Darwin conocía algunas pruebas fósiles y las utilizó para
demostrar el hecho de la evolución, aun cuando los geólogos de
su época no fueron capaces de adjudicar fechas exactas a dichos
fósiles. En 1862, el eminente físico lord Kelvin inquietó a
Darwin al demostrar en su calidad de autoridad, y hoy sabemos que
se equivocó, que el Sol y, por tanto, la Tierra, no podía tener
una antigüedad superior a 24 millones de años. Aunque esta
estimación era mucho más acertada que la fecha de 4004 a.C. que
en aquel entonces apoyaba la Iglesia para la creación, no
concedía el tiempo suficiente que necesitaba la evolución que
Darwin proponía. Kelvin utilizó esta estimación y su inmenso
prestigio científico como herramientas en contra de la teoría
de la evolución. Su error estaba basado en la presunción de que
el Sol liberaba calor mediante combustión, en lugar de por
fusión nuclear, algo difícil de saber en aquella época.
Además de los fósiles, Darwin utilizó otra prueba menos
directa, aunque en muchos sentidos más convincente, para
demostrar el hecho de que la evolución había tenido lugar. Las
modificaciones que habían sufrido los animales y plantas
domesticados eran una prueba persuasiva de que las variaciones
evolutivas eran posibles y de la eficacia del equivalente
artificial del mecanismo de evolución propuesto por Darwin, la
selección natural. Por ejemplo, la existencia de razas locales
aisladas tiene una explicación fácil en la teoría de la
evolución; la teoría de la creación sólo podría explicarlas
si se asumen numerosos 'focos de creación' esparcidos por toda
la superficie terrestre. La clasificación jerárquica en la que
se distribuyen de forma natural los animales y las plantas
sugiere un árbol familiar: la teoría de la creación tiene que
establecer suposiciones complejas y artificiales acerca de los
temas y variaciones que cruzaban la mente del creador. Darwin
también utilizó como prueba de esta teoría el hecho de que
algunos órganos observados en adultos y embriones parecían ser
vestigios.
De acuerdo con las teorías de la evolución, estos órganos,
como los diminutos huesos de miembros ocultos de las ballenas,
son un remanente de los miembros o patas que utilizaban para
caminar sus antecesores terrestres. Su explicación plantea
problemas a la teoría de la creación. Por lo general, la prueba
de que el proceso de la evolución ha existido consiste en un
gran número de observaciones detalladas que, en conjunto,
adquieren sentido si asumimos la teoría de la evolución, pero
que sólo podrían ser explicadas por la teoría de la creación
si suponemos que el creador lo disponía cuidadosamente para
confundirnos. Las pruebas moleculares modernas han contribuido a
demostrar la teoría de la evolución más allá de las ideas
más extravagantes de Darwin, y el proceso de la evolución tiene
tantas garantías de seguridad como cualquier ciencia.
Refiriéndonos de nuevo a la evolución, la teoría que Darwin y
Wallace propusieron de su mecanismo, la selección natural, tiene
menos garantías. Ésta sugiere la supervivencia no aleatoria de
variaciones de las características hereditarias originadas al
azar. Otros británicos victorianos, como Patrick Matthew y
Edward Blyth, habían propuesto con anterioridad algo parecido,
aunque en apariencia lo consideraron sólo como una fuerza
negativa. Parece que Darwin y Wallace fueron los primeros que se
dieron cuenta de todo su potencial como una fuerza positiva para
dirigir la evolución de todo ser vivo. Evolucionistas anteriores
como el abuelo de Darwin, Erasmus, se habían inclinado hacia una
teoría alternativa del mecanismo de la evolución, asociada en
la actualidad, por lo general, al nombre de Lamarck. Ésta
enunciaba que las mejoras adquiridas durante la vida de un
organismo, como el crecimiento de los órganos con el uso y su
atrofia con el desuso, eran hereditarias. Esta teoría de la
herencia de las características adquiridas tiene un atractivo
emotivo (por ejemplo, para George Bernard Shaw en su prólogo a
Volviendo a Matusalén), aunque la evidencia no la apoya, ni es
teóricamente convincente. Incluso si la información genética
pudiera de alguna manera viajar 'hacia atrás' desde los cuerpos
celulares al material hereditario, es casi inconcebible que el
desarrollo embrionario pudiera invertirse de forma que las
mejoras adquiridas durante la vida de un animal se codificaran de
nuevo en sus genes. Inconcebible o no, la evidencia está en su
contra. En la época de Darwin existían más dudas acerca de
esta cuestión y, de hecho, el propio Darwin consideró una
versión personalizada del lamarckismo, en aquellos momentos en
que su teoría de la selección natural se enfrentaba a
dificultades.
Aquella dificultad surgió de las ideas que existían en aquella
época sobre la naturaleza de la herencia. En el siglo XIX se
asumía casi de forma universal que la herencia era un proceso
combinado. En esta teoría, los descendientes no sólo tienen un
carácter y apariencia intermedia, producto de la combinación de
la de sus padres, sino que los factores hereditarios que
transmiten a su propia descendencia son así mismo combinaciones
intermedias debido a que se produce una inextricable fusión. Se
puede demostrar que si la herencia es de tipo combinada es casi
imposible que la selección natural darwiniana actúe, ya que la
variación disponible se divide a la mitad en cada generación.
Esto se expuso en 1867 y preocupó a Darwin lo suficiente como
para conducirlo hacia el lamarckismo. Este concepto pudo haber
contribuido también al hecho aislado de que el darwinismo fuera
relegado temporalmente a principios del siglo XX. La solución al
problema que tanto inquietó a Darwin descansa en la teoría de
la herencia particular desarrollada por Johann Mendel y publicada
en 1865, pero que desafortunadamente no fue leída por Darwin, ni
prácticamente por nadie, hasta después de su muerte.


ORGANISMOS PRIMITIVOS ........................................-----JOHAN MENDEL