Erase una vez París
Por Alfredo Bryce Echenique

A tres "largos lustros" de haber abandonado París, Alfredo Bryce Echenique escarba
en su "nostálgica memoria" y rememora aquella primera noche de otoño de su llegada a la "Ciudad Luz", en la que, muchacho aún, caminara bajo la "asquerosa lluvia nocturna" por el "corazón del entonces mítico Barrio Latino". En ese barrio habría de vivir siempre y, "estudiando para bohemio" -como le dijesen con burla sus antiguos compañeros- descubre la belleza de esa capital que "mil autores" plasmaran en sus páginas
Tres largos lustros han pasado desde que abandoné París, pero yo aún me veo -sí, me sucede a cada rato- caminando por primera vez por el Barrio Latino, sin saber muy bien por dónde ando, ni mucho menos por qué diablos me siento tan extraño, y como ligera y ocultamente decepcionado. Horas antes he desembarcado en Dunkerque, con mi buen amigo François Mujica, y desde aquella ciudad portuaria nos ha traído en su automóvil Pepe Bentín, un primo de François que lleva ya un tiempo en París.
En realidad, fue Pepe Bentín quien nos dijo a François y a mí que estábamos ya en el corazón del entonces mítico Barrio Latino y, aunque nunca he sabido el efecto que le hicieron estas palabras a mi compañero de viaje, por aquello del milenario refrán oriental ("Cuando dos personas caminan por el mismo jardín, cada una ve su propio jardín"), mi propio Barrio Latino aquella primera noche era también la primera de las mil y una noches de asquerosa lluvia otoñal que me tocaría ver en la vida, viniendo como venía yo de mi Lima natal, una ciudad sin lluvia ni sol verdaderos, jamás de los jamases, eternamente cubierta por el velo de la angustia, para citar de memoria a Herman Melville, en su novela sobre el demente capitán Ahab y su diabólica ballena blanca, gigantesca y hermosa como lo fue el mal para Baudelaire, poeta maldito del spleen de París, y ciudad sin cielo y hasta sin ciudad, según afirmara uno de sus más limeños y renombrados escritores.
Pero, por más asquerosamente lluviosa que sea una noche otoñal en aquel Barrio Latino, o en cualquiera de los otros barrios o distritos que conforman, que son París -veinte en total-, y por más que uno alce la cara e intente buscar un cielo impresionista, y fracase, un cielo al menos cubista, y fracase nuevamente, un cielo siquiera abstracto, y fracase por completo y por tercera y definitiva vez, y en cambio sólo logre empaparse aún más el desanimado rostro de caminante nocturno y recién llegado, de París jamás se podrá decir -como de Lima, o de cualquier otra ciudad del mundo que posee un clima con tan poca personalidad y sentido común- de París jamás se podrá decir, repito, que bajo ese maldito, invisible y empapado cielo, no existe una muy inquietante ciudad que, además, un lugar común universal ha dado en llamar Ciudad Luz, nada menos, y no precisamente porque ella diera luz, con parisina cigüeña y todo, a los hermanos Lumière, craso error, ya que los inventores del cinematógrafo fueron ambos naturales de la fría y oscura ciudad de Besançon, a pesar de su cálido y luminoso apellido.
Bien. Muy bien. Pero, por las cosas que vengo diciendo, habrá deducido ya el lector que los muchos y muy provechosos años que viví en París no transcurrieron todos, como en un anticuento de hadas, o como en la más atroz pesadilla, durante una primera, eterna y asquerosa noche de lluvia otoñal en el Barrio Latino. En este barrio habría de vivir siempre, eso sí, y estudiando para bohemio, como solían afirmar, burlona e incrédulamente, de mí, en aquella Lima que año tras año se alejaba más, y también menos -que de esta contradictoria materia está compuesta la nostalgia-, mis cada vez más antiguos, y geográfica y epistolarmente más distantes compañeros de colegio. Ellos conformaban mi pasado, ya, y según eso debía olvidarlos, pero según eso cada día era mayor el espacio que mi nostálgica memoria les iba reservando.
Y mayor era también ese creciente espacio a medida que el estudiante de bohemio iba cumpliendo, sin darse cuenta siquiera, pero con ejemplar seriedad, con los hemingwayanos requisitos de ser joven y pobre en París y de trabajar muy disciplinadamente mientras se enamoraba loca y noctámbulamente de y en París by night, con vino tinto en el Harry's Bar, y, más entrada la noche, con otra copa de vino en La Coupole, y, aún más entrada y maravillosa la noche, con una última copa de vida en el Rosebud. Y luego, cual dichoso tributario del alba, con paseo de besos y tiritar de frío y de amor por los muelles y puentes de un Sena exacto a sí mismo en el mejor póster gigante a todo color noche de ronda. Y ya de amanecida, con arribo a la Place de la Contrescarpe y desayuno con diamantes y croissants como lunas menguantes, en La Chope, y, s'il vous plait, monsieur, otro grand café-crème, que tengo que decirle hasta esta noche, mon amour, a esta jeune fille, antes de salir disparado rumbo a la ducha pública, fría, muy fría y copiosa y prolongada, que ya mañana dormiré, porque lo que es hoy…
Hoy me toca seguir trabajando, tecleando en mi Hermes portátil, con horario de verano e invierno juntos, pero no revueltos, en uno de esos rincones junto al cielo lluvioso pero ya no asqueroso del otoño, y también junto al cielo azul príncipe de París en primavera, en uno de esos altísimos y enanos rincones llamados buhardilla, con poesía, o chambre de bonne, con prosa, vale decir, en uno de esos cuartuchos de techo con gotera directamente en la punta de la nariz, sin calefacción.
El tiempo iba pasando y pasando hasta que pasó ya del todo y el muchacho que caminó por la asquerosa lluvia nocturna de su primera noche de otoño en la Ciudad Luz iluminada con una estúpida mezcolanza de faroles de película Hollywood con Fred Astaire y Gene Kelly y una verdadera superabundancia de neón y los primeros Mac Donald, el muchacho aquel es ya un cuarentón que deambula sin norte fijo entre los primeros Kentucky Fried Chicken, o lo que sea, ya. Aún sabe sonreír, eso sí, y lo hace sólo con el corazón cuando recuerda haber vivido literalmente a Ives Montand cantando Les feuilles mortes y París canaille.
También a veces muequea una sonrisa con sorna, el cuarentón muchacho aquel, cuando recuerda haberle preguntado a un profesor de La Sorbona, durante un curso de poesía francesa contemporánea, en pleno 1966, qué lugar ocupa, qué significa Georges Brassens en la poesía francesa de una actualidad en la que se sigue hablando de Verlaine como si aún se le pudiese encontrar sentadito en un bistró del bulevar Saint Michel. ¿No hay nada, después de Verlaine, profesor?
Acto seguido, y por toda respuesta, le espeta aquel sabio pedagogo que qué tiene él en la cabeza, ¿un queso camembert?, y que dónde cree que está, ¿en un barrio árabe o algo así? "¿Brassens en La Sorbona? ¿Brassens en el templo? ¡Habráse visto cosa igual!" Ya en la calle, sus condiscípulos le dan toda la razón: el profesor ese es un imbécil. Y en el aire está escrito que pronto tendrá que haber un mayo del 68…
Y el cuarentón aquel, que es aún un muchachote cuando sonríe, concluye, mientras cierra el equipaje de su partida, hace ya tres largos lustros. Concluye que París es más sabia por vieja que por diabla. Que aquella asquerosa lluvia de su desconcertante llegada fue embelleciendo a medida que mil autores, a menudo extranjeros, le hablaban con amor y de amor en sus hermosas páginas sobre París. Aunque Camus, que él amaba y ama aún, con el más profundo respeto, era un argelino al que no le convencía mayormente París, pero que engrandeció a Francia entera. Que Picasso aún reinaba cuando él llegó a París, y que él mismo se había acostumbrado a llamarlo Picassó, con acento en la o, como si fuera francés. Que, después, Carlos Saura, el cineasta español que él había descubierto en sus primeros viajes a Madrid y Barcelona, de pronto renacía en París con la aureola de llamarse Sorá, y que en los años setenta París supo nacionalizar e internacionalizar -enorme mérito de esta diabla vieja y bruja- ese gran cine italiano de los maravillosos Gassman, Tognazi, Sordi, Mastroianni, Vitti, Risi, Scola, Comencini, y pare usted de contar. Y sonríe el cuarentón muchachote cuando hoy, ya cincuentonzote, se imagina que el españolísimo y universal Almodóvar debe llamarse en la Ciudad Luz Almodovár… Qué Dios bendiga a París… Y a Georges Brassens, que hace rato descansa en grandiosa paz en el cementerio casi marino de su séte natal.
Y que Dios bendiga a todos y cada uno de los parques, bulevares y cementerios de París, a esas galerías de tiempo detenido que Julio Cortázar describió como nadie, y a la placita Furstemberg, que tantas veces el muchacho y el muchachón escogieron para sus citas de lujo. Y al café La Chope, en su siempre añorada y hoy irreconocible Place de la Contrescarpe, la de sus desayunos con diamantes, antes de meterse a la ducha pública de sus años mozos y de subir a sus altos techos de estudiantes de bohemia con mucho frío y un poquito de hambre, de tarde en tarde… Hoy la cuarentona jeune fille desayuna diamantes con rubíes. Pero aún lo recuerda y le escribe. Y le obsequia siempre las cosas más baratas que encuentra. No vaya a ser que lo ofenda. No lo vaya a despertar mientras sueña despierto que aún se sabe de paporreta las palabras aquellas del maestro Hem, que todo muchacho que se respeta -y él se respetó en París- debe llevar grabadas siempre en el corazón: "Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue…".
En fin, digamos que érase una vez París…Y que cuando aquellas mil y una noches suyas de muchacho y de muchachón y de asquerosa y adorable lluvia otoñal…

LA PROPIEDAD QUE NO SE VE
Por Alfredo Bryce Echenique

Una década ha bastado para que el Perú se convierta en el paraíso de la piratería editorial. El país tiene, además, el triste privilegio de exportar libros piratas a varios países vecinos, como Argentina, Chile, Bolivia y Ecuador. Con el sello de prestigiosas editoriales peruanas han cruzado las fronteras desde obras de Juan Pablo II hasta novelas de Gabriel García Márquez que jamás fueron contratadas por esas editoriales. Y cuando la editorial Alfaguara, de España, puso a la venta en Lima La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, con la firma ológrafa del autor y a precios de ganga, los piratas se dieron maña para sacar su propia edición en tiempo récord, más barata y sin omitir siquiera la firma ológrafa. En más de una oportunidad, mientras espero la luz verde ante un semáforo, un vendedor ambulante de libros piratas se me acerca y me pregunta, alegre y amistosamente, ¿para cuándo su próximo libro, señor Bryce?
Jueces, fiscales y autoridades de INDECOPI (Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Propiedad Intelectual, entidad creada en 1993 para velar por el respeto de los derechos de autor), asumen, sincera o falsamente abrumados, que más de mil trescientos procesos por delitos contra el derecho de autor no han producido una sola detención. Por su parte, los periodistas Meche García Belaunde y Marco Méndez Campos escribían en el diario El Comercio, decano de la prensa peruana, que "Si todas las personas dedicadas a la venta ilegal acuerdo con diversos cálculos más de cuarenta mil personas en todo el país están involucradas en esta ilícita actividad". En verano, los vendedores ambulantes de libros piratas invaden las playas del litoral peruano, de norte a sur del país; en invierno, pasean como Pedro por su casa por los campus de las más prestigiosas universidades, donde abundan también los puestos de reprografía ilegal; y a lo largo de todo el año abordan a los conductores detenidos en los semáforos o exhiben su ilícita mercancía en calles y plazas de todo el país, sin excluir tampoco las puertas de las más importantes librerías.
Un importante distribuidor de libros asegura que por cada libro legalmente vendido en el Perú se venden seis más en edición pirata. Y el director de la editorial PEISA me cuenta que la suya es prácticamente la única editorial peruana que sigue con las puertas permanentemente abiertas, añadiendo enseguida, con dura ironía, que aquello puede ser muy bueno pero también tremendamente grave. Tan grave como el hecho de que en un país de veinticinco millones de habitantes sólo queden cuarenta librerías y que de éstas el 40 por ciento se encuentre en sólo dos distritos limeños.
A diferencia de las cada vez más florecientes ferias de libros de Buenos Aires, Guadalajara, Bogotá, Santiago o Miami, la última Feria Internacional del Libro, de Lima, fue un evento tan triste y pobre como poco concurrido, en una ciudad donde los cálculos más optimistas indican que cada año por lo menos son pirateados unos tres mil títulos, que van desde textos escolares hasta libros de especialidades médicas, pasando por diccionarios, obras literarias, manuales de computación y textos universitarios de diversas facultades.
Los editores piratas aprovechan el prestigio del autor, de la editorial cuyo sello reproducen y de los gastos de publicidad que realiza el editor formal. Aprovechan también de los aranceles a la importación y de los impuestos a la impresión y comercialización de libros impuesta por el Estado desde 1990, y han pasado a convertirse, desde 1998, en el sector con mayor volumen de ventas, en desmedro del sector formal. La editorial Alfaguara dejó de facturar alrededor de un millón de dólares en 1999 por obras de autores como José Saramago y Ángeles Mastreta. "Sólo nuestra distribuidora tiene treinta títulos pirateados y calculamos que dos mil ejemplares por cada título", asegura la representante en el Perú del grupo español Santillana.
Los representantes del Estado se defienden con cuentos de hadas de las acusaciones de la Comisión de Lucha Contra la Pirateria de Libros, de la Cámara Peruana del Libro. Se remontan al presidente Ramón Castilla, hace ciento cincuenta años -durante cuyo primer gobierno se promulgó la primera ley de Derechos de Autor-, para perder el tiempo (o para ganar tiempo) y nada más. Porque nadie ha conocido jamás esas leyes, y menos aún la policía y la población en general, en un país que, cada día más, es un país con muchas leyes pero sin ley, y donde la gente se refiere a la propiedad intelectual como "aquella que no se ve". Como tampoco se ve un título nuevo hace mucho tiempo en la Biblioteca Nacional del Perú, que no cuenta en su bibliográfica. Esto significa que la red de Bibliotecas Públicas del Perú carece de los libros aparecidos en las últimas dos o tres décadas.
"Paradójicamente -escribe Germán Coronado, presidente de la Comisión de Lucha Contra la Piratería de Libros, comentando la ley sobre el derecho de autor promulgada bajo la dirección de INDECOPI, en 1996-, ésta es divulgada por ese organismo como una de las leyes más drásticas a nivel latinoamericano en la represión de la piratería. Los tecnócratas que la redactaron se llaman a sí mismo "autoralistas", es decir, defensores a ultranza del autor, a quien consideran víctima permanente del "acecho" de los editores. Movidos por esa maniquea idea, han creado un engendro que protege, sólo en el papel, el derecho patrimonial del autor, "durante toda la vida de éste y setenta años después de su muerte".
Y así, con una dilapidadora generosidad con lo inexistente, los funcionarios de cuello y corbata se pasean por el mundo en viajes de cinco estrellas y erario público, de congreso en congreso y reunión de estudios en reunión de intercambios, hablando de las bondades de esta ley modernísima, mientras los editores peruanos quiebran, las librerías desaparecen, el mundo cada día les es más ancho y ajeno a los autores, y los piratas reinan en el Perú.
Pero los piratas no son aquellos famélicos niños, adolescentes, adultos y hasta ancianos que se recursean vendiendo libros a los que muy bien pueden faltarles páginas o capítulos enteros, como también a ellos les faltan calorías y vitaminas y proteínas y calcio y un Estado que poderosos, mafiosos, atrapados, procesados y... y... y aquí no ha pasado nada. Son unos peces tan gordos, tan pero tan gordos, que su peso abruma y aplasta a las autoridades competentes, señores de vista tan pero tan gorda, a su vez, que son incapaces de distinguir y capturar hasta al gordo más gordo de todos los cuadros de gordas y gordos de Botero. ¿Cómo la ven?
Alfredo Bryce Echenique

UNA BUENA SALUD ESCANDALOSA
Por Alfredo Bryce Echenique

En unas épocas en que la esperanza media de vida era mucho más corta que la actual, algunos personajes célebres por sus excesos —entre otras cosas— alcanzaron edades valetudinarias. Empezaré refiriéndome a unos célebres gastrónomos, aunque no pretendo afirmar de una manera taxativa que el uso refinado y constante de manjares y vinos alargue la vida; debo admitir, eso sí, que en muchos casos no la acorta. Si argumentara a favor de los grandes gastrónomos longevos, se me podría decir, y quizá no faltaría razón, que precisamente han sido grandes gastrónomos por tener una salud a prueba de balas, y llegaríamos a unas discusiones sin sentido.
A pesar de la sabiduría popular del refranero que dice: “De hartazgos y cenas están las sepulturas llenas”, los más sonados gastrónomos han muerto ancianos. Refiriéndonos por ejemplo a Francia, el simpatiquísimo escritor Fontenelle, glotón y galante como pocos, muere días antes de cumplir un siglo. El duque de Richelieu, en el siglo XVIII, fallece a los 92 años, comiendo, bebiendo y engullendo afrodisiacos en cantidades industriales. Luis XVI, el tragón más grande de su siglo, es el rey que más ha gobernado y fallece a los 77 años, en una época en que el promedio de edad del hombre apenas sobrepasaba los treinta.
Incidentalmente, Luis XVI, hombre poco perspicaz, anotó en su diario, el día de la toma de la Bastilla: “Nada”. Todo lo contrario del cardenal Roncalli, que anotó en el suyo: “Hoy me han hecho Papa”.
Volviendo a los longevos glotones, Luis XVIII falleció a los 79 y fue un gran comelón. Grimod de la Reynière, el gran gastrónomo, murió a los 80, y Talleyrand, otro gran comelón, a los 84. Y hablando de nuestra época, el editor y poeta Carlos Barral solía evocar al doctor Edouard de Pomiane, en la Barcelona de los años sesenta y setenta: “Tenía un apetito que alegraba el corazón del mortal y, autorizado por la edad, besaba larga y lánguidamente las manos de las damas y llegaba incluso a caricias algo más osadas con su rostro inocente, sus blancos bigotes de la estrepitosa caballería polaca y su blanca cabellera”. El doctor Pomiane murió al borde de los 90 años, y Julio Camba, quizás el primer escritor gastronómico español del siglo XX, llegó hasta los ochenta.
Y cómo no citar a Pierrete Brillat-Savarin, glotona famosa por la última frase que pronunció en su vida, que vino a enriquecer la figura de su hermano Jean Anthelme —el gran dulcero de Francia, autor de la célebre Fisiología del gusto, pieza clave para comprender la moderna cocina francesa del siglo—. Se cuenta que, cuando estaba a punto de cumplir los cien años, un medio día Pierrete se sentó a la mesa sola y comió con gran apetito todo lo que le fue sirviendo su camarera. Y a los postres, sintiendo un desfallecimiento cardiaco precursor de la muerte, pronunció estas palabras inmortales, llamando a voz en cuello a su camarera: “¡Rápido, rápido, Juliette, que se me viene la muerte! ¡Traedme el postre!”. Corrió Juliette con el postre, como su señora le mandaba, y apenas lo puso en la mesa la dama lo contempló con notoria satisfacción y entregó su alma dulcemente. La frase quedó grabada con fuerza en la memoria histórica.
Otra de las frases que hace cumplido honor al tema que hoy me ocupa, es “La feliz longevidad de Ingres”. En efecto, la dilatada vida de Jean-August-Dominique Ingres hizo que lógicamente se le comparara al Tiziano. Porque fue la suya una vida larga y fecunda y, en la ancianidad, consagrado como el pintor más ilustre de Francia, tenía la misma facilidad, la misma claridad y la misma frescura pintando que en sus años juveniles. Vivió cerca de 90 años y los románticos, a quienes tanto aborreció, se sintieron fascinados a pesar suyo y, entre todos ellos, por paradoja, el más romántico, Theophile Gautier, que escribió a su muerte: “Aunque su vida se haya prolongado más allá de los límites ordinarios, parece que ha muerto joven, tan verde era su juventud, comparable a la del Tiziano. No ha conocido la decadencia moral ni la fragilidad física”. Efectivamente, Ingres murió como un gigante poderoso e infalible, igual que como había vivido.
Las tres cocottes de París fueron Emiliènne d’Alençon, Liane de Pougy y la española “La Bella Otero”. Pero también hay que recordar a la famosísima Cleo de Merode, y a otra figura muy representativa que emuló las mieles del escándalo de todas, la escritora Colette. Debo señalar que de estas cinco damas, sólo una no alcanzó una longevidad considerable. En fin, que, por lo visto, las pasiones del amor desordenado, sobre todo las del amor venal —al igual que los excesos gastronómicos—, tampoco perjudican o perjudican poco la salud. Porque incluso otra “bella”, que correspondía en el contexto español más o menos a estas figuras, Consuelo Postela, “La Bella Chelito”, vivió ochenta años.
En el gremio de los escritores, creo que vale la pena detenerse en un personaje de indiscutible universalidad, que une a su longevidad considerable el haber gozado a lo largo de toda su vida de una poco frecuente buena salud. De Víctor Hugo se solía decir que gozaba de “Una buena salud escandalosa”, y él mismo se jactaba de ello. Pero no todas las opiniones sobre el autor de Los miserables eran tan rotundas. Cuando a André Gide le preguntaron cuál era, a su juicio, el mayor poeta de Francia, contestó con sus labios delgados y desdeñosos: “Víctor Hugo, desgraciadamente”. Henry de Montherlant también metió la nariz en el asunto: “Víctor Hugo sí es el mejor poeta de Francia, pero si toda la poesía francesa fuera sólo Víctor Hugo...”. El poeta se defendió diciendo: “En los ojos del joven arde la llama; en los ojos del viejo brilla la luz”, pero por ahí apareció Jean Cocteau con su célebre frase: “Víctor Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo”.
Con estas tres paradojas, tres escritores tan absolutamente antagónicos como Gide, Cocteau y Montherlant querían formular la idea de que Francia, que es el país de la mesura, o por lo menos lo pretende ser, tiene que soportar como su más grande y popular figura literaria a un hombre que fue pura desmesura. Un hombre al que, con el desgraciadamente de Gide, hay que admirar sin remedio.
Fue Hugo un hombre que escribió la obra más extensa y variada que pueda imaginarse, que vivió una vida pública y azarosa, una vida amorosa complicada, llena de lances entre dramáticos y grotescos, y que sólo acabó con su muerte a los 83 años. A esta edad falleció de una inevitable pulmonía contra la que luchó durante ocho días. Fue la única enfermedad importante que se le conoció.
Qué diferencia con Marcel Proust, sin duda el más estudiado entre todos los autores franceses, dentro y fuera de Francia. Proust fue todo delicadeza y fragilidad. Era el escritor enfermizo por excelencia y en su Búsqueda del tiempo perdido inmortaliza la cama y el acostarse temprano desde la primera línea: “Durante largo tiempo me acosté temprano”, un comienzo genial para una novela sin par. Aunque tampoco a Proust le faltó un compatriota que lo satirizara, y nada menos que George Perec, otro grande, fallecido también demasiado pronto: “Durante largo tiempo, me acosté por escrito”. Esto lo leí por ahí, y también estas tristes palabras de otro poco saludable y longevo inmortal, el gran italiano Giacomo Leopardi: “Soy tímido con las mujeres, luego Dios no existe”.

UNA LABOR ENTRAÑABLE
"La solidaridad verdadera se ejerce en el silencio..."

Por Alfredo Bryce Echenique

He aprendido con el tiempo que los seres más generosos son aquellos que se sienten endeudados con una vida que les ha dado tanto.
La doctora María Teresa Iradier- mi amiga Maite, dicho sea de paso, con dicha- nació en tierra venezolana, hija de ese inmenso y duro exilio espanol que tanta riqueza y ensenanza dejó en los países de Iberoamérica que supieron acogerlos con la mente , los brazos y el corazón abiertos. En tierra venezolana, ella fue la nina Maite, de infancia feliz y paz con el mundo, y a la tierra espanola de sus padres regresó para hacer sus estudios universitarios y convertirse en la doctora María Teresa Iradier, Cirujana Oftalmóloga. Pero también regresó para mirar atrás con un amor y una generosidad que no podían quedarse en suspiros de nostalgia y aires musicales de allende el mar. Esto habría sido bastante fácil y egoísta. Se puede hacer bastante más cuando se recuerda generosamente y con gratitud los brazos, las mentes y los corazones abiertos que acogieron a tantos como uno, en tierras americanas. Se siente con amor el derecho a exigir, por ejemplo, que la inmigración a Espana pase en primer lugar por los iberoamericanos. Y paralelamente se siente, con el mismo amor, el deseo de dar todo aquel conocimiento médico que en Espana se adquirió y que en los amados paises del exilio tanta falta hace hoy. Por eso, y por esos de los más generosos endeudamientos, la doctora María Teresa Iradier ha puesto sus conocimientos de experta oftalmóloga a disposición de todo aquel que los necesite, en Internet.
Los seres endeudados de amor y fidelidad lo hacen todo gratuitamente, por supuesto, porque estas cosas del corazón y la entrega solidaria de qué otra forma se podrían dar. La solidaridad verdadera se ejerce en el silencio y con total altruismo, más no en el anonimato, ya que canalizar la bondadosa entrega del saber personal requiere eficacia profesional.
Así nace lo que llamamos un equipo de trabajo. Personas que intercambian ideas, experiencias y conocimientos. Personas que están en Espana pero que, poco a poco, estarán en todos esos países de Iberoamérica donde la medicina privada está fuera del alcance de inmensas poblaciones y la sanidad social está en panales o, más simple y cruelmente, ni siquiera existe. Y así nace también esa curiosidad científica que siempre en busca de la eficacia y el buen rendimiento, hace que un equipo de trabajo como el de la doctora Iradier entre en contacto con organizaciones, pioneras de estas iniciativas en el mundo y que, por lo tanto, tendrán más de un sabio consejo teórico o práctico que aportar. Y así también la cadena crece, el invisible tejido de la solidaridad se agranda y se profundiza, y va convirtiéndose en ese grueso manto de amor y ciencia que, día a día, arropará a más desamparados. Y crecerá hasta alcanzar la perfección humana que consiste en saberse servir de la tecnología, aplicándola a la medicina, pero sin olvidar jamás , por supuesto, el factor humano, o lo que más sencillamente llamaré el calor humano: esa mano de un médico posada en la frente de un enfermo.
O sea, algo que jamás podrá aportar computadora alguna .
Alfredo Bryce Echenique, Escritor.

No bien una persona empieza a escribir

Alfredo Bryce Echenique

Leer a Alfredo Bryce siempre es un placer. Desde que llegó al Perú hace diez meses, sin embargo, no ha tenido ni el tiempo ni la tranquilidad de espíritu para escribir. Le ha pasado de todo, sobre todo a su casa, en este difícil proceso de volver a descubrir el rostro de su amada ciudad que ha cambiado tanto. Entre sus papeles encontró esta crónica que forma parte de sus próximas Antimemorias, pidiendo permiso, como siempre, para vivir. Una primicia para sus lectores y un eterno agradecimiento de sus amigos.
Decía el gran Julio Cortázar que, en América Latina, no bien una persona empieza a escribir, se vuelve seria. Y con bastante razón se preguntaba hasta cuándo iba a ser el humor patrimonio exclusivo de los anglosajones, de Borges y de Bioy Casares. Claro que Cortázar dijo esto en los años del apogeo del boom de nuestra literatura, cuyos miembros eran, por cierto, serísimos, y hasta arreglaban, uno por uno, íntegros todititos los problemas de la humanidad, durante una cena en Barcelona o un almuerzo en París. Yo viví esto, de lejos y de cerca, porque fui amigo de casi todos los miembros del boom (y me jacto de seguir siéndolo, ahora, cuando los que aún viven ni siquiera se hablan, salvo rara excepción), aunque mi relación con los miembros de aquel entonces compacto grupo fue siempre a título personal.
Y fue, digamos, lo más individual y a-boom que darse pueda, no sé si por mi menor edad, mi a-politismo, o mi total incapacidad para tomarme las cosas exclusivamente en serio. Y creo que, aunque por edad, un Augusto Monterroso, un Guillermo Cabrera Infante o un Jorge Ibarguengoitea sí estaban en edad de merecer boom, ninguno de los tres habría podido jamás ser miembro de aquel club por la falta de seriedad que ha caracterizado siempre sus escritos. Además, no había almuerzo o comida del boom sin manifiesto o carta abierta a la humanidad, y sin que Fidel Castro fuera a la montaña, o sin que la montaña terminara yendo donde el Comandante en Jefe, para bien de este universo mundo y de unos intelectuales unidos que, esto sí que sí, jamás serían vencidos en... las listas de bestsellers. En fin, digamos que, aparte de lo de la edad, yo no comulgaba tanto con tan altos ideales puestos tan en la boca y tan en la pluma de tan grandes escritores, y por ello nunca pasé de una relación a título individual, en la que se mezclaba un no sé qué de benjamín y un no sé qué de «a este muchacho lo que le falta es madurar, y también un tornillo».
Un buen ejemplo de esto fue una llamada que me hizo Gabriel García Márquez, desde su residencia mexicana, para que lo ayudara en la redacción de un manifiesto pro-castrista que deseaba llenar de importantísimas firmas simpatizantes y publicar como aviso pagado en algún muy importante diario estadounidense, como el New York Times, nada menos. Esto fue muy a principios de los años ochenta, durante uno de esos maravillosos congresos de escritores que organizaba Arturo Azuela, en México, con estupendos invitados de ambas orillas de la lengua española.
Y yo que, una vez cumplidas con todo rigor mis obligaciones públicas y privadas, tendía a divertirme demasiado en estos congresos, había pasado la noche anterior en un antro bolerístico en el que cantaban –sí, aún cantaban- las ancestrales Hermanitas Navarro. Conservo la foto, y en ella estamos, entre otros, la extraordinaria artista y amiga que es Tania Libertad, los poetas Ángel González y Luis Rius, mi hermano Pepe Esteban, poeta de la vida, escritor, editor y bohemio como Dios manda. La noche fue larga y tan intensa que, nunca he sabido cómo ni por qué, terminé acostado en casa de Mari Carmen y Paco Ignacio Taibo I, en vez del hotel en que estábamos alojados los escritores. Y todos recordaban mi compromiso con García Márquez, menos yo, que continuaba durmiendo a pierna suelta. Pepe Esteban y Juancho Armas Marcelo hicieron lo imposible por despertarme, pero fracasaron, y tuvo que ser la maravillosa Mari Carmen Taibo la que logró incluso afeitarme en la cama, para ir ganando tiempo, porque de otra manera jamás iba a llegar puntual a mi cita con la historia. Por fin pasé por la ducha y por fin llegué a casa de Gabo, que, entre muy serio y muy en broma, no cesaba de ofrecerme otro café y una nueva relectura del borrador del manifiesto, a sabiendas de que yo lo que estaba necesitando a gritos era un buen par de tragos para cortar la tremenda perseguidora que arrastraba.
García Márquez se dio finalmente por enterado y me sirvió un whisky triple con hielo y sin agua. Y reaccioné tan rápido que, una tras otra, empecé a tachar palabras del borrador del manifiesto: una, porque era un adjetivo que nadie se iba a creer, otra, porque era un adjetivo que ni nosotros mismos nos podíamos creer, y así sucesivamente hasta que Gabo hizo pedazos el célebre borrador del manuscrito y me tiró a la basura a mí, revolucionariamente hablando, claro.
Pero bueno, vamos por partes, como dijo Jack el Destripador. Y es que eso de que uno no haya reunido ninguna de las características y virtudes boom, ni siquiera alguno de los defectos boom, no significa que el mundo entero ande oliéndole a uno un cierto tufillo de falta de seriedad, y hasta de falsedad, si se quiere. No, tampoco significa que a uno lo anden tomando por un loquito al que le da por escribir, y mucho menos significa que a uno lo tomen hasta por un falsificador de libros y lo miren con acusadores ojos de F de fraude –como en la genial película de Orson Welles-, y todo esto hasta un punto tal que, haga uno lo que haga por probar lo contrario, siempre siente que jamás logrará ser miembro del club de los escritores vivos, de una generación de autores u otra, y ya ni qué decir del Pen Club, por ejemplo. Y así hasta que, de tanto sentirse colado en todas partes, uno termina con un gesto y un complejo de puerta falsa, sí, tal cual: complejo de puerta falsa, que les juro yo que este complejo realmente existe. Como también existe el de cargador de maletines de los ídolos del boom, del Nobel, del Cervantes y de qué sé yo. Y duele mucho este eterno complejo de no pertenencia a nada que la gente de pro considere serio e importante.
Razones me sobran para sentirme así, y ya en el volumen anterior de estas antimemorias conté cómo una vez me gané la beca Guggenheim, como escritor, cómo huí del mundo para escribir, como escritor, cómo alquilé un departamento en Port Fornells, Menorca, para encerrarme a escribir, como escritor, cómo me impuse horarios drásticos de trabajo, como escritor, cómo escribía horas y horas ante una ventana que daba a la calle, como escritor, de espaldas a la calle, como escritor, y cómo todo aquello, con lo serio y lo real que era, motivó primero que una señora me trajera a su hija para que le diera clases de mecanografía, y luego, que la gente de aquel pequeño puerto en que me había refugiado empezara a traerme documentos públicos y privados, aún en borrador, para que yo se los pasara en limpio, en vista de que la mía era una manera más, y tan honorable como cualquier otra, de ganarse la vida a máquina. Jamás un Neruda, un García Márquez, o un Vargas Llosa, les habrá contado a ustedes una historia así. Pues yo, en cambio, si no son así, prácticamente no tengo historias que contar.
Nunca ha faltado gente noble para tratar de consolarme por lo de Menorca, diciéndome, por ejemplo, que en aquel puerto de Fornells la gente era tan sencilla, tan pescadora y tan rústica, que qué se les iba a ocurrir que un escritor escribe cuando no está borracho, por ejemplo, o cuando, además, no está drogado, con los tiempos que corren, o cuando a las dos de la alta noche no se les han metido una o varias musas en su dormitorio y le han obsequiado, ya hasta con sus correcciones de imprenta, el inmenso manuscrito de sus obras completas.
Está bien: en esto de Port Fornells, Menorca, en lo de los pescadores primitivos y su inefable visión arquetípica de los escritores, hay un intento de explicación, de racionalización de las cosas tan rocambolescas que ahí me ocurrieron. Pero este intento se viene solito abajo, no bien pienso en otros casos que me han sucedido con lectores habituales y con médicos poseedores de grandes bibliotecas en las que la literatura –incluso latinoamericana- ocupaba un muy importante espacio. Hablaré primero de un día del libro, en Barcelona, de ese famoso 23 de abril en que es hermosa tradición catalana que todo el mundo compre un libro y una rosa, mientras libreros y editores hacen su agosto en primavera y pasean a los escritores de quiosco en quiosco y de librería en librería, firmando uno tras otro ejemplares de sus obras y hasta las propias rosas, si algún fan se empeña. Pues sucede que a mí me habían depositado, mi editor de aquel entonces, nada menos que en la muy importante librería Áncora y Delfín, y en plena y principalísima avenida Diagonal, por decirlo todo. Y ahí andaba yo, con mi mesita y mi silla aparte, con mi letrerito en que constaba quién era y rodeado por mis obras casi completas, digamos, cuando apareció la primera lectora de la mañana y me preguntó por Un mundo para Julius. Muy atento, súper sonriente, y absolutamente pre-firmante, preguntéle a mi joven lectora por su nombre y apellidos, mientras con gesto sublime extraía del bolsillo de mi saco una pluma fuente tan ad hoc como innecesaria, en vista de que el librero había puesto bolígrafos de todos los colores sobre mi mesa. Pero bueno, ni siquiera había abierto aún mi pluma, cuando ya la joven lectora me había interrumpido para siempre con un tono tan cortante como seco:
- Por favor, dígame cuánto vale y empaquételo mientras yo me acerco a la caja y voy pagando.
Era más que evidente: la muchacha esa me había tomado por un dependiente más de la librería Áncora y Delfín. Razón por la cual, instantes después, mi cariacontecida pluma fuente y yo hacíamos abandono del local, por la puerta falsa y con un muy similar aire de falsario. Y esto, estoy requeteseguro, jamás le ha pasado a un Cela, a una Rosa Montero, a una Almudena Grandes, ni a un escritor tan entrañable como don Gonzalo Torrente Ballester.
Sólo me pasan a mí estas cosas, de la misma manera en que aparte de papel y algunos sobres, jamás adquiero útiles de escritorio, como suelen hacerlo todos los escritores. Todo me lo voy encontrando en el correo, por ejemplo, mientras hago mi cola para depositar una carta. En el suelo, en los mostradores, por todas partes voy encontrando lápices, borradores, engrapadoras y carpetas abandonadas, bolígrafos olvidados, trozos de papel secante, elásticos, chinches, alfileres, y los clips esos tan útiles para que se estén juntas y quietecitas las páginas de un artículo, por ejemplo... En fin, que por donde paso voy encontrándome y surtiéndome gratuitamente de esos útiles de escritorio que la gente acostumbra comprar en las papelerías y que, a menudo, entre los escritores crean incluso grandes manías.
Y seguro que a la clínica Quirón, de Barcelona, llegué con los bolsillos del pantalón repletos de útiles de escritorio que había venido recogiendo por la calle, la mañana de 1986 en que dos grandes y cultísimos cirujanos, padre e hijo, debían extirparme un pequeño tumor que tenía en el pecho, «por un por si acaso», como dice alguna gente en Lima. Unas fundas verdes para cubrir los zapatos, un gorro del mismo color para cubrir también la cabeza, el pantalón en su sitio, sólo el torso desnudo, anestesia local y háganos el favor de tumbarse aquí y de estarse bien quietecito, Alfredo.
La operación había arrancado y yo ahí sin pestañar mientras cirujano padre y cirujano hijo, bisturí en mano, el uno, y aguja e hilo en mano, el otro, me extirpaban el tumorcito pectoral, primero, y procedían a coser, después. Y yo ahí abajo, literalmente aterrado, porque el único tema que abordaron ambos galenos, de principio a fin de la operación, fue lo fatídico que estaba siendo el año 1986 para la literatura latinoamericana.
-Este año ha muerto Borges- afirmaba, bisturí y serenidad en mano, el cirujano padre.
-Y también Juan Rulfo- confirmaba, momentos después, el hijo, aguja, bisturí e información en mano.
Y yo ahí abajo, siempre, sin que les importara siquiera la posibilidad de que mi tumor fuera maligno y pudiera agrandarse así el número de escritores muertos en 1986, un año realmente pésimo para la literatura latinoamericana, porque hasta el peruano ese llamado Bryce había fallecido en Barcelona. En fin, algo así, cuando menos. Pero no, nada.
La verdad, aquélla ha sido una de las situaciones más humillantes de toda mi vida. Sin embargo, un rato después estaba a punto de reconquistar la dignidad perdida en aquel quirófano del diablo, en vista de que toda Barcelona me miraba admirada, mientras regresaba a casa de la clínica, como quien reconoce a un escritor latinoamericano que sí ha sobrevivido al fatídico 1986. Pero bueno, no fue así. No lo fue desde el momento en que me di cuenta de algo en que ni los médicos ni nadie había reparado, al salir yo de la clínica Quirón. Sin duda distraidísimos, ellos y yo, por lo atroz que había sido el 86 con la literatura latinoamericana, ni cuenta nos dimos de que había abandonado aquella clínica con mi gorro verde bien puesto, y también con las fundas del mismo color que cubrían mis zapatos. Y así tan campante caminaba yo y toda Barcelona miraba admirada al escritor que sí sobrevivió... Hasta que...
Comprenderán ustedes lo que es ser y estar así en este mundo. ¿Por qué no Neruda, Borges, Cela, etcétera, etcétera...? ¿Por qué, jamás, nunca jamás, ninguno de los demás...?