y frunció el ceño.

-Me temo que no has comprendido, Pepina.  En mi reino no existe la magia.  Nada aparece o desaparece por obra de encanto... todo se transforma lentamente a través del esfuerzo y del trabajo.  No seré yo quien te convierta en mariposa... lo harás tú misma-.

-¿Yo? balbuceó Pepina- ¡Jamás podría!  Ni siquiera sé por dónde empezar...-

- Sí podrás, Pepina Oruga... sí podrás.  Yo te enseñaré y te ayudaré. Ya verás que todo resulta fácil cuando se sabe cómo hacerlo.

Durante el resto del verano, Pepina estudió cómo se hacen las crisálidas.  Aprendió a suspenderse de una rama y a elegir los sitios más seguros y apropiados.

A finales de agosto, sabía lo que toda oruga debe saber para convertirse en Mariposa.

Pronto llegó el Otoño.  Los días se hicieron más cortos, como si se encogiesen de frío al sentir el soplo del viento.  Las hojas empezaron a secarse, a caer de los árboles cobijando la tierra con alfombras de hojarasca tostada y rojiza.

-Ha llegado el momento de tu metamorfosis Pepina-. Anunció la Naturaleza, pronunciando la Palabra "metamorfosis" con solemnidad y elegancia.

La oruguita pestañeó sin comprender.

- Se trata de tu transformación total... de tu muerte como oruga-.

Pepina sintió el pánico que suele experimentarse ante lo desconocido.

-Pero yo no quiero morir. ¡Eso me da miedo... mucho miedo!-

-No temas, pequeña.  La muerte no es el fin, sino el principio de algo nuevo.  La muerte no destruye, sólo transformará todo lo bueno y verdadero que hay en ti.  Es necesario que mueras como oruga para que puedas nacer y vivir como Mariposa, para que llegues a ser una -flor-que-vuela.  ¿No es eso lo que deseas?-

Pepina movió afirmativamente la  cabeza.

- Entonces, sube a tu árbol Y conviértete en crisálida. La próxima vez que nos veamos, serás una bella Mariposa. ¡Hasta pronto, Pepina!-

La oruguita la vio alejarse y se sintió más sola que nunca.  El momento había llegado... de ella dependía ahora su futuro.

Esta sería su última tarea como oruga y tenía que hacerla lo mejor posible.  Era la única oportunidad que tendría para convertirse en Mariposa.

Pepina trepó hasta la rama más alta del cerezo, y allí, se sujetó con sedosos hilos tejidos con fe y esperanza.  Su piel verdosa empezó a tornarse café, a secarse, a endurecerse.

Antes de inclinar su cabecita, miró por última vez el intenso azul del cielo, y a sus cinco hermanas que aún mordisqueaban, voraces, las hojas del cerezo.

Y entonces, Pepina Oruga se encerró en su singular mortaja, dejando que las tinieblas la envolvieran por completo.  Ya no tenía miedo. En su interior reinaban la paz y la satisfacción que sienten aquellos que han sabido cumplir con su deber.

Ella había sido una buena oruga y estaba segura que, algún día, volvería a la vida como mariposa.

CONTINÚA CON LA HISTORIA