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                     Pasear por atenas

Pasear por atenas

 

 

Todos nuestros paseos por Atenas girarán en torno a la acrópolis. Perderse por las callejuelas del barrio de Plaka o monastiraki es le mejor consejo. Perderse es la mejor manera de encontrar los rincones más encantadores de la ciudad.

 

Empezar por la calle peatonal de Dionyssiou Areopagitou, subir a la Acrópolis, visitar los Propileos, el Partenón, el Erecteion y el Museo de la Acrópolis. Al bajar de la Acrópolis, visitar la colina del Areópago, la de Filopapou, la iglesia bizantina de Agios Dimitrios Loumbardiaris, el pequeño monte de Pnix y seguir por la calle peatonal de Apostolou Pavlou hasta llegar a Thission. Hacer una parada en la calle Iraklidón y sentarse en alguna de sus cafeterías para tomar algo. Bajando p.or la calle peatonal de Iraklidón se llega a la calle Pireós, antigua zona industrial de Gazi, convertida hoy en centro de actividades culturales llena de bares y restaurantes de moda.

 

Zona más recomendada para pasear por Atenas

Parlamento y sintagma

Parlamento y sintagma

 

El Parlamento, el Zapion y Plaza de Syntagma

El Parlamento, el Zapion y Plaza de Syntagma

 

La Academia de Atenas

El Parlamento y la plaza Syntagma

Los Jardines de Zapion

 

Empezamos nuestro paseo por el Parlamento Griego. Bajando la calle Panepistimiou o Eleftheriou Venizelou, encontraremos cantidad de edificios neoclásicos que constituyen una etapa importante en la evolución arquitectónica de Atenas. El Museo Numismático, la Catedral Católica, el Centro de Oftalmología, la Academia, la Biblioteca y la Universidad. Entrando en la calle Pesmazoglou, se llega a una de las galerías comerciales más bonitas de Atenas, con muchas tiendas de libros. Atravesando la calle Stadiou, llegamos a la calle Sofocleous, donde se sitúa el edificio neoclásico de la Bolsa. Continuando por la calle Empezar por el Palacio Presidencial, Aristidou, llegará a una pequeña plaza situado en la calle Hirodou Attikou una de locales de comida rápida, y allí de las calles más caras de Atenas visitar encontrará una pequeña iglesia el Zapion, gran palacio de estilo bizantina del siglo XI, Agii Theódori neoclásico, obra del arquitecto Ziller y sede hoy de exposiciones y congresos; atravesar después el jardín nacional, uno de los principales pulmones de Atenas, creado en la época del Rey Otón y llegar al Arco de Adriano..

 

 

 

El Barrio de Kolonaki

El Barrio de Kolonaki

 

Kolonaki es la zona más elegante de Atenas, llena de tiendas y boutiques de firmas griegas e internacionales. Disfrute su café o bebida en alguna de las cafeterías que abundan en la plaza. Es el sitio preferido de políticos, escritores, artistas, diseñadores de moda, modelos y famosos del mundo de la televisión.

 

Cafetería del Lycabettus

Panoramica del monta Lycabettus

Atardecer en Atenas desde el Lycabettus

 

La Colina del Lycabettus (Licabitos, Lycavitos o como se pueda)

La Colina del Lycabettus (Licabitos, Lycavitos o como se pueda)

 

Se sube en funicular desde la calle Aristipou en Kolonaki, hasta la capilla de San Jorge, de 277 metros de altura y con una vista panorámica de todo Atenas. La entrada cuesta 2€ la ida y 4€ la ida y vuelta.

 

 

El barrio de Kolonaki bajo el Lycabbetus

El puerto de Microlimano

El puerto de Microlimano

 

Restaurante en Microlimano del Pireo

 

El corazón del puerto de El Pireo es un buen lugar para comer pescado. Existen numerosos restaurantes y tabernas repartidas a lo largo de todo el puerto. Las mesas, situadas junto al mar, se extienden de extremo a extremo y resulta muy agradable almorzar o cenar con vistas a los veleros.

 

El Pireo de Atenas

El Pireo de Atenas

 

Los dos puertos más importantes del Ática son el de El Pireo y el de la pequeña localidad de Rafina. Desde El Pireo salen barcos para las Islas Cícladas, el Dodecaneso, el Golfo Sarónico, las islas del Egeo oriental y Creta. Desde Rafina zarpan barcos para algunas de las Islas Cícladas, Lemnos, Kavala y Psará. El tercer puerto del Atica es el de Lavrio, desde donde hay comunicación con las islas de Kea (Tzia), Kythnos, Syros, Lemnos y Samotracia, así como con las ciudades de Kavala y Alexandroupoli. Autoridades Portuarias de El Pireo: 2104226001-4

 

El Pireo de Atenas

La acrópolis y el Partenón de Atenas, el alma de la Grecia Eterna

La acrópolis y el Partenón de Atenas, el alma de la Grecia Eterna

Los Propileos, el Templo de Atenea Niké, el Erecteion y el Partenón son monumentos cuya importancia excusa cualquier explicación. Visitar también el Museo de la Acrópolis. Abierto todos los días de 8 a 17.00 en invierno y de 8 a 19.30 en verano. La entrada cuesta 12€ (válida para todos los recintos arqueológicos del centro de Atenas). Entrada libre para los niños y adolescentes hasta 18 años.

 

La Acrópolis, monumental herencia del pasado en el corazón de Atenas

El conjunto monumental de la Acrópolis se levantó en el siglo V a.C. sobre las ruinas que dejaron las guerras contra los Persas. Sus principales impulsores fueron el estadista Pericles y el arquitecto Fidias, dos colosales talentos al servicio de la democracia ateniense.
 

Acropolis de Atenas

El Patenon de Atenas

Este promontorio escarpado era la ciudad primitiva. Quedan algunos muros micénicos de cuando un puñado de mortales convivía con los dioses y Atenea, según cuenta Homero, se coló en la plaza de Erecteo. Poco a poco se impuso el sentido común: los vecinos bajaron al llano y la terraza quedó como espacio sagrado adonde se va a sacrificar unos bueyes, charlar con conocidos y respirar aire puro.

Atenas cuajaba entonces una original fórmula de convivencia. Olvidadas las etapas de reyes y tiranos, practicaba una forma de gobierno en la que el pueblo participaba en las decisiones con una asamblea que se reunía, al menos, cada diez días. Algo parecido a la democracia moderna, si no en las fórmulas, sí en el espíritu. Políticos como Efialtes o Solón sentaron las bases, y cuando Pericles tomó las riendas en el siglo V a.C., pudo decir: Somos la escuela de toda la Hélade. Lo cierto es que en dos centurias Atenas produjo una extraordinaria floración de escritores, artistas, filósofos y sabios.

Hubo un momento crítico para la Acrópolis. Se rehacía el templo de Atenea y se tenían ya listas muchas estatuas y tambores de columnas, cuando Jerjes, el soberano persa, echó encima su máquina de guerra. Trataron de frenarlo en Maratón y en el desfiladero de las Termópilas, pero el Gran Rey los aplastó y saqueó Atenas en el año 480 a.C. Para expulsar a los persas se formó una liga entre todas las ciudades de la Hélade y, tras las victorias griegas de Platea y Salamina, lograron alejar la amenaza.

Poco a poco, el dinero que las ciudades aportaban voluntariamente para la causa defensiva siguió siendo exigido, a veces mediante la fuerza, por parte de Atenas, que ejercía cierto imperialismo económico y administraba una fortuna notable.


La Diosa Atenea
Atenas toma su nombre de la diosa Atenea, tan feroz en la batalla como amante de la inteligencia y de la razón. La ciudad identificó su esencia con esos valores y los defendió armas en mano frente las potencias autocráticas de su tiempo, como Persia o Esparta.
 

La Diosa Atenea Palas

Pericles


Pericles decidió sacudir la modorra de sus paisanos y se dispuso a convertir la Acrópolis en un grandioso reducto cívico sagrado en honor de la diosa que los había librado de los persas. A su proyecto se debe la configuración de la Acrópolis tal como hoy la vemos. Que no es, ni mucho menos, el aspecto que tuvo durante siglos; aquellos mármoles sagrados les vinieron de perlas a quienes levantaron un gallinero o un corral. En el siglo VI, el Partenón se convirtió en iglesia cristiana, se destrozó el frontón oriental y se adosó un ábside. Luego, los otomanos hicieron de la Acrópolis un polvorín, y del Partenón, una mezquita.

Cuando los venecianos atacaron mucho más tarde, los Propileos y el Partenón eran un polvorín, con tan mala fortuna que las bombas hicieron blanco en ambos objetivos. Entraron los venecianos, su jefe trató de arrancar algunas esculturas, las destrozó y al final la plaza volvió a manos turcas. Los viajeros de los siglos XVIII y XIX veían una Acrópolis pareja a la que muestran las acuarelas y dibujos de William Pars (1765) o Edward Dodwell (1885): un barrio desastrado, con chamizos incrustados en esqueletos de mármol, chimeneas humeantes, establos, suciedad y abandono.

Sólo después de la independencia griega se acometió en serio la restauración. Desbrozando y cavando, aparecieron esculturas arcaicas destinadas al prepartenón que se habían enterrado cuando el ataque Persa, y que ahora pueden verse en el Museo de la Acrópolis. Luego vino la recomposición de las construcciones con los fragmentos hallados en el suelo. Así, lo que surge de sus cenizas es la Acrópolis del tiempo de Pericles, un recinto a caballo entre el exvoto religioso y la campaña publicitaria, al cual se accedía por la Vía Sacra, que enfilaba la procesión de las Panateneas, al final de la cosecha, con ofrendas para la patrona y un rico peplo o túnica tejida por manos vírgenes.

La vía atravesaba el ágora, a los pies del escarpe, y penetraba en la Acrópolis por una puerta monumental, los Propileos, concebida a modo de prólogo del Partenón y erigida por el arquitecto Mnesicles un año después de terminarse aquél. Su fachada interior Mnesicles resolvió bien la papeleta de suprimir visualmente el desnivel del acceso que es una réplica o contrapunto a la del Partenón.

Es difícil revivir las sensaciones de quienes entraban en el territorio sacro. Si lo viéramos como fue, tal vez nos parecería un poco kitsch. No todo, pero muchas partes estaban pintadas con colores vivos sobre los cuales resaltaba la palidez del mármol; los fondos de los relieves, por ejemplo, o los techos interiores, teñidos de azul con estrellitas doradas.

Salvada la cuesta y franqueados los Propileos, conviene volver la vista atrás, a la derecha. Allí, como un mascarón de proa, campea una auténtica joyita, el templo de Atenea Niké, erigido en memoria de la victoria de Platea y ceñido con un delicado friso de figuras a modo de corona triunfal.

Entonces, ya sÍ, el Partenón hace que todo gravite a su alrededor, incluidos los curiosos. Verdaderamente es el onfalos, el ombligo, el broche altivo entre el cielo y la tierra. Y desde luego, el símbolo, la quintaesencia del mundo griego.

Cualquier guía puede facilitar un chorro de datos sorprendentes. Ya en el siglo I de nuestra era, Vitrubio, en sus diez tomos de arquitectura, se ocupó de hacer hablar a los creadores antiguos, y sabemos por tanto lo que pretendió Ictino, auxiliado por Calícrates y otros, y dirigidos todos de alguna manera por Fidias, que personalmente se reservó el trabajo más fino, la creación de la estatua de Atenea en oro y marfil que habitaría el interior de la cena o santuario.

Mucho más no pudo hacer, porque el templo se levantó en tiempo récord: nueve años. Una de las cosas que los libros detallan hasta la saciedad es la de las cifras y sus correspondencias; en efecto, esto, más que un edificio, parece un rompecabezas. El erudito E. Berger cree haber dado con el módulo, que es el máximo común denominador de la anchura, longitud y altura del Partenón; con él se armaría el taimado juego de proporciones. Puede ser cierto: la doctrina de Pitágoras sobre la mística de los números era un bagaje asimilado; la simetría de los griegos no era la nuestra, sino un juego de correspondencias, un trenzado de ritmos que significaba y cumplía la armonía del universo. De todos modos, creo que el Partenón es como las fugas de Bach, donde la complicada armazón contrapuntística no es percibida por quien escucha, que sólo goza de un torrente de belleza clara y fácil.

Las reflexiones que suscita este frágil y sólido despojo son muchas. Nos gusta especialmente la teoría de H. Stierlin, para el cual la cortina de columnas que rodea el núcleo central del templo sería reminiscencia del temenos, el bosque sagrado que primigeniamente rodeaba los santuarios para aislarlos del espacio profano. Las figuras esculpidas no como ornato, sino como trama esencial son las que más chismes y controversias han provocado; en concreto, los altorrelieves de las metopas, el friso que rodea la cena y las estatuas que llenaban los frontones o tímpanos. Bajo el aparente argumento del combate entre centauros y lapitas, las 92 metopas seguramente esconden el trasunto de la lucha entre griegos y persas, entre democracia y autocracia, entre civilización y barbarie.

Lo del friso es más complejo: representa una comitiva con ofrendas, y algunos han querido ver un homenaje a los héroes de Maratón, por coincidir el número de figuras con el de muertos en aquella batalla, según Herodoto. Pero los cálculos no están claros; Stierlin sostiene otra teoría atractiva, y es que el friso sería una respuesta al que rodea la sala del trono en el palacio de Persépolis, superándolo en cantidades, pero sobre todo en soltura, en libertad; democracia contra autocracia, de nuevo.

De las escenas representadas en los frontones, sabemos el tema por una guía de Grecia que escribió Pausanias en el siglo 11. El frontón oriental estaba dedicado al nacimiento de Atenea; el occidental, a la pugna entre ella y Poseidón por apropiarse del Atica.

Estas estatuas de los frontones fueron, obviamente, objeto de las mayores codicias y destrozos: las del frontón oriental se arrancaron para hacer sitio al ábside de la iglesia cristiana; las del tímpano occidental fueron muy dañadas por la explosión de 1687 y objeto de expolio por parte de muchos, lord Elgin entre otros.

Aquí hay toda una historia. Sugerimos a quien desee ilustrarse que lea el libro de B.F. Cook Los mármoles del Partenón. En resumen: había bastantes intentando echar mano a las esculturas; pero, por las buenas relaciones de los otomanos con Inglaterra, el sultán permitió en 1801 que los agentes de lord Elgin entraran en la ciudadela, sacaran dibujos y moldes e incluso cogieran alguna piedra con inscripciones o ídolos. La interpretación de los ingleses fue abusiva: se llevaron 56 paneles del friso, 15 metopas y varios fragmentos de los frontones. Al cabo del tiempo, lord Elgin vendió la colección a su gobierno y los mármoles están ahora en el British Museum. Grecia los reclama con toda la justicia que existe en la tierra.

Los ingleses defienden su actitud histórica: los mármoles del Partenón se perdían con gran celeridad. Baste recordar esta anécdota: compraron a un turco su casa, pensando en excavarla y sacar estatuas; y el turco se reía, con el dinero ya en el bolsillo, porque las estatuas las había encontrado él, reduciéndolas a cal y mortero para alzar la casa.

No es verdad que se vea más Acrópolis en el British Museum que en Atenas. El Museo de la Acrópolis reúne muchas piezas extraordinarias. Como las estatuas arcaicas que se enterraron cuando el ataque persa, kuros y koré de enigmática sonrisa que representan la serenidad del hombre ante el destino; como otras piezas notables, y pienso en el Moscóforo, o en la estela de Atenea pensativa, o en las cariátides (las originales) del Erecteion.

Estas muchachas que sostienen con sus testas el techo de una suerte de mirador fueron esclavizadas, ellas y su pueblo de Carias, por colaboracionismo con los persas. Son lo más llamativo del Erecteion, el gran templo que hace dúo con el Partenón. Su asimetría, la calidad cuasi pictórica de sus volúmenes en contraste con la perfección monolítica del Partenón responden a la función de dar cobijo a varios dioses y ostentan cierto barroquismo que tal vez preludie el arte helenístico y romano.

No había mucho más en la Acrópolis de Pericles, ni lo hay ahora. Ceñido a ella, en la falda meridional se construyó el teatro de Dionisos, el más antiguo. Cómo sonarían allí Los persas de Eurípides, o las tragedias de Esquilo, Sófocles y tanto trágicos tragados por el olvido y cómo restallarían las risas con las comedias de Aristófanes y Menandro, capaces aún de ganarse a un público sentado a dos mil años de distancia. A propósito de asientos: merece la pena fijarse en la primera fila; son sillones de lujo para ciudadanos destacados. y es que siempre ha habido clases, incluso en la cuna de la democracia, por una sencilla razón: tan verdad como que todos los hombres son iguales, principio sagrado, lo es que ni uno solo es igual a otro, cochina realidad.

Un corredor porticado unía el teatro con el de Herodes Atico, restaurado para que en él se celebre cada verano el Festival de Atenas.

La falda donde se incrusta este teatro es parte del Areópago, el cogollo de la antigua Atenas donde san Pablo lanzó su discurso sobre el dios desconocido.

Más allá se extiende el ágora, con ruinas que arropan y ayudan a comprender la roca sagrada: allí está el Hefesteion (también llamado Teseion), el templo mejor conservado de la Grecia clásica, coetáneo del Partenón; allí está la Torre de los Vientos, un reloj hidráulico de época helenística, y allí están también las estoas, los peristilos y hasta las vespasianas (retretes públicos). Por no hablar de las iglesias bizantinas y el barrio de Plaka, que se salvó por chiripa de la piqueta cuando se tomó la decisión de crear un anillo arqueológico en torno a la Acrópolis. Mejor así. Ese anclaje colorista evita que la peana de los dioses, cima de la perfección, se harte un día de tanta pifia, y por fin eche a volar al mundo de las ideas.

Las construcciones de la Acrópolis y sus alrededores

La Acrópolis (Ciudad Alta) se visita diariamente de 08:00 a 19:00h. Los siguientes son los restos arquitectónicos mas sobresalientes.

Puerta Beule. Fue construida en el siglo III d.C. Tras ella, una escalera da acceso a la Acrópolis: a la izquierda pue­de verse un pedestal que correspondió a una escultura de i Agripa (siglo 1. a.C).

Templo de Atenea Niké. De estilo jónico, fue levantado en el siglo v a. C. para conmemorar la victoria sobre los persas. Algunos relieves originales están en el Museo Británico.

Los Propileos. Tenían la función de pórtico y vestíbulo. Están compuestos por columnas dóricas y jónicas y muros de sillares almohadillados.

El Erecteíon. Hoy totalmente restaurado, se construyó entre los años 421 y 395 a.C. Es un elegante templo cuya famosa tribuna de las Cariátides mira al Partenón.

El Partenón. Es el mas bello templo del arte dórico que se conserva hoy día. Fidias dirigió su construcción entre los anos 477 y 432 a.C. Tiene ocho columnas dóricas de mármol en cada fachada y otras 16 en los laterales. En el friso del entablamento figuraban las 92 metopas que describían la guerra de Troya y las luchas contra las amazonas y los centauros. La estatua de Atenea Partenos, de oro y marfil y quince metros de altura, fue llevada a Constantinopla y posteriormente destruida. En 1687, los turcos instalaron en la Acrópolis un polvorín que destruyó parcialmente el Partenón.

Museo de la Acrópolis. Reúne parte de escultura y restos encontrados en excavaciones, entra ellas un magnifico conjunto de korai, estatuas votivas femeninas.

Teatro de Dionisos. En la ladera sur de la Acrópolis, tenia cabida para 16.000 espectadores. En las gradas se pueden ver los asientos de mármol de los grandes personajes, y en la escena, un pórtico con columnas y relieves en la ba­se. Abre de 8.30 a 14.30 h.

Asclepeion. Se pueden distinguir los cimientos de los edificios dedicados al dios de la medicina: un pequeño templo, un pórtico donde se alojaba a los enfermos y un altar para las ofrendas.

Odeón de Herodes Ático. El recinto, del siglo II d.C., está reservado a espectáculos teatrales. Puede verse desde la subida a la Acrópolis.

 

La Acrópolis de Atenas

Museo Arqueológico de Atenas

Museo Arqueologico de Atenas

 

El Museo Arqueológico Nacional

 

Hay que ver sobre todo las dos grandes esculturas de bronce (Poseidón y el Joven Jinete), el oro de la tumba de Agamenón, las esculturas de mármol del período clásico y los frescos de Santorini. Además se pueden contemplar cinco estatuas de bronce descubiertas en 1959 en el puerto del Pireo que son una maravilla; la única Kouros Apollo Arcaica, dos estatuas de Artemis, la Piraeus Athena y una máscara trágica todas ellas fechadas en el siglo 400 a. de Cristo.Se encuentra en la calle Patision, 44 en otro espléndido edificio neo clásico de Atenas.

El Museo Arqueológico Nacional de Atenas  ha permanecido cerrado los dos años previos a los juegos olímpicos de Atenas del 2004 para acometer su renovación. Se han reabierto 32 salas totalmente remozadas de este centro, considerado como el mejor escaparate de la escultura, la cerámica y las artes menores griegas

Tras veinte meses cerrado por renovación, acaba de abrirse de nuevo al público, considerado como el mejor escaparate de la escultura, de la cerámica y las artes menores de la Antigüedad griega, desde el neolítico hasta el arte romano.

Son treinta y dos salas nuevamente acondicionadas, comenzando por la parte neolítica y el arte cicládico, mostrando posteriormente el arte micénico en todo su esplendor. Una presentación digna y sobria, excelente iluminación, textos en griego y en inglés. Se han conservado los números del catálogo original de las piezas, que permiten poder utilizar guías antiguas (el nuevo catálogo del museo se está imprimiendo aún) para admirar los tesoros expuestos. Se han reabierto, en total, más de 4.000 metros cuadrados, de los 20.000 que tiene el museo.

Podrán visitar los frisos de Santorini (frescos minoicos coloreados descubiertos en Acrotiri) y la cerámica desde la Edad de Bronce hasta la época clásica, la colección más completa del mundo.

Aparte de modernizarse el Museo por dentro (el exterior, neoclásico, permanece igual, ya que el edificio data de 1874), ha sido habilitarlo para personas de movilidad restringida. Se ha seguido la ordenación de las salas y se exponen 7.500 objetos de la época prehistórica y 1.000 esculturas. El propio Santiago Calatrava, el arquitecto valenciano que ha modernizado el complejo olímpico principal para los Juegos olímpicos, afirmaba que en este Museo, que termina en la época romana se pueden ver todos los estilos y todos los autores que vendrán después en la historia de la escultura, gracias a piezas como las representaciones de la Victoria (Niké) que decoraban el templo de Artemis en Epidauro o el Atleta de Maratón.

Se han completado colecciones, se ha rectificado su composición y descripción dado que en algunos casos hay información reciente que cambia la que existía con anterioridad. Hay esculturas nunca expuestas como las piezas chipriotas de excepcional calidad y otras en mármol representando máscaras de la comedia. También se expone por primera vez el denominado tesoro neolítico que se recuperó tras haber sido robado y exportado al extranjero.

Los conservadores no sólo han verificado la catalogación de las piezas, sino que todos los mármoles han sido limpiados y pulidos (sin brillo), mientras que el resto expuesto resalta por su buena iluminación y presentación, dentro de vitrinas especiales anti-reflejos, que reemplazan las anticuadas y polvorientas de antaño.

Finalmente, los especialistas aplauden el trabajo del director del Museo, Nikos Kaltsas, y de su equipo. Han conseguido más personal, la instalación de los sistemas de seguridad, control de humedad, prevención de incendios, refrigeración, salidas de incendios, rampas, mejor tienda de reproducciones, cafetería (aún por inaugurar), etcétera, que crean ya un modelo para continuar la modernización de los numerosos museos estatales del país.

En el Museo se pueden ver las obras estrella en todo su esplendor: los atletas arcaicos, los kúros, con su sonrisa enigmática; las máscaras funerarias de oro macizo micénicas (como la denominada de Agamenón y otras más rodeadas de objetos también de oro, armas, joyas...); el impresionante «Poseidón» de bronce del 450 a.C., que impone a pesar de no tener su tridente; el «jockey» (Caballo y Jinete del siglo II) y el Efebo de Anticítera (349 a.C.) que dominan sus salas y concentran todas las miradas.

 

 

 

 

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