La vida exagerada de Alfredo Bryce

MARCOS-RICARDO BARNATAN
EL MUNDO | 10/09/2001

Mi primer encuentro con el novelista peruano Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) fue hace ya 30 años. Nos conocimos en Barcelona, invitados por nuestro común editor el poeta Carlos Barral, para presentar nuestras dos primeras novelas en la fiesta del libro que los catalanes celebran como día de Sant Jordi.
El peruano había publicado hacía unos meses Un mundo para Julius, y yo, El laberinto de Sión, dos narraciones que con todas sus notorias diferencias tenían sin embargo algo en común, ese inconfundible aroma proustiano de las novelas protagonizadas por un joven que se parece demasiado al autor. Firmamos ejemplares en el Paseo de Gracia, controlados por el entonces poderoso crítico literario José María Castellet, y fuimos muy paseados por el editor, que además había ordenado confeccionar un plateado cartel publicitario en el que nos ponía al lado de dos de los ya grandes del género, como eran el cubano Alejo Carpentier y el peruano Mario Vargas Llosa, con el evidente propósito de persuadir al público de que nosotros éramos la continuación natural del aún centelleante boom latinoamericano.
Alfredo Bryce Echenique volvió a París, donde era entonces profesor de la Universidad de Nanterre, y yo a mi casa de Madrid donde devoré en unas pocas noches aquel magnífico primer libro de mi compañero de lanzamiento, vástago de una ilustre familia de virreyes limeños y presidentes de la República, y sufrí un celoso artículo de Manolo Vázquez Montalbán, publicado en la revista Triunfo, en el que contaba que Barral nos paseaba por Barcelona «en calesa» y que yo tenía «cara de señorito argentino malo de película de Zully Moreno», algo que desde luego fascinó siempre a Terenci Moix. Desde entonces mantengo una amistad intensa, pese a lo poco frecuentada, con ese gran escritor que es Alfredo Bryce Echenique.
El libro que tiene ahora el lector en sus manos se publicó 10 años después de la celebrada Un mundo para Julius -que contaba el lado de allá del escritor y que Antonio Tovar llegó a comparar con los mismísimos cuadernos de Rilke- y en él se nos da la visión latinoamericana del lado de acá, siguiendo la sabia terminología acuñada por Julio Cortázar en su novela Rayuela.
Esta La vida exagerada de Martín Romaña fue considerada por críticos de fuste, como es el profesor Julio Ortega, como «su novela mayor y la más característica de su talante biográfico y talento narrativo». Una referencia muy subrayable dado el espíritu autobiográfico que informa la casi totalidad de la escritura del autor, que en palabras del mismo crítico «hace del relato de vida un acto de ficción» y que gracias a esa mágica pirueta consigue que en la novela se pueda no sólo revivir y reconstruir lo vivido, sino algo mucho más interesante aún: manipular los hechos que guarda la memoria, para darle a la propia vida una nueva oportunidad, una forma de volverla a vivir de otra manera.
En La vida exagerada de Martín Romaña, Alfredo Bryce Echenique hace una espléndida demostración de su capacidad narrativa, de su invención humorística y de su facilidad para traspasar la piel de sus alter egos. El tiempo histórico y el lugar geográfico en el que transcurre la acción es el París que en la literatura latinoamericana asignábamos siempre al escritor Julio Cortázar, el París del famoso revolcón de mayo de 1968. Una experiencia que en realidad comenzó el 22 de marzo de ese año, cuando una coordinadora izquierdista preparó las bases de la huelga general más larga de la Historia.
Martín Romaña es aquí uno de los muchos supuestos izquierdistas latinoamericanos que se vieron envueltos en aquel sonado conflicto, arrastrados por la presunción de que por fin se iban a hacer realidad sus acariciadas utopías, y que a la postre se sintieron devorados por sus propias contradicciones y las que con generosidad adoptaban a cada momento los mismos acontecimientos.
Víctima más que héroe de la historia, Martín Romaña sufre el izquierdismo de su mujer, Inés, y se ve envuelto en las redes del Grupo, mientras escribe en su «cuaderno azul de navegación» su interpretación crítica de la realidad. Al otro lado del espejo las cosas cambian radicalmente y la crisis del personaje-escritor le obliga a recontar los hechos, desmitificados ya y devueltos al territorio de la ficción pero sin perder su fragmentado testimonio de una memoria muy personal.
El éxito, ese deseado fantasma que recorre toda la literatura occidental, ha besado la frente noble de Alfredo Bryce Echenique, y lo ha hecho hace ya bastante tiempo. Un éxito merecido y respaldado por una literatura verdadera, en contraste con otros fundados sólo en los poderes de la fabricación mediática. Y es un éxito doble, el que da la multitud de lectores y el que establece las exigencias académicas, un doblete no tan fácil de conseguir en estos tiempos en los que todo se compartimenta. Y una novela como La vida exagerada de Martín Romaña ha sido decisiva para que ese beso feliz se consumara.

Tantas veces Julius

BENJAMIN PRADO
EL MUNDO | 12/10/2001
Hay libros que pasan a formar parte de tu vida y hay libros que son tu vida, que tienen esa capacidad todopoderosa de las obras maestras para contarles a sus lectores, de un modo u otro y sean quienes sean, su propia historia. Un mundo para Julius pertenece a los dos grupos, desde su publicación en 1970; es, por un lado, una novela inolvidable por su estilo, su trama, su capacidad innovadora y, sobre todo por la solidez, hondura y complejidad de sus personajes; y es, por otro lado, mucho más que la historia de un niño rico y huérfano, de su madre, su padrastro y sus dos hermanos en Lima, en los años 40: Un mundo para Julius es la infancia, es un índice exhaustivo de los pequeños dramas, terrores y deseos en que consiste la infancia de cualquiera, de sus dudas y sus esperanzas.
Casi da ganas de ponerse norteamericano y escribir: «Piense en cualquier sensación o idea que haya tenido entre los cuatro y los once años, y esa sensación o idea estará en este libro, contada y explicada de norte a sur». Pero creo que no es necesario recurrir a ese tipo de argumento, porque tenemos uno mucho más contundente y que consiste en asegurar que Un mundo para Julius puede ponerse al lado de Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckelberry Finn, de Mark Twain, Oliver Twist, de Charles Dickens, o El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger, sin que pase nada, excepto que uno se da cuenta de que tiene su mismo tamaño, es otra cara del mismo diamante.
En el año 1993, Alfredo Bryce Echenique le firmó a mi hijo mayor que aún no ha llegado a la edad de leerlo un ejemplar de Un mundo para Julius, y en esa dedicatoria describe la novela como un relato de «los esplendores y miserias de mi ciudad natal». Creo que esas dos son las palabras más exactas para definir el libro: esplendor y miseria. De eso trata Un mundo para Julius, de la forma en que todo está tan dividido como mezclado, desde la posición social hasta los sentimientos: dividido porque hay una raya que separa el éxito del fracaso y la abundancia de la escasez; mezclado, porque siempre hay algo de miseria oculta en el esplendor y viceversa, a veces viceversa, que podría haber dicho Bryce.
El niño Julius, su madre Susan, sus hermanos Santiago y Bobby y, por encima de todos ellos, su padrastro Juan Lucas, maravilloso y detestable como ninguno, están del lado del esplendor, son multimillonarios que disfrutan de su dinero, son refinados, egoístas, fríos y esnobs; son, como dice Bryce, «anaranjadamente felices». Y de vez en cuando también son, excepto Juan Lucas, un poco desgraciados, a veces logran entrever algo oscuro al fondo de sus vidas, algo que les inquieta y les hace sentirse extraños, como quien golpea un muro y siente que está hueco, que ese muro es lo único que hay entre él y la oscuridad, entre este lado del más allá y el vacío. A su manera, Susan, esa mujer frívola por cobarde, incapaz de amar del todo a sus propios hijos y a quien nada más interesa el placer como un velo, como una alambrada contra el dolor y la vejez, es el eje alrededor del cual gira esa idea central de Un mundo para Julius, la idea de que todo arde, todo se va acabando; por mucho que corras, nunca te alejas del final. Quizá por eso la historia de la familia rica, de esos aristócratas del dinero y el lujo que construyen palacios que no necesitan, poseen fábricas y plantaciones que ni siquiera conocen y pasan el tiempo de viaje por Europa o saltando, en Lima, de restaurante en restaurante y de cóctel en cóctel; quizá, por eso su historia empieza con dos muertes ejemplares, la del padre de Julius y, sobre todo, la de su hermana Cinthia.
En el otro platillo de la balanza, está la servidumbre de la familia, esas cocineras, institutrices o jardineros llamados Vilma, Nilda, Decidida o Universo, gente que vive rodeada de la opulencia de los otros, que ve pasar ese mundo suntuoso junto a sus vidas y apenas logra meter en él la cuchara, apenas logra mojarse los dedos en su río dorado. Bryce Echenique nos deja ver el palacio completo, con sus salones y sus desvanes, sus alcobas y sus sótanos, por eso es sencillo olvidarse de Lima mientras leemos Un mundo para Julius o darse cuenta de que Lima es una ciudad transparente y que, a través de su ejemplo, podemos ver las injusticias de toda la humanidad.
El niño Julius, siempre amigo de los desheredados y siempre en busca del amor inalcanzable de su gélida familia, vive en equilibrio entre esos dos mundos, y él es nuestros ojos y nuestra conciencia, es quien nos lleva de los comedores a las cocinas, quien sabe mirar esas cosas de siempre de las que trata Un mundo para Julius, cosas como el deseo, la injusticia, la soledad y el paso del tiempo, como si fuera la primera vez, como todos las hemos mirado y sufrido antes de ahora, cuando fuimos él. Hay muy pocos libros capaces de representar con eficacia el desconcierto, y éste es uno de los mejores.

Han pasado algo más de 30 años desde que se publicó la primera edición de Un mundo para Julius y el libro de Alfredo Bryce Echenique ha resistido el paso de las décadas, los géneros y las modas, con la facilidad con que una catedral soporta una lluvia de verano. El llamado boom latinoamericano es un movimiento lleno de obras excepcionales, y Un mundo para Julius es una de sus cumbres, uno de los menos erosionados por el tiempo, un clásico que retrata, como sólo pueden hacerlo las novelas imprescindibles, el esplendor y la miseria del género humano.

La vida exagerada de Martín Romaña

Alfredo Bryce Echenique.
GORKA ELORRIETA
EL MUNDO | 21/01/2001

Con apenas 25 años, Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) viajó a Europa y residió muchos años en París dando clases como profesor universitario y disfrutando de la compañía de su amigo Julio Ramón Ribeyro. De su estancia en la capital francesa y de la multitud de viajes que realizó por el viejo contienente nacerá La vida exagerada de Martín Romaña, primer volumen del díptico Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire, que le proporcionará un gran éxito. La novela sigue los pasos de un miembro de la oligarquía peruana que arde en deseos de convertirse en escritor.
Partiendo, muchas veces, de experiencias personales, el autor nos introduce con un humor, ácido y sarcástico, en las aventuras de su protagonista. Bryce Echenique comenzó a abrirse un hueco en la actual narrativa latinoamericana en 1970 cuando publicó su novela Un mundo para Julius y, desde entonces, no ha dejado de escribir.

FERNANDO DE SZYSZLO ACUSA A ALFREDO BRYCE DE HABLAR TONTERÍAS
viernes, 13 de septiembre del 2002 16:08 Hora de Perú
El artista plástico Fernando de Szyszlo, afirmó el viernes que el escritor Alfredo Bryce Echenique, "a veces dice estupideces".

"Me parece mal que Bryce Echenique nos achaque a los peruanos, que estamos aquí dando la batalla, el hecho de que no encontrara en el Perú lo que buscaba. Es muy penoso. El es una persona apreciable, pero a veces dice estupideces", afirmó De Szyszlo en una entrevista publicada el viernes por el diario "Correo".
De Szyszlo hizo alusión a una declaraciones de Bryce divulgadas por los medios el pasado 24 de agosto, en la cuales aseguraba que ni él ni "nadie es hoy feliz en el Perú", donde "no hay ya calor humano" y "lo único que hace la gente es pedirle a uno dinero".
"Todos sus amigos le reprochamos que durante el gobierno de Alberto Fujimori (1990-2000) nunca dijera nada. El mundo que perdió no es físico, es espiritual y cambia", sostuvo.
El artista es muy amigo del también escritor Mario Vargas Llosa, a quien apoyó decididamente en las elecciones presidenciales presidenciales de 1990, y de otros intelectuales, como el mexicano Octavio Paz.
"Mi generación, la que salió después de la II Guerra Mundial, fue toda a París. Allí hablábamos de tratar de cambiar nuestros países. Yo sigo mi carrera acá o en otro lado, pero intento colaborar in situ por el cambio", afirmó De Szyszlo en respuesta al autor de "Un mundo para Julius".
De Szyszlo, que califica al Perú como "un país de ilusiones perdidas y de vocación suicida", considera que los peruanos no han logrado producir "al político que conduzca a este país a su destino".
Asimismo, afirmó que los peruanos perdieron una gran oportunidad de lograr cierto desarrollo al preferir a Fujimori en lugar de a Vargas Llosa en las elecciones presidenciales de 1990.
"Dígame usted qué puede ser más suicida que un pueblo que, entre Fujimori y Vargas Llosa, escoge a Fujimori. Eso resulta no sólo incomprensible, sino desolador porque no podemos lograr como grupo humano un proyecto de desarrollo", sentenció.

Alfredo Bryce Echenique: humoroso Bryce
por Ana Pérez Cañamares

El pasado 28 de noviembre, haciendo un alto en el taller de narrativa "Tres clásicos de la literatura peruana" que está impartiendo en la Casa de América, el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique dictó una conferencia bajo el título Del humor quevedesco a la ironía cervantina. De este modo, Bryce ha vuelto a España (a la que definió, parafraseando a Hemingway, como "el último buen país") y a una institución a la que ha estado vinculado desde sus comienzos en el año 1992, la Casa de América. La larga cola que se formó para entrar en el anfiteatro daba fe del entusiasmo que desata su presencia; todo aquel que le haya escuchado conoce su particular forma de disertar, haciendo un cock-tail donde caben anécdotas, citas, confesiones, reflexión y buena literatura. Como él mismo diría después, ilustrándolo a la perfección, el humor no es lo contrario de lo serio, sino de lo aburrido.
Bryce comenzó dejando clara su querencia por el tema del humor, que para él ha sido la forma de aproximación al amor, al dolor, a la alegría de la vida. Antes de entrar en el tema central de la conferencia, soltó en el anfiteatro lo que llamó "globos de ensayo", ideas recogidas de muy distintos autores. El primero era suyo: "Detesto la carcajada sonora y puntual, la que nos cierra los ojos a la observación y la reflexión". Los demás, pertenecientes a escritores como Galeano, Erica Jong o Max Aub, insistían en que el humor es arte serio, hermoso, liberador y necesario.
De diversas fuentes recoge Bryce la idea de que el humor es invento y privilegio de los anglosajones, debido esto, según afirmó a William Temple allá por el siglo XVII, a razones tan variopintas como "la riqueza de su suelo, el pésimo clima y la libertad". Esta trinidad da lugar a seres individualistas que encuentran en la observación de lo extraño, de lo singular de sus coetáneos, motivo de placer, orgullo y regocijo, cualidades éstas que les diferencian del resto de Europa donde la uniformidad de sus habitantes elimina la posibilidad del humor.
Asimismo, Bryce rastrea la etimología de la palabra y encuentra que hasta no hace mucho en países como Italia y España estaba encerrada en el vocabulario médico (lo cual da argumentos a los defensores del origen anglosajón). Incluso en la actualidad, el Diccionario de la Real Academia da una vaga definición, que puede encontrarse bajo humorismo: "manera graciosa o irónica de enjuiciar las cosas".
Pero para el escritor peruano, la mejor definición no es atribuible a un británico, sino al dibujante español Máximo: "To sense or not to sense, that is the humour". Eso sí, en inglés.
Hay que recordar que si bien en sus orígenes, la Comedia apareció para deleite de la gente común, en oposición a la Tragedia, Cicerón, al atribuirle un poder catártico y purificador, la salvó de su consideración como arte vulgar.
En The Oxford book of humourous prose, Frank Moore define el ingenio o wit como el aspecto aristocrático del humor; la finalidad no es la diversión, sino la admiración. Pero en la literatura, este tipo de performance hace tiempo que dejó de ser británica. Y Borges, permitiendo que por primera vez América Latina conteste a Inglaterra, dice de su por otra parte admirado Wilde: "Mencionar a Wilde es hablar de un caballero con el triste propósito de impresionar con corbatas y metáforas".
Para acabar de desempatar este hipotético partido librado entre ingleses y el resto del mundo, Bryce saca a la pista de juego al escritor que constata que el humor puede estar ya en todas partes y en todas formas; se trata de Gómez de la Serna, cuando suelta perlas como la siguiente: "Campo es el horroroso lugar donde los pollos se pasean crudos".
Y aquí es donde Bryce, sin necesidad ya de ganar partidarios para su causa, nos deleita con su amor hacia el humor humanista, aunque para ello tenga que enfrentar al satírico Quevedo con el irónico Cervantes. Y comienza con una cita de Kundera: "El humor no forma parte de la literatura hasta Cervantes. Es la gran invención de la espiritualidad moderna, unida al nacimiento de la novela, con Cervantes y Rabelais". De la mano de autores como Kundera y Paz ilustra Bryce su defensa de la ironía como aquello que convierte en ambiguo todo lo que toca, que produce el extraño placer de albergar la certeza de que no hay certeza.
La ironía es aquello que desmonta las ficciones del espíritu, del sentimiento para ver su mecanismo, aquello que hace que todo sea susceptible de desdoblarse en su contrario (como cuando debiendo tener a Don Quijote por el ser más ridículo, estemos admirándole tiernamente).
La ironía es un empacho de asombro, una gravedad sin peso, lo que lleva a Calvino a decir que "lo cómico pone en duda el yo y la red de relaciones que lo constituyen". En esta línea continúa el pensador Salvador Pániker cuando dice que "es un encuentro más allá de los envaramientos, de los fanatismos; elemental para el diálogo, la tolerancia, la democracia", o Luis Racionero al afirmar que es "la demostración a contrario; es obtener de la súbita fusión de contrarios una distancia que nos hace sabios".

La receta para Bryce se compone de tolerancia + desengaño + humor + malicia.

En Quevedo, sin embargo, encontramos la sátira, que da unidad a su obra, catálogo de burlas y escarnios. La sátira es el arma de quien, seguro de su verdad, va a matar a otro; ridiculiza lo que va a combatir. Mientras que la ironía anula de forma inocua, lo grotesco destruye por principio los órdenes existentes, haciéndonos perder pie.
Valbuena Prat dice que Quevedo traza caricaturas de deformado realismo (por ejemplo, la del Domine Cabra), que retratan lo cínico, lo amargo, sin asomo de compasión, con frialdad.
El Buscón es un libro inhumano; humor de sal gorda, del que se quejaba Aub, que con su queja ratifica el triunfo del humor quevedesco, que podemos rastrear hasta la obra de Cela.
La ironía se diferencia de la sátira en que sus palabras afectan a quien las profiere tanto como a quien las recibe; es sentimental y a la vez intelectual (como se puede ver en obras como el Tristam Shandy). El irónico expresa melancolía, seguridad en su verdad interior más inquietud, contradicción ésta que se resuelve por la burla tierna, compasiva, al estilo cervantino.
El humor quevedesco está en las antípodas: es feroz, dramático, aísla, es fruto del verdadero dolor y odio que crece de la soledad desesperada; mientras que la ironía busca la hermandad, la comunidad de los hombres en el dolor y la alegría de vivir.
Sin embargo, triste ironía, Cervantes cae en el olvido, y su forma de humor queda latente. Deja huella en la novela sentimental inglesa, en la literatura que busca la individualidad del personaje, sus ridículas esperanzas y sus tiernos avatares.
Bryce se despide lanzando unos últimos globos de ensayo, que los asistentes vemos elevarse con una sonrisa en los labios:
Para Pirandello uno de los más grandes humoristas fue Copérnico que desmontó la soberbia del yo absolutista.
Kafka: "Chesterton es tan gracioso que casi se podía decir que ha conocido a Dios", a lo que su interlocutor responde con una pregunta: "¿Es que el humor es una forma de religiosidad?" Kafka, de nuevo: "No siempre, pero en estos tiempos tan privados de religiosidad es preciso ser gracioso".
Y la última imagen es la de Dylan Thomas ahogándose en su propio vaso de whisky, y privando a la muerte, con este último acto, de todo asomo de peso y gravedad.
El gran invento de Bryce, comento con mi acompañante, es hacer que las conferencias de una hora duren veinte minutos.

Alfredo Bryce Echenique en antología de cuentos sobre el ciclismo
Jueves, 6 de julio de 2000

MADRID, Espana (Librusa) - Escritores de América Latina y Espana, como el peruano Alfredo Bryce Echenique y el espanol Jesús Ferrero, aparecen en una nueva antología de cuentos dedicada al tema del ciclismo que salió bajo el sello Edaf.
El libro se titula "Cuentos del ciclismo" y contiene 20 relatos reunidos por Luis Martínez de Mingo.
Además de Bryce Echenique y Ferrero, en la antología figuran la uruguaya Cristina Peri Rossi, Ignacio Martínez de Pisón, Ramón Irigoyen, Alvaro Pombo y Alfredo Conde y Javier García Sánchez, entre otros.
Al presentar el libro en Madrid, los editores destacaron el ciclismo como un deporte heróico, individualista y en la mayoría de los casos hasta romántico.

Noticias

Bryce Echenique: «El humor arranca a la desesperación el suelo que pisa»
Bryce Echenique dirige un taller sobre tres escritores peruanos
En clase con un profesor llamado Bryce Echenique
Bryce Echenique: «Seré siempre un 'amateur'»
Bryce Echenique: «El reconocimento de mi obra se debe a que goza de buena salud»
Bryce Echenique afirma que la frontera entre periodismo y literatura es casi imperceptible
Bryce Echenique: «No puedo escribir en Perú porque hay mucha suciedad»
Alfredo Bryce Echenique y Orhan Pamuk obtienen el Premio Grinzane Cavour 2002
«El patrón latinoamericano es lo más horrible de EEUU», dice Bryce Echenique
«A la hora de escribir, la realidad me estorba», asegura Bryce Echenique
Echenique: "A Vargas Llosa y a mí nos une el tema del fracaso"
Bryce Echenique: «La nostalgia es importante en mis novelas»
Bryce: «Nada ha cambiado con el Planeta, salvo mi cuenta bancaria»

Bryce y la literatura peruana

En el proceso de la nueva narrativa peruana —que se empieza a delinear a partir de los años cincuenta—, la obra de Alfredo Bryce (Lima, 1939) tiene un doble modo de inserción: por una parte, reivindica el carácter eminentemente narrativo del relato, entonces postergado por la utilización cada vez más reiterada de técnicas novedosas que, integradas en un complejo y sofisticado sistema de composición, había avalado y difundido el mal denominado ‘boom’ latinoamericano de los años sesenta; por otro lado, devela un universo —el de la alta burguesía capitalina procedente de la antigua oligarquía terrateniente— que se había mantenido prácticamente inédito en nuestra tradición literaria, aun cuando había experimentado algunas intromisiones desde perspectivas ajenas a ese mundo –logros que se obtienen con la publicación de dos libros de cuentos (en 1968 y en 1974) y con la de una memorable novela: Un mundo para Julius (1970)–. A partir de su segunda novela, Bryce abandona la indagación social del mencionado estrato capitalino y opta por volver cosmpolitas sus referentes; ello es evidente desde las primeras páginas de Tantas veces Pedro (1977), se subraya con la publicación de la celebrada novela La vida exagerada de Martín Romaña (1981) y con la aparición de la que ahora comentamos.

El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz :
estructura y sentido

Extenso relato evocativo que es susceptible muchas veces de la reiteración superflua, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (Barcelona, Plaza & Janés Editores, S. A., 1985; 314 p.) es, en primera instancia, la historia de su propia escritura. En ese sentido, la novela da cuenta no sólo de una historia central que es invocada por el memorioso narrador que al mismo tiempo la protagoniza sino también, aunque en menor proporción, de las circunstancias que acompañan dicha evocación y las reflexiones que en ese mismo momento suscitan en quien recuerda. Obviamente, ello supone la utilización de la modalidad del narrador-personaje en primera persona gramatical, opción que sufre alteraciones mínimas cuando se refiere directamente ya no al lector virtual del relato sino a alguno de los personajes que está refiriendo o al mismo narrador-personaje en segunda persona. No parece encontrar justificación, sin embargo, una variación que, en el nivel de la enunciación narrativa, reemplaza la voz del narrador-personaje por una omnisciente (p. 92-93) y que no vuelve a ser utilizada posteriormente.

Una historia (exagerada) de amor
Como en La vida exagerada de Martín Romaña, novela que con la ahora reseñada constituye un díptico, el rol protagónico lo sigue encarnado el narrador (Martín Romaña) y el motivo de la narración sigue siendo la pasión por una mujer (Octavia de Cádiz).
Abandonado por su esposa Inés, Martín Romaña Parkingson iniciará una lenta recuperación anímica ayudado por antidepresivos y por Octavia, que al inicio de la novela se presenta como alumna de Romaña en la Universidad de Nânterre. Pero, cuando Octavia logre ganarle la partida a los antidepresivos, recuperando en buena cuenta ella sola a Martín, ambos se habrán enamorado. Octavia, que tiene dieciocho años y quince menos que Martín, desciende de familias de la antigua nobleza europea y comprende fácilmente la imposibilidad de una relación futura, pues Martín no sólo es profesor sino también aspirante a escritor y, aparte de ello, latinoamericano, características obviamente indeseables en un candidato para Octavia. Martín se sabe entonces protagonista de una historia de muchas similares que en su país podrían ser ocasionadas por su familia, entroncada a la oligarquía peruana.
Con el fin de evitar que su familia asesine a Martín, Octavia terminará casándose con uno de sus ricos y nobles pretendientes. El protagonista estará entonces siempre camino a la neurosis en esta relación que dura algo más de veinte años, paliada por algunos encuentros secretos y una extensa correspondencia con Octavia y con innumerables viajes en los que Martín habla interminablemente, con el primero que esté dispuesto a escucharlo, de su desgracia parisina, tiempo suficiente para que Octavia se haya divorciado y vuelto a casar. La historia termina con el descubrimiento, por parte de ambos, que han vivido amando ideales imposibles y con una casi simbólica –y, en el nivel de la enunciación narrativa, sencillamente imposible– muerte del narrador-protagonista.

París ya no es una fiesta
Es obvio que la historia central del relato está constituida por la mutua frustración amorosa de Romaña y de Octavia. Esta anécdota, que monopoliza la atención del lector, es temporalmente lineal, si nos guiamos por la organización proporcionada por la particular cronología del protagonista evocador. Esta historia, sin embargo, no es única sino que se apoya en otras menores. La primera y las otras guardan rasgos familiares: la misma presentación –hiperbólica– de las acciones y un común espacio preponderante –la ya desmitificada Ciudad Luz de París–.
El París de Hemingway y de tantos otros grandes novelistas es distinto del que encuentran los jóvenes escritores y artistas latinoamericanos, sobre todo aquellos que protagonizaron mayo del 68, varias veces aludido. Espacio cosmopolita por antonomasia, París ya no es una fiesta para la mayoría de latinoamericanos, quienes ahora deben sortear mil y un problemas, empezando por el de ser latinoamericano. En fin de cuentas, una de las historias que se desagrega de la historia central resulta invirtiendo, mediante una lectura cuidadosa, la real jerarquía de los argumentos: lo que le hacen a Martín, es decir, evitar su relación con Octavia es –simple y llanamente– consecuencia de una realidad colectivamente más compleja: la del latinoamericano en París. Esto evidencia el especial énfasis que el relato coloca en la motivación personal, visión a la que colabora una escritura que, por un lado, intenta reflejar un nivel de oralidad extremo y, por otro, la situación anímica del narrador –lo que en otro plano acerca a la novela al género del documento psicoanalítico–.

Ricos antiguos y nuevos ricos
Esta condición del relato, sin embargo, no anula la percepción del entorno que sirve de marco al argumento central. Las relaciones suscitadas entre los personajes secundarios –actores que con sus peculiares y excéntricas conductas ocupan en algunos extensos pasajes la novela– son enriquecidas cuando entran en contacto con las establecidas por los protagonistas. Así, la relación sostenida entre Martín y Octavia –en mayor o menor medida, una relación edípica– es homologable a las entretejidas entre Octavia y Eros Massimo Torlatto-Fabrini y entre la misma Octavia y Giancarlo Lovatelli, conde Faviani, ambos maridos de la protagonista.
Ahora bien, de la centena de personajes que acompañan a los protagonistas destacan los ligados a la vieja clase aristocrática europea y los artistas y escritores latinoamericanos. Pero resulta sintomático que los primeros tengan un mayor desarrollo narrativo e incluso posean un determinado carácter –o, mejor, una personalidad– y no sean meras comparsas de una trama en la que resaltan siempre Martín y Octavia. Sucede con las figuras de los ya mencionados maridos de Octavia, pero también con el no menos excéntrico que aquellos príncipe Leopoldo de Croy Solre, primo de Octavia, con quien Martín siente una extraña identificación que va más allá del simple afecto de ser el único familiar de Octavia que no se opone a la relación.

Identificación de clase y símbolos sociales
Claro está que la deleitación del narrador-protagonista por los miembros sobrevivientes de las viejas castas tiene que ver con su propia condición de descendiente de una familia emparentada a la oligarquía peruana (deleitación que nos recuerda, con las distancias del caso, a la del alter ego que subyace en la narrativa del norteamericano Fitzgerald).
Desde esa perspectiva, mientras los maridos de Octavia han podido articular el abolengo con el dinero, Leopoldo de Croy Solre abomina de la "espantosa modernidad del dinero" y opta por "ser coherente consigo mismo", lo que en otros términos implica inevitable fracaso económico y, en el caso de una situación colectiva, la desintegración. La identificación de Martín con el príncipe Leopoldo, entonces, resulta siendo plenamente justificada, ya que el protagonista se encuentra en París con el fin de convertirse en escritor, renunciando de esta manera a cualquier ocupación de tipo burocrática y burguesa que su familia en el Perú pudo conseguirle fácilmente. El devastado "castillo" del príncipe Leopoldo, que en realidad es una vieja casona situada en tierras alquiladas, es símbolo de la desintegración de una clase que sólo puede sobrevivir si adopta los valores de la clase emergente, "castillo" que contrasta a todas luces con el impresionante lujo del moderno palazzo del conde Faviani. Por otra parte, el fracaso sentimental de Martín condice con la muerte en la ruina económica de Leopoldo, al mismo tiempo que ambos hechos se relacionan con la aludida y casi simbólica muerte/desintegración del narrador-protagonista al final de la novela.

El mismo Bryce
Pese a todo lo anotado, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz no enriquece esencialmente la producción global de su autor. Y no la enriquece porque en la base de su proyecto hay una gran contradicción: pensar su unidad ligada a la de una novela anterior para juntas conformar el Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire. Porque por sí sola La vida exagerada de Martín Romaña desarrolló profusamente el tópico de la frustración amorosa de un personaje tan exagerado en sus actos como Martín Romaña, y el hecho de que Martín Romaña sea nuevamente en esta novela el protagonista y el asunto de la misma su otra frustración –también amorosa–, que sólo difiere de la precedente en aspectos mínimos y secundarios y que, por último, sea procesada narrativamente con los mismos elementos –humor y oralidad– y en el mismo reiterado escenario de París, comunica una franca impresión de saturación del universo narrativo de Alfredo Bryce.
Pero interesa remarcar que aun en esta novela el humor de Bryce –ese humor tantas veces invocado– y la permanente oralidad de su escritura son los componentes relevantes y los que logran dotar en última instancia de amenidad al tratamiento moroso de una historia que también lo es, recursos cuyos destinos suponemos promisorios ahora que el autor ha anunciado el cambio de referente espacial –Lima, nuevamente– de su próxima novela y que, según la misma anunciación, nos instalará en el tiempo de su adolescencia.

Este texto se publicó originalmente en Revista de crítica literaria latinoamericana (Lima, Latinoamericana Editores, Año XI, N° 23, 1er. semestre de 1986; p. 158-161), con motivo de la aparición de El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, la entonces nueva novela de Alfredo Bryce Echenique. Actualmente, Paúl Llaque es profesor de Lenguaje en la UPC.

MADRID Miércoles, 20 de enero de 1999
HOY SERA NOTICIA / ALFREDO BRYCE ECHENIQUE
La triste gracia

JAVIER MEMBA

A tenor de ese carácter autobiográfico que observaba Carlos Barral en sus novelas, oír hablar a Alfredo Bryce Echenique es como leerle. Pues bien, si al final todo sucede según lo anunciado y el autor regresa a Perú, tras sus 35 años de vida en Europa, esta tarde sus admiradores madrileños tendrán una de las últimas oportunidades de escucharle en un coloquio en torno a su nueva entrega, La amigdalitis de Tarzán, que se celebrará a las 19.30 horas en la Casa de América. No hay duda de que tras el regreso a su país de origen volverá a nuestra ciudad, -de hecho, no hace mucho, por volver a España renunció a un cómodo empleo de profesor en Francia- pero lo más probable es que después de su marcha se prodigue bastante menos. A la vista del título que nos convoca, más aún: en consecuencia a toda su obra, cabe decir que hay algo en Alfredo Bryce Echenique que nos recuerda a Buster Keaton y al resto de los grandes del slapstick: su humor no busca el escarnio. Al igual que en aquellas inolvidables películas, si uno de los personajes de nuestro novelista tuviera que arrojar una tarta, ésta iría a parar al rostro del policía, nunca al del desdichado al que el mundo se le estaba viniendo encima. Porque en el fondo, en las propuestas de los protagonistas del escritor, «el humor se instala en lo más crudo de la tristeza», explica. Abundando en esto mismo no deja de tener su gracia, la famosa triste gracia, que un insomnio le proporcionara el argumento para Reo de nocturnidad, la novela que le valiera el Premio Nacional de Narrativa, el pasado año.
No obstante, conviene señalar que en la narrativa de este novelista, ese humor no es más que una excusa «para ser leído con menos dolor. A veces choca y me ponen la etiqueta de humorista». Particularmente, él prefiere considerarse «un descreído. Hay que reirse de sí mismo para empezar y, luego, te puedes reir de todo».

HUMOR, REMEDIO CONTRA EL DOLOR.
LA OBRA DE ALFREDO BRYCE

La obra de ficción de Alfredo Bryce Echenique está determinada, más que por un tema, por una obsesión: comprender. Comprender todo lo que le rodea y a sí mismo. Descifrar las conductas y los sentimientos de los otros y los del personaje en cuestión; su obra más que una obra propositiva es una obra interrogativa. Su prosa expone y se expone como el curioso científico que interroga a la naturaleza o como el niño que mira deslumbrado el mundo que lo rodea. En efecto, su obra se ubica en dos extremos de la existencia humana: en la infancia, pues es niño que quiere comprender el mundo que está descubriendo, o en la madurez que intenta entender el mundo que ha desgastado en su persona.
Para lograr este intento de comunicación echa mano de sus gustos y obsesiones que, inevitablemente, se convertirán en los temas de sus cuentos y novelas: amor, humor, dolor, palabra creadora.
En toda la obra del escritor peruano el amor es un fracaso, lo que habrá de modificarse será la conducta ante tal resultado: en unos casos, los personajes mueren desgarrados por el dolor de amor (El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz), en otros, logran superar su estado anímico deprimido (La última mudanza de Felipe Carrillo). Todos los protagonistas de Bryce Echenique sostienen una relación amorosa infantil con sus amantes, pareciera que el amor a su pareja es sucedáneo del amor materno.

Las causas del enamoramiento casi siempre tienen su origen en una fantasía infantil: Pedro Balbuena, en Tantas veces Pedro se enamora de Sophie sin conocerla, “No se veía lo que se llama nada adentro de la góndola porque Sophie estaba sin duda escondidísima, pero fue amor a primera vista de todos maneras” . Al final de la novela se explica que las causas del enamoramiento se originan en una fotografía encontrada en la calle. El inventa un nombre a la mujer ahí retratada: Carole, y decide un día, cuando vaya a Francia a estudiar se la encontrará; en efecto, el personaje va a Francia y encuentra a Sophie y el pregunta “¿Cómo te llamas Carole?” .
A Martín Romaña le sucede otro tanto. Se enamora de Inés porque ésta le hace el nudo de la corbata como se lo hubiera hecho su madre, o se enamora de Octavia porque un día en la playas de Cádiz, desilusionado del amor de Inés, ver a una guapa muchacha y le inventa ese nombre: Octavia de Cádiz, La mujer que lo sacará de su depresión amorosa debido al abandono de Inés, Petronila Marie Amélie, tendrá que llamarse inevitablemente Octavia de Cádiz. Ya muerto Martín es conducido al cielo por su Virgilio, éste afirma: “Petronila necesitó sobrehumanamente ser Octavia de Cádiz, darte el amor ideal, el amor que buscabas y necesitabas”
Este determinismo, entre otras causas, será el motivo por el cual los personajes de Bryce Echenique fracasen en sus relaciones amorosas. También será la causa obligada por la cual mantengan una relación amorosa orgiástica; es decir, no aman a la mujer que tienen sino al ideal femenino que han forjado en mente. Al no amar a su compañera permanecen solos, anteponiendo la cópula como elemento de cohesión. Caso evidente es Martín con Inés, por un lado, y Felipe Carrillo con Genoveva, por el suyo. El principal elemento de cohesión de Martín con Inés es su “hondonada”: afirma que Inés puede diferir en mucho con sus puntos de vista, pero con respecto a la “hondonada” es muy posible que coincidan.
Lo anterior también nos permite explicar por qué los protagonistas casi siempre apelan al sentimiento de muerte. Descubren que no pueden realizar su forma de amar, por lo tanto, sólo les queda posponer su amor para la otra vida, en la que sí se permite la realización de las utopías. Gesto, como se ve, muy al estilo romántico.
Es también digno de destacarse que las derrotas amorosas de los personajes de Bryce Echenique son por partida doble, ya que a medida que pasa el tiempo los protagonistas tienen dificultad para encontrar una nueva relación amorosa. En Tantas veces Pedro, Pedro Balbuena va de amante en amante con tal facilidad que en más de una ocasión parece que su pena de amor por el abandono de Sophie sólo es un pretexto para hacerse amar por su pareja en turno; en cambio, en La última mudanza de Felipe Carrillo, la pérdida del gran amor tarda mucho tiempo en reponerse, se habla de grandes periodos de tiempo en que el personaje vive sin una pareja que lo reconforte de sus penas.
Bryce Echenique es el único escritor hispanoamericano contemporáneo, hasta donde sé, que se ha atrevido a tratar el tema del amor imposible, sin tener que caer por ello en lo cursi o en lo ridículo. La mayor parte de sus novelas y varios de sus cuentos, tratan el tema del amor ideal que no se logra, e incluso, del amor que se tiene que posponer para realizarse en el cielo, De esta verdadera aventura el escritor peruano ha salido perfectamente librado ya que se tomó el cuidado de cortar a su árbol las ramas secas de lo chabacano, lo melodramático y lo ingenuo, y a la vez, supo beneficiarlo con el injerto del ludibrio y el humor.
En cuanto al humor como elemento definitorio de toda su obra es digno de resumirse aquí la gran capacidad del escritor peruano para hacer incursiones en esta difícil forma de la literatura. Si el sostener un tono humorístico a lo largo de una novela es ya un gran mérito -una de ellas tiene más de seiscientas páginas- más lo es comprobar que de las formas descritas de lo cómico por Henri Bergson en su libro La risa, una veintena de técnicas y variantes son practicadas por Bryce Echenique con soltura e imaginación. Esto lo digo no porque el peruano utilizara el libro aludido como modelo de las técnicas de la comicidad, sino porque el humor de Bryce es tan rico y variado que fácilmente se pueden comprobar las teorías del francés en las novelas de nuestro autor.
Ahora bien, para Bryce Echenique lo cómico es más, mucho más que un recurso hábilmente explotado, es también una posición vital, es una manera lúdica -pero no superficial o irresponsable- de conocer la realidad. Igualmente es una forma de enfrentar el dolor o lo desconocido de una manera lúdica -pero no superficial o irresponsable- de conocer la realidad. Igualmente es una forma de enfrentar el dolor o lo desconocido de una manera no dolorosa.
Para Bergson es una forma de la censura, para Bryce Echenique es una forma de la autocensura, es decir, de la autorregulación frente a una sociedad y un mundo que se intenta conocer pero con el cual es difícil ponerse en sintonía. Para Proust recuperar el tiempo es invocar de una vez, de un golpe, todos los recuerdos. Para el escritor peruano tiene un sentido similar pero va de por medio el humor (“Magdalena peruana”): las cosas no se habrán de ver con la misma seriedad con que sucedieron, sino que la visión jugetona y humorística ha de ser el cristal a través del cual Bryce Echenique recupere el tiempo pasado.
Como el escritor francés, también Bryce Echenique se descubre, de momento, viejo y nace en él un deseo inefable de repasar esas experiencias vividas y vívidas aún. Quiere recuperarlo como una forma de entender lo que le pasó -en ello insisten mucho los protagonistas del peruano-, pero también, y sobre todo, porque el recuerdo es una forma de la inmortalidad, una forma de detener el transcurso del tiempo que todo lo aniquila.
Hay muchas formas de recobrar el tiempo pero quizá la más bella por artificial y a la vez auténtica es la palabra. La palabra preservada del olvido es la literatura. A ello se dedica Bryce Echenique en su obra, a reflejar sus deseos y sus temores sobre ese espejo llamado literatura.
Por eso digo que de todas las experiencias del escritor peruano la creación literaria -la literatura dentro de la literatura- es la más importante. Son diversas las forman en como la literatura hace acto de presencia en la literatura de Bryce, una de ellas es la constante referencia al mismo proceso de creación literaria, y es precisamente este hecho el que corrobora la idea que tengo respecto de que la literatura es la experiencia primordial de vida en la obra de Bryce.
Los personajes del autor peruano viven alrededor de los libros sus experiencias vitales. El amor, la felicidad, el odio, el dolor, la muerte, no son referidos, no pueden ser referidos, sino a través de la literatura; incluso, la vida misma no puede ser vista sino como un artificio literario: lo que los personajes hacen no es exactamente lo que vivieron; el lector sólo tiene acceso al recuerdo, modificado por el tiempo, de uno de los comprometidos en las historias. Por lo tanto la impresión última en el lector depende de la capacidad de recreación del protagonista de las novelas.
Los personajes refieren sus vidas y sus experiencias en función de la vida y las experiencias de los personajes literarios de otras obras. Han dejado de vivir su propia vida para vivir la experiencia de otros personajes literarios y mezclarlas con las propias. Han renunciado a su propia experiencia, para vivir en los libros las cosas que ven y oyen y eso no es más que un artificio porque, a fin de cuentas, la vida es tan sólo eso: un artificio.

Bryce Echenique y 'La amigdalitis de Tarzán'

JORGE CARRIÓN GÁLVEZ

La amigdalitis de Tarzán, última de las novelas publicadas por Alfredo Bryce Echenique, narra la relación amorosa de dos personajes a lo largo de treinta años. Pero como cada uno siente a su manera el dolor de garganta, a continuación ofrecemos una muestra de las distintas voces críticas que esta tierna historia ha levantado entre los analistas literarios.
La amigdalitis de Tarzán reúne todos los ingredientes de la receta que ha convertido a Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) en uno de los maestros de la narrativa hispánica actual: un sentido del humor tan hiperbólico como entrañable, una exploración sensible de los sentimientos que mueven al ser humano, la transformación de material biográfico en sustancia novelesca y el retrato del exilio y de sus inevitables desencuentros.
En su última novela el escritor peruano no se limita a combinar una vez más esos elementos, no se obstina en perpetuar la vigencia de la fórmula. Al contrario, reinventa su propia literatura para otorgarle una frescura imprescindible si se persigue que el lector se sienta identificado. El vehículo de esa identificación es la historia de amor y de amistad protagonizada por Mía y por Juan Manuel. Ella es una niña bien salvadoreña que madurará espoleada por el exilio; él es un cantautor peruano acosado por diversos abandonos. Su relación será sobre todo epistolar. En la carta hallarán el territorio, la escritura abrirá para ellos otra dimensión, donde las palabras son abrazos y las despedidas simplemente no existen. En sus misivas reconocerá el lector el rastro de sus propios adioses, el recuerdo de las personas que ha desconocido.
La amigdalitis de Tarzán es una vacuna contra la tristeza, un antídoto azul contra cardiogramas planos y grises. No hay duda de que la literatura de Bryce Echenique sigue siendo el mejor antidepresivo del mercado.
Asistimos así al desarrollo de una narración suelta y contada con un ritmo acelerado -pues las cartas se insertan dentro de la narración, no la detienen- y que desemboca en las conclusiones que enunciaban sus propias premisas. Conclusiones sin conclusión: el disparate existencial va a continuar. [...]
Podría pensarse que nos encontramos ante una versión en clave cómica del tópico del amor más poderoso que la muerte. Y podría pensarse con legitimidad: la desjerarquización es propia de los escritores rabelesianos como Bryce. Un suicidio puede contarse en esta novela como un suceso de cómic. Todo está descoyuntado, o a punto de estarlo; todo aparece vuelto de alguna manera del revés. Los personajes pisan, sobre todo ella, la tierra volcánica; pero su tono nunca es patético; puede acercarse a cierto dramatismo, pero ahí se detienen. No hay presencia que no siga a una ausencia; no hay conducta normal a la que no suceda una anomalía. [...]
Tal es la perspectiva singular desde la que Bryce contempla el fenómeno amoroso, el extrañamiento a que lo somete, si se me permite emplear el término clásico. Se quiebran de esta manera los códigos literarios y los códigos sentimentales. Los amantes se aman, pero lo hacen de una manera irreductiblemente original. Amores sin pies ni cabeza. O si se quiere, con demasiada cabeza pero sin pies. Toda metafísica y aún toda posible ética del amor saltan hechas añicos. Y, sin embargo, La amigdalitis de Tarzán sigue siendo una novela de amor. Una novela divertida, hilarante a veces, trepidante siempre, de la que se enseñorea el humor punzante y disolvente del escritor peruano, que sigue empeñado en poner en relieve el valor crítico de la risa. La acidez profunda de la risa. El hondo carnaval de la risa.
Valgan, respecto a esta novela, dos evidencias para los seguidores del novelista. La primera, el retorno ­una vez más­ al tema amoroso. La segunda, el especial relieve del plano verbal que de nuevo nos recuerda que en Bryce Echenique la expresión es casi siempre protagonista , que las suyas son novelas de lenguaje y que maneja como pocos (excepción hecha de Cabrera Infante) toda una gama de recursos fónicos o intencionales que deslumbran y fascinan al lector [...].
El novelista ha asumido el riesgo de elegir para las cartas la voz de la protagonista y la verdad es que sale muy bien parado. Por lo demás, estamos ante una obra que, con algún que otro quiebro de tristeza, nos trae una visión optimista y esperanzada de la vida y de la perduración de los sentimientos contra las agrasiones y obstáculos que la realidad impone. Con su homenaje a la música popular, esta novela interesa por su punto de vista sobre el amor, por su divertido juego expresivo y su indiscutible amenidad. Carece, sin embargo, de la ambición y la entidad de las novelas que han consolidado como un gran narrador a Bryce Echenique.
El exilio es una vitamina para la literatura. La engorda. La nostalgia de los judíos repetidamente deportados hizo posible la Biblia. La de los iberoamericanos exiliados inspira hoy boleros tristísimos y encantadores. Vivir permanentemente como gallina en corral ajeno es muy malo para la vida, pero nutre y robustece las novelas. Dígalo si no Mario Benedetti o Bryce Echenique, que no aguanta más y anda ahora preparando su retorno a Perú, luego que bien ha disfrutado de la rentabilidad de la nostalgia en lo literario. Resultado de esta nostalgia exílica, sublimada ahora en el amor epistolar y distante entre un cantautor peruano y una hija de la alta burguesía de El Salvador, es la última novela de Echenique: La amigdalitis de Tarzán. [...]
El humor es una constante en la novela. Los personajes demuestran a cada paso que están por encima de los esquemas habituales. La transgresión empieza por el título: resulta grotesco imaginar un Tarzán atacado de amigdalitis, mudo enmedio de la jungla a resultas de una enfermedad trivial. Un tarzán que, además, es mujer. Y así de paradójico todo lo demás.
La otra constante que recorre el libro, muy de las tradiciones exílicas por cierto, es la oralidad, el soberbio que gasta Echenique de contar las cosas, que uno cree que le están hablando, que no las está leyendo. Peruanismos, neologismos, arcaísmos, titubeos, malabares con el léxico... están al servicio de esta oralidad, lograda con talento. El lector escucha -no lee el relato en primera persona de Juan Manuel, trepidante y epistolar cuanto más cerca está el desengaño final.
Moraleja: el amor duradero únicamente es viable si hay distancia por medio. Esta sabiduría se alcanza desde perspectivas privilegiadas como, por ejemplo, la de un exiliado, la de aquel que haya vivido instalado en la precariedad.
La amigdalitis de Tarzán, título a la vez tierno y chusco como a él le gustan, relata la historia de un amor siempre a destiempo. Es una novela escrita en espiral que sigue los desencuentros sentimentales de un trasterrado peruano (en Francia y en España, como el propio autor) y una burguesía salvadoreña también ciudadana del mundo (Francia, Chile, Salvador, México o Estados Unidos). Lo que vehicula la relación y la historia que se crea ante nuestros ojos son las cartas que una mujer, una verdadera Tarzán ante la adversidad, envía al narrador. Esta novela epistolar -en ocasiones la imposición de la carta resta agilidad al conjunto- plantea con humorístico descreimiento cómo nos va forjando el paso del tiempo. No falta una moraleja final que Bryce, respetuoso con sus personajes, no se atreve a acentuar: no somos nuestras palabras, cargadas de miedos y reticencias aun en los momentos de mayor sinceridad, sino nuestras acciones, más secretas y escondidas.
La memoria es primordial en la obra de Alfredo Bryce y La amigdalitis de Tarzán sucumbe a esa fascinación, pero el lugar que antes tomaba la digresión es ocupado ahora por lo epistolar.
De esta manera se da paso a otro elemento nuevo: la creación de un personaje femenino, María Fernanda, que el autor se ha tomado como un reto personal. Bien es verdad que en Dos señoras conversan lo femenino tomaba carta principal, pero faltaba la creación de un personaje casi excesivo, como muchos de los creados por Bryce, que colmara las expectativas de ese reto. Creo que María Fernanda es un personaje tan logrado como Julius, Martín Romaña o Felipe Carrillo, y sólo un autor versado en las triquiñuelas literarias es capaz, mediante el truco, de hacer desaparecer las cartas de su amante gracias a un robo, de realzar a la protagonista por lo que escribe, convirtiéndola en contrapartida de la voz del narrador.
Esa ausencia de la digresión, la incorporación del género epistolar y, sobre todo, la creación de ese personaje femenino, María Fernanda del Monte Montes, oligarca salvadoreña, que vive una historia de amor y amistad con Juan Manuel Carpio, cantautor latinoamericano, en París, que se extiende a lo largo de más de 30 años, hacen de esta novela un hito importante en la obra narrativa de Alfredo Bryce. [...]
Un rasgo siempre presente en las novelas de Alfredo Bryce y que aportaron, como en su momento hizo Manuel Puig, un elemento de modernidad a la narrativa latinoamericana. Aportación ésta, la de los boleros, la de las rancheras, la de Joan Manuel Serrat, que explican más la especial relación de María Fernanda y Juan Manuel que todas las dictaduras latinoamericanas juntas.
La identificación de los propios perfiles biográficos del autor peruano con sus inequívocos personajes, esos seres erráticos y sentimentales, desarraigados, insomnes, amigos del alcohol y la melancolía y protagonistas de vidas románticamente desaliñadas y civilizadas, ha llegado a ser un rasgo distintivo tan característico de la producción bryciana que en no pocas ocasiones puede resultar tan difícil como innecesario discernir si los frutos de ésta corresponden a un capítulo de sus memorias, al de una novela, un cuento, las páginas de una conferencia magistral [...] o a una crónica destinada a las revistas que se regalan a bordo de los aviones. [...] Son treinta años de amores a distancia que pasan como un soplo, mediante la ingeniosa combinación de cartas transcritas en su integridad (las de ella) y fragmentadas (las de él), mediante saltos en el tiempo, ejecutándolos con gracia de funambulista y, por supuesto, con la activa participación de unos secundarios que parecen salidos de la vida misma.
Está también la encendida y visceral realidad de Hispanoamérica -tan a menudo dolorosa, a pesar de las lejanías-; está París, con sus aureolas y nostalgias de mito sudamericano y las promesas temporales de alguna isla española. Y esa historia de amor extravagante que no se desmorona con la inclusión de terceros y que proclama, parafraseando a los latinos, que el amor, si va acompañado de la risa, todo lo vence.
El autor ha elegido una voz femenina, pese a que no es difícil descubrir que el sexo impostado no consigue disimular una manera de entender la vida y el amor más característica del hombre. Por otra parte, el tiempo en el que se desarrolla este bolero narrativo se inicia en Roma en 1963 y finaliza en 1998. A lo largo de estos años el autor nos zarandea, a través del epistolario, de una parte a otra del Atlántico. [...] Tantas idas y venidas contribuyen a conferir a la narración una clave más de parodia y de realismo irónico; la clave del humor que caracteriza el conjunto de su obra. [...]
Bryce ha trazado una historia de amores en los que el sentimiento y el sexo de la pareja vienen siempre condicionados por el mundo exterior y determinados por compromisos morales autoimpuestos. [...]
En el análisis psicológico no se escatiman ni situaciones ni estados de ánimo. Pero todo ello aparece envuelto por el celofán de su fórmula estilística. Los textos de Bryce Echenique se identifican fácilmente. Los diversos ambientes han de permitirle trazar un desolado panorama histórico de la reciente historia salvadoreña o de los preoblemas del Chile de la represión. Sus personajes viven desplazados en Europa o en los EE.UU. El drama del exilio se esconde tras esta apasionante historia de amor.
Los elementos estrictamente narrativos quedan, pues, relegados a un segundo plano. De hecho, pasar, lo que se dice pasar, pasan pocas cosas en La amigdalitis de Tarzán y, si se me permite el chiste fácil, podría decirse que aquí lo único que pasa es el tiempo. La de La amigdalitis de Tarzán es la historia de un sentimiento a lo largo del tiempo: un sentimiento que en su evolución atraviesa las distintas fases de la pasión para desembocar finalmente en una suerte de cariño o amistad, pero que en todo momento se nos presenta como un amor sereno, respetuoso, comprensivo. En La amigdalitis de Tarzán encontrará el lector toda una lección de tolerancia amorosa. [...]
Al mismo tiempo que una historia de amor, La amigdalitis de Tarzán es también la historia de un aprendizaje, el que convierte a la joven y decidida Fernanda María, educada en los mejores internados de Suiza y Estados Unidos, en una mujer fuerte y en cierto modo heroica, preparada para enfrentarse al cotidiano combate de la vida sin perder la alegría, una Madre Coraje capaz de arrostrar las mayores dificultades con tal de sacar adelante a sus dos hijos. Esa fuerza suya es lo que justifica el apelativo de Tarzán con el que en alguna de las cartas se define a sí misma, pero el personaje de Fernanda María resultaría algo marmóreo si no hubiera en ella un fondo de fragilidad que cada cierto tiempo la desgarra y que nos la descubre momentáneamente rota, llorando por los viejos sueños que ya nunca se cumplirán. Es la amigdalitis del título, que impide gritar al rey de los monos y, por encima de su aparente comicidad, tiñe de melancolía esta historia de enamorados.
No hace falta decir que el lenguaje es asombroso. Esta vez Alfredo Bryce Echenique, cuyo fuerte solía ser el personaje masculino, casi siempre alter ego de sí mismo, ha dado la voz a la mujer, a Fernanda María, Maía o Mia, Trinidad del Monte Montes, por el expediente de recoger y publicar sus cartas. Son unas cartas de amor comentadas; unas cartas que alcanzan, en la ficción, el nivel de esos grandes epistolarios amorosos en los que pensamos siempre: esta Eloísa se mueve libre y alegre [...] en el amor mismo que conduce su correspondencia y también sus silencios, y se agobia, amigdalitis del alma, en la crianza de los niños, en la pareja inestable, en fin, en la vida. Comentadas: siempre hay que guardarse la última baza. La última palabra, que la tiene quien escribe la historia, el narrador. Y, entonces, el personaje masculino de cuyas cartas sólo hay algunas notas sueltas, pero que cuenta "este lado" de la historia, es decir, la historia, aparece como sujeto y víctima de un amor intermitente... Un poco frío, un poco irónico, mucha guasa. Lo cual, debo decir, es absolutamente de agradecer. Es, exactamente, el contrapunto necesario para entender la diferencia célebre masculino femenino y, también, la diferencia precisa que hace de esta novela una estupenda novela.

BIOGRAFÍA DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE, escritor, nació en Lima, Perú, el 19 de febrero de 1939.
Hijo de una familia de banqueros, cursó estudios primarios en el Colegio Inmaculado Corazón, hasta que a los quince años ingresó en el internado inglés San Pablo. Al finalizar sus estudios secundarios se preparó el ingreso en la Universidad de Cambridge, pero ante las presiones familiares, inició la carrera de Derecho en la Universidad Nacional de San Marcos, Perú, ya que su familia, sobre todo su padre, se oponía a que escribiese. En la misma Universidad estudió Letras, materia en la que se doctoró años después por la Sorbona de París.
Al terminar Derecho fundó junto con otros compañeros, un despacho de abogados, aunque no tuvo ningua fortuna.
En 1964 obtuvo una beca de estudios que le permitió marchar a París.
Al acabarse la beca, realizó breves viajes a Londres, Bruselas, Amsterdam y varias ciudades alemanas, hasta que en el verano de 1965 se traslada a la ciudad italiana de Peruggia, donde escribió su primer libro de cuentos.
Posteriormente se instaló definitivamente en París. En esta ciudad entró en contacto con escritores como Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro, y se dedicó de forma más intensa a escribir.
Compaginó la actividad literaria con la docencia. En París fue profesor de las Universidades de Vincennes, Nanterre y La Sorbona, donde impartió clases de Literatura y Civilización Hispanoamericana, y más tarde, desde 1980, en la Universidad de Montpellier.
En 1968 publicó su primer libro de cuentos, "Huerto cerrado", por el que obtuvo el premio Casa de las Américas de la Habana. Le siguen la novela "Un mundo para Julius", (1970), traducida a nueve idiomas; los cuentos "La felicidad, ja ja", (1974), y "Todos los cuentos", (1979), "Tantas veces Pedro", (1977), titulado inicialmente por el autor "La pasión según San Pedro Balbuena que fue tantas veces Pedro, que nunca pudo negar a nadie".
En 1975 obtuvo una beca de la Fundación Guggenheim, con la que realizó un viaje a Estados Unidos, desde donde escribió una serie de crónicas sobre el "Deep South" para un periódico mexicano. Estas son recogidas en un libro, "A vuelo de buen cubero y otras crónicas", publicado en 1977.
En 1980 en España publicó "Cuentos Completos" (1964-1974). Otras obras suyas son "La vida exagerada de Martín Romaña", (1981), su tercera novela, que junto a "El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz", 1985 forma el díptico "Cuaderno de navegación en un sillón Voltaire", con el que alcanza mayor popularidad; y "Magdalena y otros cuentos", en 1986, que fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en 1987. Ese año publicó también "Crónicas personales", una serie de ensayos e impresiones periodísticas.
En 1987 se celebró en el Instituto de Cooperación Iberoamericana de Madrid una semana de autor dedicada a Bryce Echenique, donde se analizó exhaustivamente su obra como ya es habitual con los escritores que son invitados a esos encuentros literarios. Estas charlas aparecieron en el volumen de Cultura Hispánica en 1991.
En 1988 apareció su quinta novela "La ultima mudanza de Felipe Carrillo", relatos e historias de amor y humor. En 1990 publicó el volumen "Dos señoras conversan", compuesto por los relatos "Dos señoras conversan", "Un sapo en el desierto" y "Los grandes señores son así. Y también asá".
Además de los títulos mencionados ha publicado artículos en diversas revistas y diarios de España y América, sobre diversos asuntos. Ha escritos artículos de carácter político, por lo general dedicados a la situación de Perú, como "Los dias y las gentes", "Civilización y barbarie", "En nombre del pueblo peruano", "El golpe de Fujimori", "Perú. ¿Crisis o agonía de los partidos teradicionales?. También ha dedicado artículos a la situación internacional. Su último trabajo ha sido la recopilación de una serie de reflexiones, recuerdos y anécdotas, recogidos en un volumen titulado "Permiso para vivir" (Antimemorias), 1993.
En abril de 1995 aparece su nueva novela "no me esperen en abril", que presentó más tarde, el 17 de agosto, en Lima rodeado de amigos. En noviembre, se publicó una recopilación de sus relatos con el título "Cuentos Completos".
El 25 de mayo de 1996, participó en un congreso internacional celebrado en Valladolid "El Español y los Medios de Comunicación" y el 2 de abril de 1997 presentó su novela "Reo de nocturnidad".
En mayo de 1998, terminó de escribir una nueva novela titulada "Las amigdalitis de Tarzán" y un libro de relatos "Guía tríste de París", que presentó en España en 1999.
El 11 de julio de 1998, fue nombrado Profesor Emérito de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).
Alfredo bryce Echecnique ha recibido varios galardones, en 1972 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Perú por su novela "Un mundo para Julius". El 15 de diciembre de 1993 recibió en Madrid la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica, distinción que le concedió el Rey de España "por su dilatada y brillante trayectoria como creador y por su profunda identificación con los valores culturales que nos son comunes".
El 17 de febrero de 1995, recibió la distinción de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura de Francia.
El 3 de noviembre de 1998, fue galardonado con el Premio Nacional de Narrativa 1998, concedido por el Ministerio español de Educación y Cultura, con su novela "Reo de nocturnidad".
Después de veinte años en Francia, en 1985 trasladó su residencia a Madrid, España, pero el 17 de febrero de 1999 regresó, después de lo que él denominó un "exilio voluntario" de 34 años en Europa, a Perú, su país natal. En enero de 1968 se casó en París con Maggie Revilla y en 1989 volvió a contraer matrimonio en España con la asturiana Pilar de Vega.

Ese Bryce que andaba por ahí

Han pasado cinco años desde la última vez que le vi. Por aquellos días, él se despedía de Europa para irse a vivir a Lima para siempre. Volvía a su ciudad, me dijo, para buscar calzoncillos en Miraflores y bañarse en la playa horrible de Lima. '¿Y Europa?', le preguntó Paco Jones, un viejo amigo común. 'Me voy de Europa para poder estar finalmente en ella', respondió Bryce. No exagero si digo que tras la respuesta nos pusimos a llorar por vocablos, llorando de verdadera risa. Aquel día de la verdadera risa nos borramos como niños y nos convertimos todos en Julius. Aquel día de hace cinco años fue el último en que le vi. Nadie aquel día dijo que el Planeta es un premio lamentable y que más lo es todavía ver cómo cada año, cuando llega la fecha fatídica, los medios de comunicación confunden, cada vez con mayor alevosía, mercado con creación, eliminando lo literario. Y todo porque dan más dinero que en otros premios y la entrega del premio sale en las revistas del corazón y porque la gente cree que es lo mismo Isabel Allende que Onetti, el doctor Cabeza que Julien Gracq. Es la gran fiesta de los emisarios de la nada, la de los falsos escritores. Este año, en cualquier caso, ha sido una excepción porque ha ganado un autor que, a diferencia de muchas anteriores ediciones, está relacionado realmente con lo literario, y ya hay quien dice que habría incluso que agradecer que esto haya pasado. Es también la gran fiesta de los directores de departamento, de los líderes del mercado, de los equilibristas del marketing, de los licenciados en economía, de los enemigos de lo literario. Pero aquel día de hace cinco años, como es lógico, no tenía sentido hablar de todo esto, porque andábamos de despedida. Aunque, a decir verdad, algo de esto sí que hablamos, pues recuerdo que Bryce citó a aquel aventurero de Conrad que decía que, como vivíamos en un mundo homicida y desesperantemente mercantil, él creía que su mayor deber consistía en aprovechar al máximo las oportunidades que le brindaran.
Recuerdo que aquel día queríamos tanto a Bryce que fuimos tantas veces Pedro como fue necesario y acabamos siendo todos reos de su nocturnidad. No queríamos esperarle en un abril incierto, pero le pedimos que si volvía alguna vez a Barcelona lo hiciera en abril, nunca en septiembre. 'No me esperen en diciembre', dijo. Ha sido en octubre cuando ha vuelto, dicen que para quedarse a vivir aquí, para estar de nuevo en esta Barcelona, que vuelve a ser lugar de encuentro de una literatura latinoamericana de la que Bryce es uno sus escritores más sutiles y divertidos, pues maneja como pocos la ironía, la nostalgia, el humor, la ternura y una aguda visión de lo real. Ha vuelto en octubre y lo ha hecho con ese famoso manuscrito que llevaba ya varios años andando por ahí, siendo favorito de no se sabía cuántos premios en los que no había participado, hasta que por lo visto, no hace mucho, decidió darlo por terminado, ilustrando su decisión con un gesto duro, con aquel tipo de movimiento tan serio del que hablaba Capote cuando decía que acabar un libro es como sacar a un niño fuera y pegarle un tiro. Y el tiro, desde luego, se lo ha pegado.

Entrevista publicada a “El Mundo” el 10/09/2001 per Pilar Ortega

«A la hora de escribir, la realidad me estorba»

Ha estado demasiado viajero últimamente, tanto que a veces se olvida del lugar en el que ha guardado la última novela en la que está trabajando, El huerto de mi amada. Quienes esperan la publicación del nuevo libro de Alfredo Bryce Echenique van a tener que esperarse, porque, según asegura, se encuentra «como una gelatina olvidada».
Lo tiene tan apartado que cuando se pone a buscarlo no encuentra ni los papeles que ya lleva escritos. «Tengo que ponerme con él», se repite para que no se le olvide, «voy a intentar terminarlo para diciembre». Pero no lo dice muy seguro.
Ayer, el autor de Un mundo para Julius acudió a los martes literarios de la Universidad Menéndez Pelayo y ofreció una auténtica lección de literatura, recordando los comienzos de su carrera, hace ya más de 30 años, cuando publicó su primer libro, Huerto cerrado, un conjunto de cuentos que recibió el premio Casa de las Américas.
«Desde entonces, lo que pretendo mantener en mi escritura es aquella máxima que decía uno de mis personajes, prolongar la adolescencia hasta que me sorprenda la muerte», dice Echenique, que sigue conservando un tono juvenil, irreverente y travieso.
«Cada vez», confiesa el escritor, «me resulta más difícil escribir, en eso sí que noto cierta madurez, y las ganas las recupero con trabajo. Pero en el momento en el que pienso una novela se produce un momento mágico».
Bryce Echenique no pertenece al grupo de escritores realistas que necesitan documentarse. «A mí la realidad me estorba, yo nunca miro el plano ni trazo los itinerarios cuando sitúo a un personaje en una ciudad», señaló, poniendo como ejemplo la génesis de la novela Reo de nocturnidad, que se sitúa en Montpellier.
«Estuve viviendo durante varios años en esa ciudad, y tiempo después me puse a escribir el libro, cuando ya residía en Madrid.Conservaba un plano y decidí consultarlo, pero cuando lo vi me molestó terriblemente, así que lo rompí, lo boté, y quise olvidar por completo la realidad. Inmediatamente empecé a hablar sobre el profesor Gutiérrez, y el paisaje salió de él».
Sus amigos le dijeron entonces que había inventado la ciudad de Montpellier, pero «es válida de todas formas, porque todo era verdad, incluso ciertos lugares que deberían haber existido», dice el autor, para quien la literatura nace de estímulos así, de motivos irracionales, más que de búsquedas.
«Sí que hay un cierto estado de gracia, como decía Graham Greene, ese momento fabuloso en el que los personajes comienzan a hacer lo que les da la gana. Son momentos felices, pero al día siguiente uno se traba. Ese es el desafío de la escritura», sentencia, recordando otro momento mágico que dio lugar a otra de sus novelas.

Instante de emotividad
«Estaba leyendo las memorias de Pablo Neruda, y en ellas describe a García Lorca con una pincelada: "su figura era delgada, morena y traía la felicidad". Entonces me dije: Octavia de Cádiz, y decidí que quería hacer un personaje masculino con aquella descripción, y salió la novela El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz.Nació de ese instante de emotividad que me produjeron las memorias de Neruda».
Con esta explicación del desorden en la génesis de sus novelas, Bryce quiere mostrar el «desorden de la vida», porque no cree en las búsquedas racionales. Y utiliza como ejemplo a Alejo Carpentier, porque «uno siente cuando lee la primera línea que ya sabe cuál va a ser la última, y eso es una creación fría, sin imaginación».
Bryce confesó también que lleva más de dos meses sin leer el periódico, y ni siquiera quiere opinar sobre la situación en la que se ve inmersa su país. «Necesito continuidad, últimamente no paro», se lamenta. Y se ríe de los que dicen que desde el 11- S ha cambiado la forma de escribir. «Esas frases me encantan», dice irónicamente.
Todavía sigue siendo aquel escritor al que el éxito de Un mundo para Julius le dejó aturdido, tanto que necesitó durante mucho tiempo de una terapia psicológica. «Sigo siendo el mismo escritor al que le resultaba tan difícil serlo», afirma. Ahora intenta escaparse del éxito como puede, porque para él la felicidad es estar solo en una habitación de hotel escribiendo.
«Además, ¿qué es el éxito?», se pregunta. «Una vez estaba en un supermercado en Lima, cuando por los altavoces alguien dijo: "acá está don Alfredo García Vargas, autor de Julius y la ciudad de Macondo", toda una mezcolanza de nombres. Y de repente acudieron muchas personas a pedirme que les firmara un autógrafo».
Bryce reconoce que cada cierto tiempo los escritores necesitan acercarse a la realidad. «Partimos de ella para contar tal cantidad de mentiras literarias, en el buen sentido de la palabra, que a veces nos perdemos un poco y nos gusta trazar nuestro itinerario real, volver a los recuerdos más entrañables y saber quiénes hemos sido en ese torbellino de libros y de fábulas en el que nos hemos perdido».

Bryce: "La realidad me estorba"

Megafonía de un supermercado de Lima (Perú): "Acaba de entrar en nuestro supermercado Don Alfredo García Vargas, autor de Julius y la ciudad de Macondo. ¡Recibámosle con un fuerte aplauso!". Alfredo Bryce Echenique echa a temblar. El locutor acaba de hacer un batiburrillo con los nombres y libros de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y los suyos propios. "¿Eso es el éxito? Sí, eso es la estupidez de la fama", dijo ayer en Santander el autor limeño.
Bryce Echenique (1939) es de mirada perdida, triste. Parece distraído, pero de vez en cuando salta con una anécdota como ésta con la que vuelve a la sala donde ha citado a los periodistas para hablar de su literatura. "A mí la realidad me estorba para escribir", afirmó.
El escritor peruano reniega de esa fórmula utilizada por muchos escritores (como su paisano Vargas Llosa, al que no citó), que se nutre de los hechos históricos, y prefiere decantarse por la literatura que nace de motivos irracionales, intuitivos. "Si tengo que escribir sobre la ciudad en la que vive un personaje, no se me ocurre coger un plano y ser fiel". Un ejemplo es Reo de nocturnidad, donde se inventó su propio Montpellier. "Y me felicitaron por esa nueva ciudad, no se crean...".
El "momento de gracia" de un escritor se alcanza, explicó Bryce citando a Graham Greene, cuando los personajes empiezan a hablar y dicen cosas que el autor no había pensado. Pero pese a esos buenos momentos, el escritor limeño dijo que cada vez le cuesta más escribir. No le hace feliz. Aseguró que ni siquiera sabe dónde paran los folios de la novela El huerto de mi amada, que tenía previsto acabar hace ocho meses. "A ver si en septiembre me vuelvo a encerrar y la acabo. Es que he estado muy viajero, demasiado viajero, y yo necesito tranquilidad para trabajar", apuntó.

PONERSE AL DÍA
En estos meses ha escrito algunos capítulos de sus memorias, de las que ya ofreció un avance en Permiso para vivir. Para este libro de vivencias se guarda su opinión sobre la política peruana. "No es que no quiera hablar sobre Montesinos o sobre Fujimori --señaló--, simplemente hace dos meses que no cojo un periódico. Créanme. Me tendré que poner al día para poder incluir comentarios de actualidad en mis memorias".
La novela El huerto de mi amada, que el autor promete que se publicará el año próximo a más tardar, sonó como posible ganadora del último Premio Planeta, que finalmente se llevó Rosa Regàs. Bryce Echenique no se enfadó porque su nombre corriera en los círculos literarios. "En absoluto. Siempre me atribuyen premios, ojalá me atribuyeran la Loto alguna vez".

Article publicat a “El País” el 17/07/02 per Rafael Méndez

Bryce Echenique confiesa que cada vez le cuesta más escribir

Alfredo Bryce Echenique (Lima, Perú, 1939) habla despacio y casi murmurando. Lleva dos meses sin leer la prensa y sin televisión. Ayer charló con sus lectores en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), en Santander. 'Aunque cada vez me cuesta más escribir, el origen de las historias que escribo es mágico, la realidad más real me estorba', afirmó lacónico el novelista latinoamericano.
Lejos de la realidad, y de la imprenta, Bryce escribe su novela El huerto de mi amada. El año pasado, también en Santander, aseguró que estaría lista en meses. Ayer declaraba que 'está como una gelatina'. Espera retomarla en agosto y publicarla en enero. Por el momento escribe capítulos sueltos de la segunda parte de sus Antimemorias.
El huerto de mi amada sufrió un 'formidable avanzón' el año pasado: 'Conocí uno de esos instantes de felicidad, solo, en un hotel, escribiendo'. Asegura que llegó al momento de gracia 'que, como decía Graham Greene, se da cuando los personajes dicen cosas que tú no sabías que iban a decir'. Bryce quiere vivir instalado en la adolescencia, 'lejos del éxito, que siempre va acompañado de estupidez'. Como muestra, contó una de esas anécdotas de las que es mejor no preguntarse la autenticidad: 'Al poco de regresar a Perú tras 35 años en Europa, entré en un supermercado y anunciaron: 'Acaba de entrar Alfredo García Vargas, autor de La ciudad y Macondo. Todo el mundo vino a pedirme un autógrafo y tuve que salir corriendo'. Sobre su regreso a Perú quiere hacer otro libro.

LOS ASOMBROS DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

Desde su regreso a Perú, hace dos años, el escritor Alfredo Bryce Echenique cuenta los días como ''una sucesión de asombros y desconciertos''. Y admite que antes de exiliarse voluntariamente en Europa, ''hace ya 34 años'', veía a Latinoamérica ``con los ojos de la fe''.
''Ya no. Ahora todo parece estar permeado por el mal gusto y la vulgaridad'', señaló el autor durante un curso literario en el Colegio Hispano Continental de Salamanca. ``Ello se debe a que los peruanos, y por extensión, Latinoamérica, se han norteamericanizado. Nada malo, si no fuese porque se adoptan las peores costumbres y se toma por buena una estética de la vulgaridad''.
Bryce Echenique echa en falta una élite ejemplar, ''que antes miraba a Europa, a su cultura, a su pensamiento''. En cambio ``ahora nadie se preocupa por leer, por adoptar modelos mediante una reflexión crítica''.
Invitado por la Universidad de Rhode Island para dictar cursos y talleres literarios en España, el autor de Un mundo para Julius y Reo de nocturnidad dijo además que lo que se tomaba con sentido de humor, ahora se observa con tristeza.
``El caso de Perú es asombroso: está perdiendo una década tras otra en un proceso triste y lento en el que los países se vuelven violentos por la necesidad de sobrevivir''.

BRYCE ECHENIQUE: "LO ÚNICO QUE PUEDO HACER POR PERÚ ES ESCRIBIR"

miércoles, 16 de octubre del 2002 10:18 Hora de Perú

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, ganador del premio "Planeta" por su novela "El huerto de mi amada", aseguró hoy que siente una profunda desconfianza del poder y que lo único que puede hacer por su país es escribir.
El autor, que recibió anoche el citado galardón, dotado con 600.000 dólares, celebró hoy en Barcelona un encuentro con periodistas, en el que criticó la política cultural de su país y habló de la obra con la que consiguió el premio, el más importante económicamente del mundo tras el Nobel de Literatura.
Bryce Echenique dijo que "por mi país, sólo puedo escribir, que es además lo que esperan mis compatriotas, porque no soy una persona a la que le guste intervenir excesivamente", subrayó.
El escritor recordó que una de las labores que ha desarrollado desde que volvió a Perú en 1999, ha sido "viajar por las provincias y tener encuentros con los jóvenes", una iniciativa con la que, según dijo, intenta paliar la falta de política cultural del país.
"En Perú no hay política cultural, no hay ministerio de Cultura y el desprecio por la cultura fue parte muy calculada de la empresa de estupidización de la dictadura de Fujimori", subrayó.
La obra premiada, "El huerto de mi amada", narra la "historia inverosímil en aquel momento" de una relación entre un adolescente y una divorciada rica que le dobla la edad en la Lima de los años 50, 60 y 70.
Para el autor peruano, el libro "juega con lo verosímil, aunque hay bastante realismo en el retrato de la sociedad, que es muy fiel, y que acosa a esa pareja bajo el temor de un escándalo".
Tras el destino que persigue esa relación se encuentra lo que Bryce llama la idea del "fracaso", una obsesión de los escritores peruanos, desde Vargas Llosa a Julio Ramón Riveiro.
Esa idea de fracaso, entendida como la imposibilidad de llegar al destino final, planea también sobre su país, según explicó.
El ganador del Planeta rechaza que "El huerto de mi amada" sea una novela autobiográfica, porque "siempre se ha dicho eso de mis novelas y si hubiera vivido todos mis personajes estaría decrépito, y, en cambio, cuando escribí mis memorias, me dijeron que era una novela", bromeó.
Tras un período de "confusión" con frecuentes viajes a ciudades alemanas e italianas y la próxima gira de promoción del Planeta, que le ocupará tres semanas, Bryce Echenique piensa en retomar lo que denominó sus "antimemorias".
"Si en el primer volumen, los recuerdos se amontonan por orden del azar conforme me vienen, sin un nexo lógico, en el volumen segundo, que ya está muy avanzado, en el capítulo 'Domesticando el sueño' recojo mi educación sentimental", precisó.
Bryce manifestó su intención de incluir en sus "antimemorias" "lo que ha sido mi segundo retorno a Perú, una experiencia maravillosa y tierna, y al mismo tiempo horrorosa, por lo que necesito tranquilidad para poder narrar desde la objetividad y no desde la amargura". EFE

Alfredo Bryce-Echenique, romántico empedernido

"Jamás una lágrima rodará por un correo electrónico, jamás la humedad de un llanto quedará registrada en la tinta corrida de una palabra" sentenció el narrador Alfredo Bryce Echeñique anoche a La Tercera Internet, refiriéndose a lo yermo y poco cálido que resulta una correpondencia digital. Apologético de la epístola, género en el que está escrita su última novela de amor La Amigdalitis de Tarzán, el escritor habló de sus dos últimas publicaciones a sala llena en la Feria del Libro con Carlos Franz y Arturo Fontaine.
Dueño de una palabra fabuladora por excelencia conversó, recordó e inventó sin pudor. "Soy un gran conversador", aseguró, después de haber mezclado vida, obra, realidad y ficción y de haber presentado sus últimos títulos.
La Amigdalitis de Tarzán son desencuentros "al son de melodías de Frank Sinatra", desarraigos y complicidades, "personajes sentimentales que valoran sus afectos" en un intercambio epistolar entre dos amantes, amigos y posteriormente socios. Una historia que ha llamado la atención, al poner como protagonista a una mujer y donde sus personajes masculinos son dubitativos y titubenates, como Juan Manuel. Es un amor imposible entre un peruano afincado en París y una salvadoreña que se casa con un chileno, es la crónica de la fuerza que esa mujer debe demostrarle a la vida, el resfrío o la amigdalitis esa misma fuerza.
En tanto, la serie de cuentos Guía Triste de París es una detallada bitácora de ruta de lo que hay que evitar en la capital gala, la atracción secular que las ciudades europeas ejercen sobre los latinoamericanos se describe en cada cuento de este compendio.
El afamado escritor peruano que está de regreso del viejo continente "para siempre", dijo que América Latina y su propia Lima le ha resultado "ancha y ajena", pero anhelante.
Senaló que sus novelas no tienen nada de autobiográfico "si viviera todo lo que mis personajes han vivido estaría convertido en un viejo decrépito". Habló de su narrativa y aseguró la habitaba el humor, la fatalidad, la duda y la relatividad. Exaltó el bolero como "una novela de amor que dura 3 minutos", y recordó a su familia, sus encuentros infantiles con tíos y tías, habló de su Lima de la niñez, y de su epicentro inspirador, París.

Bryce Echenique vuelve a España para terminar su próxima novela. El escritor imparte un curso sobre la historia personal de sus libros
JUAN J. GÓMEZ | Santander

Por mucho que insista Alfredo Bryce Echenique en que cada vez le cuesta más impregnar de oralidad su literatura, basta escuchar una de sus clases para no creerle. Tiene que haber un vínculo entre la oralidad de su literatura y la literatura de su verbosidad. De ésta presumió los tres últimos días, durante más de 15 horas de clase dictadas de memoria para el curso La historia personal de mis libros, en la Universidad Menéndez Pelayo (UIMP), en Santander. El escritor afirmó que se quedará hasta fin de año en España para terminar su nueva novela.
Escuchar a Bryce (Lima, 1939) en clase es como enchufarse a una máquina de improvisar aforismos: 'La realidad me estorba para escribir'; 'las mejores historias siempre suceden a quien sabe contarlas'; 'la literatura es convertir la desilusión en vida'; 'el disparate ha caracterizado toda mi obra literaria'. Más de un alumno agotó el bolígrafo que regala la universidad. Todos rieron con ganas y cayeron en el deseo difícil de hacerse amigos del escritor.
Vino Bryce a hablar de sus libros, uno a uno, pero también de su vida y de lo que le diera tiempo. Explicó cómo nació su vocación de escritor, por 'esa necesidad de ver en la realidad aquel pespunte que a la mayoría de la gente no le interesa y en el cual se fija toda la mirada del narrador'. Reconoció el desplome que le supuso el éxito literario: 'Prefería ser un amateur y un diletante'. Desgranó las claves de su obra: 'Sentimiento, emoción, casi abdicación del uso de la cabeza. Escribo a fuerza de emociones'. Y desarrolló su concepto de la escritura: 'Como un strip-tease, pero al revés, los escritores al escribir nos desnudamos, pero en vez de quitarnos ropa nos arropamos cada vez más'.
Tuvo tiempo de participar en los Martes Literarios, un ciclo de encuentros entre autores y público que organiza la UIMP. Llenó un auditorio de 400 personas para explicar el protagonismo unificador de la mujer en sus libros. 'Mi literatura está llena de nostalgia por la mujer', dijo. 'Su preponderancia es tan grande que al final los personajes hombres de mis novelas se han convertido en mujeres, para estar a la altura', añadió. 'Tal vez la mujer ha encontrado en mi literatura el papel que se le ha negado en la literatura hispanoamericana como persona, siempre rebajada a roles canónicos de esclava del amor, ama de casa y objeto pasivo', sentenció.
El escritor peruano, premio Nacional de Narrativa en 1998 por Reo de nocturnidad, se quedará hasta final de año en España. 'La realidad de Lima es demasiado dura para escribir'. En España aspira a concluir su primer libro tras dos años de descanso (en 1998 publicó La amigdalitis de Tarzán y en 1999 Guía triste de París). Escribe una novela, El huerto de mi amada, en la que retoma el escenario limeño de los años cincuenta y sesenta, tan frecuente en sus libros, para contar la vida de Carlitos Alegre, un excéntrico personaje zarandeado por el amor prohibido y la falsa amistad. También escribe, 'de tarde en tarde', fragmentos para el segundo volumen de Permiso para vivir, sus peculiares Antimemorias, del que lleva redactadas 300 páginas y un largo capítulo.
Inevitablemente, Bryce comentó la situación política de su país, al que regresó hace dos años y medio tras 34 de residencia en Europa, 15 de ellos en España. Su diagnóstico es que ha habido 'una falta lamentable de imaginación política'. Cree que antes de convocar elecciones hubiera sido necesario mantener unos años el Gobierno de transición de Paniagua, hasta recomponer la democracia destruida por el régimen 'corrupto, siniestro y sádico' de Fujimori, 'que ha llevado al país a ser el más pobre de América Latina'.

Bryce Echenique, Orhan Pamuk y Hein ganan el Premio Grinzane Cavour
EL PAÍS | Madrid

Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1934), Orhan Pamuk (Estambul, 1952) y Christoph Hein (Heinzendorf, 1944) han obtenido el Premio Grinzane Cavour 2002 de narrativa extranjera, que se otorga en Italia a aquellas obras que destacan por su capacidad de comunicarse con las jóvenes generaciones. El fallo del jurado tuvo lugar el 19 de enero en Turín. Cada uno de los autores recibirá 4.500 euros. Las obras premiadas han sido La amigdalitis de Tarzán (publicada en España por Alfaguara), de Bryce Echenique; Il mio nome è rosso, de Pamuk, y Willenbrock, de Hein. Ninguno de estos dos últimos títulos se ha traducido aún al español, pero de Pamuk han aparecido hace poco El libro negro (Alfaguara) y La casa del silencio (Metáfora). De Hein, hace años se tradujo El final de Horn (Alfaguara). Entre los españoles, han ganado este premio Javier Marías, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza y Alfredo Conde.
Los textos de los ganadores serán valorados de nuevo por un juzgado escolar, compuesto por estudiantes de 22 liceos (de Italia y otros países) y por alumnos de italiano de las universidades de Moscú, Salamanca, Estocolmo, Connecticut, Tokio y Fiume (Croacia). Este jurado designará, entre los ganadores de narrativa italiana y los de extranjera, a los triunfadores definitivos, que obtendrán otros 1.500 euros adicionales. Será el 15 de junio de este año.

Premio para Bryce Echenique

El escritor peruano Alfredo Bryce Echenique ha obtenido el prestigioso Premio Ginzane Cavour, que se concede anualmente en Turín (Italia), por su novela La amigdalitis de Tarzán, publicada en España por Alfaguara. También han resultado premiados el alemán Christoph Hein, el turco Orhan Pamuk y el francés Daniel Pennac.

Ribeyro y Bryce

DE REPENTE comienza a llover y uno mira por la ventana, y entonces, sin darse uno cuenta, ya se acordó de alguien, y a mí los días de lluvia, los días tristones, me hacen recordar la imagen delgada y tímida de Julio Ramón Ribeyro. Ésos eran sus días. Le gustaba ponerse un 'terno' -así llaman en Perú al vestido con chaleco- y una gabardina, e ir a sentarse en la terraza de cualquier bar parisino, con predilección por La Rotonde o La Coupole, en el barrio de Montparnasse. Allí Ribeyro pedía una botella de vino, casi siempre un Saint Emilion, y la iba tomando lentamente, mirando a la gente y mirando la lluvia.
Cuando estaba en París, Ribeyro pasaba la mitad de su vida sentado en estas terrazas. Sus personajes, gentes sencillas, eran como cualquiera de las personas que él veía desde su mesa atravesando la calle, corriendo con una carpeta sobre la cabeza para no mojarse el pelo. Eran los hombres y mujeres simples, de todos los días, esos que nutren con su existencia las estadísticas, que se levantan temprano para ir al trabajo en cualquier oficina pública, ríen y lloran, tienen hijos, aplauden cuando aterriza el avión, y de vez en cuando necesitan alivio.
El recuerdo de Ribeyro está unido al de otro entrañable peruano, Alfredo Bryce Echenique, uno de sus discípulos y más queridos amigos. Ver ahora a Bryce, de algún modo, es como ver a Ribeyro, pues ambos reivindicaron en sus libros una literatura de hombres flacos y tímidos, de seres frágiles, casi siempre perdedores, guiados a través de la vida por nobles sentimientos como la amistad, el amor o la ternura. Alfredo Bryce lo dijo en una ocasión: 'La ternura es el aporte del Perú a la cultura universal'. Y ternura, claro, era lo que había en los ojos de Ribeyro cada vez que lo escuché hablar de su amigo Alfredo, cada vez que evocaba las anécdotas, los vinos y whiskys solidarios, los abrazos urgentes que tantas veces se dieron.
Julio Ramón hablaba de su amigo, a